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ESTALLIDO DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
                          

Kurt Edler v. Schuchnigg


(01) Boicot internacional.
(02) Nota aclaratoria.
(03) Fuentes.
(04) Artículos relacionados.




Boicot internacional.

El 2 de Enero de 1938, el «Sunday Chronicle» de Londres publicaba un artículo titulado:. «Judea declara la guerra a Alemania», en el que, entre otras cosas, se decía: «El judío se encuentra ante una de las crisis más graves de su historia. En Polonia, Rumania, Austria, Alemania, se halla de espaldas a la pared. Pero ya se prepara a devolver golpe por golpe. Esta semana, los líderes del judaísmo internacional se reunen en un pueblecito cerca de Ginebra para preparar una contraofensiva. Un frente unido, compuesto de todas las secciones de los partidos judíos se ha formado, para demostrar a los pueblos antisemitas de Europa que el judío insiste en conservar sus derechos.
«Los grandes financieros internacionales judíos han contribuido con una cantidad que se aproxima a los quinientos millones de libras esterlinas. Esa suma fabulosa será utilizada en la lucha contra los estados persecutores. Un boycot contra la exportación europea causará ciertamente el colapso de esos estados antisemitas».


Precisemos que el «Sunday Chronicle» no era, precisamente, un periódico antijudío. Y hagamos notar que, a consecuencia del boycot exterior, el gobierno de Octavian Goga, debía dimitir y dar paso a Otro más tolerante con su importante minoría israelita. También en Polonia se producían notables cambios gubernamentales substituyendose a los ministros más partidarios de un entendimiento con Alemania por otros que se negaban a cualquier clase de negociación que modificara el statu quo en Danzig.

El 3 de Junio de 1938, el muy influyente «The American Hebrew», portavoz del judaísmo norteamericano escribía, en un editorial que causó sensación y fué reproducido en el mundo entero:

«Las fuerzas de la reacción contra Hitler están siendo movilizadas. Una alianza entre Inglaterra, Francia y Rusia derrotará, más pronto o más tarde, a Hitler. Ya sea por accidente, ya por designio, un judío ha llegado a la posición de la máxima influencia en cada uno de esos países... Leon Blum es un prominente judío con el que hay que contar. Él puede ser el Moisés que conduzca a nuestro lado a la nación francesa. ¿Y Litvinoff?. El gran judío que se sienta al lado de Stalin, inteligente, culto, capaz, promotor del pacto francoruso, gran amigo del Presidente Roosevelt; él (Litvinoff) ha logrado lo que parecía increíble en los anales de la diplomacia: mantener a la Inglaterra conservadora en los términos más amigables con los rojos de Rusia. ¿Y Hora Belisha?. Suave, listo, inteligente, ambicioso y competente... su estrella subesin cesar...
«Esos tres grandes hijos de Israel anudarán la alianza que, pronto, enviará al frenético dictador, el más grande enemigo de los judíos en los tiempos modernos, al infierno al que él quiere enviar a los nuestros.
«Es cierto que esas tres naciones, relacionadas por numerosos acuerdos y en un estado de alianza virtual aunque no declarada, se opondrán a la proyectada marcha hitleriana hacia el Este y le destruiran (a Hitler).
«Y cuando el humo de la batalla se disipe, podrá contemplarse una curiosa escena,representando al hombre que quiso imitar a Dios, el Cristo de la Swastika, sepultado en un agujero, mientras un trío de no-arios entona un extraño requiem que recucida, a la vez, a «La Marsellesa», al «Dios Salve al Rey» y a la «Internacional», terminando con un agresivo ¡Elí, EIi EIi !».


Las presiones del muy influyente «lobby» israelita consiguieron que el gobierno norteamericano aumentara las tarifas aduaneras contra las mercancías alemanas, en señal de represalia por el trato dado por el gobierno alemán a los judíos alemanes.

Por otra parte, el «Congreso Judeo-Americano» votó, por unanimidad, el boycot comercial contra Alemania e Italia (a pesar de que ésta última no había tomado medidas especiales contra los judíos).

