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ENTREVEMOS EL FINAL (Rescate de Mussolini)
                          

Otto Skorzeny


(01) Por fortuna
(02) Situanción en Roma
(03) Vuelo de reconocimiento
(04) Escuadrillas enemigas
(05) Malas noticias
(05) A dos mil metros de altura
(11) Fuentes.
(12) Artículos relacionados.

(*)
Este articulo es continuidad de los siguientes:
- El último César
- Búsqueda de Mussolini y el genio ivisible

A su vez, continúa en: Rescate de Mussolini: últimos preparativos



(*)(*)
(Gran parte del relato es extraído de las memorias de Otto Skorzeny)


Por fortuna

Una vez más la fortuna, protectora de los audaces, vino en nuestra ayuda. A raíz de una visita de inspección por la región del lago Bracciano, descubrí, al fin, el primer indicio positivo. ¡Resultaba que unos oficiales nuestros vieron el amaraje del hidroavión hospital blanco!

Poco a poco vinieron otras informaciones a apoyar la tesis de un internamiento del Duce en la misma península. Varias veces aún nos lanzamos sobre pistas que finalmente resultaban falsas, como, por ejemplo, la del lago Trasimeno. Un buen día, sin embargo, la noticia de un accidente de automóvil que había estado a punto de costar la vida a dos oficiales superiores italianos, nos dio la idea de investigar en el macizo de los Abruzzos. Todavía allí, un vago rumor encaminó nuestra búsqueda en una dirección equivocada, hacia la región este del macizo.

Poco a poco empezamos a creer que algunas de estas pistas habían sido dadas a propósito. El servicio secreto italiano no era un adversario despreciable. Además, otros servicios alemanes, como el Estado Mayor del mariscal Kesseling, o los agentes de la “Ausland Abwehr”, tenían una gran interés en ser los primeros en descubrir la prisión del ex dictador fascista. En el mes de mayo el jefe de los servicios secretos alemanes, almirante Canaris, encontró en Venecia a su antiguo colega italiano, general Amé. Entrevista inútil. ¿Prevalecería al final el deseo italiano de conservar a toda costa el secreto, sobre el deseo del Fürer de aclarar la misteriosa desaparición? O bien, ¿tendría que actuar Canaris con toda su energía en cumplimiento de las órdenes del Mando Supremo Alemán? A veces me lo preguntaba.

Por su parte, el mariscal Kesselring había aprovechado la ocasión que ofrecía el sexagésimo cumpleaños de Mussolini –el 29 de julio de 1943– para intentar un nuevo sondeo cerca del viejo mariscal Badoglio. Hitler había enviado a Italia, como obsequio de cumpleaños, una edición de lujo de una tirada limitada a un solo ejemplar, de las obras completas de Nietzche. Los volúmenes estaban encerrados en una caja maravillosamente esculpida. Kesselring había comunicado a Badoglio que el Fürer le había encargado entregarse personalmente el regalo del Duce. Desgraciadamente, fracasó esta estratagema, pues Badoglio se negó, con especiosos pretextos.


Situacion en Roma

Entretanto, la situación en Roma se iba poniendo cada vez más turbia. Sucesivamente, varias divisiones italianas habían sido retiradas del frente y, hecho curioso, instaladas en los alrededores de la ciudad, según la versión oficial, con objeto de hacer frente a la amenaza de una invasión enemiga. A decir verdad, no creíamos nada de aquello. Si alguna vez se pusieran mal las cosas entre los italianos y nosotros, la úinica división alemana –los paracaidistas del general Student– y las pocas unidades de mando y de enlace del gran cuartel del general Kesselring iban a encontrarse frente a una concentración de un superioridad aplastante, integrada por siete divisiones. No acabábamos de ver las formaciones italianas que llegaban sin cesar.

