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EN BUSQUEDA DE MUSSOLINI Y EL GENIO INVISIBLE
                          

Benito Mussolini


(01) En la busqueda del Duce
(02) La pista falsa
(03) Reunion en Gran Cuartel General
(04) Otra vez a foja cero
(05) El genio invisible
(06) Fuentes.
(07) Artículos relacionados.

Nota:

El presesnte articulo es la sugunda parte del relato del "Rescate de Mussolini en el Gran Sasso". Para compender mejor este artículo, puede consultar primero Mussoli: "El último César"
"Mussolini: "El último César"

A su vez continua en el artículo: Mussoli: Entrevemos el final

(Gran parte del relato es extraído de las memorias de Otto Skorzeny)(*)


En la busqueda del Duce

Adolfo Hitler había citado a Otto Skorzeny al Cuartel General Alemán, “Brecha de Lobos”, para asígnale la misión de rescate de su amigo Benito Mussolini, “El último Cesar” y el más grande de los Italianos, según Adofo Hitler, que había sido destituido y puesto prisionero por orden el Rey de Italia.

Para cumplir la misión, Otto Skorzeny se traslada a Roma, bajo las órdenes del general Student. El propio Skorzeny, en su libro “Misiones secretas”, relata las vicisitudes y estrategias usadas para ubicar al Duce, que estaba en prisión desconocida, bajo tutela del ejército del nuevo Gobierno Italiano, pro aliado, por orden del Rey de Italia. En las memorias de dicho libro, relata Skorzeny:

“Durante cerca de tres semanas tratamos en vano de descubrir el lugar en que Badoglio había encerrado al antiguo jefe del gobierno fascista. Nada, ni un rastro, ni siquiera un indicio hasta el día en que la casualidad vino en nuestra ayuda.

En un restaurante de Roma conocimos a un comerciante de frutas que tenía la costumbre de ir de cuando en cuando a ver a sus clientes a Terracino, pequeña población a orillas del golfo de Gaeta. Su mejor cliente en aquella localidad tenía una criada que era novia de un carabinero. Este último, de guarnición en la isla de Ponza, donde había una penitenciaría, escribía permanentemente a su amada. Y en una de esas cartas mencionaba la llegada a la isla de un preso de calidad, un “personaje muy interesante”

Esta primera información había de ser confirmada, aunque bastante más tarde, por los imprudentes palabras de un joven oficial de Marina que, en el transcurso de unos charloteos insensatos, nos dijo pensar que su crucero había llevado al Duce desde la penitenciaría de Ponza a La Spezia, puerto de guerra en la costa ligur.

Otto Skorzeny

Por supuesto, estos datos fueron transmitidos por el general Student al Gran Cuartel General de Führer. En cuanto comunicamos la noticia bomba sobre La Spezia, recibió la orden de preparar inmediatamente la liberación del Duce, raptándolo del Crucero. Durante veinticuatro horas nos exprimimos febrilmente el cerebro. ¡En el Gran Cuartel General se imaginaban sin duda que no había nada más fácil que hacer desaparecer un hombre en las mismas barbas de la tripulación alerta de un crucero! Por suerte, al día siguiente nos enteramos de que una vez más el Duce había cambiado de prisión.

En Berlín –permítaseme esta preguña digresión por lo curioso de hecho- habían movilizado entretanto incluso a videntes y astrólogos. Creo que fue Himmler en persona quien tuvo la idea de llamar a semejantes “sabios”. De todos modos, no llegué a oír de ningún resultado positivo de sus averiguaciones.

Más tarde, ciertos informes coincidentes, así como ciertos tenaces rumores, orientaron nuestra búsqueda hacia Cerdeña. Pronto se demostró la falsedad de las indicaciones que mencionaban un minúsculo islote – Isla de Pocco - o incluso el hospital de una pequeña ciudad perdida en la montaña. Por el contrario, la hipótesis de un internamiento del Duce en la fortaleza marítima de Santa Magdalena, en el extremo nordeste de Cerdeña, parecía confirmarse cada vez más.

