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EL PACTO BRIAND-KELLOGG
                          

Briand, Herryck y Kellog


(01) Fuentes.
(02) Artículos relacionados.


Fuera del ámbito de la Sociedad de Naciones, en cuya eficacia iban perdiendo, todos, paulatinamente, la fe, se firmó el llamado Pacto Briand -Kellogg, en París, por el cual, los países firmantes (Estados Unidos, la Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Polonia y Bélgica) se comprometían a renunciar a la guerra, como medio de política internacional. En realidad, el Pacto Briand-Kellogg no fue más que un pobre «ersatz» de la Conferencia dei Desarme, que había pedido reiteradamente Alemania, amparándose en las cláusulas dictadas por sus propios vencedores en Versalles.

En efecto, según el sacrosanto Tratado de Versalles, Parte V, relativa a las cláusulas militares, aéreas y navales: «Con objeto de hacer posible una limitación general de los armamentos de todas las naciones, Alemania se compromete a observar estrictamente las cláusulas militares, navales y aéreas estipuladas a continuación.»

El texto no deja lugar a dudas; todas las potencias signatarias se habían comprometido a reducir sus armamentos. Alemania había cumplido lo pactado; ahora pedía que los demás países hicieran lo mismo (4). A pesar de las platónicas recomendaciones de la Sociedad de Naciones, Francia se niega a desarmar. El Plan MacDonald de limitación de armamentos (abolición de las llamadas «armas ofensivas» (bombarderos, tanques, artillería pesada)) es rechazado por Francia (5).

Pero la estricta verdad es que Inglaterra y los Estados Unidos que, ahora, acusan de belicismo a los franceses, no han hecho, por su parte, nada que permita suponer que van a decidirse a emprender el camino del desarme. Una reunión preparatoria a este objeto tiene lugar en Ginebra, en Septiembre de 1925, con nulo resultado. Alemania pide que todos los países y, sobre todo, Francia, la más intransigente al menos formalmente, reduzcan sus armamentos o, en caso negativo, que se le conceda al Reich autorización para rearmarse a un nivel no inferior al de Francia. En definitiva, la República alemana mantiene una posición que puede sintetizarse así: o bien el anillo de estados hostiles que la rodean, y especialmente Francia, se desarman o bien Alemania debe rearmarse al mismo nivel que Francia. La tan democrática «igualdad de derechos».

La delegación alemana, por otra parte, recuerda a los demás miembros que, habida cuenta del reciente precedente de la invasión francesa de Renania y de la concentración de tropas coloniales en las márgenes del Rin, Francia amenaza a Alemania, y como ésta es miembro de la Sociedad de Naciones, está en el derecho de exigir que los otros estados miembros obliguen a París a iniciar su desarme. Los argumentos del Reich son incontestables. Por eso no se les opone ningún argumento. Pero tampoco nadie hace nada en la vía del desarme. Todos continúan armándose, Francia ostensiblemente y los demás, más discretamente. Las sucesivas conferencias de desarme que se van celebrando son auténticos sainetes. Los debates sobre el llamado «desarme cualitativo» alcanzan las más elevadas cumbres de la comicidad. Cada estado declara «ofen-sivas» aquellas armas de que está poco provisto, y «defensivas» las que posee en gran cantidad. El delegado francés, que merecía llamarse Tar-tufo, «desbautiza» los carros de asalto y, para atestiguar su carácter «defensivo», los «rebautiza» con el pacifico nombre de carros de combate... El acorazado es un arma «defensiva» declaran, virtuosamente, los representantes de Inglaterra y los Estados Unidos. «En cambio, el submarino es un arma ofensiva».

El delegado japonés, por su parte, considera que los acorazados y los submarinos son armas ofensivas, razón por la cual, el Japón, país pacífico, no posee ninguno. Pero es, precisamente, el delegado japonés el que pone el dedo en la llega al declarar: «Un navío de guerra es un arma defensiva cuando en su mástil lleva la bandera inglesa o americana y es un arma ofensiva en todos los demás casos», después de tras una ceremoniosa inclinación de cabeza, abandonará la sala de conferencias.

