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EN LAS PUERTAS DE MOSCU (1941)
                          

Moscú 1941.    
Segunda guerra mundial.    
Prisioneros


(01)
El empuje alemán
(02) Los siberianos
(03) Las ratas abandonan el barco
(04) El genio invisible
(05) La rabia y la impotencia
(06) Con una ayudita de los amigos
(07) Fuentes.
(08) Artículos relacionados.


El empuje alemán.

Los alemanes habían aniquilado cinco ejércitos rusos en la zona de Keiv. La tropas de Guderian regresaron a la región Bryansk, después de recorrer mil kilómetros en la operación, de ida y vuelta.

En Briansk estaban fortificados los ejércitos de Jeremenko y todo hacía suponer que eran las últimas reservas de la URSS. Trescientas divisiones soviéticas habían dejado de existir. Los alemanes habían capturado 2.400.000 prisioneros, destruido 17.500 tanques, 21.600 cañones y 14.200 aviones, gran parte suministrados por Roosevelt, pese a que aun no era formalmente país beligerante . Por eso el 2 de octubre de 1941 Hitler anunció que el fin de la campaña estaba a la vista, y agregó:

“El mundo jamás ha visto nada semejante!...Este enemigo se había pertrechado militarmente para un ataque en medida tan inmensa, que aún nuestras peores aprensiones se vieron sobrepujadas… Dios se apiadó de nuestro pueblo y de todo el mundo europeo, pues si este enemigo hubiese lanzado sus decenas de miles de tanques contra nosotros, habría sido la perdición de toda Europa. Ahora, mis camaradas, habéis visto personalmente, con vuestros propios ojos, ese paraíso de obreros y campesinos. En ese país que en razón de su extensión y feracidad podría alimentar al mundo entero, impera una pobreza inconcebible para nosotros los alemanes. Esto es el resultado de 25 años de dominación judaica”.

En las dos semanas siguientes el grupo de ejércitos de von Bock cercó y destruyó a los cinco ejércitos soviéticos de las regiones de Bryansk y Viasma. Hizo 648.198 prisioneros y capturado 1.197 tanques y 5.229 cañones. Fue hasta entonces la batalla más grande de material brindado y artillería.

El gran total de pérdidas soviéticas a fine de octubre de 1941 era de 3.048.000 prisioneros, 18.697 tanques y 26.829 cañones.

El Estado Mayor General alemán calculó que aquello era el fin, pero Moscú contaba todavía con algunas reservas que estaban siendo equipadas, con la ayuda norteamericana.


Los siberianos

Por otro lado Richard Sorge, infiltrado en al embajada alemana en Tokio, comunicó que los japoneses no se proponían cumplir la alianza anticomunista que tenían con Alemania, y que se lanzaría contra las posiciones inglesas y americanas en el Pacífico, en vez de atacar Siberia. Esto permitió a los rusos movilizar fuerzas desde Siberia. Los alemanes advirtieron la presencia de nuevas divisiones soviéticas, y creyeron que con un ultimo y supremo esfuerzo lograría terminar con el enemigo.

La división SS Das Reich y otras unidades, desde las inmediaciones de Borodino, se lanzaron sobre Moscú. Se enfrentaban a los siberianos, “unos individuos altos y corpulentos que lucían largos abrigos, gorras de piel y botas de cuero. Usaban a discreción la artillería antiaérea y los cañones anticarros, y sobre todo, los Rausch-Baum, el peligroso cañón de 7.62 cm construido para diversos usos. Unos soldados testarudos. No conocían el pánico. Se plantaban firmes y resistían. Mataban y se dejaban matar. Fue una batalla horrible”.

Los tanquistas soviéticos habían perfeccionado su táctica y atacaban en masa. Para hacerles frente se requería el cañón alemán antiaéreo de 8.8 o cargas dobles de dinamita. “Las sangrientas pérdidas de la división motorizada de infantería SS Das Reuch fueron tan elevadas –agrega Carell- que fue disuelto su tercer regimiento de infantería, y los restos repartidos entre los regimientos Deutschland y Der Fuehrer”.

