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LA CRISIS REVOLUCIONARIA DE 1820
                          



Estanislao López (01) López y Dorrego
(02) Las milicias del sur
(03) La peonada de Los Cerrillos
(04) Las operaciones
(05) Acción de San Nicolás
(06) El armisticio
(07) Conferencia de López y Rosas
(08) Acciones de Pavón
(09) Conferencia de Dorrego y Rosas
(10) El general Rodríguez, electo gobernador
(11) Fuente
(12) Artículos relacionados

López y Dorrego

Inmediatamente después de Cepeda, López deseaba hacer paz y alianza con Buenos Aires para contrarrestar la influencia de Ramírez, pero cuando se encontró a cuatro leguas de esa ciudad de Buenos Aires con un ejército poderoso, quiso asegurarse que se eligiera un gobierno que cumpliera lo pactado. El 6 de julio de 1820 el coronel Dorrego, le dirige un oficio conminatorio en el cual protestaba contra las depredaciones de las tropas santafecinas, y le intimaba que se retirase con ellas del territorio de Buenos Aires, y dispuesto a rechazar esa invasión santafesina, nombró al general Martín Rodríguez jefe de las milicias del sur, al general Rondeau de las del norte y salió él con algunas fuerzas en busca de López, quien se encontraba en el campamento de Santos Lugares.


Las milicias del sur

Esas milicias del sur, que desempeñaron un papel principal en las campañas y acontecimientos del año 1820, las había reunido en su mayor parte don Juan Manuel de Rosas, quien gozaba de una influencia incontrastable en esas campañas. Desde fines de 1819, Rosas se había visto precisado a desatender sus valiosos establecimientos para entregarse al servicio público, ya reuniendo las milicias del Monte, Lobos, etcétera, y marchando con ellas sobre los indios, ya engrosando las fuerzas que movía la provincia contra las invasiones del gobierno de Santa Fe. Don Juan Nepomuceno Terrero escribía en 21 de febrero de 1820, a don Juan Agust1n de Lisaur, uno de los principales corresponsales de la casa Rosas, Terrero y CI en Río de Janeiro: "Tres mil quintales de carne salada acaban de salir de nuestros establecimientos, y esta proporción se mantendría si nuestro socio Rosas *no hubiera tenido que ausentarse de su residencia del Monte, al mando de las milicias de este departamento y por orden del gobierno de esta provincia, para ir a sofocar movimientos tumultuarios en que desgraciadamente nos vemos envueltos".

El 29 de enero de 1820, Rosas, don Joaquín Suárez y don Lorenzo López, opulentos hacendados del sur, dirigieron una carta colectiva al general Rodríguez, en la que le hacían presente que el comandante Fleitas ordenaba que se sacasen veinticinco hombres por compañía del regimiento del Monte después de haberse comprometido los mejores recursos de ese partido en la invasión que acababan de efectuar los indios, como asimismo en los contingentes requeridos para el ejército directorial, "además de los 800 caballos escogidos a satisfacción del comisionado, que es uno de nosotros (Rosas)”

Cuando el general Rodríguez recibió el nuevo nombramiento que le acordó el gobernador Dorrego, se apresuró a llamar a Rosas para pedirle que se incorporase con el mayor número de milicianos que pudiera reunir. Este encargo era muy difícil para otro hombre que no fuera Rosas, en esos días de trastornos diarios, en que los habitantes de la campaña estaban más expuestos que nadie a sufrir las consecuencias del desastre general, y rehuían por todos los medios a su alcance el servicio militar.


La peonada de “Los Cerrillos”

Juan Manuel de Rosas    
Obra de Teodoro Bourse    

Rosas puso manos a la obra, salvando con su influencia las dificultades. Apenas volvió al Monte, despachó emisarios en todas direcciones, y a los pocos días empezaron a llegar a su estancia de "Los Cerrillos" partidas más o menos fuertes de paisanos, con su caballo y su apero los unos, o esperando los más que encontrarían allí ambas cosas a su satisfacción.

Se reunieron en número de 2.000 aproximadamente, y que en gran parte se destinaron a la división del general Lamadrid, la cual operó también bajo las órdenes de Rodríguez. Solamente de la estancia de "Los Cerrinos” salieron ciento ocho peones armados y equipados a expensas de Rosas para hacer la campaña contra López. En el equipo y armamento del 5° Regimiento, al cual se agregaron estos peones, Rosas gastó de su peculio la suma de cinco mil quinientos sesenta y tres pesos, tres reales fuertes que acreditó minuciosamente cuando el gobierno le mandó presentase la cuenta de éstos y otros anticipos.

