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"EL CABO"
                          

Adolfo Hitler


(01)
Un cabo, "es un cabo"
(02) Fuentes.
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Un cabo, "es un cabo"

Hitler, “el cabo”, como lo llamaban peyorativamente los Generales Aliados, había sorprendido a estos pretenciosos jefes militares en Polonia y Francia. Los polacos se habían negado a negociar con Hitler cuando este les pidió la paz; “En cinco días, nuestra caballería habrá entrado en Berlín” habían proclamado los polacos, instigados y engañados por las promesas insensatas de sus aliados ingleses. Días más tarde Polonia caía y ni un Ingles se había mostrado por el frente. Los mismos ingleses que se habían mofado diciendo “iremos a secar nuestras ropas en la línea Sigfrido”

Todos estos brillantes jefes aliados, especialistas, galoneados, condecorados, habían creído que les bastaría, como siempre, hacer salir de los cajones aquellos planes voluminosos en los que todo estaba meticulosamente previsto.

Pero, el “cabo bohemio“ había dejado de lado, sin más, toda aquella papelería sublime.

Las estrategias del viejo estilo no habían previsto en 1939 más que operaciones parciales en el norte del territorio polaco. ¡Estos prestigiosos generales las sabían todas! Pero el “Cabo”, había concebido dentro de su cerebro, con todos los detalles, la táctica de la "Blitzkrieg", la guerra relámpago: artillería de las divisiones acorazadas de ruptura, masivamente acoplada con la artillería aérea. Y así, desde el primer día, todo enlace en el interior de territorio polaco había muerto o estaba condenado a muerte; y desde la primer semana, bajo la aviación alemana, las enormes tenazas de las tropas blindadas Panzer reunían en sus pinzas a un millón de soldados polacos inutilizados.

Era una completa revolución de los métodos de guerra lo que acababa de ser realizado ante las narices de centenares de millones de espectadores de dos mundos.

Pero, los generales franceses no se dejarían impresionar; después de todo, "un general es un general", y "un cabo es un cabo".

Militarmente, todos los sistemas previstos desde siglos atrás por los especialistas de los estados mayores, acababan de ser liquidados; sin embargo, ellos no tenían nada que aprender de nadie, y menos de un cabo.

Y así ocurrió que el 10 de mayo de 1940, los generalísimos franceses permanecieron inútiles lustrando sus condecoraciones y botas, sentados en sus escritorios frente a sus teléfonos anticuados, en tanto que una coordinación prodigiosa de las fuerzas de tierra y aire, todas de una eficacia y de una rapidez terroríficas, los ejércitos del cabo Hitler, aplicando por segunda vez una estrategia revolucionaria, repetían la hazaña que ya habían realizado en Polonia.

Iban en 8 días a partir en dos de Sedan a Dunkerke, un continente que cuatro años de asaltos según métodos clásicos, de agosto de 1914 a julio de 1918, no habían podido quebrantar pese al sacrificio de varios millones de muertos.

Cien mil jóvenes Alemanes (estos fueron los únicos que establecieron contacto con el enemigo) aplicando los planes de Hitler, encerraron a dos mil Generales franceses y dos millones de soldados, aplastándolos gracias a una nueva ciencia de la guerra que el “cabo” acababa de concebir.

No solo el asedio Polaco de septiembre de 1939 había tenido lugar previamente para prevenirlos, sino también el asedio Noruego de abril de 1940.

Allí también todo había sido nuevo. En la cancillería de Berlín, el “cabo” Hitler, ante un inmenso mapa de Escandinavia, había mantenido en tensión durante 8 horas a todos aquellos Jefes de Unidad, incluso hasta Comandantes de Batallón, que iban a desempeñar algún papel en el aquel desembarco de una audacia sin precedentes, que el Führer había preparado en riguroso secreto.

¡Imagínense ustedes! En tanto que con anterioridad, tan sólo tres o cuatro generales macizos y preferiblemente ostentando sus monóculos, recibían para su ejecución órdenes mecanografiadas en doce ejemplares; ahora Hitler, un jefe de guerra sin charreteras de oro, explicaba en persona a cada oficial involucrado en la acción, el papel exacto que habría de representar, se lo señalaba sobre el mapa! Le hacía repetir en voz alta las instrucciones y exponer la maniobra precisa que habría de efectuar! Y el colmo! Un buffet abundante estaba instalado en la propia sala!!! y en él, cada uno, sin cumplidos, picaba a su gusto cuando el apetito se lo pedía; comía lo que se le antojaba ¡a dos pasos del Führer!

El propio Hitler había estado poco antes recorriendo en barco, cuidadosamente, la costa a atacar. Conocía cada caleta en la que desembarcar. EL joven oficial que dejaba la Cancillería, salía deslumbrado por haber sido recibido con tal sencillez por el Jefe Supremo de su Ejército, y estaba plenamente optimista ya que había visto que el asunto estaba preparado con cuidado por un conocedor de primera categoría.

En pocos días de abril de 1940 la operación fue rematada. Todos los gloriosos planes de los superespecialistas de los Estados Mayores occidentales se habían volatizado. Los generales franceses e ingleses siete meses después de la caída de Varsovia habían caído en ridículo por segunda vez, ahogados bajo el fárrago de su ciencia, tan monumental y tan muerta como las pirámides. Dichos profesionales, en menos de un mes de campaña en Francia, se encontraban con el cuello desabrochado, sobre la hierba de un campo de prisioneros o bien, tras haber corrido tripa abajo durante mil kilómetros, jadeantes, calados, con el cinturón desabrochado recuperaban penosamente su aliento en los últimos castillos del macizo pirenaico.

Habían sido la imagen viva- o, más bien agonizante- de un viejo mundo anquilosado, del que emergía un nuevo mundo de cuerpos nuevos y nuevos espíritus. No era una derrota, era un entierro de la vieja Europa y la irrupción de una generación que miraba el universo con ojos de principio de la Creación.

Hitler, por primera vez en su vida, había alzado la nariz hacia la cúpula de la Opera de París y la había bajado hacia la tumba de pórfido de Napoleón, barca rosa anclada en su palangana de mármol gris. La Cruz Gamada desplegada sus largos trazos escarlatas desde el océano Ártico hasta el Bidasoa. El occidente entero estaba abrumado, atontado, aún no había comprendido más que el hecho de que todo estuviese perdido, que la maquinaria oxidada de los viejos países –los partidos, los regímenes, los periódicos- yacía en los fosos como la chatarra del material de guerra deshecha y carbonizada por los panzer.


Fuentes:

- León Degrelle. Hitler por mil años.
- www.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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