Lanzallamas, alambradas y campos minados cerraban el paso por todos lados. “Los hospitales alemanes se llenaban. El comandante de la división SS Das Reich, general Hausser, resultó gravemente herido. Unos al lado de otros: en sus uniformes negros, los soldados de los tanques; en sus guerreras destrozadas, los fusileros. En sus anoraks multicolores, los hombres de las Waffen SS. Muertos. Gravemente heridos. Quemados…”

“Por último, lograron romper en un punto la línea de trincheras y fortines siberianos. Los dos regimientos de infantería de la división de las SS Das Reich se lanzaron hacia adelante. Usaban como armas las palas y las culatas. Las baterías siberianas fueron conquistadas por la espalda. Los servidores, detrás de las posiciones de los cañones antitanques y nidos de ametralladoras resistieron hasta último momento y fueron muertos en lucha cuerpo a cuerpo… La 32ª división de cazadores siberianos murió en las alturas de Borodino. Los alemanes rompieron el primer cinturón defensivo de la autopista que conducía a Moscú”.


El 19 de octubre caía Mozaisk, a cien kilómetros de la capital soviética. Otra línea defensiva había sido destrozada.


Las ratas abandonan el barco

El gobierno de la URSS se trasladó a Kuibitschev, 850 kilómetros más allá de Moscú, y pidió a las embajadas que hicieran lo mismo.

El ataúd del Lenín fue retirado de la Plaza Roja.

Empezaron a surgir brotes antisoviéticos en Moscú. Los retratos de Stalin tapizaban paredes y aparadores. Algunos fueron arrancados.

También aparecieron carteles pintarrajeados: “Mueran los judíos”, o bien “Muera el comunismo”.

Varios civiles fueron fusilados.

Esos acontecimientos fueron presenciados en Moscú por el judío Mandel Mann, quien años después emigro a Israel, donde escribió un libro llamado “Ante las puertas de Moscú”, en el que relata haber visto que dos soldados rusos heridos gritaban en una calle poco transitada: “Tanques alemanes en la calle Kaluga y en Psootschnaia. ¡Están ya en la ciudad! ¡Vienen!... Algunos curiosos fueron reuniéndose ahí. Tres milicianos y tres de la NKVD se acercaron y uno de los soldados heridos dijo: “!Por ahí vienen los alemanes”… La patrulla desapareció en un oscuro portal. Poco después volvían a salir los seis hombres con la cabeza descubierta y sin armas; habían arrancado de sus capotes militares el emblema de la milicia.

- “Las ratas abandonan el barco que se hunde –gritó una mujer.

- “!Que huyan, ya les darán alcance!”

Lentamente –sigue narrando Mendel Mann- la masa iba formando una procesión, Al frente marchaban los dos heridos; luego unas mujeres y detrás la muchedumbre”.

“De las bocacalles salían muchachos de catorce y quince años que trabajaban en fábricas. Gritando se unieron a los mayores. De pronto un hombre desplegó un paño blanco y lo esgrimió como una bandera sobre su cabeza. En el centro había dibujado una cruz gamada negra.

“La muchedumbre retrocedió y se quedó luego como petrificada.

- “!Mueran los comunistas -gritó un hombre- ¡Abajo los judíos!

El cielo gris de Moscú se había vuelto silencioso. Como un bloque de infinito miedo, colgaba sobre los seres humanos”

- “!La guerra ha terminado!”

- “!Gracias, Virgen Santa, Madre de Dios!”

“Las pistolas automáticas de una unidad de recuperación pusieron fin a la situación. Y los alemanes no llegaban. ¿Por que no? ¿Dónde estaban, después de haber cruzado ya en muchos puntos, ante Moscú, la autopista y la carretera, solamente a una hora de coche de la ciudad?”


El genio invisible

El 19º batallón de la 19ª división alemana de tanques construía en la noche un puente de pontones sobre el río Nara, bajo el fuego de morteros soviéticos. Por ahí se abría la brecha en el último cinturón defensivo de Moscú.

La 197ª división de infantería había avanzado mil quinientos kilómetros a pie, desde que se inició la ofensiva, y luchaba en un mar de lodo a 60 kilómetros de Moscú. Trató de ganar un camino, pero ahí había tres mil vehículos atascados. Muchos tanques se usaban en desatascar cañones. Se cortaban miles de árboles y se partían en trozos, a manera de durmientes, tratando de hacer una especie de camino para los vehículos pesados.

La 10ª división de infantería estaba también atascada en el barro y no había recibido combustible. Las granadas se habían racionado. Las tropas se agotaban en el lodo.

