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RELACIONES DE ALEMANIA CON FRANCIA
DISCURSO DE ADOLFO HITLER (13 de marzo de 1936)
                          

Adolfo Hitler


(01)
Relaciones con Francia
(02) Fuentes.
(03) Artículos relacionados.


Relaciones con Francia

El pueblo francés y el pueblo alemán, iguales en derechos, no deben ya considerarse como enemigos hereditarios, sino respetarse mutuamente.

Cuando tomé el poder, hace tres años, el pueblo alemán estaba en Europa rodeado de enemigos.

La gente se dejaba entonces conducir por el odio, la desconfianza, el temor y el orgullo. Me esforcé por introducir la razón en las relaciones de Alemania con el resto del mundo. Me esforcé por construir estas relaciones sobre los principios, que han sido reconocidos como eternamente justos, de la solidaridad humana. Traté de explicar al mundo y al pueblo alemán que Europa es un pequeño concepto; que, en esta Europa, desde hace siglos, no se han verificado grandes cambios; que Europa constituye en el hecho, una familia de pueblos, pero que los miembros de esta familia, teniendo una personalidad bien formada, constituyen naciones que tienen una fuerte tradición que se apoya en un gran pasado, una civilización que ellos consideran propia de cada cual, y que miran con orgullo hacia el porvenir. Me he esforzado por hacer comprender a mi pueblo, y también a los demás pueblos, que toda disensión llena de odio no puede tener sino pequeños resultados. Las fronteras de los Estados europeos pueden cambiar, la de los pueblos permanecen estables. No hay espacios vacíos en Europa en que las masas de un pueblo puedan desparramarse. No hay ninguna necesidad –pues sería una locura– de despojar a los pueblos de su propia naturaleza para imponerles costumbres extranjeras. Partiendo de esta simple consideración, me he esforzado en mejorar las relaciones de Alemania con sus vecinos, y mi tentativa no ha dejado de tener éxito.

Hace tres años, cuando Alemania estaba separada de Polonia por el más serio conflicto, logré atenuar poco a poco las tensiones, y gracias al espíritu de profunda comprensión de otro gran Führer y estadista, afortunadamente logré acercar lentamente a dos pueblos entre sí. De este acercamiento nació poco a poco una entente, y de esta entente la convicción de que es necesario mantener entre vecinos relaciones amistosas y tenerse una mutua estimación. Estoy convencido de que llegará el día en que ya no se comprenderá cómo dos pueblos hayan podido vivir en la atmósfera entonces reinante de una llamada hostilidad hereditaria. Me he esforzado por normalizar las relaciones entre los dos pueblos en la medida en que esto concierne a Alemania. Lo he conseguido y esto en el interés de dos pueblos, y sin duda sólo en perjuicio de algunos excitadores comunistas. Uno de los frutos de esta entente es que la economía de los pueblos haya obtenido algún provecho de ella. No hemos sido nosotros los únicos beneficiarios; también lo han sido los demás. ¿Qué podría resultar, razonablemente, a la larga, del estado de cosas que existía anteriormente entre los dos países? En esa época, ya no era perfectamente seguro que Polonia no destruiría jamás a Alemania, y que Alemania también suprimiría nunca a Polonia. Dos pueblos constituyen realidades y hacen bien en arreglarse para que sus relaciones se hagan soportables.

Ese mismo pensamiento es el que me inspiró en mi actitud hacia el Oeste, como me había inspirado hacia el Este. Aquí también me esforcé –creo que por primera vez–, como nacionalista alemán, por mostrar que el mantenimiento de la doctrina del enemigo hereditario debe ser y es irrazonable para los dos pueblos, porque está desprovista de sentido.

Quizá muchos dirán, aquí también, que éste es un ideal; y creo también que, en esto, la razón terminará por triunfar. En todo caso, creo que será necesario recurrir a todo para ayudar a la razón a obtener la victoria. Lo creo como nacionalista alemán, y sólo porque soy nacionalista puedo hablar así, pues de ninguna manera podría yo abandonar nada de los derechos de mi pueblo. Pienso en ello tan poco como pienso en suprimir los derechos de los demás pueblos. Quiero encontrar una síntesis entre los derechos de los demás pueblos. No quiero despojar al pueblo vecino de sus derechos, como tampoco quiero que se quite a Alemania los suyos.

