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CIUDADES Y MEGA CIUDADES
                          

Alfred Rosemberg


(01) Ciudad y Mega-ciudad
(02) Fuentes.
(03) Artículos relacionados.


La concentracion urbana

Sencillamente no es verdad que todas las sociedades anónimas, cárteles etc., “deben” ser reunidos en dos o tres ciudades, debiendo llevar consigo todo el aparato administrativo; no es verdad que “deben” levantarse siempre nuevas fábricas en Berlín para atar allí a nuevos cientos de miles; no es verdad que la oferta y la demanda, como por lo general se dice, “deben” gobernar la vida. Antes bien, la misión de un auténtico Estado popular consiste precisamente en que las premisas para este juego de las fuerzas sean dirigidas conscientemente por sus representantes.

La gran urbe con su centelleo, sus cinematógrafos y grandes tiendas, con la Bolsa y los cafés nocturnos hipnotiza al campo. Bajo el signo de la libertad de residencia la mejor sangre fluye libremente a la urbe mundial corruptora de la sangre, busca trabajo, funda negocios, aumenta la oferta, succiona demanda que nuevamente refuerza la epidemia de la inmigración.

Este funesto círculo vicioso puede ser disuelto solamente a través de un bloqueo rigurosamente aplicado de los habitantes. No en la construcción de viviendas en la gran urbe por la que aun se clama tanto, reside una solución —ésta más bien favorece el hundimiento— sino en la derogación de la libertad de residencia liberal, destructora del pueblo. La inmigración sin autorización a ciudades de más de 100.000 habitantes debería ser abolida. A tales ciudades sólo en casos urgentes debe ser concedido dinero para nuevas construcciones de viviendas; el mismo tiene más bien que ser distribuido entre las ciudades más pequeñas.

Sólo pueden ser erigidas nuevas fábricas en ciudades de 100.000 habitantes, cuando el objeto de explotación se halla en el mismo lugar (yacimientos recientemente descubiertos de carbón, de sal, etc.).

Las posibilidades actuales de tránsito permiten la distribución de las fuerzas (descentralización) de toda la vida económica no solamente sin perjuicio de la misma, sino hasta —en el resultado final— con un incremento calculable. Ya únicamente a través de la preservación de la fuerza racial y de la salud popular, el capital más importante que poseemos. En los Estados Unidos, donde la aglomeración (concentración) ha tenido lugar con el ritmo más acelerado, molinos harineros gigantescos, mataderos inmensos, hacia los cuales fluyen las materias primas de todo el país, sobrecargan la red ferroviaria y encarecen a través de los gastos en fletes los productos acabados más de lo que fue ahorrado al comienzo por el rechazo de la construcción de centrales no tan grandes. La evolución del amontonamiento de seres humanos y de mercaderías según el principio de la libertad de residencia se embauca a sí misma. Se multiplican las voces que, aunque por ahora no osan tocar la idea desvariada del dogma de la libre residencia, reconocen desapasionadamente, sin embargo, la necesidad natural de la descentralización. Mediante reflexiones que se limitan al terreno de la economía popular, llegan al mismo resultado que yo, que parto de la idea de la protección racial. (Ford, p.ej., exige muy acertadamente que las hilanderías de algodón no deben ser edificadas en las ciudades gigantescas, sino instaladas en la proximidad de los propios campos de algodón).

El labriego, que hoy es aun el más grande productor, no es al mismo tiempo el más grande vendedor. Él depende de aquellos peldaños intermedios que elaboran sus productos antes de que lleguen al mercado.

Él no puede transformarlos en el lugar mismo en mercadería acabada, sino que debe cargar los transportes con productos en bruto. Esta funesta evolución, que está tratando de desarraigar el estamento de los labriegos, el más fuerte sostén de todo pueblo, un estamento que “nunca muere” (Chamberlain), ha sido promocionado conscientemente por la democracia y a través del marxismo, para acrecentar también de esta manera los ejércitos proletarios. De un modo directamente opuesto debe proceder una auténtica política popular.

La desproletarización de nuestra Nación —y de cualquier otra— es, sin embargo, concebible sólo a través del consciente desmontaje de nuestras urbes mundiales y la fundación de nuevos centros. Hablar de una radicación y nacionalización en medio de gigantescos montones de piedra es locura. Una americanización a través de la “salvación” con ayuda del automóvil como ha sido intentado en Norteamérica, significa un despilfarro de fuerza y una pérdida de tiempo a pesar del engullir de kilómetros.

