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PANGERMANISMO
                          

Adolfo Hitler


(01) Viena
(02) Fuentes.
(03) Artículos relacionados.


Viena.

Después de la guerra franco-prusiana de 1870, la Casa de los Habsburgos se lanzó con ímpetu máximo a exterminar, lenta pero implacablemente, el "peligroso" germanismo de la Doble Monarquía austro-húngara. Éste debía ser, pues, el resultado final de la política de eslavización. Empero, estalló la resistencia de la nacionalidad que estaba destinada al exterminio, y esto de una forma sin precedentes en la historia alemana contemporánea.

Por primera vez, hombres de sentimientos nacionalistas y patrióticos se hicieron rebeldes. Rebeldes no contra la Nación o contra el Estado, y sí contra una forma de gobierno que, según sus convicciones, tenía que conducir al aniquilamiento de su propia raza.

Por primera vez en la historia contemporánea alemana se hacía una diferenciación entre el patriotismo dinástico general y el amor a la Patria y el pueblo.

Fue mérito del Movimiento Pangermanista, operando en la parte alemana de Austria, allá por el año 1800, haber establecido en forma clara y terminante que la autoridad del Estado tiene el derecho de exigir respeto y cooperación sólo cuando responde a las necesidades de una nacionalidad o cuando por lo menos no es perniciosa para ella.

La autoridad del Estado no puede ser un fin en sí misma, porque ello significaría consagrar la inviolabilidad de toda tiranía en el mundo. Si por los medios que están al alcance de un gobierno se precipita una nacionalidad en la ruina, entonces la rebelión no es sólo un derecho, sino un deber para cada uno de los hijos de ese pueblo. La pregunta: "¿cuándo se presenta este caso?", no se resuelve mediante disertaciones teóricas, sino por la acción y por el éxito.

Como todo gobierno, por malo que sea y aún cuando haya traicionado una y mil veces los intereses de una nacionalidad, reclama para sí el deber que tiene de mantener la autoridad del Estado, el instinto de conservación nacional en lucha contra un gobierno semejante tendrá que servirse, para lograr su libertad o su independencia, de las mismas armas que aquél emplea para mantenerse en al mando.

Según esto, la lucha será sostenida por medios "legales" mientras el poder que se combate no utilice otros; pero no habrá que vacilar ante el recurso de medios ilegales si es que el opresor mismo se sirve de ellos.

En general, no debe olvidarse que la finalidad suprema de la razón de ser de los hombres no reside en el mantenimiento de un Estado o de un gobierno: su misión es conservar su Raza. Y si esta misma se hallase en peligro de ser oprimida o hasta eliminada, la cuestión de la legalidad pasa a un plano secundario. Entonces poco importará ya que el poder imperante aplique en su acción los mil veces llamados medios "legales"; el instinto de conservación de los oprimidos podrá siempre justificar en grado superlativo el empleo de todo recurso.

Sólo así se explican en la Historia ejemplos edificantes de luchas libertarias contra la esclavitud (interna o externa) de los pueblos. En este caso el derecho humano se impone sobre el derecho político.

Si un pueblo sucumbe sin luchar por los derechos del hombre, es porque al haber sido pesado en la balanza del Destino resultó demasiado débil para tener la suerte de seguir subsistiendo en el mundo terrenal. Porque quien no está dispuesto a luchar por su existencia o no se siente capaz de ello es que ya está predestinado a desaparecer, y esto por la justicia eterna de la Providencia.

¡El mundo no se ha hecho para los pueblos cobardes!

Cuán fácil es a una tiranía protegerse con el manto de "legalidad", quedó clara y elocuentemente demostrado con el ejemplo de Austria.

El poder legal del Estado se basaba, pues, en el antigermanismo del Parlamento, con su mayoría no germánica, y en la Casa reinante, también germanófoba. En estos dos factores se encarnaba toda la autoridad pública. Querer modificar el destino de esa posición era una locura. Así, además, según el criterio de los veneradores de la autoridad del Estado y de la legalidad, toda resistencia debería ser abandonada por no ser asequible por medios legales. Eso, no obstante, significaría el fin del pueblo alemán en la Monarquía, necesaria y forzosamente dentro de poco tiempo. En efecto, sólo por el derrocamiento de aquel Estado fue salvado el germanismo de tal destino.

Los teóricos de gafas prefieren, sin embargo, morir por su doctrina a morir por su pueblo. Como los hombres crean las leyes, piensan que ellas están sobre los derechos del hombre.

Fue mérito del Movimiento Pangermanista de aquel entonces en Austria haber barrido de una vez esa locura, para desesperación de todos los fetichistas de la teoría del Estado.

Cuando los Habsburgos intentaban perseguir al germanismo, este Partido atacaba impávidamente a la "sublime" Casa soberana. Por primera vez, aquél lanzó la sonda en ese Estado podrido, abriendo los ojos a centenas de miles de personas. Fue su mérito haber liberado la maravillosa noción de amor patrio de la influencia de esa triste Dinastía.

