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RESCATE DE MUSSOLINI EN EL GRAN SASSO
                          

Hotel Gran Sasso


(01) El rescate
(11) Fuentes.
(12) Artículos relacionados.


Este artículo forma parte de la descripción de la operación especial de fuerzas alemanas al mando del coronel Otto Skorzeny para rescatar a Benito Mussolini, prisionero de los italianos en el hotel de alta montaña Gran Sasso.

Los artículos que le anteceden son:

- Mussoli: "El último César"
- Busqueda de Mussolini y el genio invisble
- Entrevemos el final
- Últimos preparativos

A su vez, contunúa en: Musolini: del Gran Sasso a Roma

(*)
(Gran parte del relato es extraído de las memorias de Otto Skorzeny, coronel de las Waffen SS)

El restate

El domingo 12 de septiembre de 1943, salimos a las cinco de la madrugada para el aeródromo, donde supimos que los planeadores llegarían probablemente hacia las diez. Aproveché este plazo para inspeccionar el equipo de mis hombres. Cada uno de ellos había recibido la “ración de paracaidista” para cinco días. Como había mandado llevar unas cuantas cajas de frutas frescas, una alegre animación reinó pronto en las barracas. Claro que se notaba la tensión que inevitablemente padecían aún los más valientes ante el salto hacia lo desconocido, pero nos las arreglamos de tal modo que se disipó toda aprensión o nerviosidad tan pronto como aparecieron. Sin embargo, a las ocho y media, aún no había llegado el oficial italiano. Envié al teniente Radl a Roma ordenándole que nos trajera al italiano costase lo que costase y tan pronto como pudiera. “Haga lo que quiera, que, con tal que venga vivo, no necesitamos más”.

Otto Skorzeny

En efecto, Radl consiguió, pese a toda la clase de dificultades, dar con el italiano y meterlo en su coche. A su llegada al aeropuerto, habló con él el general Student, y yo asistí a la entrevista. Manifestamos al italiano que el Fürer le rogaba que nos ayudase a evitar en lo posible cualquier efusión de sangre tomando parte en la liberación del Duce. Visiblemente halagado al saber que el propio Hitler le pedía su cooperación el oficial no supo negarse. Nos prometió hacerlo con gusto, lo que representaba para nosotros, según creo, una baza inestimable.

Hacia las once aterrizaron, por fin, los primeros planeadores. A toda prisa hubo que llenar de gasolina los aviones que habían de remolcarlos, y a continuación, cada aparato, con su planeador a la cola, se situó en la pista de vuelo siguiendo el orden previsto para, nuestro aterrizaje.

Mientras tanto, el general Student reunió a los pilotos de los planeadores para recordarles la prohibición de un aterrizaje en picado. Sólo se permitiría el aterrizaje en planeo. Luego dibujé en la pizarra el plano del terreno con los lugares destinados a cada aparato. Finalmente, estudié, con el oficial de informaciones que había participado en nuestro vuelo de reconocimiento, los detalles esenciales: cronometraje del trayecto, altitud, rumbo, etcétera. Como, exceptuando a Radl y a mí, era el único que conocía el aspecto que la meseta ofrecía desde el aire, se situaría en el primer avión remolcador y dirigiría así nuestra escuadrilla. Hechos todos los preparativos, íbamos a recorrer los casi cien kilómetros en una hora exactamente. Por consiguiente, despegaríamos a la una en punto.

De repente, a las doce y media, ¡alerta! Fueron vistos unos bombarderos enemigos y escuchamos las primeras explosiones en las cercanías del aeropuerto. Mientras nos dispersábamos en busca de un refugio, di por perdida toda la operación. ¡Qué asco, una cosa semejante en el último momento! Minutos antes de la una, las sirenas dieron la señal de alarma. Me precipité sobre la gran pista: el firme había encajado varias bombas, pero nuestros aparatos estaban indemnes. Podíamos salir. Di orden de embarcar. Al oficial italiano lo llevé conmigo al tercer planeador y le hice sentar entre mis piernas en el estrecho banco en que cabalgábamos, uno detrás del otro, prensados como arenques. Apenas teníamos dónde poner nuestras armas. El italiano parecía arrepentirse ya de su promesa y me siguió al aparato a contra gusto. ¡Qué se le iba a hacer! ¡No podía seguir ocupándome de él; ya no había tiempo que perder!