Así aparece de la cuenta núm. 1 que presentó poco después la casa de Rosas, Terrero y Cía, y que en borrador, de letra de Rosas, tengo en mi archivo –dice Adolfo Saldías- ; habiendo compulsado además el Libro, mayor y el Jornal en limpio de la mencionada razón social, que se conserva en poder del señor Máximo Terrero. Esta cuenta núm. 1, comienza en 27 de mayo y termina en 31 de agosto. Se compone de los “gastos hechos en la primera expedición contra los anarquistas, los que, según el adjunto oficio del señor coronel don Manuel Dorrego, deben abonarse luego que sea presentada esta cuenta”. Al pie de la última partida hay la siguiente advertencia: "Para aprestar la gente de la estancia, y los milicianos del Monte, no se reservaron efectos algunos de los que tenía la casa, como camisetas, monturas, camisas, espuelas, frenos, jergas y riendas lo mismo que los útiles de guerra que en ella había. Todo se distribuyó, y de nada de eso se hace mérito en esta cuenta. Tampoco se hace mérito de los sueldos de dependientes que, en clase de ayudantes, asistieron a la división, cuyos sueldos ha pagado la casa como si estuvieran sirviendo en ella. Tampoco se hace mérito de los salarios a la gente de la estancia, abonados como si en ella hubiesen seguido empleados, desde que salieron a campaña hasta que regresaron, cuyos salarlos exceden para la' mayor parte de ellos de doce pesos, que es el salario más ínfimo". (Esta advertencia está escrita de puño y letra del doctor don Manuel Vicente de que por entonces vivía en “Los Cerrillos”)

Cuando Rosas llegó con sus milicianos al monte del Chingolo, (siete leguas de Buenos Aires), adonde ya había llegado Lamadrid con su división, el general Rodríguez lo felicitó públicamente; y en recompensa de la eficaz cooperación que le prestaba, pidió para Rosas el grado de comandante del 5° Regimiento de campaña, cuyos despachos remitió dos días después (8 de junio) el gobernador delegado don Marcos Balcarce.


Las operaciones

Las nuevas operaciones se iniciaron inmediatamente. Rodríguez se internó hasta Barracas para evitar una sorpresa de Alvear y de Carrera. En la noche del 8 desprendió a Lamadrid con dos escuadrones para que ocupase el pueblo de Morán: otra columna salió por Flores en dirección a ese punto y Dorrego salía de la ciudad por el norte. Estas fuerzas debían concentrarse más allá de Morón y apoderarse de un batallón de infantería que era el núcleo de Alvear. Dorrego consiguió su objeto; y a consecuencia de este golpe, Alvear y Carrera se replegaron a Luján, y López se recostó al norte en dirección al Arroyo del Medio.

Deseando Dorrego sacar el mejor partido de la situación, le propúso a López la paz sobre la base de que desalojaría inmediatamente la provincia; entrega de las armas que tomó en la Cañada de la Cruz; la reunión del Congreso de las Provincias Unidas, y el abandono de Alvear y de Carrera.

Al mismo tiempo, Rosas le hizo decir a López que todas las dificultades se arreglarían si desalojaba la provincia de Buenos Aires; que se retirase a Santa Fe y que él (Rosas) trataría de ir allá o trabajaría por el nombramiento de un comisionado que asegurase la paz. Pero la conducta equívoca de López persuadió a Dorrego de que no quedaba más recurso que la guerra para asegurar a Buenos Aires contra invasiones corno la que la habían asolado; así fue que, en seguida de lanzar un manifiesto explicativo de su conducta, concentró sus fuerzas en las inmediaciones de Luján y marchó sobre Santa Fe.


Acción de San Nicolás

A medida que Dorrego avanzaba, se pronunciaban las milicias del norte, de manera que López se vio obligado a seguir para el Arroyo del Medio a pesar de las instancias de Alvear y de Carrera, a quienes contrariaba naturalmente esa retirada, que los dejaba solos contra los recursos de Buenos Aires. Resueltos a mantenerse fuertes en un punto, hasta que el jefe de Entre Ríos les enviara otros recursos, o viniera él mismo a ayudarlos, el general Alvear y Carrera se atrincheraron en el pueblo de San Nicolás. Pero Dorrego, rápido en sus movimientos, cayó sobre San Nicolás el 2 de agosto, y después de un reñido combate sostenido por la infantería que mandaba él en persona, y por la caballería que mandaban Rodríguez, Rosas y Lamadrid, tomó por asalto la plaza y rindió a discreción a todos los que la defendían. Con esto dio un golpe mortal a la injerencia que pretendía tomar en las provincias ese aventurero esforzado e infeliz que se llamó don José Miguel de Carrera.


