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MUSSOLINI: EL VUELO DE LA CIGÜEÑA
                          

En el Gran Sasso 1943


(01) Planes de regreso
(01) El vuelo de la cigueña
(11) Fuentes.
(12) Artículos relacionados.


Planes de regreso

Este artículo forma parte de la descripción de la operación especial de fuerzas alemanas al mando del coronel Otto Skorzeny para rescatar a Benito Mussolini, prisionero de los italianos en el hotel de alta montaña Gran Sasso.

Los artículos que le anteceden son:

- Mussoli: "El último César"
- Busqueda de Mussolini y el genio invisble
- Entrevemos el final
- Últimos preparativos
- Rescate en el Gran Sasso

(*)
(Gran parte del relato es extraído de las memorias de Otto Skorzeny, coronel de las Waffen SS)

El restate

El teniente von Berlepsch, jefe de los paracaidistas que habían venido conmigo por vía aérea, que se había incrustado ya el monóculo en la cuenca del ojo, escuchó impasible las órdenes que le di por la ventana. En seguidas mandé subir refuerzos por el teleférico. Cuanto más numerosos fuéramos, mejor; yo tenía que demostrar al coronel italiano que también disponía de fuerzas en el valle.

A continuación, hubo que pensar en la vuelta. Un viaje de 150 kilómetros por carretera, a través de una región en la que no se encontraba aún ni una unidad alemana, me pareció demasiado peligroso. Por mí, me atrevería, pero no debía olvidar que respondía ante Hitler de seguridad del Duce.

Cuando hicimos los preparativos de nuestra expedición habíamos considerado tres posibilidades para conducir a Mussolini en Roma:

En el Gran Sasso 1943

El plan A, confeccionado de acuerdo con el general Student, preveía un ataque relámpago aeródromo de Aquila di Abruzzi, situado a la salida del valle; yo permanecería allí hasta la llegada de tres aviones de transporte que deberían aterrizar unos minutos después del ataque. Por descontado, tenía que avisar anticipadamente por radio al general Student de la hora H, a fin de que los aviones pudieran despegar de un aeródromo romano en el momento propicio. Entonces yo subiría con el Duce al primer aparato, mientras que los otros dos nos escoltarían, y aun, en caso de necesidad, servirían para atraer hacia ellos a unos eventuales perseguidores.

El plan B prevería el aterrizaje de una “cigüeña” en una de las praderas próximas a la estación del teleférico, en el valle. En fin, como tercera y última posibilidad, habíamos convenido que el capitán Gerlach, piloto personal del general Student, trataría también con una “cigüeña”, de aterrizar directamente en la meseta.

Inmediatamente hice transmitir a Roma, por la emisora que habían traído los paracaidistas llegados por carretera, la noticia del éxito de nuestro golpe de mano. Después tracé el horario preciso para la realización del plan A. Pero cuando quise comunicar a Roma la hora H, en la cual atacaríamos el aeródromo de Aquila, no me fue posible –sólo Dios sabe por qué– establecer comunicación. Así que el plan A se iba a pique.

Gracias a mis prismáticos, había podido observar el aterrizaje de la primera “cigüeña” en el valle en seguida di al piloto, por el teléfono del teleférico, la orden de prepararse para partir de nuevo. Pero me respondió que acaba de estropeársele el tren de aterrizaje y que no podría despegar sin una importante reparación. Así, pues, no quedaba más que el plan C para llevar al Duce a Roma, y era el más arriesgado de todos.

Sin embargo, los carabineros, que, entretanto, habían sido desarmados, se mostraban extremadamente deseosos de ayudarnos. Algunos de ellos se unieron espontáneamente al destacamento que habíamos enviado para traer los cuerpos de los ocupantes del planeador siniestrado.

Con los prismáticos pudimos observar que algunos de los hombres lanzados contra los desmontes, rebullían aún; confiábamos en que la brutal caída del aparato no hubiese sido fatal para todos. Los demás italianos nos ayudaban a descombrar una pequeña faja de terreno. A toda prisa quitamos los bloques de roca que obstruían un rincón casi llano, mientras que sobre nuestras cabezas el capitán Gerlach describía ya grandes círculos con su “cigüeña”, esperando la señal de aterrizar.