Ya desde principios de 1938 había arreciado la campaña antialemána en Francia. El hebreo Louis Louis-Dreyfus, el «rey del trigo», financiaba con generosidad los periódicos belicistas franceses. Incluso varias publicaciones partidarias de un entendimiento con Alemania cambiaron súbitamente de parecer, al sufrir las presiones a que puede someterse a una prensa que se supone «libre».

El semanario «Le Porc Epic» acusaba, por su parte, a la entidad «Union et Sauvegarde Israélite», a nombre de la cual se reunían sumas importantes que luego se destinaban a «acondicionar» debidamente a la prensa, haciendole adoptar una línea no ya tan sólo anti-alemana, sino belicista. («Le Porc Epic», 3-12-1938)

Un periodista judío, Emmanuel Berl, publicaba una revista, «Pavés de Paris», en la cual denunciaba la existencia de un «Sindicato de la Guerra». Citaba nombres y cifras. Decía sin rodeos que el israelita Robert Bollack, director de la Agencia Económica y Financiera y de la Agencia de noticias Fournier, había recibido varios millones de dólares, enviados por prominentes correligionarios suyos desde América, para «regar» a la prensa francesa, en el sentido de crear el clima necesario para una ruptura de hostilidades con Alemania. Y afirmaba: «La acción de la Alta Finanza en el empeoramiento de las relaciones diplomáticas es demasiado evidente para que pueda ser disimulada». («Pavés de Paris», 3-2.1939)

El propio Charles Maurras, que si no amaba ciertamente a los judíos, era un empedernido germanofóbo, precisaba que los fondos de Nueva York para el «Sindicato de la Guerra» en Francia los había traido el financiero Pierre David-Weill, de la Banca Lazard. Precisaba que tales fondos eran distribuidos por Raymond Philippe, antiguo director de la mencionada banca y por Robert Bollack. Maurras hablaba de tres millones de dólares y acusaba formalmente a las diversas ramas de la familia Rothschild de participar en el movimiento. (Henry Coston: «Les Financiers qui mènent le monde)

Kurt Edler v. Schuchnigg

La prensa francesa no era sólo «regada» con dinero procedente de la Judería Americana. Está demostrado que también desde Praga afluían fondos para ella con objeto de «animarla» en su actitud anti-alemana. Checoeslovaquia, artificial Estado inventado en Versalles, contenía en su seno una importante comunidadindía; su importancia no radicaba sólo en su número sino, especial-mete, en su preponderancia en los puestos clave de la Finanza y la Administración de aquel país. El ambajador checo en París, Doctor Osuky, entregaba personalmente fondos a los siete principales diarios de París y a dos de provincias. El gobierno checo incluso financió directamente, y de forma total, desde su creación, al periódico «Le Monde Slave», que dirigía el judío Louis Eisenmann y costaba 150.000 francos anuales. (A. Leriche in «Charivari», Paris, Agosto 1963)

Es innegable, y ha sido admitido por numerosos autores y políticos judíos, que el Judaísmo Internacional, o, como mínimo, la totalidad de entidades judías diseminadas por todo el mundo, hicieron cuanto estuvo en su mano para provocar una guerra mundial contra Alemania. El «Congreso Mundial Judío» que se adhirió al boycot económico antialemán en Marzo de 1937, decían representar, juntos, a siete millones de israelitas esparcidos en treinta y tres países. Sólo mencionamos a estas dos entidades como más representativas, aún cuando existieran docenas de otras asociaciones judías que organizaron boycots contra Alemania o participaron en los mismos.