Eran finales de octubre de 1941. El mariscal von Bock, jefe del grupo de ejércitos, ordenó hacer un alto por el barrial. Cuando la temperatura bajara más y el barro se endureciera, entonces seria posible volver a avanzar. El historiador ingles capitán Liddell Hart dice que los caminos rurales cubiertos de arena se transformaban en marismas con las lluvias torrenciales del otoño: “Eso fue mas efectivo que el ejercito rojo… En el caso de que la URSS hubiese contado con una red de carreteras como los países occidentales, Rusia hubiese sido avasallada tan rápidamente como lo fue Francia”.

A finales de octubre había tres brechas en la última defensa de Moscú. En esos días fue un mar de barro lo que los salvó.

En noviembre hubo un gran cambio. El día 3 la temperatura bajó a 12 grados centígrados bajo cero y el lodo se endureció.

Un mes antes todas las unidades habían pedido calcetines de lana, botas y equipos de invierno, pero aún no llegaban. Los garfios para remover el hielo y las cuñas para las orugas de los tanques tampoco llegaban.

El general Eduard Wagner, intendente del ejército, y el general Thomas, jefe del Departamento de Economía de Guerra, había preparado equipo de invierno solo para una quinta parte de los ejércitos en acción. Ambos daban explicación de que no se había contado con una campaña invernal, lo cual era cierto, pero ambos colaboraban con los conjurados. ¿Hasta done era imprevisión involuntaria lo que estaba ocurriendo? ¿Y hasta donde influía el hecho de que su atención se hallaba dividida entre sus deberes militares y su participación en los planes para derrocar a Hitler?

Eso no se ha podido evaluar claramente, pero existen muchos síntomas de que hubo negligencia en la dotación del equipo de invierno. Los finlandeses se sorprendían de que las botas alemanas de invierno tuviesen clavos, a través de los cuales los pies perdían el calor. Esa deficiencia en especialistas alemanes parecía inconcebible. Las botas para la nieve seguían siendo ajustadas a la medida del pie, como las de verano, y no daban lugar a superponer calcetines. Los rusos usaban botas dos números más grandes, a fin de rellenarlas con lana o paja. Y nada de esto era un secreto. Se tenían abundantes informes de las temperaturas que imperaban en el invierno ruso. ¿Por qué no se habían tomado las precauciones?

Ciertamente Hitler no había creído en una campaña de invierno, pero se quejaba de que el Estado Mayor hubiera omitido preparativos de emergencia. En aquel momento todo era atribuible a imprevisión, pero de haberse conocido las actividades a que se dedicaban Wagner y Thomas, seguramente se les hubiera llevado a un consejo de guerra como presuntos autores de sabotaje. Durante el invierno de 1941-1942 hubo 112.617 bajas por congelamiento.

De todos modos, el avance continuaba, aunque muy lentamente, venciendo enormes obstáculos.


La rabia y la impotencia

El 12 de noviembre la temperatura era de 29 grados centígrados bajo cero.

A fines de noviembre los alemanes formaban un semicírculo a cuarenta y cincuenta kilómetros de Moscú.

El mariscal von Bock, enfermo, dejó el mando en manos del general von Kluge.

Entre tanto, en la unidades soviéticas aumentaba el número de desertores. En los koljoses (égidos colectivos) los rusos empezaban a revelarse contra los comisarios y se apoderaban de los comestibles.

Al norte de Moscú dos regimientos soviéticos, de la 44ª división de caballería mongol, llegaron de refuerzo y fueron destrozados.

Tanques y cañones ingleses y americanos aparecían en mayor número en las líneas soviéticas.

La 2ª división de tanques del general Veiel se aproximaba a la capital rusa. Un grupo de asalto del 38º batallón llegó a la estación Lobnia, a 27 kilómetros del Kremlin.

Los víveres se congelaban a tal punto que el pan tenía que partirse a golpes para deshacerlo. Los casos de congelamiento de soldados iba en aumento. Si entre el casco y la cabeza no se usaba alguna protección de piel o lana se corría el peligro de morir por congelamiento del líquido encefálico. Por la noche las guarniciones calentaban ladrillos y piedras en las chozas, para luego salir a la intemperie aplicándolos sobre los cerrojos de sus armas y evitar que el aceite se congelara. El ingenio tenía que improvisar soluciones para los pequeños grandes problemas.