El armisticio

Con el giro que tomaban los sucesos, López internó a Carrera en Santa Fe, intimó a Alvear que saliera de esa provincia y reabrió negociaciones de paz con el gobernador Dorrego. Éste las aceptó bajo la base de un armisticio de tres días, durante los cuales debería quedar la paz ajustada, por medio de los respectivos comisionados, que lo fueron por Santa Fe don Cosme Maciel, y don Martfn Rodriguez y don Juan Manuel de Rosas por Buenos Aires.


Conferencia de López y Rosas

El Rstaurador de las Leyes Mientras que el general Rodríguez iniciaba los arreglos con el comisionado Maciel, Rosas se trasladó directamente al alojamiento de López. Es difícil saber a ciencia cierta lo que allí hablaron. Todo lo que se ha dicho respecto de esta conferencia no pasa de meras suposiciones, motivadas en los hechos que a ella siguieron. Lo que hubo de cierto fue que estos dos hombres, destinados a desempeñar después un papel prominente, cada cual en su esfera, quedaron de acuerdo en la noche del 9 de agosto de 1820, en cuanto al hecho de no llevar la guerra a Santa Fe. De la conducta que observó Rosas a partir de este momento, y de los datos fidedignos que he podido recoger –dice Saldías-, resulta que Rosas reprodujo en esta ocasión lo que le hizo decir a López en días anteriores, esto es, que no invadiría nuevamente; que rompería para siempre con Alvear y con Carrera; y que en cambio él pondría toda su influencia para que la elección de gobernador de Buenos Aires recayese en un ciudadano que mantuviera la paz estable con Santa Fe, y fuera un aliado fiel de López contra el gobernador de Entre Ríos, en caso de que éste quisiese volver a preponderar en el Litoral.

Aun cuando López aceptase estos arreglos, y alcanzase que Dorrego no quería malquistarse con Rosas, 'que era quien le había levantado la campaña y formado su ejército de operaciones, tenía suficiente penetración para comprender que las depredaciones, asesinatos y violencias de toda especie que cometieron sus tropas en Buenos Aires habían sublevado contra él justas y legítimas resistencias; y que esta provincia acompañaría con sus votos a Dorrego en el camino de sus triunfos. A esto se añadía que Rosas no le había designado el candidato para gobernador de Buenos Aires, y que López se inclinaba a creer que fuera el mismo Dorrego, a quien suponía partidario de la guerra a todo trance, y cuyo carácter y acertadas disposiciones militares le hacían abrigar serios temores.

En este orden de ideas, que eran ciertas en el fondo, y sin perjuicio de las ulterioridades de su conducta, L6pez aprovechó el armisticio para reforzar su ejército con las milicias de su provincia. Apenas lo supo Dorrego, ordenó a los comisionados que exigieran inmediatamente las últimas proposiciones de López, y que con ellas o sin ellas saliesen del campo enemigo. Lo que López propuso daba a entender que, o prefería demorar el asunto, devolviendo exigencia por exigencia, o no quería tratar con Dorrego. Después de haber estado a punto de firmar la paz bajo la base de no invadir Buenos Aires, y de ayudar a promover el Congreso Nacional, pedía en esta ocasión indemnización de los perjuicios sufridos por Santa Fe en la guerra civil, y que se le devolviera la división de Carrera tomada en San Nicolás.


Acciones de Pavón

Dorrego no pudo decorosamente aguardar más. Después de denunciar el armisticio, movió sus tropas y encontró a las de López del otro lado del arroyo de Pavón, el día 12 de agosto. López pretendió encerrar al ejército de Buenos Aires dentro del semicírculo de jinetes, que era una de las operaciones favoritas de su estrategia militar. Pero la infantería, que mandaba Dorrego, le destrozó el centro; y las cargas de caballería que le llevó Rosas en persona le dispersaron la derecha; de manera que del ejército santafecino solo salió intacta el ala izquierda, por no haber tomado una parte importante en la acción. En recompensa del buen comportamiento de Rosas en esta batalla, el gobernador Dorrego, desde su cuartel general del Espinillo, le confirió el empleo de teniente coronel, jefe del 5° Regimiento, con fecha 16 de agosto.