Benito Mussolini en el Gran Sasso 1943 Por fin todo quedó listo y Gerlach pudo posarse, con notable destreza, sobre la “pista” que habíamos preparado junto al hotel. No le gustó nada saber que yo iba a volar con él, pero cuando le dije que seríamos tres –el Duce, él y yo– se negó abiertamente, calificando mi proyecto de “completamente irrealizable”.

Le cogí aparte y le expuse brevemente, pero con todo el poder de convicción de que era capaz, las razones que tenía para insistir en mi plan. Había pesado largamente el pro y el contra de aquella tentativa, dándome perfecta cuenta de la grave responsabilidad en que incurría al imponer a tan pequeño avión la sobrecarga de mi persona (sobrecarga considerable, porque yo mido un metro noventa y cinco, con la correspondiente corpulencia). Pero ¿cómo iba a aceptar la responsabilidad, aun más grave, de dejar que Gerlach volara solo con el Duce? Porque si el despegue había de terminar en catástrofe, no me quedaría más que la solución de pegarme un tiro en la cabeza. Jamás podría presentarme ante Hitler para comunicarle que la operación había salido bien pero que Mussolini había encontrado la muerte después de su liberación. Y como carecía de otra posibilidad opté por compartir los peligros del vuelo, aunque mi presencia a bordo del avión no hacía otra cosa que aumentarlos. Así nos pondríamos los tres en manos del destino; yo me salvaría o perecería con mis dos compañeros.

A la postre, después de muchas vacilaciones, Gerlarch cedió ante mis argumentos. Respiré y di mis órdenes a Radl. Ellos no se llevarían como prisioneros de guerra más que al general capturado y al que me había acompañado; los otros cuatro oficiales y los soldados se quedarían, desarmados, en el hotel.

Como el Duce me había dicho que lo habían tratado muy bien, no tuve inconveniente en mostrarme generoso. Para impedir un eventual sabotaje contra el teleférico, ordené que dos oficiales italianos fuesen en cada viaje. Cuando todos nuestros hombres hubieron llegado al valle, destruirían las máquinas del teleférico de tal modo que no pudieran arreglarlo en algún tiempo.

En tanto que nuestros soldados preparaban una pista de vuelo bajo la dirección de capitán Gerlarch, pude por fin consagrarme al Duce. A decir verdad, el hombre que tenía delante de mí, vestido con un traje de paisano demasiado amplio y nada elegante, no recordaba apenas las numerosas fotografías que había visto en las cuales aparecía siempre de uniforme. Únicamente sus rasgos no habían cambiado, si bien el rostro revelaba un marcado envejecimiento. A primera vista, parecía minado por una grave enfermedad; aumentaba esta impresión la barba de varios días y, sobre todo, los cortos cabellos que cubrían su cráneo, en otro tiempo afeitado. En cambio, los ojos negros y ardientes seguían siendo los del gran dictador. Tuve la impresión de que su mirada se clavaba literalmente en la mía mientras me contaba con volubilidad los detalles de su detención.

Me sentí bien al poder darle una buena noticia:

–Nunca hemos dejado de ocuparnos de la suerte de su familia, Duce. El Gobierno Badoglio ha internado a su esposa y a sus dos hijos menores en su posesión de la Rocca della Carminata. Hace ya varias semanas que hemos entablado contacto con Donna Rachele. En el mismo momento en que aterrizábamos aquí, otro comando, de hombre de mi unidad, iba a realizar una operación para liberar a su familia. Estoy seguro de que a estas horas ya está hecho.

Visiblemente emocionado, el Duce me estrechó la mano.

–Entonces todas va bien. Se lo agradezco de todo corazón.