Un buen día, el oficial de enlacie entre nuestra Marina y el Almirantazgo italiano, capitán de fragata Hunüs, viejo lobo de mar arrancado de una novela de Joseph Conrad – sufría incluso de gota, como todo navegante que se respeta -, nos informó por su propia iniciativa de que un preso de calidad estaba detenido en aquella vieja ciudadela. Este dato me pareció tan importante que decidí trasladarme inmediatamente a Cerdeña por avión, para ampliar personarme el informe. Me llevé al capitán de fragata y a mi teniente Warger, que hablaba italiano de corrido.

A nuestra llegada a Santa Magdalena di, en uno de nuestros dragaminas, un recorrido por el puerto y la costa. Protegido por una vela pude tomar algunas fotografías de las instalaciones portuarias y también, aunque de lejos, de la casa que particularmente nos interesaba, la villa “Weber”, situada en las afueras de al pequeña ciudad. En seguida me puse al averiguar, de modo preciso, quien era aquel “preso de calidad”. Para conseguirlo utilicé al teniente Warger.

Mi plan se basaba en la idea de que todos los italianos tienen la pasión de las apuestas. Warger, disfrazado de marinero alemán, debía recorrer por la noche las tabernuchas y aguzar el oído en ellas. En cuanto oyera hablar del Duce, se mezclaría en la conversación y pretendería saber de buena fuente que a Mussolini lo había arrebatado una grave enfermedad. Muy probablemente tal afirmación suscitaría protestas, lo que proporcionaría a Warger ocasión de proponer una apuesta. Para dar a su actitud un aspecto más natural, debía simular una ligera embriaguez.

Este último punto producía una dificultad imprevista. Warger no bebía nunca ni una gota de alcohol. Sólo apelando insistentemente a su deber de soldado pude persuadirle de que hiciese una excepción en sus principios.

Mi plan, por ingenuo que pueda parecer, salió perfectamente. Un vendedor ambulante que llevaba todos los días fruta a la villa “Weber” aceptó la apuesta. Para demostrar a Warger que él sabia muy bien lo que decía, lo condujo a una casa muy cercana a la villa y le enseñó por un ventanuco la terraza en la que se paseaba el Duce.

Desde el día siguiente, Warger volvió a aquel punto de observación. Al cabo de varios días supo el número aproximado de soldados que custodiaban al preso, así como las horas del relvo, emplazamiento de las ametralladoras, etc. Había llegado el momento de poner en práctica nuestro plan de acción.

¿Cómo íbamos a sacar a Mussolini de la villa, y luego de la ciudad? Nuestra labor se complicaba mucho por el hecho de que Santa Magdalena era una fortaleza marítima, Nos hacían falta conocimientos muy precisos acerca de a topografía de la región, las baterías antiaéreas, acuartelamiento, etc. Como los mapas de que disponíamos eran insuficientes, resolví volar sobre al ciudad a fin de tomar algunas fotografías desde el aire.

Heinkel 111

De regreso a Roma, obtuve en “Heinkel 111”, y el 18 de agosto de 1943 volvía a arrancar del aeródromo de Practica di Mare. El piloto puso proa al norte. En aquella época la actividad de la aviación aliada sobre el mar Tirreno era ya intensa; así que, por razones de seguridad, todos los aparatos que iban a Cerdeña debían hacer un rodeo por las islas de Elba y Córcega. Aterrizamos a la hora prevista en Pausania, uno de los principales aeropuertos de Cerdeña, donde debíamos tomar gasolina dantes de volver a salir. De un rápido “salto” de cincuenta kilómetros hasta Palau, donde estaba citado con Warger y con el capitán de fragata Hinaüs, quienes me informaron de que en Santa magdalena no había novedad, aparte del continuo refuerzo de las medidas de precaución y vigilancia. El prisionero continuaba, pues, en la isla.