Los millones que diariamente entran desde afuera a Nueva York y por la tarde son vomitados de nuevo, sobrecargan el tráfico y encarecen la vida total más de lo que hubiera sucedido nunca mediante una estricta contención y derivación de la marea humana. En lugar de quizás cien grandes centros corruptores del pueblo pueden en el futuro existir diez mil propulsores de la cultura, si cabezas de fuerte voluntad determinan nuestro destino y no el marxismo y el liberalismo. Gráficamente hablando, nuestra vida transcurre hoy siempre sólo sobre una línea: ida y vuelta.

En el futuro debe tener un movimiento circular alrededor de centros orgánicamente determinados. Si el numero de habitantes de una ciudad se acerca al numero de 100.000, debe mirarse por una efluencia.

Nuevos fundadores deben ser dirigidos a lugares más pequeños o ser asentados en el campo, no en huecos de sótanos y buhardillas, como se complace en hacerlo la democracia “humanitaria”.

No hay que creer que al respecto nos queda todavía elección alguna. Obsérvense las preocupaciones que tocan el nervio vital de Nueva York, para saber de inmediato que está en juego todo. Para poder dominar de alguna manera, el tráfico que se intensifica cada vez más, trabaja un equipo gigantesco de arquitectos y técnicos día y noche. Se ha llegado ahora al extremo de tomar en consideración la instalación de calles de diversos pisos. Las calles para los coches deben ser trasladadas debajo de las casas, también las veredas ubicadas encima en arcadas. Deben tenderse puentes de un lado de la calle al otro, todo un tejido de pasarelas, pasillos, pasos eternamente iluminados artificialmente, están planeados.

La nueva ley Norteamérica de las tres zonas permite mediante el retroceso de los pisos un desarrollo en altura de las casas que va mucho más allá aun de lo existente hasta ahora, como lo muestran los proyectos de los arquitectos H. Ferris, R. Hood, M. Rusell y Crosell. La meta de todos estos esfuerzos técnicos que presentan la libertad de residencia como fundamento ideológico, es un montón de gigantescas pirámides de piedra, dentro de las cuales toda vida humana debe asolarse, petrificarse, y alguna vez morir definitivamente. Este fundamento cosmovisional debe ser descartado, recién entonces quedará el camino libre para la superación de la técnica a través de la técnica misma. La facilidad de las comunicaciones creó la urbe mundial. Por causa de esta facilidad de comunicaciones ella morirá si es que nosotros no queremos sucumbir racial y anímicamente. La Polis creó la cultura griega, la pequeña ciudad, la ciudad mediana, toda cultura propia del pueblo en Europa: la mirada que se fue ampliando del anterior labriego individual concibió el pensamiento de un Estado sin perderse en lo infinito. Solamente así pudo originarse una estructura cultural orgánica.

La facilidad de las comunicaciones, la prensa (si es dirigida decentemente), la radiodifusión y la observación personal, permiten hoy a toda persona adulta el juicio sobre las cosas de una ciudad cuyo numero de habitantes no supere en mucho los 100.000; las inexactitudes de información que provienen desde afuera, ella es capaz de rectificarlas aquí mediante la propia observación. El accionar de los políticos comunales con respecto al bienestar del Estado corresponde a las preocupaciones diarias de los artesanos, de los trabajadores de todas las profesiones. Aquí también está abierto el camino para la verdadera apreciación de los rendimientos. Para las elecciones comunales resulta, por ende, la posibilidad de una elección directa por anchas masas del pueblo, pero que igualmente ha de apuntar a personalidades y no a listas. Los candidatos son propuestos por guildas, agrupaciones y la Orden Alemana en su representación local. De este modo los electores del parlamento ciertamente se basan sobre un ancho fundamento popular, pero no en la masa anónima. Para las elecciones comunales también podrá subsistir el derecho electoral de la mujer. Una voluntad popular que surge de abajo, orientada hacia personalidades visibles, debe, por consiguiente, salir al encuentro de la voluntad gobernante desde arriba. La monarquía ilimitada sólo conoció la dirección de arriba hacia abajo, la democracia caótica sólo el estancamiento de las masas de abajo hacia arriba.