Planeador alemñan

Fijé la vista en mi reloj de pulsera y levanté el brazo: la una. Los motores se pusieron en marcha, rodamos por la pista y sentí que despegábamos. Lentamente, describiendo amplias curvas, nos elevamos; se formó nuestra caravana y enfiló hacia el nordeste. El tiempo parecía ideal para nuestro propósito: inmensos cúmulos blancos flotaban a unos tres mil metros de altura. Ningún viento movía aquellas nubes íbamos a llegar a nuestro destino sin haber sido descubiertos y podríamos arrojarnos bruscamente sobre nuestro objetivo. Reinaba un calor sofocante en el planeador. Hacinados como estábamos y con nuestros equipos y nuestras armas, era prácticamente imposible moverse. El oficial italiano palidecía a ojos vistas. Su semblante tenía el mismo gris verdoso del uniforme. Tuve la clara sensación de que no le hacían gracia los viajes aéreos.

El piloto me comunicó nuestra posición aproximada y yo la comprobé en seguida con ayuda del mapa. Desde la carlinga no se veía el paisaje. Las estrechas ventanillas laterales estaban cubiertas de celofán, que no dejaba transparentar nada. Las rendijas, que no faltaban, eran demasiado pequeñas para que pudiéramos ver algo. Decididamente, el planeador era un artefacto rudimentario. Unos tubos de acero que constituían el armazón, más una envoltura de lona, y eso era el avión.

Nos metimos en un gran cúmulo para alcanzar la altura de 3.500 metros. Cuando salimos otra vez al sol, el piloto de nuestro remolcador anunció por teléfono de a bordo:

–Aviones 1 y 2 desaparecidos. ¿Quién toma el mando?

¡Una mala noticia! ¿Qué les había pasado a los dos aparatos? En aquel momento yo ignoraba aún que detrás de nosotros ya no quedaban nueve aviones, sino siete tan sólo; al despegar, dos planeadores de transporte habían tropezado con el montón de tierra desplazada de un embudo formado por la explosión de una bomba y habían capotado. Comuniqué al piloto de nuestro remolcador:

–Yo tomaré el mando hasta que lleguemos.

Planeador alemñan

Luego hice unos cortes con mi navaja en la lona a la derecha, a la izquierda y bajo mis pies, con objeto de poder distinguir, aunque fuera a grandes rasgos, el paisaje. Después de todo, la construcción primitiva de aquellos planeadores tenía sus ventajas. Gracias a ciertos detalles salientes –un puente, un cruce de carreteras– llegué a orientarme. Respiré; no sería ese obstáculo el que haría fracasar nuestra operación. Ciertamente, no dispondría al aterrizar de la cobertura que debían asegurarme los hombres de los planeadores desaparecidos, pero no pensé más en ello.

Unos minutos después de la hora H volábamos sobre el valle de Aquila. En la carretera distinguí perfectamente a la vanguardia del batallón de paracaidistas, cuyos camiones subían rápidamente hacia la estación del teleférico. Habían conseguido superar todos los obstáculos y podrían atacar precisamente en el momento convenido. Un buen presagio; nosotros triunfaríamos también.

Apareció debajo de nosotros nuestro objetivo, el hotel de montaña del Gran Sasso. A una orden mía, los hombres se sujetaron el barboquejo; en seguida ordené: –¡Largad el remolque!

Un instante después nos envolvió un repentino silencio. No se oía más que el zumbido del viento en torno a nuestras alas. El piloto hizo un amplio viraje y buscó con la misma ansiedad que yo el lugar señalado para nuestro aterrizaje sobre la pradera levemente inclinada. ¡Diablo! ¡Estábamos aviados! De un golpe de vista descubrí la pradera triangular; pero de ningún modo estaba “levemente inclinada”, como habíamos calculado. ¡Descendía en pendiente abrupta, casi como la pista de salida de un trampolín de esquí!