En el Gran Sasso 1943

El vuelo de la cigüeña

Abandonamos el hotel. La “cigüeña” estaba lista para salir. A duras penas me colé en el reducido espacio que había detrás del segundo asiento, en el cual había de instalarse el Duce. En el momento de entrar, mostró una breve vacilación; como era un experto aviador, se daba perfecta cuenta de los peligros que íbamos a correr. Vagamente molesto, murmuré poco más o menos: “El Fürer ha dicho, expresamente…”

Luego el estruendo del motor me dispensó de buscar otras excusas. Agarrándome con las dos manos a los tubos de acero que formaban la armazón del aparato. Traté de imprimir a nuestro pájaro cierto balanceo, a fin de darle ligereza. A una señal del piloto, los soldados que sujetaban el avión por las alas y la cola, lo soltaron, y la hélice nos hizo avanzar. Rodamos cada vez más rápidamente hacia el extremo de nuestra “pista”, pero sin separarnos del suelo. El aparato cabeceó sobre unos pedruscos que no habíamos podido quitar. Y entonces advertí, por el vidrio delantero, una profunda depresión que cortaba oblicuamente nuestro camino. Aun tuve tiempo de pensar: “¡Señor, si cayéramos ahí dentro!”

Luego la “cigüeña" se alzó sobre el suelo sólo algunos centímetros, pero era suficiente. La rueda izquierda del tren de aterrizaje chocó otra vez, brutalmente, contra el suelo, el avión picó ligeramente de proa, y henos al borde de la meseta. Inclinándose hacia la izquierda, el avión se columpió en el vacío. Cerré los ojos –ya eran vanos todos mis esfuerzos–, contuve la respiración, aguardé la rotura, el crujido inevitable…

El zumbido del viento en las alas se acentuó hasta convertirse en un verdadero aullido. Al abrir de nuevo los ojos –todo ello no pudo durar más que unos segundos–, Gerlach acabó de hacerse con el avión y lo dirigió lentamente hacia el horizonte. Ya llevábamos una velocidad suficiente, aun para aquella presión atmosférica, que nos permitía sostenernos en el aire. A treinta metros apenas sobre el suelo del valle, la “cigüeña” enfiló y alcanzó, a ras de tierra, los límites tras los cuales comienza la depresión de Arrezano. Esta vez ya estaba; verdaderamente, nos habíamos salvado.

Los tres estábamos un poco pálidos, pero ninguno hizo la menor alusión a aquellos instantes de angustia.

Con un ademán familiar, sin cuidarme del protocolo tradicional, puse mi mano sobre el hombro del Duce, que ahora estaba realmente salvado. Mussolini había recobrado su verbosidad de meridional y evocó recuerdos relativos a las localidades sobre las cuales volábamos a unos cien metros de altura, en previsión a un eventual tropiezo con la aviación aliada. El Duce hablaba fluidamente en alemán, casi sin faltas –cosa en que no me había fijado, con la tensión nerviosa de los primeros momentos–.

Rodeamos prudentemente los últimos contrafuertes de la montaña y volamos hacia Roma, dirigiéndonos al aeropuerto de Patrica di Mare.

–¡Cuidado! – nos chilló Gerlach–. ¡Agárrense! Aterrizaje en dos tiempos.

En efecto, ya me había olvidado de que nuestro tren de aterrizaje estaba averiado. Muy suavemente tomó el avión contacto con el suelo, dando unos golpecitos; lo equilibró el piloto sobre la rueda derecha y el alerón de atrás; nos deslizamos; el aparato se detuvo. Todo marchó de maravilla; habíamos tenido mucha suerte desde el principio al fin de la aventura.

El ayudante del general Student nos recibió irradiando júbilo. Tres aviones “Henkel 111”estaban preparados para salir. Apenas teníamos tiempo que perder si queríamos alcanzar Venecia antes de la caída de la noche.

Notas:

(*) Otto Skorzeny, mundialmente conocido oficial de las fuerzas Waffen SS, por la liberación de Mussolini en el Gran Sasso. Participo en los principale frentes de guerra, realizó numerosas misiones especiales, y sobrevivió a la contenda

Benito Mussolini en el Gran Sasso 1943 Fuentes:

- Otto Skporzeny. "Misiones secretas". p.85.
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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