Tranquilizado, volví a Pausania. Había proyectado ir a Córcega después de nuestro vuelo de reconocimiento para ponerme en contacto con la brigada de las Waffen S.S. que se encontraba de guarnición allí. El plan que empezaba a concebir exigiría, de seguro, la utilización de destacamentos bastante importantes, y me puse a arreglar desde aquel momento los detalles preliminares de la operación. Hacia las tres de la tarde, despegamos. Había ordenado al piloto que subiese rápidamente hasta cinco mil metros; como los vuelos sobre la región de Santa Magdalena estaban terminantemente prohibidos, me vi obligado a remontarme muy alto para poder tomar tranquilamente mis fotografías. Tendido en la torreta delantera, al lado del cañón, teniendo al alcance de la mano la cámara fotográfica y una carta marítima, estaba admirando los suntuosas tonalidades del mar cuando por el micrófono me llegó la voz del servidor de la ametralladora de popa:

-¡Cuidado! … ¡Detrás! …!Dos aviones, cazas ingleses!

El avión se precipitó. Yo puse el dedo sobre el resorte de mando del cañón, pronto a hacer fuego. Algo más abajo, el piloto recobró el dominio del aparato: ya me estaba diciendo que todo había acabado bien, cuando bruscamente me di cuenta de que nuestro avión descendía en barrena. Me volví y vi el rostro crispado del piloto que se esforzaba vanamente en enderezar la dirección. Una mirada a través de la ventanilla me mostró que el motor izquierdo estaba parado. El aparato descendía en picada a una velocidad vertiginosa. No se podía pensar en saltar. Oí todavía por el micrófono:

- ¡Agárrense!

Instintivamente eche mano a la empuñadura del cañón y un instante después el avión chocó contra la superficie del mar. Sin duda mi cabeza había dado contra la pared, pues perdí el conocimiento. Al cabo de algunos segundos sentí vagamente que ante mí algo se rompía en mil pedazos. Luego, una mano me cogió por las solapas de la guerrera y tiró de mi hacia arriba. En torno mio agua, nada más que agua. El aparato se sumergía; en la cabina de mando, cuya parte anterior estaba hundida, había unos treinta centímetros de agua y nuevas oleadas entraban sin cesar por la brecha abierta.

A través del pasillo central llamamos a los de atrás. No hubo respuesta, ¿Habrían muerto nuestros dos compañeros? Ahora se trataba de salir lo más pronto posible del avión, que podía hundirse de un momento a otro. Uniendo nuestros esfuerzos pudimos abrir el ventanillo de escape, en el techo de la cabina de mando. Allí se arremolinó el agua. Había llegado la hora. Rápidamente empujamos al segundo piloto por la abertura, Luego respire profundamente y me lancé, a mi vez. Sentí que me elevaba y, dando un bote vigoroso, me dirigí a la superficie. Unos segundos más tarde apareció también el primer piloto.

Entonces ocurrió una cosa rara; el avión entero, liberado de nuestro peso, se puso de nuevo a flote. Los dos pilotos se lanzaron sobre la popa y abrieron la puerta. Con estupor vieron acurrucados en un rincón a los dos soldados que habíamos creído muertos. Estaban indemnes, pero algo atontados. A cuatro patas treparon hasta el extremo de un ala. Desgraciadamente, ni el uno ni el otro sabían nadar, a pesar de que los dos eran oriundos de la región marítima de Hamburgo. El primer piloto tuvo aún tiempo de sacar la canoa de caucho. De un puñetazo hizo saltar el tapón de la bombona de oxígeno: en seguida la canoa se infló y los soldados pudieron subir a ella.

En aquel momento me acordé, con el corazón oprimido, de mi cartera y de la máquina fotográfica que habían quedado en la cabina de mando. Me sumergí, penetré en el agujero de la cabina y conseguí recuperar la cartera y la cámara, que arroje a la canoa mientras subía a la superficie. Unos segundos más tarde, el avión enderezó y desapareció bajo las aguas.