Los judíos más eminentes y representativos afirmaron a posteriori, y en plena guerra, que ellos la habían declarado antes que nadie. Así, por ejemplo, Chaim Weizmann, conocidisimo sionista que seria luego el primer Presidente del Estado de Israel, declaró la guerra a Alemania en nombre del Pueblo Judío. En efecto, dos días después de la declaración de guerra, hecha por Inglaterra y Francia al Reich, Mr. Weizmann, hablando en nombre del Congreso Mundial Judió y del Movimientó Sionista manifestó que «... los judíos estan al lado de la Gran Bretaña y lucharán al lado de las democracias.., La Agencia judía está preparada para hacer inmediatamente cuanto sea necesario para utilizar a la población judía, a su habilidad técnica y a sus recursos de todo orden en la lucha contra Alemania.» («Jewish Chronicle», Londres, 8-IX-1939)

Más tarde, en plena guerra, prominentes judíos hablarían de ésta auténtica «Declaración de guerra»: Nada menos que Moshe Shertok, que en 1948 sería jefe del gobierno del Estado de Israel manifestó en Enero de 1943, ante la Conferencia Sionista Británica que «... el Sionismo declaró la guerra a Hitler mucho antes de que lo hicieran Inglaterra, Francia y América, porque ésta guerra es nuestra guerra». («Jewish Chronicle», Londres, 22-1-1943)

El órgano de la comunidad judía de Holanda escribió, diez días después de la declaración de guerra anglo-francesa a Alemania: «Los millones de judíos que viven en América, Inglaterra y Francia, Africa del Norte y del Sur, sin olvidar, a los que ya viven en Palestina, están dispuestos a llevar hasta el fin la guerra de aniquilamiento contra Alemania». («Central-Blaad voor Israeliten in Nederland», 13-IX-1939)

El Rabino Moses Perzlweig, dirigente de la Sección Británica del Congreso Mundial Judío, declaró en Toronto, Canadá: «El Congreso Mundial Judío está en guerra con Alemania, a todos los efectos prácticos, desde hace, por lo menos, siete años». («Toronto Evening Telegram», Toronto, 26-11-1940)

El órgano oficial de la Judería de la segunda ciudad norteamericana, el «Chicago Jewish Sentinel» manifestó, en su sección «Sermón de la Semana»: «La segunda guerra mundial es la lucha por la defensa de los intereses fundamentales del Judaísmo.., todas las demás explicaciones no son más que excusas o razones complementarias». («Jewish Chronicle», Londres, 8-V-1 942)

Por su parte, el oficioso «Jewish Chronicle», de Londres, portavoz de la comunidad judía londinense, escribió en un editorial que «hemos estado en guerra con él (Hitler), desde el primer día que subió al poder». («Jewish Chronicle», 8-V-1 942)

El hombre que declaró la guerra a Alemania, Sir Neville Chamberlain, Primer Ministro del Gobierno Británico, el hombre que firmó la ruptura de hostilidades, confesó al Secretario de Estado de los Estados Unidos para la Marina, James. V. Forrestal, que fué el Judaísmo quien arrastró a Inglaterra a la guerra mundial. En efecto, Forrestal anotó en su diario, con fecha 27 de Diciembre de1945 lo siguiente:

«Hoy he jugado al golf con Joe Kennedy (Padre del futuro Presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy). he preguntado sobre la conversación sostenida con Roosevelt y Chamberlain en 1938. Me ha respondido que la posición de Chamberlain era entonces de que Inglaterra no tenía ningún motivo para luchar y que no debía arriesgarse a entrar en guerra con Hitler. Opinión de Kennedy: Hitler habría combatido contra la URSS sin ningún conflicto posterior con Inglaterra, de no haber mediado la instigación Bullit (50) sobre Roosevelt, en el verano de 1939, para que hiciese frente a los alemanes en Polonia, pues ni los franceses ni los ingleses hubiesen considerado a Polonia como causa suficiente de una guerra de no haber sido por la constante y fortísima presión de Washington en ese sentido. Bullit dijo que debía informar a Roosevelt de que los alemanes no lucharían. Kennedy replicó que lo harían y que invadirían Europa. Chamberlain declaro que America y el mundo judio habian forzado a Inglaterra a entrar en la guerra». (Embajador de los Estados Unidos en Francia, medio judío)

Forrestal se refería a «América y el mundo judío». Preguntamos: ¿que América?. En una encuesta realizada por el Instituto Gallup en 1940, el 83,5 por ciento de ciudadanos americanos se mostraban contrariados a la idea de ver a su país mezclado en una nueva guerra mundial. Al lado de un 12,5 por ciento de respuestas vagas, sólo un 4 por ciento de consultados se mostraron partidarios de la entrada en la guerra. Luego cuando Chamberlain decía «América» se refería sin duda razonable posible al gobierno americano de Roosevelt y a su «Brain Trust» dos terceras partes del cual se componían de judíos.

