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ULTIMOS PREPARATIVOS (Rescate de Mussolini)
                          

Otto Skorzeny


(01) Ultimos preparativos
(11) Fuentes.
(12) Artículos relacionados.


Este artículo forma parte de la descripción de la operación especial de fuerzas alemanas al mando del coronel Otto Skorzeny para rescatar a Benito Mussolini, prisionero de los italianos en el hotel de alta montaña Gran Sasso.

Los artículos que le anteceden son:

- Mussoli: "El último César"
- Busqueda de Mussolini y el genio invisble
- Entrevemos el final

A su vez, contunúa en: Rescate de Mussolini en el Gran Sasso

(*)
(Gran parte del relato es extraído de las memorias de Otto Skorzeny)

Últimos preparativos

A la mañana siguiente, es decir, el día 10 de septiembre de 1943, nuestras tropas se mantenían de nuevo firmemente en Roma y en sus alrededores. Yo puede, pues, por fin, pasar a la ejecución de mi proyecto, o más exactamente, a los últimos preparativos, principalmente a la confección de un plan detallado.

Por de pronto examiné con Radl las diversas posibilidades entre las cuales debíamos elegir (admitiendo que la expedición fuese intrínsecamente posible). Una cosa era cierta: no podíamos perder ni un momento. Cada día, tal vez cada hora de retraso, aumentaba el peligro de un nuevo traslado del Duce, por no hablar de alguna otra eventualidad que temíamos por encima de todo: la entrega del prisionero a los aliados, que sin duda lo habían reclamado. Con posterioridad sabríamos que el general Esienhower había incluido esta exigencia en las condiciones del armisticio.

Una expedición terrestre nos parecía irremediablemente abocada al fracaso. Un ataque por las pendientes abruptas que llevan a la meseta produciría enormes pérdidas y, de todos modos, los carabineros se darían cuenta lo bastante pronto para tener tiempo de sobra, bien para esconder al Duce, bien para llevarlo a otro lado. Si queríamos impedir que se escaparan con su prisionero, tendríamos que rodear todo el macizo con un cordón de tropas, lo que exigiría por los menos una división. En consecuencia, la acción terrestre tenía que ser considerada como irrealizable.

Nuestro mejor aliado debería ser la sorpresa total, pues, aparte de toda consideración estratégica, temíamos que los carabineros hubieran recibido la orden de matar a su prisionero antes que dejarle huir, suposición que luego había que confirmar. Sólo muestra intervención fulminante preservó al Duce de una muerte cierta.

No veíamos, pues, más que dos procedimientos: una acción de los paracaidistas o un aterrizaje de planeadores de transportes cerca del hotel. Después de haber pesado largamente el pro y contra de ambos soluciones, optamos por la segunda. En el aire enrarecido de aquella altura necesitaríamos, para evitar un descenso rápido, paracaídas especiales de los cuales no disponíamos. Además, decidí, en vista de lo accidentado del terreno, que la llegada de los hombres debía hacerse por separado, puesto que una formación cerrada no podría llevar a cabo una acción rápida. Así que no nos quedaba más solución que la del aterrizaje de varios planeadores. ¿Pero habría en los alrededores del hotel un campo adecuado que permitiese tal aterrizaje?

Cuando en la tarde del 8 de septiembre había intentado revelar las fotografías aéreas, el gran laboratorio de Frascati fue arrasado por las bombas. Uno de mis oficiales había conseguido hacer algunas copias en un laboratorio de urgencia; pero, desgraciadamente, no había podido hacer copias de tamaño para estereoscopio, que nos hubieran permitido tener una visión exacta y en relieve del terreno. Tuve que contentarme con fotografías corrientes que medían alrededor de 14 x 14 cm., en las cuales reconocía, sin embargo, perfectamente, la pradera triangular que había llamado mi atención cuando nuestro vuelo sobre el hotel. En aquella pradera, elegida como campo de aterrizaje, era donde yo apoyaba mi plan.

También había que pensar en cubrirnos las espaldas y asegurar la retirada después del cumplimiento de la misión propiamente dicha. En nuestro proyecto estos dos objetivos tenían que ser alcanzados con el empleo de un batallón de paracaidistas que debía meterse en el valle durante la noche con objeto de apoderarse en la hora H de la estación de teleférico.

Kurt Student Habiendo ya confeccionado las bases de la operación, fui a ver al general Student. Yo sabía que desde hacía tres días no había tenido momento de reposo –ni más ni menos que yo–, pero había que tomar una decisión. A decir verdad, el general estaba lejos de sentirse entusiasmado; no me ocultó sus temores, pero también comprendió que, a menos de renunciar pura y simplemente a nuestra misión, debíamos intentar la única oportunidad que nos quedaba. De todos modos, antes de dar su aprobación, quiso consultar con el jefe y con otro oficial de su Estado Mayor.