A garrado a la canoa, con un piloto a cada lado, miré a mi alrededor. A doscientos o trecientos metros surgían de las ondas unas rocas. Nos dirigimos hacia ellas nadando y empujando la canoa delante de nosotros El arrecife era abrupto y escurridizo, pero conseguimos escalarlo fácilmente. El segundo piloto encontró en la canoa una pistola lanza-cohetes y quiso servirse de ella. Yo le mandé que esperara que pasase un barco. Al cabo de una hora vimos aparecer un vapor. Lancé un cohete rojo y con gran alegría nuestra, la embarcación vino en nuestra búsqueda. Se trataba de un crucero auxiliar italiano, especialmente equipado para la defensa antiaérea. Fue una suerte que el capitán no adivinara la razón de nuestra presencia en aquellos parajes, me dije al darle la mano. Como yo estaba completamente desnudo – me había despojado de toda mi ropa al bucear hacia el avión -, el buen hombre me prestó un short blanco y un par de chanchos. El Short era demasiado estrecho para mí: sin embargo me lo puse para no tener que procurarme, al desembarcar, cuando menos una hoja de parra. Hasta que no me acosté en el barco no sentí un dolor sospechoso en la caja torácica. Unos días más tarde habría de comprobar el médico que tenía tres o cuatro costillas rotas.

A última hora de la tarde llegamos de nuevo a Pausania. Me fui enseguida a Palau para pedir al capitán Hunaüs un barco que me llevara a Córcega, donde me esperaba el comandante de la brigada de las Waffen S.S. Porque seguía pensando en poner en práctica al menos esta parte de mi plan.

Era casi la medianoche cuando mi lancha se deslizaba entre las rocas que encuadran la tortuosa entrada al puerto de San Bonifacio. En la sede de la administración militar italiana no pude obtener comunicación con la brigada de las S.S. Hasta la mañana siguiente no tuvieron a bien poner un coche a mi disposición. A consecuencia de un malentendido me pasé todo el día corriendo tras el comandante de las S.S., quien, a su vez, trataba en vano de reunirse conmigo. Por fin nos encontramos en el norte de la isla, en Bastia, en el cuartel general de un destacamento de la Marina alemana.

Entretanto, Radl, que se había quedado en Roma, era presa de la más terrible desesperación. No habiéndome visto regresar, según lo convenido, la tarde del 18 de agosto, preguntó al cuartel general de la división de paracaidistas si se habían recibido noticias de mi avión. Le contestaron lacónicamente: “Aparato desaparecido; tripulación sirve seguramente de alimento a los peces.” Durante dos días, el pobre me creyó muerto porque no volví a Roma hasta las últimas horas de la tarde del 20 de agosto. Le encontré cuando se dirigía desde el aeropuerto al alojamiento de mis hombres. Como es lógico, se volvió loco de alegría.

De vuelta en el hotel nos pusimos a trabajar en al elaboración de nuestro plan de acción. Esta vez estábamos, por fin, seguros de haber descubierto el lugar donde estaba internado el Duce. El general Student, a quien pusimos al corriente de la situación a la mañana siguiente compartió enteramente nuestra opinión.


La pista falsa

Kurt Student

Entonces, bruscamente, como un rayo que cayera del cielo, nos llegó una orden del Gran Cuartel General del Führer:

“El Gran Cuartel General acaba de recibir de los servicios de la “Ausland Abwehr” (Almirante Canaris) un informe según el cual Mussolini se encuentra en un islote próximo a la isla de Elba. El capitán Skporzeny preparará inmediatamente un ataque de paracaidistas y nos indicará la fecha inmediata en que se podrá realizar la acción. El Gran Cuartel General del Führer fijará entonces el día exacto de la acción.”

¿Qué es lo que ha podido pasar? – nos preguntamos Radl y yo – Cualquiera diría que los agentes de almirante disponen de medios de información especialmente eficaces. Además, nosotros habíamos visto días antes una circular con la indicación de “secreta” que la “Abwehr” había enviado a todos los jefes de unidades en Italia. En dicha circular habíamos leído bien claramente: es absolutamente seguro que el Gobierno de Badoglio continuará la lucha a nuestro lado en cualquier circunstancia. El nuevo Gobierno participará en el esfuerzo común de un modo aún más intenso que el antiguo régimen fascista.