Cuando Chamberlain acusaba al «mundo judío» de haber forzado a Inglaterra a declarar la guerra a Alemania no se refería solamente a la talmúdica administración rooseveltiana, sino que aludía igualmente al clan belicista de Londres, cuya cabeza visible y líder indiscutido era Winston Churchill.

Winston Churchil

Hasta 1937, Churchill fué un ferviente admirador de Hitler, según se desprende inequívocamente de la lectura de su obra «Great Contemporaries», así como de «Step by Step», en que hace verdaderos panegíricos del Führer. Fué entonces cuando, en trance de ser declarado en bancarrota por la pésima administración de su patrimonio familiar, un financiero judío, Sir Henry Strakosck, le regaló la, entonces, fabulosa suma de 18.000 libras esterlinas, que permitieron al versátil político conservar su «status» en la sociedad londinense. A partir de aquél momento la orientación de Churchill en política exterior da un giro copernicano y se hace el campeón del clan belicista y anti-alemán en el Partido Conservador. (John V. Forrestal: «The Forrestal Diaries», págs. 121-122)

Por otra parte, entre los miembros del Gobierno británico que prácticamente arrastraron al dubitativo Chamberlain a la declaración de guerra, figuraban cuatro judíos: Hore Belisha, Ministro de la Guerra; Sir Adair Hore, Secretario de Pensiones Sociales; Lord Hankey, Ministro sin Cartera, y Lord Stanhope, Primer Lord del Almirantazgo. Pero, además, Lord Halifax, Ministro de Asuntos Exteriores, estaba casado con. una nieta de los Rothschild, y con esa opulenta familia estaba igualmente emparentado por vía de matrimonio el Ministro de Comercio Oswald Stanley. Sir John Simon, Canciller del «Exchequer», es decir Ministro de Hacienda, era intimo amigo y protegido de Sir Philippe Sasoon, uno de los prohombres del Sionismo británico, y estaba casado con una judía.

También estaban casados con hebreas Lord Maugham, Presidente de la Cámara de los Lords, H. H. Rambotham, Ministro de Obras Públicas y Sir J. Reith, Ministro de Información, de los restantes ministros, Sir Malcolm Mc Donald, el Secretario de Colonias, estaba asociado en asuntos de finanzas, con el conocido multimillonario y sionista Israel Moses Sieff. El Duque de Devonshire, Subsecretario de los Dominios, tenía como asociado, en el consejo de administración de la «Allied Asurance Co.» a los judíos Rothschild, Bearsted y Rosebery. El Ministro de Transportes, E. L. Burgin, era el director de una empresa de abogados que defendía los intereses de la poderosa banca judía «Lazard Bros». Sir Kingsley Wood, Ministro del Aire y el Conde De la Warr, Ministro de Educación, eran asociados del P. P. P. (Political and Economical Planing), del hebreo Sieff, entidad definida por el propio Churchill como un «vivero de marxistas». Solamente Lord Woolton, el Ministro de Abastecimientos, no tenía ningún lazo familiar o comercial con judíos, aún cuando anteriormente hubiera sido miembro del Consejo de Administración de la firma judía «Lewi’s Ltd.» No debemos olvidar a dos figuras de máximo relieve en el clan belicista inglés, aun cuando en el momento de la declaración de guerra no formaran parte del gobierno oficial del país: Duff Cooper y Anthony Eden. Sir Duff Cooper, ex-Primer Lord del Almirantazgo, era junto a Churchill, Halifax y Eden, y más aún que el propio Presidente Chamberlain, uno de los hombres de más influencia en el Partido Conservador. Curiosamente según las leyes de Nuremberg no hubiera sido considerado judío, por serlo su madre, Agnes Stein, de una familia de banqueros de la City. En cambio, según la Halacha (la ley judía) es judío por haberlo sido su madre...( «South African Observer», Agosto, 1977)

