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MUSSOLINI: EL ÚLTIMO CESAR
                          

Benito Mussolini


(01) Con un amigo de Viena
(02) Camino al Cuartel General
(03) Brecha de los Lobos
(04) Con el Führer
(05) Mi amigo el Duce
(11) Fuentes.
(12) Artículos relacionados.

Este artíclo continua en: Búsqueda de Mussolini y el genio invisible

(Gran parte del relato es extraído de las memorias de Otto Skorzeny)(*)
Con un amigo de Viena

El 26 de junio de 1943 almorzaba en el Hotel Edén, situado en el centro de Berlin, con un viejo amigo natal, profesor e la Universidad de Viena. Después de una excelente comida tomábamos café en el hall, parloteando sobre Viena, sobre nuestros recuerdos y amigos comunes.

Esta breve escapada a al vida civil (yo no llevaba siquiera uniforme militar) hubiera debido darme una sensación de sosiego, de paz; sin embargo, a medida que el tiempo pasaba, una inquietud extraña, inexplicable, se apoderaba de mi. Aunque me repitiese que las telefonistas del hotel sabían donde encontrarme, no llegaba a librarme de mi preocupación.

Cuando no puede más, llamé a mi despacho. Mi secretaria estaba completamente fuera de si. Desde hacía dos horas, al parecer, me buscaba por todas partes.

- Le llaman del Cuartel General del Führer, jefe –gritaba por el auricular-. A las cinco de la tarde un avión le espera en el aeródromo de Tempelhof.

Comprendí entonces toda la agitación, pues hasta entonces no me habían llamado nunca desde el Cuartel General. Disimulando lo mejor que puede la emoción que me dominaba, contesté solamente:

- Dígale a Radl que vaya ahora mismo a mi casa, que meta un uniforme y mis útiles de aseo en una maleta y que me la lleve al aeropuerto. Yo voy directamente allí. ¿No tiene usted idea de lo que quieren de mi?

- No, señor. No sabemos nada.

(Luego Otto Skorzeny relata su viaje hasta el aeropuerto, el despegue del avión Junker 52, detalles del viaje, y continúa: )

Pronto franqueamos el Oder y el verdor ajedrezado de la región de Neumark, se extendió hasta donde alcanzaba la vista con sus bosques y praderas. Tenía curiosidad por ver donde íbamos a aterrizar, pues hasta entonces yo no sabia más que el común de los mortales acerca del sito en que se encontraba el Cuartel General del Führer; es decir, solo sabia que estaba en algún lugar de la Prusia Oriental y que se le designaba bajo en nombre cifrado de “Brecha de los Lobos”.

El relato de Otto Skporzeny hace luego una interesante de las distintas regiones que atraviesa el vuelo, y continua:


Camino al Cuartel General

El avión descendía ya, trazando grandes espirales. A la pálida luz del crepúsculo distinguí, cerca de un lago, un gran aeródromo. El Junker descendió aún más, tocó el suelo, rodó sobre la pista afirmada, y por fin se detuvo. Delante de la barraca que albergaba las oficinas me esperaba un torpedo “Mercedes”.

- ¿El capitán Skorzeny? –inquirió un sargento- Tengo orden de llevarle inmediatamente al Cuartel General, mi capitán.

Por una bonita carretera abierta a través del bosque, alcanzamos pronto el primer cinturón de seguridad, constituido por una empalizada de guardia. El sargento me trajo un salvoconducto que tenía que presentar, al mismo tiempo que mi cartilla militar al oficial que comandaba el pequeño destacamento. Inscribió mi nombre en un registro, firme, la barrera se abrió y remprendimos la marcha. Ahora la carretera se estrechaba ligeramente. Después de atravesar un bosque de abedules y de franquear una vía férrea, llegamos a una barrera. De nuevo tuve que apearme: el oficial de guardia revisó mis papeles y registró mi nombre: en seguida me rogó que esperase y telefoneó. Después de colgar, me preguntó quien me había citado. Me azoré al confesar que no tenía ni la menor idea acerca de ello.