(Nota del editor de LG: Para una mejor comprensión de lo sucedido, vale recordar que el Almirante Canaris, jefe del servicio de espionaje alemán, era parte principal de un grupo de traidores a su Patria, que pasaban información secreta al enemigo vía Suiza, e información falsa al propio gobierno alemán. Skorzeny no lo sabia ni lo sospechaba entonces. Posteriormente a la fecha del relato de Otto Skorzeny, el almirante Canaris fue descubierto y ejecutado.)

Como nosotros éramos de un parecer diametralmente opuesto - continua Skorzeny -, el general Student intentó obtener una audiencia del mismo Führer. Después de algunas conversaciones recibimos al fin la orden de ir a Prusia Oriental. Nos pusimos en vuelo inmediatamente, aterrizamos al final de la tarde y nos enteramos, al bajar del avión, de que Hitler nos aguardaba.


Reunión en Gran Cuartel General

Nos introdujeron en la misma sala donde yo había sido presentado al Führer unas semanas antes. Esta vez todos los sillones que había alrededor de la mesa, ante la chimenea, estaban ocupados y tuve así ocasión de trabar conocimiento con todos los dirigentes del Reich. A la izquierda del Führer estaba sentado von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores; a su derecha estaba el mariscal Keitel, luego el general Jodl. Me indicaron el sillón siguiente. A la izquierda de Ribbentrop vi a Himmler, después al general Student y al almiranta Doenitz; entre éste último y yo se intercalaba la imponente mole del mariscal del Reich, Hermann Goering.

El general Student me presentó en concisas frases y luego me cedió la palabra. En el primer momento tuve un pánico terrible; las miradas de aquellos ocho hombres me intimidaron tanto que me olvidé de consultar las notas preparadas durante el trayecto. Poco a poco, sin embargo, recobré mi aplomo. Tan claramente como pude expliqué en detalle las fases de mi investigación. Las numerosas razones citadas en apoyo a nuestra hipótesis de que el Duce estaba encerrado en Santa Magdalena impresionaros visiblemente a mis oyentes. El relato de la apuesta del teniente Wagner y el éxito de aquella treta dibujó una sonrisa en algunos rostros, principalmente en Doenitz y Goering.

Cuando hube terminado, una mirada furtiva a mi reloj me indicaba que había durado más de media hora. Con un gesto espontáneo el Führer me estrechó la mano.

-Me ha convencido usted, capitán Skorzeny. Tiene usted razón y retiro mi orden de atacar con paracaidistas el islote. ¿Ha elaborado usted ya un plan que permita sacar al Duce de esa fortaleza marítima? Si es así, haga el favor de exponerlo.

Con ayuda de un mapa dibujado a lápiz desarrollé el proyecto que habíamos concebido unos días antes. Explique que, además de una flotilla de lanchas rápidas, me harían falta varios dragaminas; asimismo necesitaría, además de mis cincuenta hombres, la cooperación de una compañía de voluntarios que deberían venir de la brigada de las S.S. de la guarnición de Córcega. Por otra parte, y a fin de cubrir nuestra retirada, necesitaría poder contar con nuestras baterías antiaéreas de Córcega y del norte de Cerdeña. Mi proyecto de un ataque por sorpresa al alba pareció merecer la aprobación general. Varias veces me interrumpieron Hitler, Goering y Jodl para hacerme preguntas. Cuando acabé, el Führer tomó la palabra:

Otto Skorzeny con Adolfo Hitler

-Apruebo su proyecto, y creo que, si lo ejecuta con toda rapidez y sin vacilaciones, es perfectamente realizable. El gran almirante Doenitz se servirá trasmitir a la Marina las órdenes oportunas. Las unidades pedidas serán colocadas, mientras dure la operación, a las órdenes del capitán Skorzeny. El general Jodl se ocupará del resto. Todavía falta una cosa, capitán Skorzeny: hay que salvar, por encima de todo y lo antes posible, a mi amigo Mussolini, para impedir que sea entregado a los aliados. Así, pues, no tiene usted tiempo que perder. Cuando terminen sus preparativos y esté dispuesto a ejecutar mis órdenes de iniciar al acción, Italia será quizá todavía nuestra aliada, al menos oficialmente. Si en ese momento su expedición fracasara, me vería en la necesidad de desautorizarle ante la opinión mundial. Yo declararía entonces que, a fuerza de hablar de su plan y de la necesidad de salvar al Duce, usted hizo perder la cabeza a los jefes de ciertas unidades de guarnición allí y que en todo caso había actuado por su propia iniciativa. Como contribución a nuestros esfuerzos para obtener la victoria, por la salvación de Alemania, tiene usted que estar dispuesto a aceptar, si fracasa, esa grave acusación sin intentar siquiera defenderse.