Aquel partido en sus primeros tiempos contaba con muchos adeptos, amenazando incluso con convertirse en verdadera avalancha. Sin embargo, el éxito no duró. Cuando llegué a Viena, el Movimiento hacía mucho tiempo ya había sido sobrepasado por el Partido Cristiano-Socialista.

Debieron serme un objeto clásico de estudio y de honda trascendencia el proceso de la formación y el ocaso del Movimiento Pangermanista, por una parte, y, por la otra, el asombroso desarrollo del Partido Cristiano-Social en Austria.

Cuando llegué a Viena mis simpatías estaban completamente en el lado de la tendencia pangermanista. Que se tuviese el valor de exclamar en el Parlamento "¡Viva Hohenzollern!" me imponía respeto y me causaba alegría; que se considerase a ese partido como parte apenas momentáneamente separada del Imperio Alemán y se proclamase ese sentimiento públicamente, en todo momento, me producía enorme confianza; que se admitiesen impávidamente todas las cuestiones referentes al germanismo y nunca hubiera entregas de compromiso me parecía el único camino todavía accesible para la salvación de nuestro pueblo; que, además, el Movimiento, después de su magnifica ascensión, volviese a decaer, no podía comprenderlo. Menos aun entendía que el Partido Cristiano Social lograse alcanzar en esa misma época tan gran virulencia. Éste había llegado exactamente al apogeo de su gloria.

Al comparar los dos partidos, el Destino me proporcionó la mejor enseñanza, para que yo comprendiese las causas de ese enigma.

Comenzaré por establecer un paralelo entre dos hombres considerados como fundadores y líderes de esos dos partidos: Georg von Schonerer y el doctor Karl Lüger.

Como personalidades, ambos sobresalían notoriamente entre las llamadas figuras parlamentarias. Su vida había sido limpia e intachable en medio de la corrupción política general. En un principio, mis simpatías estaban del lado del pangermanista Schonerer y poco después fueron paulatinamente inclinándose también hacia el líder cristianosocial.

Comparando la capacidad de ambos, Schonerer me parecía ser, en problemas fundamentales, un pensador mejor y más profundo. Con mayor claridad y exactitud que ningún otro, previó el lógico fin del Estado austríaco. Si se hubiese dado oído a sus advertencias respecto de la Monarquía de los Habsburgos, especialmente en Alemania, jamás hubiera sobrevenido la fatalidad de la Guerra Mundial. Pero si bien Schonerer penetraba la esencia de los problemas, en cambio erraba cuando se trataba de aquilatar el valor de los hombres. Aquí radicaba lo ponderable del doctor Lüger.

Lüger era un extraordinario conocedor de los caracteres humanos, teniendo muy especial cuidado en no verlos mejor de lo que en realidad eran. Por eso, él podía contar más con las posibilidades efectivas de la vida que Schonerer, que para esto tenía poca comprensión. En teoría era evidente cuanto sobre el pangermanismo sostenía, pero le faltaba la energía y la práctica indispensables para transmitir sus conclusiones teóricas a la masa del pueblo, esto es simplificándolas de acuerdo con la concepción limitada de ella. Esa falta de real conocimiento de los hombres le condujo, con el correr de los años, a un error en la valoración de varios movimientos, así como de algunas instituciones antiquísimas. Sus conclusiones eran pues meras profecías sin visos de realidad.

Schonerer había reconocido indudablemente que en aquel caso se trataba de concepciones fundamentales, pero no supo comprender que, en primer término, sólo la gran masa del pueblo podía prestarse a luchar en pro de tales convicciones de índole casi religiosa. Desgraciadamente, Schonerer se dio cuenta sólo en muy escasa medida de que el espíritu combativo de las llamadas clases "burguesas" era extraordinariamente limitado por depender de intereses económicos que infundían al individuo el temor de sufrir graves perjuicios, determinando así su inacción. La falta de comprensión en lo tocante a la importancia de las capas inferiores del pueblo fue también la causa de una concepción totalmente deficiente del problema social.

En todo esto el doctor Lüger fue la antítesis de Schonerer. Su profundo conocimiento de los hombres hacía que no sólo hiciese un juicio acertado de las fuerzas aprovechables, sino que también quedara a cubierto de una valoración excesivamente baja de las instituciones existentes, siendo así que, por ese motivo, aprendiera a emplearlas en pro de la consecución de sus objetivos. Sabía hasta la saciedad que la fuerza política combativa de la alta burguesía era en nuestra época tan insignificante que no bastaba para asegurar el triunfo de un nuevo gran Movimiento; por eso consagraba el máximo de su actividad política a la labor de ganar la adhesión de aquellas esferas sociales cuya existencia se hallaba amenazada, siendo esto más bien un acicate que un menoscabo para su espíritu luchador. El doctor Lüger optó también por servirse de medios de influencia ya existentes, para granjearse el apoyo de instituciones prestigiosas y obtener de esas viejas fuentes de energía el mayor provecho en favor de su causa. Fue de este modo que cimentó su partido principalmente sobre la clase media, amenazada de desaparecer, y con ello logró asegurarse un firme grupo de adictos animados de gran espíritu de lucha y también de sacrificio. Su actitud extraordinariamente sagaz con respecto a la Iglesia Católica le había asegurado en corto tiempo las simpatías del clero joven en una medida tal que el viejo partido clerical se vio forzado a ceder el campo o bien, obrando más cuerdamente, a adherirse al nuevo Movimiento para, de este modo, recuperar poco a poco sus antiguas posiciones.