El teniente Stoerck, que había capturado el puente de Desna en la batalla de Ucrania, volvió a hacer otro tanto cerca de Upa, al sureste de Tula. Valiéndose de dos prisioneros rusos, Assil y Jakov, que habían solicitado luchar al lado de los alemanes, Stoerck y varios zapadores se fingieron prisioneros. Llevaban armas escondidas bajo los capotes. Los rusos aparentaban ser sus custodios. Asi pudieron acercarse a los guardias del puente, que fueron liquidados por sorpresa. El grupo siguió adelante, en la oscuridad, y de la misma manera sorprendieron a otros centinelas. El resto de la guarnición reaccionó demasiado tarde y antes de que pudieran empuñar sus armas fue sometida: se hicieron 87 prisioneros.

A cada pisada adelante, estaba el peligro de las minas. Los zapadores de la 11ª división blindada retiraron de un angosto sector mil cien minas y 40 toneladas de explosivos.

Los efectivos de diversas divisiones alemanas se había reducido a un tercio. Había batallones con solo 80 hmbres. Treinta y cinco divisiones eran las que realizaban el asalto a Moscú.

A fines de noviembre la intensidad del invierno y la falta de equipo adecuado casi paralizaron el avance. A principios de diciembre la situación era terriblemente crítica.

La noche del 5 al 6 de diciembre de 1941 se ordenó suspender el ataque. La segunda división blindada se hallaba a 16 kilómetros al noroeste de Moscú. “Lo que resistieron aquellos hombres al aire libre aferrados a sus ametralladoras y cañones anticarro roza lo fantástico. Lloraban de frío y lloraban de rabia e impotencia. Habían llegado hasta su objetivo después de más de mil kilómetros de combate y marcha, pero no podían conquistarlo”.


Con una pequeña ayuda de los amigos

El 6 de diciembre llegaban al frente cien divisiones soviéticas de refuerzo. Tan sólo en el sector central, correspondiente a Moscú, se lanzaron 42 divisiones y 33 brigadas, incluyendo 33 divisiones blindadas.

Aquello era un cataclismo. La URSS estaba lanzando al frente cuanto tenía, habiendo retirado tropas de todos los confines del imperio.

Alemania tenia 63 divisiones intactas (cerca de un millón de hombres), pero no podía retirarlas de Europa occidental. Se hallaban de guarnición en Noruega, Holanda, Dinamarca, Francia y Yugoslavia, o combatiendo en África contra las fuerzas inglesas, neozelandesas, australianas y canadienses. Los aliados recibían una corriente ininterrumpida de pertrechos que enviaba Roosevelt.

Aquellas 63 divisiones alemanas no podían ser llevadas a la URSS. De haberlo podido hacer tiempo antes, habrían liquidado fácilmente al ejército rojo.

Un 15 % más en las fuerzas que iban hacia Moscú hubiera bastado para tomar la capital, pese a todas las dificultades. Y las 63 divisiones inmovilizadas en Europa representaban el 190 %. Esas divisiones no podían ser trasladadas a la URSS porque Gran Bretaña continuaba en guerra y porque Roosevelt venía realizando una guerra no declarada contra Alemania. El 7 de diciembre la convirtió prácticamente en guerra abierta. Mediante la maniobra de dejar Pearl Harbor como cebo, a la vez que provocaba a Japón, atrajo un ataque de los japoneses, y basándose en ese ataque declaró: “Aunque Alemania e Italia no han hecho declaración de guerra, se consideran en estos momentos tan en guerra con Estados Unidos como puedan estarlo con Inglaterra y Rusia”.

Hitler repuso: “Roosevelt incita a las naciones a la guerra, luego falsifica sus causas y, cubierto con un manto de hipocresía cristiana, conduce lenta y seguramente a la humanidad a la guerra, no sin poner a Dios por destigo de la pureza de sus intensiones, como buen francmasón que es… Esto no debe sorprendernos si pensamos que los hombre cuyo apoyo buscó Roosevelt, o más exactamente, los que lo llevaron al poder, pertenecen al medio judío, cuyos intereses se basan en el desorden, la disgregación y la inversión de valores… El ´New Deal´ es sostenido por su camarilla judía… Toda ella puso su bajeza diabólica al servicio suyo y Roosevelt la dio la mano”.


Fuentes:

- Salvaror Borrego. Infiltración Mundial, p.145.
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

Copyright © La Gazeta Federal



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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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