Estábamos ya mucho más cerca de la meseta que nuestro vuelo de reconcomiendo; además, nuestros virajes en espiral nos mostraban el relieve del suelo de un modo singularmente plástico. Un aterrizaje en aquella escarpadura era imposible; lo comprendí inmediatamente. El piloto lo comprendió también y se volvió hacia mí. Apretando los dientes, yo me debatía en un terrible conflicto de conciencia. ¿Era preciso obedecer las órdenes tajantes de mi general? En ese caso debía renunciar a la operación y tratar de ganar, planeando, el fondo del valle. Si, por el contrario, no quería abandonar mi proyecto, tenía que aventurarme, costara lo que costase, al aterrizaje en picado que habían prohibido terminantemente. Pronto tomé una determinación:

–¡Aterrizaje en picado! Lo más cerca posible del hotel.

Sin la menor vacilación, el piloto volvió a estrechar la espiral girando sobre el ala izquierda y se lanzó a un insensato picado. En un instante se contrajo mi garganta: ¿resistiría el planeador aquella velocidad? Inmediatamente deseché el temor: no era el momento de hacerse semejantes preguntas. El silbido del viento aumentaba, se convertía en un aullido, a pesar de que la tierra se acercaba a ojos vistas. Vi cómo el teniente Meier soltaba el freno al paracaídas; luego vino una violenta sacudida; algo que cruje, que se rompe; cierro los ojos instintivamente; una nueva sacudida más fuerte todavía, y ya está: tocamos tierra. El aparato da un último respingo y se queda inmóvil.

El primero de mis hombres salía ya por la puerta, cuyo batiente había sido arrancado, y yo me deslicé afuera, con las armas en la mano. Estábamos a unos quince metros del hotel. A nuestro alrededor, los innumerables peñascos habían frenado brutalmente nuestro planeador, dejándolo en un bonito estado. Habíamos tenido que arrastrarnos, cuanto más, una veintena de metros antes de parar.

En el Gran Sasso 1943

Cerca de una pequeña eminencia, precisamente en la esquina del hotel, estaba el primer carabinero. Paralizado de asombro, ni se movió; sin duda trataba de comprender cómo habíamos podido caer del cielo. No tuve tiempo de ocuparme de nuestro pasajero italiano, que, un poco aturdido, se dejó caer fuera del avión. Me lancé hacia el edificio; por supuesto, me felicito de haber prohibido terminantemente a mis hombres que hiciesen uso de sus armas antes de que yo hubiera disparado el primer tiro. Así, la sorpresa del enemigo sería total. A mi lado sentía el jadeo de mis hombres; sabía que me seguían y que podía contar con ellos.

Pasamos como una tromba ante el soldado pasmado, lanzándole un solo “Mani in alto!” (¡Arriba las manos!) y llegamos al hotel. Nos colamos por una puerta abierta. Al transponer el umbral vi una estación emisora y un soldado italiano ocupado en transmitir mensajes. De una fuerte patada hice bailar su silla, al mismo tiempo que destrozaba la estación con la culata de mi fusil ametrallador. Pero nos dimos cuenta que la estación no tenía puerta alguna que diera al interior del hotel. Media vuelta, pues; otra vez afuera. Rodeamos, corriendo, el edificio, doblamos la esquina y llegamos ante una terraza de unos tres metros de altura. Uno de mis suboficiales me alzó sobre sus hombros y saltando desde ellos salve la balaustrada. Los demás me siguieron.

Escrudiñé con los ojos la fachada. En una ventana del primer piso advertí una enorme cabeza característica: el Duce. Ahora ya sabía que la operación iba a resultar bien. Le grité que se echase atrás; luego nos precipitamos hacia la entrada principal. Allí chocamos con los carabineros que intentaban salir. Habían montado dos ametralladoras; las tumbamos patas para arriba. Me abrí camino a culatazos a través de la masa compacta de italianos, mientras mis hombres gritaban sin parar: “Mani in alto!” Hasta entonces nadie había disparado todavía.

Entre en el vestíbulo. Por el momento estaba solo; ignoraba lo que tenía a la espalda; no tenía tiempo de mirar atrás. A la derecha había una escalera cuyos peldaños subí de tres en tres; llegado al primer piso, penetré a lo largo de un pasillo, abrí una puerta, al azar. ¡Era la buena! En la habitación estaba Benito Mussolini con dos oficiales italianos, que puse contra la pared. Entretanto, mi bravo teniente Schwerdt se reunió conmigo; haciéndose cargo inmediatamente de la situación, sacó de allí a los dos oficiales que estaban demasiado sorprendidos para pensar en resistirse. En cuanto cruzaron el umbral, volvió acerrar tranquilamente la puerta.