- Le han mandado venir el Estado Mayor del Führer a la Casa de Te –me declaró entonces, visiblemente impresionado por la respuesta que su interlocutor le había dado al otro lado del hilo.

Yo no sabia aún que pensar. Tampoco ese dato me aclaraba las cosas. ¿Qué diablos podían querer de mi en el Estado Mayor del Führer? Pensativo y algo intrigado, volví a subir al coche.


Cuartel Genera Brecha de Lobos

Brecha de los Lobos

Al cabo de algunos metros franqueamos una especie de portada, único acceso a un vasto espacio rodeado de una alta cerca guarnecida de pinchos. Cree uno entrar en un viejo parque, arreglado con buen gusto y sembrado de bosquecillos de abedules que bordean senderos caprichosamente entrelazados. Pronto pude distinguir algunos edificios y barracas aparentemente colocadas al azar. Sobre los tejados planos crecían matas de hierbas e incuso arbolillos. Por encima de ciertos edificios, también de los caminos de acceso, pendían cables de camuflaje en los cuales habían puesto, de trecho en trecho, copas de árboles, con el objeto de confundir a los pilotos enemigos que quisiesen atacar el Cuartel General. Visto desde arriba, el conjunto debía parecer una región boscosa y deshabitada.

Casi había caído la noche cuando por fin nos detuvimos ante al Casa de Te. Era una construcción sencilla, de madera, que no tenía más que planta baja y se componía de dos alas unidas por una especie de pasaje cubierto. Comprendí seguidamente que el ala izquierda albergaba el comedor en que el mariscal Keitel, jefe del Estado Mayor del Ejército, comía en compañía de sus generales y de algunas personalidades de su circulo inmediato. La Casa de Te propiamente dicha se encontraba en el ala derecha.

Penetré en un vestíbulo espacioso, amoblado con sillones confortables y algunas mesas y con el suelo cubierto por una alfombra de lana rizada.

Me recibió un capitán de las Waffen S.S. y me presentó a otros cinco oficiales –un teniente coronel y un comandante del Ejército de Tierra, dos tenientes coroneles de a Luftwaffe y un comandante de las Waffen S.S. Se veía que no esperaban más que mi llegada, porque en cuanto acabaron las presentaciones, el capitán salió, para volver un minuto más tarde:

- Señores –anunció-, voy a conducirles ante el Führer. Cada uno de ustedes le expondrá brevemente su historial militar. Luego el Führer las hará unas preguntas. Si quieren, pueden seguirme…

De momento, creí haber comprendido mal. Luego me entró un miedo irrazonado, que casi me hizo temblar las piernas. ¡Dentro de unos instantes iba a encontrarme, por primera vez en mi vida, en presencia de Adolfo Hitler, Führer de la Gran Alemania y Jefe Supremo de la Fuerzas Armadas Alemanas! ¡Decididamente, como sorpresa, lo era! ¡En mi emoción acaso iba a cometer alguna falta imperdonable, o a conducirme como un imbécil! ¡Con tal de que todo vaya bien!, me dije, mientras seguía a los demás oficiales. Recorrimos un centenar de pasos sin que llegase a darme cuenta de la dirección que tomábamos.

Penetramos en otra construcción, igualmente de madera, y nos hallamos en un gran vestíbulo parecido al de la Casa de Té. Sólo tuve tiempo para observar la iluminación indirecta y, en el muro que tenía enfrente, un cuadrito en un marco modesto: “La violeta”, de Durero.

Luego, nuestro guía abre una puerta y nos hace pasar a una pieza de vastas dimensiones que podía medir seis metros por nueve. A mi derecha, en el muro exterior, se abrían varias ventanas con visillos muy sencillos. En el centro se alzaba una enorme mesa cubierta de mapas. Delante de la chimenea monumental que adornaba la pared de la izquierda, estaba una mesita redonda de cuatro o cinco butacas. Al fondo, un espacio libre en el que nos agrupamos. Por ser el que menor graduación tenía, me puse al final de la fila. Sobre un escritorio colocado en sentido oblicuo entre dos ventanas, vi muchas barras de tizas impecablemente ordenadas. Aquí es donde se toman las grandes decisiones de nuestra época, me puse a pensar, cuando una puerta se abrió ante nosotros.


