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BOMBARDEO DE LA ABADIA DE MONTE CASSINO
                          

Abadia de Monte Cassino


(01) Castengandolfo
(02) Monte Cassino
(03) Fuentes.
(04) Artículos relacionados.


Castelgandolfo

Después del desembarco aliando en Italia, se intensificaron los bombardeos, y con ellos, los ametrallamientos. Por entonces escaseaba el agua debido a los daños producidos en los acueductos por los bombardeos, y en una ocasión ametrallaron al cola de las mujeres que iban a buscar agua. Otra vez ametrallaron un tranvía y en otra ocasión una plaza y las calles más concurridas de los barrios bajos. Evidentemente se trataba de exasperar a la población, porque no iban a ser aquellos lutos los que pudieran cambiar los planes del Estado Mayor alemán.

El bombardeo más intenso fue el de Castangaldolfo.

En Castangandolfo, el Papa había puesto la suntuosa villa de Propaganda Fide a disposición de los refugiados. Circundada por el verdes de la campaña, la grandiosa villa era más que inidentificable. Y el enemigo contaba con tantos agentes informadores entre los propios italianos que no podía ignorar que aquella era un zona “extraterritorial”, o sea territorio Vaticano, y que los refugiados allí alojados ascendían casi a tres mil.

La primera noticia que llegó a Roma hablaba de quinientos muertos, quinientos refugiados muertos; y los fotógrafos del Vaticano acudieron para hacer una película que fue sometida al Pontífice.

Más tarde, el Sumo Pontífice prostestó oficialmente ante las Naciones Unidas.


Bombardeo de la Abadía de Monte Cassino

Abadia de Monte Cassino

La Abadía de Monte Cassino se remontaba al año 529, cuando San Benito reunió a su comunidad en el monte que se alza sobre el Rápido. El paso de los siglos la había hecho famosa. Esplendidos mosaicos, estatuas, el portal de bronce, el de Sangallo, los frescos, la importantísima Biblioteca; un tesoro para el mundo católico.

En Inglaterra y en Norteamérica no podían desconocer la Abadía. Acerca de Monte Cassino traían largos capítulos sus libros de arte o de historia. Pero Radio Londres iba a dar la noticia del ataque.

El primer ataque se produjo el 15 de febrero de 1944, con “100 fortalezas volantes”; otro ataque con 100 bombarderos medianos, y vino todavía un cuerpo de ataque.

La agencia alemana “”Transocean” comunica: “El monasterio de Monte Cassino ha sido destruido por las bombas enemigas. Los gobiernos británicos y americano habían sido informados oficialmente de que en el monasterio no de encontraban emplazamientos de cañones ni observatorios de artillería alemana”.

Ernest von Weizsaccker, embajador del Reich cerca de la Santa Sede, recordará en sus memorias el paso que diera el Vaticano – de acuerdo con el feldmariscal Kesserling – al objeto de que los aliados supieran a su debido tiempo, que ni en la Abadía ni en sus proximidades se encontraba el menor objetivo bélico alemán. En aquellos parajes había un solo número de la gendarmería, para vigilar la zona de entrada a la Abadía, que en los últimos meses se había convertido en refugio de al gente de los pueblos vecinos, quemados por la guerra.

El boletín aliado no sólo anuncia la acción, sino que subraya “la absoluta exactitud del bombardeo”, y que “grandes columnas de humo” se han levantado de la histórica Abadia y que “hay que considerarla destruída”.

Abadia de Monte Cassino

Advierte el comunicado aliado, como si no bastaran las destrucciones, que “después del bombardeo aéreo la artillería angloamericana de grueso calibre ha abierto fuego contra el monasterio”.

Las emisoras aliadas añaden otros detalles: la agencia Reuter transmite por radio: “Los bombardeos y cañones aliados han convertido en ruinas el monasterio”. La agencia “United Press”, por las ondas de “Radio América”, se refiere al bombardeo como a una de las acciones más intensas de toda la guerra.

Radio Londres refiere, acerca de la tercera oleada: “Los resultados han sido altamente satisfactorios”.