En el Gran Sasso 1943

La primera parte de nuestro propósito se había realizado. Al menos por el momento, el Duce estaba en nuestras manos. Desde nuestro aterrizaje sólo habían pasado tres o, a lo sumo, cuatro minutos. Fuera, delante de la ventana, aparecieron las cabezas de dos suboficiales. No habiendo podido entrar en el vestíbulo, habían escalado el muro agarrándose al cable del pararrayos, con objeto de prestarme ayuda. Los aposté en el pasillo, con la misión de cubrirnos por aquel lado.

Por la ventana vi llegar, a paso gimnástico, al cuarto grupo, mandado por mi oficial de órdenes, el fiel Radl, y al teniente Manzel. Este último seguía a sus hombres, arrastrándose; el choque del aterrizaje de su planeador le había lanzado tan violentamente contra el suelo, que se había roto un pie.

–Todo va bien –pude comunicarles–. Guardad la panta baja.

Aun pude complementar la llegada de los planeadores números 5, 6 y 7, que transportaban paracaidistas. Se posaron casi normalmente; pero, de repente, asistí a un terrible espectáculo: el planeador número 8 había debido ser arrebatado por un torbellino; vació en pleno viraje, se abatió como una piedra que cae por un abrupto desmonte y se estrelló, destrozado.

En la lejanía sonaron algunos disparos aislados, hechos sin duda por los puestos italianos diseminados por la meseta. Salí al pasillo y llamé, a grandes gritos, al comandante del hotel. Éste, un coronel, llegó enseguida. Le expliqué que toda la resistencia era inútil y exigí la rendición inmediata. Me pidió un breve tiempo para reflexionar; le concedí un minuto. Radl había logrado ya franquear la entrada, pero yo tenía la impresión de que los italianos aún impedían el paso, porque yo no había recibido más refuerzos.

El coronel italiano regresó. Traía con las dos manos una copa de cristal llena de de vino tinto, que me tendió con una breve inclinación.

Benito Mussolini en el Gran Sasso 1943

–Para el vencedor. –dijo.

Una sábana colgada de la ventana substituyó la bandera blanca. Les grité aún algunas órdenes a mis hombres, apelotonados ante el hotel; después tuve un tiempo, por fin, de volverme a Mussolini, que protegido por la gran corpulencia del teniente Schwerdt, estaba en un rincón. Me presenté:

–Duce: el Fürer me ha enviado para liberaros.

Visiblemente emocionado me dio un abrazo.

–Sabía –dijo –que mi amigo Adolfo Hitler no me abandonaría.

Las condiciones de la rendición fueron rápidamente fijadas. Los soldados italianos deberían depositar sus armas en el comedor; en cuanto a los oficiales, les permití conservar sus revólveres. Supe también que, además del coronel, habíamos capturado a un general.

Además del hotel propiamente dicho, mis hombres habían ocupado también la instalación del teleférico. La línea no estaba estropeada del todo. Idéntico informe me llegó de la estación del valle. Hubo, abajo, una breve refriega. Pero, como el horario fijado había sido respetado al minuto, la sorpresa había causado su efecto. La primera parte de nuestra misión había terminado.

Notas:

Este artículo continúa en: Musolini: del Sasso a Roma

Poco tiempo después, Otto Skorzeny con un grupo de comandos alemanes, rescata a Benito Mussolini de su prisión del Hotel Gran Sasso, en la alta montaña. El rescate se hace usando planeadores, dada la inaccesibilidad del lugar.

(*) Otto Skorzeny, mundialmente conocido oficial de las fuerzas Waffen SS, por la liberación de Mussolini en el Gran Sasso. Participo en los principale frentes de guerra, realizó numerosas misiones especiales, y sobrevivió a la contenda

Benito Mussolini en el Gran Sasso 1943

Fuentes:

- Otto Skporzeny. "Misiones secretas". p.77.
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

Copyright © La Gazeta Federal



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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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