Tanto el general Rodríguez como el comandante Rosas, se habían opuesto a que el ejército de Buenos Aires penetrase en Santa Fe. Cuando, después de Pavón, Dorrego se internó en esa provincia, ambos jefes intentaron el último esfuerzo para disuadirlo de una empresa que temían concluyera en un desastre. Como Dorrego se mantuviese firme en su propósito, Rodríguez se separó del ejército. A poco se separó Rosas, bien que Dorrego le anticipó que su licencia duraría el tiempo necesario para remontar el 5° regimiento, el cual había sido diezmado en las acciones de San Nicolás y de Pavón, y que oportunamente lo llamaría, como en efecto lo llamó.

La separación de Rosas fue tanto más fatal para Dorrego, cuanto que éste había enviado su infantería a San Nicolás para darse una tregua, y reorganizarla, antes de proseguir la campaña. Prevalido de esta circunstancia, López le hostilizaba la caballería, llevándolo insensiblemente en dirección a los campos de pastos malignos para las caballadas, donde Dorrego quedó con escasísimos medios de movilidad. Cuando vio a Dorrego interceptado e impotente para moverse con éxito, López lo atacó en el Gamonal con el grueso de su ejército y consiguió dispersarle su caballería, el día 2 de septiembre .7 Dorrego se vio precisado a replegarse a Areco, donde empezó a reorganizar sus tropas, sobre la base de un batallón de cazadores que recogió a su paso por San Nicolás, mientras le llegaban los refuerzos que pedía a la ciudad y a los jefes militares de la, campaña, para contener la nueva invasión del gobernador de Santa Fe.

Pero era casi seguro que López no invadiría a Buenos Aires. El comandante Rosas le había escrito con un emisario de toda su confianza lo mismo que le manifestó verbalmente después de San Nicolás, al saber que el gobernador que se eligiera en Buenos Aires respondería a la idea de la paz y de la alianza con Santa Fe; y que entre tanto no trajera nuevas invasiones, que imposibilitarían por mucho tiempo el arreglo de las diferencias entre ambas provincias, y dejarían a Santa Fe sola y aislada contra el poder de Ramírez. López, que reconocía toda la verdad de este último argumento, le contestó a Rosas que estaba resuelto a esperar el cumplimiento de sus promesas, y que por consiguiente no iniciaría ningún género de hostilidades.

Dado el papel importante que le había tocado desempeñar a Rosas en todos estos sucesos, moviendo a su costa y por su influencia los elementos de acción, que nadie había podido mover en la campaña, y obteniendo con ellos el éxito indisputable de San Nicolás y de Pavón; y dadas las promesas que tenía empeñadas, y que no podía dejar de cumplir sin comprometer esa misma influencia tan bien adquirida, como generalmente envidiada, era natural que Rosas trabajase por que Dorrego presidiera esa política de paz a que era lógicamente llamado después de sus triunfos sobre Santa Fe, cuando se creía todo perdido y cuando en este último se habían cifrado las esperanzas de Buenos Aires.


Conferencia de Dorrego y Rosas

Dorrego En las conferencias que tuvo al respecto con Dorrego, Rosas le había hablado de sus relaciones con López, de las seguridades con que éste aceptaba la paz por sus propias conveniencias. Dorrego le había respondido con una de esas sonrisas juguetonas que dejaba salir en los momentos más serios, y que más de uno interpretaba como la expresión de la confianza íntima que tenía ese hombre distinguido en sus propias dotes, en su esfuerzo que nunca mezquinó, y en su estrella que le engañó siempre, en perjuicio de su patria que lo perdió muy temprano...

Después de la batalla de San Nicolás, Rosas, que era pertinaz, y que no desesperaba del buen resultado de sus trabajos, abarcó la cuestión con toda franqueza, y le dijo a Dorrego:

- Déjeme usted arreglar con López una paz digna para nosotros y necesaria para Santa Fe; fírmela usted, que será usted nombrado, le aseguro, gobernador de Buenos Aires.

Dorrego se levantó fastidiado de su asiento, y cruzándose de brazos repuso: - ¿Y de dónde dimana ese interés de usted por esa paz bochornosa con que me está repicando?

- De las promesas que he dado, y de la seguridad que tengo de que cualquier otro que venga, ha de hacer esa paz en perjuicio de usted, y con el voto de Buenos Aires.

- ¡Promesas! ¡Promesas! ¡Pues yo le prometo, a mi vez, que voy a ser elegido gobernador nada más que por la influencia de este pliego de papel, y después allá veremos!