En cuanto a Anthony Eden, que había sido Ministro de Asuntos Exteriores y volvería a serlo, llegando incluso a Primer Ministro, fué toda su vida un amigo y protegido del multimillonario judío y sionista Sir Phillip Sassoon (que, por cierto, en el momento de la declaración de guerra al III Reich formaba parte del Gobierno como Secretario de Obras Públicas). Eden incluso celebraba sus reuniones políticas en el despacho de Sassoon en la Cámara de los Comunes. («News Rewiew», 21 -VII- 1938) El abuelo materno de Eden era un hebreo polaco apellidado Schaffalitsky.

En el momento de estallar la guerra, 181 de los 415 diputados de la Cámara de los Comunes eran directores, accionistas notorios o administradores de sociedades comerciales o financieras. Estos 181 padres de la Patria ocupaban en total 775 lugares de los miembros de los consejos de administración y de dirección en los 700 bancos, grandes empresas industriales, navieras, compañías de seguros y empresas exportadoras más importantes del imperio británico. Al menos las tres cuartas partes de tales empresas eran judías.

El predominio de los judíos o de políticos relacionados con el Judaísmo era, en Francia, tanto o más notorio que en Inglaterra. El cabeza de fila del poderoso clan belicista francés era Georges Mandel, cuyo verdadero nombre era Jeroboam Rothschild.

La Gran Prensa Mundial, influenciada cuando no abyectamente dependiente dé fuerzas políticas infeudadas al Judaísmo, que denigraba sistemáticamente a Alemania, guardó distraído silencio cuando, el 4 de Febrero de 1936, Wilhelm Gustloff, jefe del grupo nacionalsocialista de alemanes residentes en Suiza fué asesinado por el hebreo Frankfurter. Sólo dos de los dieciseis diarios parisinos dieron la noticia, y aún omitiendo mencionar la Extracción racial del autor del asesinato. (Idéntica actitud adoptaría la Gran Prensa en ocasión de los asesinatos de los líderes nacionalistas)

El 7 de Noviembre de 1938, un incidente inesperado y banal – según la prensa francesa – , o una auténtica provocación – según la prensa alemana –, motivó (o sirvió de pretexto a una violenta reacción alemana. El agregado consular alemán en París, Von Rath, fué asesinado por un joven hebreo, emigrado de Alemania, llamado Herschel Grynzspan. Algunos de los líderes más exaltados de las unidades de combate del Partido Nacionalsocialista organizaron, la noche del 8 al 9 de noviembre, una verdadera orgia de antisemitismo, que sería conocida con el nombre de «Kristallnacht» (la noche de cristal): escaparates de tiendas judías apedreados, quema de numerosas sinagogas e innumerables casos de malos tratos de palabra y obra. Afortunadamente no se registraron decesos.

Inmediatamente se organizaron manifestaciones antialemanas en las democracias occidentales y en la URSS. No obstante, no era la primera vez en la Historia que el asesinato de altos funcionarios a manos de un extranjero provocaba enérgicas represalias contra los compatriotas del asesino.

Podemos mencionar como ejemplo, los abusos cometidos contra los italianos de Lyon y Marsella, después de que un italiano, Casserio, asesinara al Presidente Carnot en 1905. En Lyon y Marsella hubo muertos; no los hubo en la «Kristallnacht», pero la reacción internacional contra Alemania fue de una inusitada violencia y el Presidente Roosevelt, que retiró a su embajador en Berlin declaró que «apenas podía creer que tales cosas sucedieran en pleno siglo XX».

La Segunda Guerra Mundial estalló por la concatenación de una serie de factores, siendo el factor judío, o más exactamente, el Judaismo, y en especial su rama Sionista, uno de los principales.