Adolfo Hitler Creo que ante todo es necesario que los dos pueblos se levanten uno frente al otro como factores que disponen en Europa de derechos absolutamente iguales, pues solamente sobre la base de tal igualdad de derechos podrá fundarse el respeto recíproco que es indispensable. El reproche que dirijo a los estadistas anteriores, es no haber querido entenderse con los mejores elementos de Alemania y no haber edificado, desde el principio, la entente sobre la idea de una absoluta igualdad de derechos.

Mi política de acercamiento parte de la idea de que no puede haber sino dos partes iguales en derecho o que no hay en absoluto partes. Sobre la igualdad de derechos se funda la consideración recíproca. De esta consideración nace el respeto que uno tiene por el otro y viceversa. Ambos pueblos han derramado una infinidad de veces, sobre los campos de batalla, la sangre de los mejores de sus hijos. Las fronteras han sido trasladadas, ora en un sentido, ora en otro, en una distancia de 50 a 100 kilómetros. Con tal método, es imposible llegar a un resultado definitivo; pero, si se continuase en él, ambos pueblos seguirán derramando lo mejor de su sangre. Vivirían en la angustia y en la desconfianza, en el temor y en el odio, para mayor perjuicio de su economía.

Creo que una serena reflexión mostrará también un día a estos dos pueblos el camino que deben seguir, y si alguien me dice que ése es un ideal, le respondo: Algo que corresponde a la razón es, en último término, una realidad. Tal concepción de las relaciones franco alemanas es mucho más real que la concepción de los que creen no poder abordar los problemas sino con el temor y el odio en la boca. Sin duda, cuando hablo así, hablo siempre como nacionalista alemán; pero precisamente eso es lo que constituye el valor de lo que le he dicho. Tal vez hay en Francia gentes que dicen con señales de denegación: “Pero el hombre que habla así es un nacionalista alemán”. No puedo sino responderles: “Tanto mejor. Tanto mejor si es precisamente un nacionalista alemán quien quiere tenderos la mano de la armonía; pues, si fuera otro el que lo hiciera, su gesto sería desprovisto de valor. En efecto, solamente el que puede ganar a todo el pueblo alemán a este y ideal y a esta armonía es el que realiza una obra verdaderamente útil”.

El que no recurre sino a aquellos que se puede calificar de internacionales trae consigo la desgracia de su pueblo, pues lo que hay de más preciso en un pueblo es lo que está animado del sentimiento nacional. Lo que está invocado en el pueblo mismo, lo que tiene una tradición fuerte, lo que es orgulloso y audaz, he ahí lo que traigo, por el momento, como representante de 67 millones de hombres. Hay aquí muchos que dicen que la razón no es el factor decisivo, sino que existen otros, imponderables, que conviene tomar en cuenta. Creo que no existe nada precioso que no pueda someterse a la razón. Por eso me opongo a que se sustenten en la política, concepciones que no tienen por base la razón.

Me dicen a veces: “Nunca ha sido así, y la política, como hasta ahora se ha practicado, prueba que, a la larga, es una cosa imposible”. No, la experiencia política enseña que, finalmente, los métodos que se han seguido hasta ahora han llegado a ningún resultado, y por eso repudio semejante política.

Me dicen: “Pero usted es un nacionalista alemán, usted debe buscar triunfos militares”. Sólo puedo responder que mi ambición me lleva hacia triunfos muy diferentes. Soy un nacionalista alemán, y representaré a mi pueblo con el fanatismo de un soldado del gran ejército de antaño. Pero, procediendo así, no cierro los ojos ante las tareas vitales en presencia de las cuales nos encontramos.