Y sentándose a una mesa redactó la nota de 7 de agosto, en la que le ordenaba al gobernador sustituto don Marcos Balcarce que hallándose la provincia libre de invasores y apta para elegir gobernador propietario, dispusiera que "en el término de veínticuatro horas de recibida esa comunicación, se circule la correspondiente convocatoria a efecto de que, reunidos los representantes, procedan al referido nombramiento". (según referencias del Dr. José Maria Roxas, amigo de Dorrego y ministro de Rosas, a quienes les oyó repetir esa conversación en distintas ocasiones)

A partir de este momento, Rosas quedó contrariadísimo. Si no se separó del ejército fue por la expectativa de una nueva batalla, en presencia de la posición tirante en que se colocaron Dorrego y López, respectivamente, en las negociaciones que se siguieron a la victoria de San Nicolás. Después de Pavón le manifestó a Dorrego que su posición en el ejército era insostenible, por cuanto en su calidad de comisionado para ajustar la paz, habíale anticipado a López seguridades que desaparecían en presencia de la invasión que se llevaba sobre Santa Fe; y que en consecuencia le permitiera retirarse con licencia, lo que verificó en la forma que se ha narrado ya.

Entretanto, el gobernador sustituto de Buenos Aires había convocado, por sí, en la ciudad, y por medio de los jueces territoriales en la campaña, a elección de los representantes que debían componer la Junta encargada de nombrar el gobernador propietario. Juntamente con el pueblo y los cívicos de la ciudad, que no tenían más candidato que Dorrego, empezó a agitarse el antiguo partido directorial, y todos los jóvenes conocidos por su posición y sus familias, quienes se veían obligados a ceder a la fuerza de los sucesos que imponían a Dorrego como gobernador de Buenos Aires.

Pero había además una tercera entidad que podía decidir fácilmente la cuestión: la campaña. ¿Quién movía la campaña? El único miembro del partido directorial que gozaba allí de cierto prestigio, por los comandos militares que en ella había ejercido, era el general Rodríguez. Pero, ¿qué representaba este prestigio ante el del comandante don Juan Manuel de Rosas, a cuyo llamado habían acudido todos los campesinos con quienes se había formado el ejército vencedor en San Nicolás y en Pavón, y quien, por consiguiente, podía mover todo el sur en favor del candidato que él sostuviera? En la resolución favorable de esta duda reposaba toda la intriga electoral de esos días. Así lo comprendieron los hábiles políticos del partido directorial, y decididos como estaban a disputarle el camino a Dorrego, quisieron explorar el ánimo de Rosas para ver hasta qué punto podían contar con él. Tal gestión le fue encomendada a don Juan José Cristóbal de Anchorena, primo de Rosas, y a quien éste profesaba grande estima, como que ambos se dispensaban esa confianza entre personas ligadas por sincera intimidad.


El general Rodríguez, electo gobernador

Juan Manuel de Rosas.     Restaurador de las Leyes

Anchorena le manifestó francamente a Rosas que sus amigos se proponían componer una junta de representantes con hombres probados que diesen garantías de orden a Buenos Aires y de paz con las demás provincias; y al efecto, le enseñó una lista de candidatos en la cual figuraban don Juan Pedro Aguirre, Vicente López, Tomás M. de Anchorena, Antonio J. de Escalada, Victorio García Zúñiga, Juan J. Paso, Sebastián Lezica y casi todos los de la junta de directoriales que se disolvió cuando Soler asaltó el poder y que obligó a renunciar a Sarratea para nombrar a Ramos Mejía, en mayo de ese año. Respecto del candidato para gobernador, que era el punto grave, Anchorena manifestó que los sucesos imponían al coronel Dorrego: que aunque la Junta, una vez compuesta con las personas mencionadas, abogaría por la paz con Santa Fe, era posible que Dorrego no se conformase con ello, dada su obstinación en no querer tratar con López, y que si Dorrego no daba seguridades en ese sentido, ellos no tendrían más remedio que prescindir de él y nombrar otro gobernador: que para este caso le pedía a Rosas manifestase cuál sería el candidato de sus simpatías entre don Ildefonso Ramos Mejía y el general Martín Rodríguez.