No tuve tiempo de reflexionar. De todos modos, desde el momento en que la salvación de nuestra patria estaba en juego, yo sabía que me resignaría a soportar en silencio el oprobio de una tal desautorización. Muy emocionado, sólo pude inclinarme, sin encontrar respuesta que dar.

Satisfecho, Hitler se despidió de mí estrechándome amistosamente la mano.

-Lo conseguirá usted, Skorzeny – dijo él, con tanta seguridad que su convicción pasó a mi como una corriente eléctrica. Más de una vez había oído hablar de esa fuerza de persuasión casi hipnótica del Führer. Ahora ya la había experimentado. Ya no podía dudar. Lo conseguiría.

A la mañana siguiente, regresamos a Roma. Tan pronto como llegué comuniqué a mi fiel Radl que, en caso de fracaso, yo asumiría toda la responsabilidad de nuestra empresa. Como buen austríaco, Radl no se emocionó por tan poca cosa.

-Bueno – dijo él con calma -, si eso llegase, yo pediría me encerrasen con usted. Quizá nos metieran en un manicomio. Sería bonita ocasión de probar la comodidad de las celdas acolchadas.

Merced a una simple casualidad iba a sernos evitada, unos días más tarde, esta última consecuencia. En efecto, habíamos estado a punto de efectuar nuestra gran expedición a una prisión sin prisionero.


Otto Skorzeny

Otra vez a foja cero

El capitán de fragata Schulz, comodoro de la flotilla de lanchas rápidas que pusieron a mi disposición, estaba materialmente entusiasmado cm la idea. Dese hacía tiempo soñaba con una operación de esta género. Elaboramos minuciosamente el plan a realizar, teniendo buen cuidado de no omitir ningún detalle, de preveer todas las eventualidades. Por último, nuestro proyecto estaba a punto.

La víspera del día D, la flotilla de lanchas rápidas, haría una visita oficial a Santa Magdalena; penetraría en el puerto militar y atracaría a un muelle situado en la parte baja de la población. El mismo día, los dragaminas, al mando del teniente Radl, embarcarían en Córcega las tropas del Comando, atravesarían después el estrecho y anclarían ante el dique de Palau, frente a Santa Magdalena. Como es natural, los soldados permanecerían ocultos. En las primeras horas del día D las dos flotillas maniobrarían como para abandonar los respectivos puertos. Bruscamente los dragaminas desembarcarían sus hombres, parte de los cuales guardaría la espalda a sus camaradas contra cualquier sorpresa que viniese de la ciudad. Las lanchas rápidas estarían dispuestas para intervenir a fin de asegurarnos la protección de sus tiros.

Luego yo me iría con el grueso de nuestras tropas, en cerrada formación, a la ciudad. A mi juicio, esta llegada inopinada de una unidad en orden de marcha debía aumentar todavía el efecto de la sorpresa. Si era posible evitaríamos, al atravesar la ciudad, todo incidente y hasta el menor disparo. En seguida forzaríamos la entrada de la villa; yo disidiría sobre el terreno los pormenores del ataque, según lo exigiese la situación. Para evitar que los carabineros que custodiaban al Duce fueran avisados de nuestro desembarco, designé algunas secciones que cortasen todas las líneas telefónicas.

En cuanto hubiéramos inutilizado a los ciento cincuenta hombres que defendían la casa, yo saldría con el Duce a borde de una lancha rápida. Entretanto, un destacamento de las S.S. se habría apoderado de los campos que dominaban la boca del puerto. En cuanto a las batería antiaéreas italianas emplazadas sobre las colinas que rodeaban la ciudad, serian reducidas al silencio por las que nosotros teníamos situadas en la punta norte de Cerdeña.