Otto Skorzeny con Adolfo Hitler

Con el Führer

Por un impulso unánime nos quedamos inmóviles, con la cabeza vuelta hacia la puerta. Y entonces viví un momento inolvidable: la aparición del hombre que ha intervenido de manera mas decisiva que cualquier otro jefe de Estado en el destino de Alemania, el maestro a quien sigo fielmente desde hace años y en quien tengo una confianza absoluta. ¡Que sensación extraña para un soldado la de encontrarse bruscamente en presencia de un generalísimo! (Supongo que a la hora en que escribo estas líneas, impresiones ulteriores se confunden con las menos precisas y menos coherentes que mi cerebro pudo registrar en aquel momento).

Avanzado a pasos mesurados, Adolfo Hitler nos saluda levantando el brazo, inclinada la mano en la actitud característica que conocíamos por las fotos aparecidas en la Prensa. Vestido muy sencillamente, lleva una guerrera de oficial de la Wehrmacht, sin insignias de graduación alguna, sobre una camisa blanca con corbata negra. Al lado izquierdo del uniforme distingo la Cruz de Hierro de primera clase de la Gran Guerra y la condecoración de los heridos.

Como el capitán de las S.S. presenta en seguida al oficial situado al otro extremo de nuestra fila, no pude contemplar al Führer como hubiera deseado. Debo contenerme para no dar un paso adelante, de tanto como ansío no perder ninguno de sus gestos. Lo escucho mientras formula con su voz grave algunas preguntas. El timbre peculiar de esta voz resulta conocido gracias a la radio, pero, en cambio, me sorprende descubrir la entonación dulce y un poco lánguida que presta encanto a su acento austríaco. ¡Que extraño capricho de la naturaleza humana –no puedo menos de pensar- que este hombre que predica y que quisiera encarnar los ojos de todos los viejos ideales prusianos, sea incapaz de ocultar su origen, aunque desde hace años, no reside ya en su provincia natal! Pero, ¿habrá conservado al mismo tiempo algo de la conciliadora amabilidad del austríaco? ¿Habrá permanecido sensible a las razones del corazón? Me reporté. ¡Señor, cuantas preguntas superfluas, cuantas reflexiones verdaderamente inútiles en semejante momento!

Ya han resumido los otros oficiales su historial en algunas frases concisas. Ahora Adolfo Hitler está delante de mi. Como me tiende la mano, me concentro en una sola idea: por encima de todo, nada de reverencias exageradas. Pese a mi emoción, consigo hacer una inclinación casi correcta desde el punto de vista militar, es decir, breve y seca. Después, indico rápidamente el lugar de mi nacimiento, mis estudios, las etapas de mi vida de oficial de complemento y mi destino actual. Mientras hablé, el Führer me mira directamente a los ojos, con sostenida intensidad.

Después, Adolfo Hitler retrocede un paso y, bruscamente, hace la primera pregunta:

- ¿Quien de ustedes conoce Italia?

Soy el único que responde afirmativamente.

- He visitado Italia dos veces durante la guerra, mi Führer. Fui en motocicleta hasta Nápoles.

Enseguida viene la segunda pregunta que se dirige a todos nosotros:

- ¿Qué piensan ustedes de Italia?

Visiblemente sorprendidos, los demás oficiales dudan antes de responder, con aire confuso:

- Italia. Parte del Eje…nuestra aliada…signataria del pacto antikomintern…

Luego llega mi turno:

- Yo soy austríaco, mi Führer. –digo sencillamente.

Considero suficiente esta respuesta para precisar mi punto de vista, porque todo buen austríaco lamenta profundamente la pérdida del Tirol meridional, la más hermosa región que hayamos tenido jamás.