No obstante, mi pequeño “servicio de información personal” me proporcionó al fin la certeza casi total de que Mussolini se encontraba en un hotel situado al pie del pico del Gran Sasso; naturalmente, bien custodiado. Durante varios días tratamos en vano de procurarnos mapas detallados de esa región. Como la construcción del hotel no había terminado hasta poco antes de empezar la guerra, el edificio no figuraba todavía en ningún plano. Obtuvimos sólo un par de informaciones muy vagas: el relato de un alemán residente en Italia, que había pasado en 1938 sus vacaciones de invierno en aquel hotel, y un prospecto de una agencia de viajes que ensalzaba las bellezas de aquel parAíso de los esquiadores en el corazón mismo de los Abruzzos.


Junkers JU 52

Vuelo de reconocimiento

Ya que esos elementos eran demasiado flojos para permitir la preparación de una expedición tan importante, nos vimos obligados a obtener lo más pronto posible fotografías aéreas. El general Student puso a mi disposición un aeroplano equipado con una cámara fotográfica automática, y la mañana del 8 de septiembre despegamos de Patrica di Mare, cerca de Roma, en compañía de Radl y del oficial de información del Estado Mayor de la división. Este último iba a desempeñar, por cierto, de acuerdo a nuestros planes, un importante papel en la operación que proyectábamos.

Dada la necesidad de ocultar a toda costa a los italianos el objeto de nuestro vuelo, habíamos acordado atravesar el macizo de los Abruzzos a unos cinco mil metros de altura. Ni siquiera el piloto estaba en el secreto. Le dijimos que íbamos a tomar unas fotografías de algunos puertos del Adriático.

Cuando estábamos a unos treinta kilómetros del Gran Susso se nos ocurrió hacer unas fotografías de prueba con la gran cámara empotrada en la parte inferior del avión. Nos dimos cuenta en aquel entonces de que las ranuras de las películas estaban obstruidas por el hielo. Por lo tanto, no se podía utilizar el aparato. Por suerte, habíamos llevado una cámara portátil. Tendríamos que servirnos de ella bien que mal. Empezábamos a tener frío, pues no llevábamos encima más que un ligero uniforme del Cuerpo Expedicionario de África. Como no era posible abrir por completo durante el vuelo la gran cúpula de vidrio de proa, tuvimos que romper uno de los vidrios de seguridad con la intención de crear así un espacio libre para la cámara. Incómodo sistema que obliga al fotógrafo a sacare la cabeza, los hombros y los brazos por esta abertura.

Yo me aventuré primero. Nunca hubiera creído que el aire fuese tan frío y el viento tan cortante. Penosamente hice pasar mi busto por la abertura mientras Radl me sujetaba por las piernas. Unos instantes más tarde volábamos sobre el Campo Imperatore, una meseta salvaje, tormentosa, situada a cera de 2.000 metros de altura, y de la cual surgían de golpe los abruptos acantilados del gran Sasso hasta una altura de 2.9000 metros. Rocas grises y pardas con inmensos cantiles desnudos; algunos neveros; luego pasamos por encima de nuestro objetivo, el hotel, construcción enorme aun vista a distancia. Tomé la primera fotografía; inmediatamente, teniendo en la mano izquierda la cámara, que era bastante pesada, di vuelta a la manivela para hacer girar la bobina de la película. Sólo entonces me di cuenta hasta qué punto mis dedos se habían entumecido en tan cortos instantes. Justo detrás del hotel advertí una pequeña pradera casi triangular. En seguida me dije: ¡he ahí mi campo de aterrizaje! Todavía una tercera placa y mediante una sacudida algo nerviosa con el pie, hice comprender a Radl que ya era tiempo de tirar de mí hacia adentro del avisón.

Necesité varios minutos para calentarme. Radl, que siempre las mataba callando, observó:

–¿Pero, entonces, hace tanto frío al sol?

En vista de lo cual decidí, en mi fuero interno, procurar a mi querido camarada un placer semejante durante nuestro viaje de vuelta.

Arrastrándome por el suelo hasta la cabina de mando, distinguí, ya en la lejanía, una franja azul: el Adriático. Ordené descender hasta unos 2.500 metros y poner proa al norte en cuanto hubiéramos alcanzado la orilla, y seguir luego las sinuosidades de la costa. Más tarde, a fin despistar al piloto, estudié detenidamente nuestros mapas y pedí a Radl que se preparase a fotografiar las instalaciones portuarias de Ancona.