Con un poco de suerte, todo ello marcharía sobre ruedas. Un solo punto me inquietaba de veras: más debajo de la villa “Weber”, cerca de los muelles, se alzaban varias barracas militares en que se alojaban unos doscientos cadetes de la Marina italiana que seguían allí sus cursos. Necesitábamos una cobertura fuerte para asegurarnos contra todo ataque de flanco. Por otro lado, dos hidroaviones de la Marina italiana un hidroavión hospital estaban amarrados cerca de la costa. Designé, pues, dos secciones de asalto que debían inutilizarlos para impedir que persiguieran la lancha que transportaba al Duce.

La víspera del día D, las lanchas rápidas salieron al alba del puerto de Anzio y alcanzaron Santa Magdalena, después de una movida travesía. Radl me dejó para trasladarse a un mirador en Córcega, desde donde vigilaría el embarque de las tropas; estas debían, según lo previsto, llegar a Santa Magdalena a la caída de la noche. Mientras tanto, estudié una vez más el plano de la villa “Weber” y de los terrenos vecinos. El buen Warger había trabajado bien. Todo estaba registrado con una precisión absoluta; las distancias, el emplazamiento de las puertas de los puestos de guardia, etc. A pesar de todo, yo no podía evitar una sensación de incertidumbre como me ocurra cada vez que alguien ejecuta una importante labor sin mi intervención. Así pues, decidí efectuar una última inspección. Warger me acompañó.

Apenas llegados a las cercanía de la villa, descubrí un cable telefónico que Warger no había registrado en el plano. Monté en cólera, pues, a mi entender, son justamente las menudencias de esa clase las que pueden hacer fracasar una operación como la que proyectábamos. En verdad, debo confesar que, salvo ese detalle el plano era rigurosamente exacto.

Dos secciones de carabineras se paseaba n por la carretera. Otra sección, armada de ametralladoras, guardaba la entrada. Por desgracia, un alto muro protegía el jardín contra las miradas indiscretas. Como habíamos tenido la precaución de vestirnos de simples marineros y de llevar entre los dos un gran cesto lleno de topa sucia, nadie se fijaba en nosotros.

Nos dirigimos hace una casa vecina, situada algo más arriba que la villa, lo que debía permitirnos examinar los alrededores. Mientras Warger entregaba su ropa para lavar, puse el pretexto de no existir cierta instalación higiénica, para subir un poco más y esconderme detrás de una zona desde la que se podía ver el interior de la posición “Weber”. Todo parecía tranquilo, y, después de haber grabado en mi mente las sendas del jardín y ciertos puntos de orientación, volví más seguro a casa de la lavandera. Y entonces se dio la providencial casualidad a la que ya me he referido. Durante mi ausencia, uno de los carabineros que guardaban al Duce subió a hacer una visita. Yo me puse a charlar con él por conducto del joven Warger, intérprete de primera. Orienté prudentemente al conversación hacia el tema de la caída de Mussolini. En el primer momento el soldado no se interesó por tal asunto; solo se animo cuando afirmé que sabia que el Duce acababa de morir. Con el fogoso temperamento del meridional afirmó que se trataba de un bulo. Naturalmente yo el excité aún más, declarando que estaba seguro de ello, puesto que unos días antes el medico de unos amigos míos mi había dado numerosos detalles sobre los últimos instantes del jefe fascista.

Entonces el buen carabinero no pudo contenerse más.

-No, no signore, impossibile – exclamó – Esta misma mañana he visto al Duce . Yo he formado parte de la escolta que lo condujo a borde del avión blanco en que se ha ido.

¡Demonio! ¡Vaya una sorpresa! El hombre hablaba con mucha seguridad, su relato parecía verídico. Además, recordaba entonces que el hidroavión hospital que aun la víspera se balanceaba cerca de la costa, había desaparecido aquella mañana. Me había dado cuenta de ellos, pero en aquel momento no le concedí importancia. Ya me había extrañado, al observar la villa, ver a varios carabineros vagando por la terraza. Esta era la explicación de su actitud tan poco marcial: ¡en aquella prisión ya no había prisionero!