Estos dos expertos en aeronáutica adoptaron una actitud contraria a nuestro proyecto. Según ellos, un aterrizaje a tanta altura y sobre un terreno inadecuado no había sido intentado nunca por la sencilla razón de que era “técnicamente imposible”. En su opinión, el aterrizaje, tal y como yo lo concebía, causaría la pérdida de un ochenta por ciento, como mínimo, de los efectivos transportados. El resto del destacamento quedaría entonces demasiado reducido para que pudiese cumplir su misión.

Contra estos argumentos aduje que me daba perfecta cuenta de los peligros que íbamos a correr, pero que, de todas maneras, había que aceptar ciertos riesgos, como siempre que se ensaya un sistema por primera vez. Yo creía que un aterrizaje suave a lo largo de la leve pendiente que ofrecía la pradera triangular permitiría reducir la velocidad de caída de los planeadores –velocidad bastante considerable– en una atmósfera ya enrarecida, y, por consiguiente, evitar pérdidas, elevadas. Naturalmente, me declaré dispuesto a seguir sus consejos en el caso de aquellos señores tuvieran alguna idea mejor.

Después de haber reflexionado detenidamente, el general Student se puso definitivamente de mi parte y se apresuró a dar estás órdenes:

–Mande venir inmediatamente del sur de Francia los doce planeadores de transporte que necesita. El día D será el 12 de septiembre; a las siete en punto, los planeadores deberían tomar tierra en la meseta y, al mismo tiempo, el batallón se apoderará de la estación del teleférico en el valle. Yo daré personalmente instrucciones a los pilotos y les recomendaré la mayor prudencia al aterrizar. Creo, capitán Skorzeny, que tiene usted razón: hay que ejecutar el plan como usted ha dicho y no de otro modo.

Obtenida la decisión, convine con Radl los últimos detalles de la operación. Habría que calcular con toda exactitud las distancias, determinar el equipo de cada hombre y, sobre todo, marcar en un gran croquis los puntos de aterrizaje de cada uno de los doce aparatos. Un planeador de transporte puede llevar, además del piloto, nueve hombres, es decir, un “grupo”. Asignamos a cada grupo una tarea determinada; en cuanto a mí, yo haría el viaje en el tercer planeador, a fin de poder aprovechar, para el inmediato asalto al hotel, la cobertura facilitada por las dos primeras secciones de choque.

Cuando todo estuvo ultimado, pesamos una vez más nuestras posibilidades. Demasiado sabíamos que eran más bien escasas. En primer lugar, nadie podía garantizarnos que Mussolini se encontraba en el hotel de la montaña y que permanecería en él hasta el día D. En segundo lugar, no era nada seguro que consiguiésemos someter el destacamento italiano lo bastante pronto para evitar la ejecución del Duce. Finalmente, nos preocupaba la prevención que sentían los oficiales que nos habían predicho el irremediable fracaso de la intentona.

Fuera o no fuera exagerado ese pesimismo, había que prever algunas pérdidas al aterrizar. Y esto no era todo: aun sin contar estas pérdidas, no seríamos más que 108, y además no estarían disponibles a la vez todos los grupos. Tropezaríamos con 250 italianos por lo menos, que conocían perfectamente el terreno y estaban atrincherados en el hotel como una fortaleza. En lo concerniente al armamento, estaríamos en iguales o parecidas condiciones del enemigo. Probablemente nuestro fusiles automáticos nos asegurarían incluso una ligera superioridad que compensaría en cierta medida la superioridad numérica del adversario, siempre que nuestras pérdidas iniciales no fuesen demasiado elevadas.

Radl interrumpió este cálculo tan poco agradable:

–Por favor, mi capitán, no saque la tabla de logaritmos para calcular el porcentaje exacto de nuestras posibilidades de éxito. Ya sabemos hasta qué punto son ínfimas, pero sabemos igualmente que vamos a emprender esta operación cueste lo que cueste.

Una cuestión me preocupaba todavía: ¿no había medio de aumentar el factor sorpresa, que debía ser nuestro principal aliado? Desde hacía una hora nos devanábamos los sesos en vano, cuando, de pronto, tuvo Radl una idea genial: llevar un oficial superior italiano, cuya solo presencia bastaría sin duda para producir un desconcierto en el espíritu de los carabineros, una vacilación que les impediría hacernos frente de primera intención o acabar con el Duce. Nosotros actuaríamos antes de que ellos tuvieran tiempo de reponerse de la sorpresa.

El general Student aprobó en seguida esta astuta sugerencia y nos pusimos a buscar el medio más apto para realizarla. Sería preciso que el general Student recibiese, la víspera del día D, al oficial en cuestión, y le convenciese –no sabíamos cómo– de que participara en la operación. Hecho esto, y al fin de eliminar toda posibilidad de indiscreción o quizá de traición, el oficial debería permanecer con nosotros hasta el día siguiente por la mañana.