También se ha dicho por numerosos autores, y personalmente creemos haberlo demostrado, (J. Bochaca: «La Historia de los Vencidos» y, especialmente, «El Enigma Capitalista» y «La Finanza y el Poder». Ediciones Bau.) que la Alta Finanza Internacional fue factor principalísimo y ciertamente determinante de la llamada «Gran Cruzada de las Democracias». Pues bien: para nadie que se halle siquiera medianamente informado constituye un secreto que los individuos y entidades componentes de esa Alta Finanza son, en apabullante proporción, judíos. Con el fin de dar una idea de cuán cínicamente piensan algunos judíos sobre el valor y la significación de la guerra, citamos algunas palabras del discurso pronunciado por el periodista judeo-americano Isaac Marcuson con motivo de un banquete celebrado en el «American Luncheon Club»:

«La guerra es una colosal empresa comercial. En cuanto a las mercaderias que se negocian, éstas no son máquinas de afeitar, ni jabones y pantalones, sino sangre y vidas. El mundo ha sido inundado con relatos sobre heroísmo en la guerra, pero el heroísmo era en la lucha mundial una de las cosas más vulgares del mundo. Lo más bonito de esta guerra (se refiere a la I Guerra Mundial) era más bien la organización comercial». («New York Herald Tribune», 14-VI-1938)

Henry Morgenthau

La frase es perfectamente aplicable a la II Guerra Mundial, y a todas las guerras que se han sucedido desde que estalló la «paz». Por ejemplo, en Francia, el judío Citroen fabricaba para el ejército autos, tanques, proyectiles y torpedos. El judío Leon Levy, de la casa Comentry, suministraba cañones. Las máscaras antigases las fabricaban la «Société d’Etudes et de Construction du Matériel de Protection», bajo la dirección de los judíos Frank y Bráun. Los gases asfixiantes los suministraban los judíos Klotz, Mannheimer, Weill y Berr.

Otros proveedores de material de guerra eran los judíos Aron, Cahen, Eiffel, Goudchaux, Lazard, Lehmann y Stern. La fábrica de automóviles Latil, que luego fabricaría carros blindados, la dirigían los israelitas Blum (el socialista multimillonario), Georges y Lazare Latil, Jean-Paul Lévy, Fribourg, Fortoul, Korn y Weill.

El Ministerio del Aire nombró dos todopoderosos «consejeros» para la gran fábrica de aeroplanos que se montó en 1937 en Nantes. Estos dos consejeros eran extranjeros. Uno de ellos M. E. Hijmans, procedía de Holanda, y el otro, H. E. Oppenheimer, de Alemania. Ambos eran judíos. El «rey» de la aviación de guerra de Francia era el judío Marcel Bloch, que años más tarde cambiaría su nombre por el de Marcel Dassault. Los técnicos franceses de esta gran factoría han llegado a producir el avión «Mirage». («Le Pilori», Paris, 2-IX-1938)

En Inglaterra y los Estados Unidos, y en ambos casos por intermedio de la Alta Banca, la industria de guerra de hallaba – y sigue hallandose – bajo el casi absoluto control de judíos que, en muchos casos son sionistas. Concretamente, en los Estados Unidos, el hombre que en las dos últimas guerras mundiales ha centralizado en sus manos el más omnímodo poder sobre las industrias bélicas fué el llamado «Procónsul de Judá en América», Bernard Mannes Baruch, según se reconoció, incluso, en una histórica sesión ante el Senado norteamericano.