Era una suerte que hubiéramos hecho este descubrimiento todavía a tiempo. Menuda plancha, como suele decirse, si llegásemos a descubrir el juego de la vasta operación marítima y terrestre que teníamos preparada. Ahora era preciso, antes que nada, dar contraorden para que no continuaran los movimientos preparatorios de nuestras tropas. Telefoneé a Radl y le pesqué justamente unos minutos anteos de su salida para Córcega. Pero los hombres ya estaban a bordo de los barcos.

-¡Atrás a toda máquina! – tal era ahora nuestra consigna.

Como medida de precaución mantuvimos aún los preparativos durante algunos días, a fin de estar dispuestos a actuar en le caso en que el Duce fuera devuelto a Santa Magdalena. Era curioso: los italianos conservaban igualmente sus efectivos de guardia dentro y alrededor de la villa. A mi juicio, el servicio secreto italiano actuaba así para borrar el rastro e inducirnos al error. Estaba claro que el prisionero tenía para ellos tanta importancia, que no retrocedían ante el inmenso trabajo que requerían estos continuos cambios de prisión. Por el momento había conseguido lo que querían; una vez más habíamos perdido la pista.

Habíamos vuelto a nuestro punto de partida, es decir, al cero. Habia que volver a empezar desde el principio. Durante varios días anduvimos a ciegas. Los rumores no escaseaban, pero en cuanto procedíamos a analizarlos, por pco que fuera, se desvanecían convertidos en humo.


Almirante Canaris

El genio invisible

Hasta aquí el relato de las memorias de Otto Skorzeny. En su relato se nota que un “genio invisible” boicoteaba su acción. Cuando estaba a punto de rescatar a Mussolini, imprevistamente Skorzeny recibe desde el Alto Mando Alemán la orden de detener el plan, porque según el servicio secreto alemán, cuyo jefe era el almirante Canaris, informaba al Alto Mando que el paradero del Duce no era el que suponía Sakorzeny, si no otro. Esto obliga a Skorzeny y al general Student a viajar a Alemania para convencer al Alto Mando y al propio Führer, que el paradero de Mussolini era el que ellos suponían.

El Alto Mando toma por acertada la versión de Skorzeny, y Hitler autoriza la operación, pero para entonces Skorzeny había perdido el tiempo suficiente para que el gobierno italiano, alertado por el “genio invisible” previera un rápido traslado del prisionero. Así se hizo egectivamente, y el día anterior a que Skorzeny le echara el guante al Duce para rescatarlo, el gobierno italiano traslada a Mussolini con rumbo desconocido.

¿Pero quien era esa “genio invisible”?; nada menos que “Las Logias” que se habían infiltrado y enquistado en el gobierno italiano y el en propio Alto Mando Alemán. Estas Logias pasaban información secreta al enemigo e información falsa al propio ejército.

Uno de los principales partícipes de esas Logias era el propio almirante Canaris, jefe del contraespionaje alemán. Por entonces Skorzeny se mostró tal vez extrañado de las coincidencias, como se desprende de sus memorias, pero no identificaba a quien lo traicionaba.

Al poco el complot fue descubierto, y el almirante Canaris ejecutado. El propio Hitler dirá con amargura: “Hubo una logia que me olvidé de desarmar, y es la que estaba enquistada en el Alto Mando del Ejercito”

Nota:

Poco tiempo despues, Otto Skorzeny con un grupo de comamandos alemanes, rescata a Benito Mussolini de su prision del Hotel Gran Sasso,en la alta montaña. El rescate se hace usando planeadores, dada la inaccesibilidad del lugar.

(*) Otto Skorzeny, mundialmente conocido oficial de las fuerzas Waffen SS, por la liberación de Mussolini en el Gran Sasso.

Este artículo continua en: Rescate de Mussolini: entrevemos el final


Fuentes:

- Otto Skporzeny. "Misiones secretas". p.49.
- Opiniones N.H.p.95
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

Copyright © La Gazeta Federal



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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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