Todo el mundo puede oír la prosa de John Talbot, de Doon Campbell y demás gruesos calibres del “periodismo aliado”. Campbell describe el “bombardeo concentrado” y “el monasterio que humea como un Vesubio” que “parece vacile sobre su base rocosa”, que “cambia de aspecto de hora en hora”. Dice: “Nuestros aviadores me refieren que han podido contar centenares de cráteres en torno a los edificios…”, y agrega: “!Angustioso espectáculo!”. Monseñor Curloy, arzobispo de Washington, se apresura a añadir: “Todos los católicos del mundo comprenderán que el bombardeo de Monte Cassino era inevitable”, y William Steel, desde el micrófono de Londres se asombra de que algunos prelados de la iglesia americana deploren el bombardeo como “un horrible sacrilegio…” Dice Steel: “No alcanzo a explicármelo…”

¿Operación de guerra? Necesario, por tanto: así opinan.

No obstante, no dejan de mostrar cierto irritado embarazo ante el comentario del “Observatore Romano”. El órgano del Vaticano, casi siempre indulgente con los aliados, esta vez los trata mal. Protesta del final de “tesoro tan inestimable”, y por la “ofensa irreparable que se ha hecho a la Iglesia y a la civilización…”. El Observador desdeña la insinuación de Radio Londres, según la cual “ametralladoras alemanas se encuentran sobre la Capilla Sixtina o la cúpula de San Pedro”.

Hasta el 17 por la mañana, el abad, monseñor Diamare, no abandona la Abadía, en unión de los pocos monjes sobrevivientes. Desciende el padre abad con sus ochenta y tres años a cuestas, en compañía de frailes y legos; y tras ellos, los refugiados. Son quinientos o seiscientos campesinos librados de la muerte, que llevan consigo a sus heridos. Una procesión que baja del monte en pos de un anciano fraile que alza el Crucifijo hacia el cielo rojo de fuego; porque todavía los gruesos calibres de artillería disparan contra el monasterio.

Abadia de Monte Cassino

Cuando han echado a andar, el padre abad entona el rosario. Bajan hacia Santa Lucia, y sólo al cabo de muchos kilómetros el padre abad y su procesión encuentran a unos alemanes, que los transportas en camiones hasta Roma. Con anterioridad, los alemanes se habían llevado la Biblioteca de la Abadía, entregándola en el castillo de Santángelo a los representantes del Vaticano.

Monseñor Diamade poco o nada añade a lo ya sabido. Ha sido recibido por el Papa, y se ha deshecho en llanto ante el Pontífice. No sólo el abad; los propios monjes se preguntan por qué motivo se ha destruido a fuego la casa de San Benito.

Pío XII en vano protestará contra los aliados.

Monjes y conversos juran por Dios que no había un soldado en Monte Cassino. Uno de ellos, el padre Graziosi, repite a los diarios que, no ya soldados, sin no siquiera una sola arma se encontraba entre aquellos muros sagrados. No había más que pobre gente refugiada. Los muertos se cuentan por centenares. El padre Graziosi ha tenido una frase terrible, y sin embargo sencillísima; una frase que hubiera envidiado el propio Campbell, o el enviado especial Talbot. El padre nos dice que había sido alcanzada hasta la cisterna, “y el agua aparecía de color del de sangre”.

Bruno Spampanatto, en el “Messagero”, durante varios días escribe con títulos como “Los gánster sobre Monte Cassino”, “Hemos bombardeado incluso ruinas, ha dicho un oficial americano”, “La matanza de los Inocentes”, “sin atenuantes por Monte Cassino; premeditación”. Peros los “otros”, en sus fojas clandestinas acusan a Spampanatto de ser parte del bluff propagandistico nacifascista pagado por los alemanes. Pero sin embargo, el comandante aliado general Clark, le da la razón a Spampanatto cuando cinco años mas tarde en persona declara que en la Abadía no existía un soldado, ni una sola ametralladora de los alemanes.

Abadia de Monte Cassino

Un periódico clandestino de Roma, el democristiano “Pópolo”, había escrito con grandes titulares el 20 de febrero de 1944: “Los alemanes han emplazado treinta y seis cañones en la zona de la Abadía de Monte Cassino…Esta cobardía ha costado la vida a centenares de inocentes; ha causado la destrucción de la insigne abadía de Monte Cassino…”. ..Falso, dice Clark, también a esos italianos del “Pópolo”: no había tales cañones, no estaba la Wehrmacht; había solo una de las más antiguas y gloriosas abadías del mundo; y fue “error, grave error sicológico” atacarla, afirma Clark, comandante aliado del frente de Cassino.

Fuentes:

- Bruno Spampanatto. El último Mussolini. p.316.
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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