Un tercer factor fué el comunismo, y concretamente su encarnación fáctica, es decir, la Unión Soviética quien resultaría, a la postre, el verdadero vencedor político de la contienda. Y no se puede discutir seriamente que, si en la gestación de la URSS intervinieron mayoritariamente los hebreos de los ghettos rusos y polacos, en 1939 elementos judíos copaban en una proporción no inferior a las dos terceras partes el «apparat» gubernativo de la URSS. Mucho se ha hablado, a ese respecto, del Pacto Ribbentrop-Molotoff, en vísperas del desencadenamiento de las hostilidades, en 1939. En cambio, se ha soslayado en lo posible el mencionar que quien propuso el Pacto fué Stalin, rechazando el que le proponían los anglo-franceses; al Zar Rojo no le interesaba «sacarles las castañas del fuego a los reaccionarios occidentales», según manifestó con impar franqueza. Pero una vez Alemania comprometida en una guerra con Occidente, Molotoff, que había substituido muy oportunamente a Litvinoff, el polifacético hebreo, se presentó en Berlín con una serie de reivindicaciones territoriales que fueron rechazadas, pero que Inglaterra y los Estados Unidos concederían graciosamente después que el Judaísmo, de manera directa a través de su rama Sionista, e indirectamente por las Actividades de la Alta Finanza y del Comunismo en cínica y, para los no informados; sorprendente alianza, fué no un factor, sino EL factor determinante del desencadenamiento de la guerra, está fuera de toda duda razonable. Corroboran esta afirmación los testimonios precitados, todos ellos de parte contraria, y ya se sabe que a confesión de parte exclusión de prueba.

Y que Alemania era consciente de quién era su verdadero enemigo lo demuestran numerosas declaraciones públicas de sus principales líderes políticos, de las que vamos a citar, como más representativa, una frase del discurso de Hitler del 19 de Septiembre de 1939:

«En numerosas ocasiones, he ofrecido la amistad del pueblo alemán a Inglaterra y alpueblo inglés. Toda mi política se ha basado en la idea de esa mutua amistad. Siempre he sido rechazado... Nosotros sabemos que el pueblo inglés, en su conjunto, no puede ser hecho responsable. Quien en realidad odia a nuestro Reich es la clase dirigente y plutocrática de la Judería».

Que no se trataba de fantasías de Hitler lo atestiguan dos testigos de impar calidad. Nada menos que los embajadores polacos en París y Washington en el momento de estallar la guerra.

Lukasiewicz, embajador en París, escribió a su Gobierno, el 7 de Febrero de 1939, que el Embajador norteamericano en Paris, el medio judío William C. Bullit, le había dicho textualmente que «los Estados Unidos disponen de medios de presión formidables contra Inglaterra. La simple amenaza de su. empleo debiera bastar para impedir que el Gobierno Británico prosiguiera su política de conciliación hacia Alemania».

Por su parte, el Conde Jerzy Potocki, embajador polaco en. Washington, escribió, el 12 de Enero de 1939, al Jefe del Gobierno, Coronel Beck: «Aquí se ha desatado una campaña antialemana de una rara violencia. Participan en la misma diversos intelectuales y banqueros judíos: Bernard Baruch, el Juez del Tribunal Supremo, Frankfurter, el Secretario del Tesoro, Morgenthau, y muchos otros relacionados con Roosevelt con lazos de amistad personal. Este grupo de personalidades que ocupan los cargos de mayor responsabilidad en el gobierno norteamericano está unido por lazos indisolubles con la internacional judía.


Nota aclaratoria:

La transcripcion textual del artículo, no necesariamente implica la total coincidencia con las opiniones del autor.

No comfundir sionismo con semitismo.

Para evitar malos entendidos, se trasncrible parte de una entrevista que le hizo la Televisón francesa a Aleksander Isáyevich Solzhenitsyn, autor del libro Archipielago Gulag.

A una pregunta del entrevistador, Solzhenitsyn respondió:

"En el Archipiélago Gulag, el sistema de prisiones y campos de concentración, se calcula que perecieron 44 millones de personas (66 millones en toda la URRSS)… Yo me he limitado a dar los nombres de las personas que dirigían entonces los destinos del Gulag, de los jefes de la NKVD, de los directivos de la construcción del Canal del Mar Báltico. Aquí están los principales. Yo no tengo la culpa de que todos ellos sean de procedencia judía. No se trata de una selección artificial. La separación la ha hecho la historia…"

(Al llegar a este punto fue cortada la entrevista que hacía la TV francesa).


Fuentes:

- Joaquín Bochaca. El mito de los 6 millones. p.34
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

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