Un alto funcionario de nuestra embajada que conocía perfectamente los círculos militares de Roma me señaló como más indicados para prestarnos tal servicio un oficial superior, antiguo miembro del Estado Mayor del gobernador de Roma. Este hombre había observado, en el curso de las luchas por la posesión de la ciudad, una actitud más bien neutra. A petición mía, el general Student lo citó para la noche del 11 de septiembre, en su cuartel general de Fascati, para discutir con él “ciertos problemas”.

Así que por ese lado estábamos tranquilos. Pero surgió un nuevo motivo de inquietud: las noticias recibidas durante el día 11 de septiembre acerca del viaje de los planeadores de transporte no eran favorables ni mucho menos. La actividad cada vez más intensa de la aviación aliada había obligado a nuestra escuadrilla a dar varios grandes rodeos. Además, el maldito tiempo que hacía, les dificultaba extraordinariamente el vuelo. Hasta el último momento esperamos que llegaran a tiempo, pero fue en vano.

Tuvimos, pues, que renunciar al proyecto. El día D siguió fijado para el domingo 12 de septiembre –en ningún caso podíamos arriesgarnos a perder un día entero–, pero la hora H fue aplazada hasta las dos de la tarde. Empleando diferentes excusas, explicamos al oficial italiano, que había acudido a la cita con puntualidad castrense, que el general Student había tenido un quehacer imprevisto, y le rogamos que fuese a la mañana siguiente a las ocho al aeródromo de Pratica di Mare. Lo más grave era que aquel retraso disminuía aún más nuestras probabilidades de éxito. Por una parte, las fuertes corrientes ascendentes de aire con que había que contar a las horas de más calor, harían el aterrizaje todavía más peligroso; por otra parte, el destacamento encargado de ocupar la estación del teleférico tendría una tarea bastante más difícil por el hecho de verse forzado a atacar en pleno día. ¡Qué se le iba a hacer!... Procuraríamos triunfar a pesar de todo.

Otto Skorzeny

A primera hora de la tarde del 11 de septiembre me dirigí al olivar de un convento cerca de Frascati, donde estaba acampada la unidad de mi mando. Había resuelto llevar a nuestra operación exclusivamente voluntarios, pero me interesaba advertirles francamente que iban a enfrentarse a graves peligros. Mandé a tocar asamblea y pronuncié una breve arenga:

–Vuestra larga inactividad está llegando a su fin. Mañana llevaremos a cabo una operación de la más alta importancia, que me ha sido encargada por Adolfo Hitler en persona. Tenemos que prepararnos a sufrir cuantiosas pérdidas, que, por desgracia, serán inevitables. Yo dirigiré personalmente al comando y puedo aseguraros que haré todo lo que pueda; si vosotros hacéis otro tanto, si luchamos codo a codo, con toda nuestra energía, nuestra misión triunfará. ¡Un paso adelante los voluntarios!

Con grata alegría mía, todos sin excepción se adelantaron. A mis oficiales les costó trabajo convencer a algunos que tenían que quedarse, puesto que no podía llevar más que a dieciocho de ellos. Los noventa restantes deberían ser escogidos, por orden del general Student, entre los soldados de la segunda compañía del batallón de alumnos paracaidistas. Seguidamente me presenté al jefe de este batallón para discutir con él las diversas fases de la operación. Según las órdenes del general Student, sería ese oficial el llamado a dirigir el destacamento que había de ocupar la estación del teleférico. La misma noche, el batallón de paracaidistas emprendió la marcha hacia el valle. La suerte estaba echada.

En las primeras horas de la noche una noticia difundida por la radio aliada nos causó un gran pánico. El locutor anunciaba que el Duce acababa de llegar a África del Norte a bordo de un buque de guerra italiano que había huído del puerto La Spezia. Pasado el efecto –¿es que también esta vez íbamos a llegar demasiado tarde? –, cogí una carta de navegación y me puse a hacer un pequeño cálculo. Como yo sabía en qué preciso momento había abandonado La Spezia una parte de la flota italiana, me fue fácil comprender que ni la más rápida embarcación hubiera podido ganar la costa africana a la hora en que la noticia había sido radiada. Por consiguiente, tal información no era más que un vulgar bulo destinado a desorientar al Mando alemán. Así, pues, no alteraríamos en nada nuestros planes. Pero desde entonces acogí con cierta reserva las informaciones provenientes de fuente aliada.

Notas:

Este artículo continúa en: Rescate de Mussolini en el Gran Sasso



Poco tiempo después, Otto Skorzeny con un grupo de comandos alemanes, rescata a Benito Mussolini de su prisión del Hotel Gran Sasso, en la alta montaña. El rescate se hace usando planeadores, dada la inaccesibilidad del lugar.

(*) Otto Skorzeny, mundialmente conocido oficial de las fuerzas Waffen SS, por la liberación de Mussolini en el Gran Sasso.


Fuentes:

- Otto Skporzeny. "Misiones secretas". p.71.
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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