El Estado alemán del futuro, hecho realidad por el acto de poder de unos pocos, no entregará a las personalidades creadoras de tipos a ninguna veleidad electoral y a ningún fraude monetario, sino que los mantendrá en el poder por el conductor del Estado y los renovará cada vez a través de una educación en la Orden Alemana. Mediante la elección esbozada se ofrece a las personalidades creadoras, sin embargo, una posibilidad de ascenso sin obstáculos. El Reich venidero es, por lo tanto, como ha sido expuesto, nacionalista y socialista, es decir, no está fundado sobre tibios estados de ánimo, sino sobre la pasión forjadora de tipos y la humanidad ligada a la raza. El nacionalismo en su forma más ardiente es premisa y meta final del accionar, el socialismo el aseguramiento estatal del ser individual bajo el signo del reconocimiento de su honor individual y a favor de la protección racial.

Si esta delimitación hacia uno de los lados tuvo que ser hecha para superar la urbe mundial asesina de pueblos, hacia el otro lado, en cambio, debe alertarse ante aspiraciones que quieren suprimir la ciudad en sí, para subdividir Alemania en pequeñas colonias de no más de doce mil habitantes. Los defensores de estas ideas seductoras pasan por alto que con esto se emprende fundamentalmente la tentativa sin perspectiva de éxito de volver a iniciar una era a-histórica, “vidente de la naturaleza”. Ochenta millones de seres humanos necesitan para llegar a ser una totalidad conforme a ideas, puntos nodales de la vida lo suficientemente grandes como para ofrecer a muchas personalidades fuertes el necesario aire espiritual para respirar, pero también limitados estructuralmente en forma adecuada para no hacerlos hundirse en el caos de muchos millones aglomerados y, sin embargo, astillados. Sólo en la ciudad se forma cultura, sólo la ciudad puede constituir un foco de la vida nacional consciente, reunir las energías existentes, orientarlas al todo y hacer posible aquella visión política del mundo que precisamente Alemania, como Estado abierto hacia tantas direcciones, necesita más que todos los otros. Algunos centros de 500.000 y muchos de alrededor de 100.000 son, por consiguiente, una necesidad anímica, debiéndose perseguir al respecto incondicionalmente, una descentralización de todos los establecimientos técnico-económicos a fundarse.

Haciendo abstracción del rechazo consciente de la “libertad” liberal, es la situación de apremio político-militar la que nos obliga a hacer pedazos las urbes mundiales. Las posibles guerras futuras estarán fuertemente signadas por las flotas aéreas. Blanco de las bombas de gas y altamente explosivas serán siempre las grandes urbes. Cuanto más dispersas estén ubicadas las fábricas y las ciudades, tanto más reducido el perjuicio de ataques de la aviación. El destino nos obliga hoy como en tiempos anteriores, a que todo el pueblo debe participar de la lucha por su existencia.

Antiguamente el señor del castillo edificaba un muro alrededor de sus casas burguesas, cuyos habitantes en su totalidad debían participar de todos los combates. La época liberal desarrolló ejércitos profesionales, los burgueses dejaron que los soldados defendieran sus vidas y para más criticaban aun descaradamente el militarismo. Este pseudo-idilio ha pasado: la técnica que otrora había trazado una muralla de acero alrededor de todo un Estado, ella misma la ha vuelto a romper, restableciendo la antiquísima relación orgánica. entre pueblo y guerra. Y de esta manera, la visión del mundo y el destino imponen conjuntamente el desmontaje de la ciudad mundial, la construcción de ciudades y vías según puntos de vista estratégicos. Si antes se construyeron intrépidos castillos sobre cimas de montañas, hoy se guardará todo lo importante en casamatas de hormigón debajo de la tierra. Toda una ciudad de casas altas se convierte en una locura; también este conocimiento obligará a determinadas consecuencias en materia de arquitectura de ciudades. Estas son algunas líneas fundamentales del nuevo sistema político-estatal, tal como resultan por sí mismas del valor supremo de nuestro pueblo y su destino. De ellas a su vez se desprenden ulteriores medidas, que son de naturaleza puramente técnica y se hallan, por consiguiente, fuera del marco de este libro.

(Alfred Rosenberg. El mito del siglo XX.p.194)


Fuentes:

- Alfred Rosemberg: El mito del siglo XX. p.194
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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