No contenta con incumplir sus obligaciones respecto al desarme, Francia inicia, en 1927, la construcción de la Línea Maginot, que se extiende a lo largo de toda su frontera con Alemania. Esta nueva y flagrante violación del espíritu y la letra del Tratado de Versalles no provoca ninguna reacción en la Sociedad de Naciones. En cambio cuando en 1937, Alemania iniciará la construcción de su Línea Siegfried, el altavoz ginebrino hará oír su clamoreo ensordecedor a propósito del denostado militarismo alemán. Violando igualmente los compromisos contraídos en Locarno, Francia se une, por un sistema de alianzas defensivas y ofensivas con los países de la llamada pequeña Entente (Polonia, Checoslovaquia, Rumania y Yugoslavia), resucitando la vieja política francesa del cerco de Alemania, en cuyo derredor bailan «la danza de la muerte» una serie de Estados hostiles satélites de Francia.

Un informe secreto, enviado el 11 de abril de 1919 al presidente Wilson por el general de Estado Mayor F. J. Kernan es muy significativo a este respecto: «En Europa Central predominan absolutamente los uniformes franceses. Los esfuerzos constantes y organizados de esos agentes, tienden a disciplinar el espíritu militar en Polonia, Checoslovaquia y, según creo. en Rumania también. La idea imperialista se ha apoderado de los franceses como una psicosis de locura. Los franceses se esfuerzan abiertamente en organizar una cadena de estados militarmente fuertes, si es posible bajo mando francés, con objeto de ir añadiendo más tarde nuevos aliados... Polonia, Checoslovaquia y Rumania están gastando sumas fabulosas en crear ejércitos desproporcionados a su verdadera importancia y necesidades. Todo eso significa que, bajo la hegemonía francesa... se constituirá una fuerte alianza militar, que será probablemente capaz de dominar a Europa (6)".

Según Baker, el único interés de Francia por Polonia es "el debilitamiento de Alemania y, por ello, no solamente se han adjudicado a los polacos provincias sobre las que no tienen ningún derecho sino que, además, los franceses les están ayudando a crear un enorme ejército» (7).

Ya en 1920, cuando más se charlaba en Ginebra y en Versalles de «paz eterna» y de «desarme general», Francia había firmado un pacto de alian-za defensiva con Polonia. El autor francés DíEtchegoyen escribió, en 1925 (8):

«Las cantidades que hemos entregado a nuestra cara aliada Polonia se cifran, ya, en varios miles de millones de francos.»

En cuanto a Checoslovaquia, el estado artificialmente creado por las mentes enfermas de los hombres de Versalles, no tenía otra finalidad que ser «el portaaviones de la democracia, situado en el flanco de Alemania» (9). La ayuda militar y económica francesa a los checos, sin ser tan importante como la prestada a Polonia fue, así mismo, notable (10).

La firma del Pacto Briand-Kellogg no modificó en nada la actitud de Francia y su manera de interpretar los acuerdos de Versalles<> y de Locarno.

Notas;

(4) En 1927, el mariscal Foch, a su regreso de un viaje de inspección por Alemania, manifestó, ante la Asamblea Nacional francesa, que el Reich había cumplido escrupulosamente las cláusulas del desarme estipuladas en Versalles. El mariscal Joffre y el ministro Bonnet lo confirmaron más tarde. (J. Alerme: Les causes militaires de notre defaite.)

(5) Georges Champeau: La Croisade des Démocraties, pag. 134, tomo I.

(6) R. S. Baker, secretario personal del presidente Wilson: Woodrow Wilson. Memoiren und Dokumente, pág. 317, tomo I.

(7) R. S. Baker: Op. cit., pág. 47. tomo II.

(8) Olivier díEtchegoyen: Pologne, Pologne..., pag. 294, tomo I.

(9) Citado por Savitri Devi: The Lightning and the Sun, atribuyendo la frase a Clemenceau.

(10) Olivier d´Etchegoyen: Op. cit., pág. 295. tomo I.


Fuentes:

- Joaquin Bochaca. Historia de los vencidos, p.85.
- La Gazeta Federalwww.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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