Hitler me escruta largamente, pensativamente (al menos mi da esa sensación)

Los demás señores pueden retirarse –dice al fin-. Usted, capitán Skorzeny, quédese. Tengo que hablarle.


Benito Mussolini

Mi amigo el Duce

Nos quedamos solos. El Führer continúa plantado delante de mi. Su talla apenas pasaba el término medio, sus hombros ser curvaban imperceptiblemente. A medida que habla se anima. Sus gestos son breves y contenidos y, sin embargo tiene un enorme poder de persuasión.

- Tengo para usted una misión de la más alta importancia. Mussolini, mi amigo, nuestro fiel compañero de lucha, ha sido traicionado ayer por su rey y detenido por sus propios compatriotas. Yo no quiero, no no puedo abandonar en el momento del peligro al más grande de todos los italianos. Para mi, el Duce representa la personificación del último Cesar romano. Italia, mejor dicho, su nuevo Gobierno, se pasará sin duda al campo enemigo. Pero yo no faltaré a mi palabra: es preciso que Mussolini sea salvado rápidamente, porque si no intervenimos, los entregaran a los aliados. Asi, pues, le encargo esta misión, cuyo feliz desenlace tendrá una repercusión incalculable en el desarrollo de las futuras operaciones militares. ¡Si, como yo se lo pido, no retrocede usted ante ningún esfuerzo, ante ningún riesgo para conseguir su objeto, entonces triunfará!

Se interrumpe como para dominar la emoción que vibra en su voz.

- Todavía queda un punto esencial –prosigue-. Es preciso que guarde usted el secreto más absoluto. Aparte de usted mismo, solo cinco personas deben estar enteradas. Usted será traslado al Ejército del Aire y destinado a las órdenes del general Student, a quien ya he puesto al corriente. Usted lo verá en seguida y él le dará ciertos detalles. Usted debe dirigir igualmente las investigaciones necesarias. En cuanto al mando militar de nuestras tropas en Italia y a la embajada de Alemania en Roma, es preciso que permanezcan en la ignorancia. Como tienen un concepto completamente falso de la situación, actuarían solo en el peor sentido. Así, pues, se lo repito, usted me respondo del secreto más absoluto. ¡Espero que pronto esté en situación de darme buenas noticias, y le deseo buena suerte!

Cuando más hablaba el Führer, más sentía yo que afirmaba su imperio sobre mí. Sus palabras me parecían tan persuasivas que, de momento, no dudaba del éxito de la empresa. Al mismo tiempo vibraban con un acento tan cálido y tan emocionado, sobre todo cuando evocaba su fidelidad inquebrantable a su amigo italiano que me quedé completamente turbado.

- He comprendido perfectamente, mi Führer, y haré cuanto pueda –pude contestar al fin.

Un vigoroso apretón de manos puso fin a nuestra entrevista. Durante estos pocos minutos, que por otra parte me parecieron muy largos, la mirada del Führer no cesó un instante de escrutar la mía. Incluso cuando, después de dar media vuelta, me dirigí a hacia la puerta, tuve la impresión de que me observaba todavía. En el momento de franquear el umbral, saludé otra vez, lo que me permitió observar que no me había equivocado: me había seguido con los ojos hasta el último momento.

Notas:

Este artículo continúa en:
- Búsqueda de Mussolini y el genio invisible
- Entervemos el final

Poco tiempo después, Otto Skorzeny con un grupo de comandos alemanes, rescata a Benito Mussolini de su prisión del Hotel Gran Sasso, en la alta montaña. El rescate se hace usando planeadores, dada la inaccesibilidad del lugar.

(*) Otto Skorzeny, mundialmente conocido oficial de las fuerzas Waffen SS, por la liberación de Mussolini en el Gran Sasso.


Fuentes:

Otto Skorzeny

- Otto Skporzeny. "Misiones secretas". p.33.
- Opiniones N.H.p.95
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

Copyright © La Gazeta Federal



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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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