Tales propósitos respondían en el fondo a los compromisos que contrajo Rosas en favor de la paz con Santa Fe. Partiendo de este punto, le hizo a Anchorena una reseña de sus trabajos en favor de la paz, de sus relaciones con López, del resultado favorable de la comisión que se le encomendó cerca de éste, y de la inutilidad de sus esfuerzos para vencer la obstinación de Dorrego, a la cual calificó de fatal para éste. En vista de todo lo cual, Rosas declaró que Dorrego iba por mal camino: que él, por su Parte, tenía por candidato al general Rodríguez, y que pondría su influencia en servicio de la mencionada lista de representantes a condición de que nombrasen a dicho general. “Para mezclarme con esto que contraría mis inclinaciones, -agregó Rosas-, necesito tener seguridades de los mismos que van a hacer el nombramiento del gobernador”.

Al día siguiente volvió Anchorena acompañado de García Zúñiga, Paso, Escalada y Tomás Anchorena; todos aseguraron a Rosas que votarían por el general Rodríguez, como asimismo que solo en último trance votarían por el coronel Dorrego. Por la noche, el general Rodríguez le manifestó a Rosas sus agradecimientos por la franca espontaneidad con que había decidido en su favor la elección de gobernador.

Las elecciones de representantes tuvieron lugar con arreglo al bando que expidió Sarratea el 6 de abril de ese año, y del escrutinio de votos que se recogieron en la ciudad y campaña, desde el 17 hasta el 30 de agosto; resultaron electos los candidatos a que se refería Anchorena, incluso este mismo.

No se había instalado todavía la Junta cuando se supo la derrota de Dorrego en el Gamonal. La alarma que produjo en Buenos Aires habría desconcertado a los directoriales, si Rosas no les hubiese enseñado una carta del general Estanislao López en la que le daba las seguridades a que me he referido más arriba, agregándole que aguardaba el nombramiento del nuevo gobernador para entrar inmediatamente en arreglos de paz.

Pero he ahí que algunos viejos directoriales, alegando que Rodríguez estaba bajo la influencia de Rosas, el cual no tenía vínculos políticos con ellos, se propusieron en último momento llevar al gobíerno a Ramos Mejía o a don Tomás Anchorena. Anchorena le comunicó la intriga a su hermano don Cristóbal y éste provocó una reunión de representantes a la que asistió Rosas y en la que declaró que si el general Rodríguez no resultaba electo gobernador, él no pocía mantener, por su parte, las seguridades que tenía dadas al gobernador de Santa Fe respecto del arreglo definitivo de paz, para lo cual había sido comisionado, y que así se lo escribiría a López para que éste obrase en el sentido de sus conveniencias. Tuvieran o no estas declaraciones el alcance que se les daba, el hecho es que los representantes allí presentes resolvieron votar por el general Rodríguez.

La Junta se instaló solemnemente el 8 de septiembre, con asistencia del gobernador sustituto que le juró obediencia, como todas las corporaciones; y cometió el acto de tomar el juramento del gobernador interino en campaña al juez territorial del lugar en que éste se encontraba." El día 26 la Junta nombró al general Martín Rodríguez gobernador y capitán general de la provincia de Buenos Aires; y anticipándose a la grita de los descontentos favorecida por los trastornos que venían sucediéndose desde principios de ese año, expidió un bando en el que declaraba que haría caer todo el peso de la ley sobre los perturbadores del orden público, sin distinción de personas ni jerarquías.

Posesionándose de los altos deberes que le imponía la situación del país, respecto de la organización nacional, la Junta se dirigió a las provincias, como ya lo había hecho el Cabildo, manifestándoles el anhelo de la de Buenos Aires por la reunión del Congreso argentino que reclamaban la tradición, los sacrificios comunes y las altas conveniencias de los pueblos, que unidos y libres realizarían los grandes destinos prometidos por la Revolución de 1810. Así se iniciaba la nueva era de reconstrucción que, por los auspicios del Gobierno de Buenos Aires, adquirió formas orgánicas en 1826, bien que cediendo éstas al empuje subsiguiente de fuerzas irresistibles, las cuales asentaron en 1831 la piedra angular del mecanismo político que debía perpetuarse en los tiempos.

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Fuentes:

- Saldias, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina – EUDEBA 2°Ed.t.I.ps.39-48 – Bs.Ass (1973).
- Castagnino Leonardo J.M.de Rosas. Sombras y verdades
- Castagnino Leonardo J.M.de Rosas. La Ley y el orden
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

Ver temas relacionados:

- Anarquía de 1820
- Juan Manuel de Rosas
- Rosas y San Martin (Sus relaciones)
- Tratado de Pilar
- Pacto de Benegas
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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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