Con un tiempo espléndido alcanzamos rápidamente las bellas playas de Rímini y Riccioni. Un poco más lejos hice dar media vuelta y mandé al piloto a que subiese hasta 5.500 metros para volar precisamente sobre la cima del Gran Sasso.

Esta vez le tocaba a Radl. Volvimos a la parte de atrás, donde, entretanto, había bajado considerablemente la temperatura hasta llegar a los dos o tres grados bajo cero. Ahora maldecíamos nuestros uniformes coloniales que tanto nos gustaban cuando paseábamos al sol por las calles de Romas. Le di a Radl la cámara portátil y le expliqué el manejo con mucho detenimiento, pues Radl, que tenía temperamento de artista, no comprendía una palabra de cuestiones técnicas. Después se subió por la abertura, llevando los abrazos en alto, mientras yo, arrodillado, le agarraba las piernas para sujetarle.

Como avistábamos ya la cima, le pellizqué en los muslos para que se preparase. Al mismo tiempo le gritaba –sin duda en vano, pues el estruendo de los motores era ensordecedor:

–Dése prisa, haga todas las fotos que pueda.

Notaba, por los movimientos compulsivos de sus piernas, que gesticulaba frenéticamente. Quizá no pasásemos por encima del hotel y tendría que descolgarse más para tomar las fotografías en sentido oblicuo. Esto podría sernos muy útil, pues tales imágenes permiten a veces, mejor que las vistas tomadas en sentido vertical, comprender mejor la topografía del terreno. Pronto hizo señas Radl para que le metiera dentro. Su cara estaba materialmente azul frío.

–Al primero que vuelva a hablarme del bello sol de Italia lo estrangulo – gruñó castañeteando los dientes.

Al volver a la cabina de mando nos pusimos los chalecos salvavidas y nos tapamos incluso con grandes hojas de papel grasiento que estaban tiradas en un rincón. Luego di al piloto instrucciones detalladas: descender hasta unos 1.500 metros y volver, pero dando un rodeo hacia el norte para alcanzar el Mediterráneo algo más debajo de Roma. Así que, proa al aeródromo a ras de tierra.


Escuadrillas enemigas

Un cuarto de hora más tarde pudimos darnos cuenta de que esta precaución probablemente nos había salvado la vida. Acabábamos de alcanzar la costa; el sol inundaba la cabina completamente rodeada de cristales; sentado junto al piloto, contemplaba distraídamente el paisaje. Cuando por casualidad miraba hacia la izquierda en dirección a los montes Sabinos, apenas pude dar crédito a mis ojos: procedentes del sur, formaciones cerradas de aviones –sin duda enemigos– se acercaban a Frascari. Cogiendo mis prismáticos, les vi largar sus bombas, que cayeron sobre la ciudad, precisamente sobre nuestro cuartel general. Se alejó la primera oleada y otras dos aparecieron para desprenderse de su mortífero cargamento. Sólo en aquel instante comprendimos que mi orden de dar un pequeño rodeo hacia el norte nos había evitado encontrarnos en el mismísimo centro de las escuadrillas aliadas, contra las cuales nuestro aparato de reconocimiento carecía de todo medio de defensa. Únicamente a causa de que volábamos a ras de tierra no repararon en nosotros los cazas que escoltaban a los bombarderos.