Cuando me dicen que, como nacionalista, debería querer celebrar un triunfo militar, respondo: “Me siento feliz si puedo celebrar un otros. Sé lo que es la guerra. Lo sé harto mejor que muchos politiqueros internacionales, en todo caso, mejor que los excitadores profesionales a la guerra”. Cuando oigo los nombres que hoy sostienen que no debe efectuarse ninguna reconciliación, y que hay que recurrir a la fuerza, debo decir que se han dirigido a ellos para contribuir al triunfo de la fuerza. Hay muchos que no vi en el sitio que deberían haber ocupado. He combatido concienzudamente, como un simple soldado, y ha habido más de uno que, desgraciadamente, no ha hecho más que sacar provecho de la guerra. Considero la guerra de una manera completamente diferente de como la consideran muchos de mis contradictores. Vemos en la guerra algo terrible, no porque seamos, cobardes, sino porque, en efecto, es terrible. En cuanto a los otros, lo que ven a la guerra como algo hermoso, no porque sean valientes, sino porque ella les ha permitido hacer buenos negocios. Son muchos, que no comprenderemos jamás. Cuando hablan de orgullo, tienen una concepción diferente de lo que llamamos orgullo. En cuanto a mí, tengo la ambición de levantarme un monumento en el pueblo alemán. Pero también sé que es más fácil levantarse este monumento en la paz que en la guerra. Si hoy nos viéramos arrastrados a una guerra, cada proyectil de 30 cm nos costaría 3.000 marcos, y si agregase a esta suma otros 1.500 marcos, podría construir una casa de obrero, y si acumulo en una vez un millón de esos proyectiles, todavía estoy lejos de tener un monumento. Pero si construyo un millón de casas en las cuales puedan vivir numerosos obreros alemanes, entonces me levanto un monumento en su corazón.

Adolfo Hitler Mi ambición me lleva a querer para Alemania los mejores establecimientos para la educación de la juventud.

Quiero que poseamos en Alemania los más hermosos estadios, que se terminen nuestros caminos, quiero que, en todos los dominios de la cultura humana, Alemania esté en el primer rango, tal es mi ambición.

Quiero que la fuerza de trabajo de mi pueblo se desarrolle para darnos obras nuevas; pero lo que no quiero es que otro pueblo se mezcle en nuestros asuntos y crea que puede quitarnos cualquier cosa. No vivo sino para que mi pueblo y el movimiento nacional-socialista no piensa sino en este pueblo. Veo ante mí esos millones de hombres que tienen una labor tan pesada y que gozan tan poco de la vida, que a menudo tienen que luchar con tantas preocupaciones y a los cuales felicidad les está distribuida con tanta parsimonia.

El movimiento nacional-socialista sólo quiere ayudar a esos hombres. Quiere tratar de hacerles la vida más fácil y más bella; pero, y hablo aquí como nacional-socialista, no quiero que el pueblo alemán llegue jamás a ser esclavo de otro pueblo.

Estaré en todo momento dispuesto a celebrar un acuerdo con el gobierno francés. Apelamos a ambos pueblos. Hago al pueblo alemán esta pregunta: “Pueblo alemán, ¿quieres que entre nosotros y Francia se sepulte por fin el hacha de la guerra, y que se establezca la paz y la armonía?” Si lo quieres di: “Sí” (Los informes oficiales dicen: “Millares de voces gritan: ¡Sí! Y los gritos de ¡Heil! Se suceden durante varios minutos a través del hall”.)

Que al otro lado, se haga la misma pregunta al pueblo francés no dudo que también él quiere la armonía, y quiere también reconciliación. Los informes oficiales dicen: “Nuevamente estallan los aplausos entusiastas de las masas”)

Preguntaré enseguida al pueblo alemán:

“¿Quieres que oprimamos al pueblo francés o que lo pongamos en inferior situación de derecho?” Y él dirá: “No, no lo queremos”.

Que al otro lado se plantee la misma cuestión al pueblo, preguntándole si quiere que el pueblo alemán tenga, en su propia casa, menos derechos que cualquier otro pueblo; estoy convencido de que el pueblo francés dirá: “No, no lo queremos”. ( Los informes oficiales dicen: “Aplausos desencadenados subrayan estas palabras del Führer”)


Fuentes:

- Discurso público. A.H.Mi doctrina, p.210
- LA GAZETA FEDERAL www.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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