Unos minutos más tarde aterrizábamos sanos y salvos. Al llegar a Frascati nos encontramos en pleno caos. El edificio que albergaba al Estado Mayor del general Student estaba intacto; por el contrario, el nuestro no era más que una ruina. Cuando quisimos entrar en él un oficial nos advirtió de que dos bombas de retardo se habían metido en la tierra removida de la bodega, después de atravesar la casa, y que podían estallar der un momento a otro. Pero nosotros habíamos dejado en nuestro cuarto papeles importantes que contenían precisamente el resultado de nuestras investigaciones. Había que recuperarlos. Escalamos un montón de escombros, recorrimos a zancadas la balaustrada de nuestra galería y pudimos, a pesar del desorden que reinaba en la habitación, apoderarnos de nuestras carpetas. Unos instantes después estábamos otra vez en la calle. Las pérdidas de la población civil debieron de ser muy elevadas. Por el contrario, casi todos los servicios alemanes habían escapado de la destrucción. Ya estaban reparando nuestras tropas las líneas telefónicas, que éstas sí que habían sido gravemente dañadas. Yo no tenía tiempo que perder. Debía ir con urgencia a Roma para tener una entrevista con varios oficiales italianos que, según había sabido, intentaban liberar al Duce. Yo tenía un evidente interés por conocer sus planes a fin de evitar que su acción y la nuestra se perjudicaran mutuamente.


Otto Skorzeny

Malas noticias

Después de algunos minutos de conversación comprobé que aquellos muchachos daban ciertamente pruebas de un loable entusiasmo y de una resolución firme, pero sus preparativos estaban muy lejos de tener el empuje de los nuestros. Cuando me despedí de aquellos “conspiradores” ya casi había caído la noche, y aún debía atravesar toda Roma para reunirme con Radl, que me esperaba en las oficinas de un servicio alemán. Mi coche avanzaba lentamente, pues reinaba en todas partes una desusada animación. La gente se agolpaba en torno a los altavoces públicos y, cuando desembocaba por la Vía Véneto, tuve que ir al paso de estruendosas aclamaciones celebraban las noticias quedaban los altavoces y oí unos gritos: “Viva il Re”; las mujeres se abrazaban; había grupos que discutían apasionadamente. Cada vez más intrigado, acabé por pararme e interrogué a un transeúnte, que me dio una noticia catastrófica: Italia había depuesto las armas.

Sabía claramente que la situación de nuestras tropas en la península iba a ser crítica en extremo. A decir verdad, esperábamos todos esta capitulación, pero nadie la creía tan inminente. En todo caso, este acontecimiento iba a retrasar el cumplimiento de mi misión; retrasarla y tal vez impedirla. Unos días más tarde me enteré de que el general Eisenhower se había adelantado a dar ese mismo día, pero a las seis y media de la tarde, por la radio de Argel, la noticia de la capitulación italiana, poniendo así al Gobierno de Badoglio ante el hecho consumado, por lo menos en lo que concernía al momento exacto del cese de las hotilidades. Los aliados habían fijado el desembarco en Salerno para la noche del 8 al 9 de septiembre, y no podían cambiar esa fecha. Esta operación debía facilitar el camino al nuevo “aliado”, reteniendo el grueso de las tropas alemanas alrededor de Salerno para la noche del 8 al 9 de septiembre, y no podían cambiar esa fecha. Esta operación debía facilitar el camino del nuevo “aliado”, reteniendo el grueso de las tropas alemanas alrededor de Salerno. Según llegamos a suponer que el Estado Mayor aliado planeaba un desembarco aéreo en la región de Roma, empresa que hubiera puesto a nuestras débiles fuerzas en una situación desagradable. Igualmente, el bombardeo en masa de Frascati había sido decidido a raíz de las conversaciones entre los delegados de Badogio y el Alto Mando aliado con el fin de desorganizar el Gran Cuartel de las tropas alemanas en Italia. Esta última parte del plan había fracasado. Nosotros estábamos en contacto con todas las nuestras unidades, que permanecían, naturalmente, alerta.

La noche del 8 al 9 de septiembre transcurrió en calma, salvo algunas escaramuzas entre tropas italianas y alemanas al sur de Roma. Durante el día 9 de septiembre, por el contrario, se produjeron serios encuentros en alrededores de Frascati, donde estaban concentrados los servicios alemanes. Hacia el anochecer, sin embargo, llegamos a mantenernos sólidamente en toda la región de los montes Sabinos. Poco a poco las unidades alemanas se aproximaron a Roma, que estaba ocupada y rodeada por varias divisiones italianas.


Hotel Gran Sasso

A dos mil metros de altura

Entretanto, y reconociendo la necesidad de aplazar por unos días mis intentos de liberar al Duce, procuré asegurarme con lamayor certeza de que continuaba en el hotel del Gran Sasso. Las primeras indicaciones me habían sido suministradas, aunque involuntariamente, por dos italianos, pero me hubiera gustado obtener la confirmación, si era posible, por un alemán. Evidentemente, no se podía soñar con enviar abiertamente un emisario al hotel, que sólo estaba nido con el mundo exterior por un teleférico que salía del valle. Me había estado devanando los sesos para enconrtar un medio de acercarme que pudiese parecer del todo inocente, y la víspera de la capitulación italiana di, por fin, con el hombre que necesitaba. Conocía en Roma a un comandante médico alemán, valiente muchcahco que soñaba desde hacía tiempo una buena condecoración. Decidí explorar este deseo de gloria y la tarde del 7 de septiembre le expliqué cómo iba a poder alcanzar el favor de sus superiores.

Hasta entonces a los soldados alemanes enfermos de malaria –que eran muchos– los mandaban a convalecer en Tirol. Por lo cual propuse al comandante que hiciera una visita, “por su propia iniciativa”, al hotel de montaña del Gran Sasso –que yo afirmé conocer muy bien– para enterarse de si aquel establecimiento, situado a unos dos mil metros de altura, podía ser transformado en un sanatorio. Insistí sobre la necesidad de discutirlo sobre el terreno, con el director, de anotar el número de camas disponibles, de inspeccionar las instalaciones sanitarias, etcétera…, así como de comenzar en seguida las negociaciones. Mi sugerencia no cayó en saco roto: en la mañana del 8 de septiembre mi buen comandante había salido en coche y confieso que me quedé algo inquita. ¿Le sería posible regresar y volvería a verle sano y salvo?

A la mañana siguiente mi involuntario espía estaba de vuelta, muy disgustado ante la idea de que, a causa de la capitulación italiana, podría naufragar el proyecto. Con profusión de detalles me contó cómo llegó al valle donde se hallaba la estación del teleférico, después de haber pasado por Aquila. Pero todos sus esfuerzos por continuar fueron inútiles. El camino del teleférico estaba protegido por una barrera y para colmo guardaba por varios puestos carabineros. Después de mucho hablar con ellos pudo obtener autorización para telefonear al hotel. Mas no fue el director quien le informó de que el Campo Imperatore había sido declarado campo de instrucción militar y que, por consiguiente, cualquier otra utilización de la meseta y de los edificios quedaba prohibida. Por lo que había podido observar el comandante, debía tratarse de maniobras bastante importantes; en el valle había visto un camión de radio, y el teleférico apenas funcionaba. En el último pueblo los habitantes le habían contado cuentos inverosímiles: al parecer, el hotel acababa de ser requisado, habían despedido de golpe a todo el personal civil y preparado los edificios para poder alojar alrededor de doscientos soldados; en varias ocasiones habían dio al valle oficiales superiores, ciertas personas –gente “bien enterada” – suponían incluso que Musolini estaba internada allá arriba. Pero seguramente aquello no era más que un rumor al cual no había que dar mucho crédito, observó el comandante. Yo me guardé de desengañarle.

Notas:

Este artículo continúa en: Rescate de Mussolini: últimos preparativos



Poco tiempo después, Otto Skorzeny con un grupo de comandos alemanes, rescata a Benito Mussolini de su prisión del Hotel Gran Sasso, en la alta montaña. El rescate se hace usando planeadores, dada la inaccesibilidad del lugar.

(*) Otto Skorzeny, mundialmente conocido oficial de las fuerzas Waffen SS, por la liberación de Mussolini en el Gran Sasso.


Fuentes:

- Otto Skporzeny. "Misiones secretas". p.63.
- Opiniones N.H.p.95
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

Copyright © La Gazeta Federal



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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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