Sin embargo, sería injusto en extremo considerar únicamente esto como lo esencial del carácter de Lüger, puesto que al lado de sus condiciones de táctico hábil estaban las de reformador grande y genial; por cierto, dentro del marco de un exacto conocimiento de su propia capacidad.

Era una finalidad de enorme sentido práctico la que perseguía aquel hombre verdaderamente meritorio. Quiso conquistar Viena. Viena era el corazón de la Monarquía, y de esta ciudad recibía los últimos impulsos de vida el cuerpo enfermo y envejecido del ya desfalleciente organismo del Estado. Cuanto más restablecía sus energías este corazón, tanto más debía revivir el resto del cuerpo.

En principio, la idea era naturalmente justa, pero no podía surtir efectos sino durante un tiempo determinado. Es aquí donde radicaba el punto débil de este hombre. La obra que realizó como burgomaestre de Viena es inmortal en el mejor sentido de la palabra; pero con ella no pudo ya salvar la Monarquía. Era demasiado tarde.

Su adversario Schonerer había visto esto con más claridad. odo lo que Lüger emprendió en el terreno práctico, lo logró admirablemente; en cambio, no logró alcanzar lo que ansiaba como resultado. Schonerer no consiguió lo que deseaba, pero aquello que él temía se realizó en forma terrible.

Así, ninguno de los dos llegó a coronar la fidelidad perseguida. Lüger no pudo salvar la Monarquía austríaca, ni Schonerer liberar al germanismo en Austria de la ruina que le esperaba.

Hoy nos es infinitamente instructivo estudiar las causas que determinaron el fracaso de aquellos dos partidos. Esto es esencial, ante todo para mis amigos, teniendo en cuenta que las circunstancias actuales se asemejan a las de entonces y que se debe evitar el incurrir en errores que ya una vez condujeron a la ruina a uno de los movimientos y a la infructuosidad al otro.

El colapso del Movimiento Pangermanista en Austria tuvo, desde mi punto de vista, tres causas:

Primera: la noción poco clara de la importancia del problema social, justamente tratándose de un partido joven esencialmente revolucionario.

En tanto y en cuanto Schonerer y sus acólitos se dirigían primordialmente a las capas burguesas, el resultado podía ser débil, inofensivo. La burguesía alemana es, sobre todo en sus estratos superiores, aunque no lo presientan sus miembros, pacifista hasta el extremo de renunciar a sí misma, principalmente cuando se trata de cuestiones internas de la Nación o del Estado. En los buenos tiempos, esto es en los tiempos de un buen gobierno, tal disposición es una cualidad beneficiosa de esas clases para el Estado; en los tiempos de mal gobierno, sin embargo, es algo verdaderamente maléfico. Para conseguir la realización de una lucha seria, el Movimiento Pangermanista tenía que lanzarse a la conquista de las masas. El hecho de no haber actuado así lo privó, desde el comienzo, del impulso inicial que una tal ola necesita para no deshacerse.

Cuando, inicialmente, no se toma en consideración y no se ejecuta ese principio básico, el nuevo partido pierde, para el futuro, toda posibilidad de evitar los efectos del error de principio. Aceptando, en número excesivo, elementos moderados burgueses, la tendencia general del Movimiento estará dirigida por éstos, quedando así excluida la posibilidad de reclutar fuerzas valiosas en el seno de la gran masa popular. Un Movimiento tal no llegará más que a realizar débiles críticas. Nunca se podrá crear la fe casi religiosa en conjunción con el necesario espíritu de sacrificio. Surgirá en cambio la tendencia a una cooperación "positiva" (que en este caso significa el reconocimiento del status quo), para al final llegar a una paz podrida.

Esto fue lo que aconteció al Movimiento Pangermanista por el hecho de no tener, desde el principio, el objetivo de conquistar básicamente sus adeptos entre los círculos de la gran masa. Se convirtió en un Movimiento burgués, "distinto y moderadamente radical". De este error surgió, por otro lado, la segunda causa de su rápida extinción.

La situación de los alemanes en Austria era ya desesperada al nacer el Movimiento Pangermanista. De año en año había ido convirtiéndose el Parlamento en un factor de lenta destrucción del germanismo. Todo intento salvador de última hora debió basarse únicamente en la eliminación del Parlamento. ¿Y cómo destruir el Parlamento? ¿Entrando en él para "minarlo por dentro", como corrientemente se decía, o combatirlo desde fuera, atacando la institución misma del parlamentarismo?

Los pangermanistas entraron en el Parlamento y fueron derrotados. Verdad es que se debía penetrar allí. Para empeñar la lucha desde fuera contra un poder semejante era preciso revestirse de coraje indomable y hallarse dispuesto a cualquier sacrificio.

Se agarra el toro por los cuernos y se reciben fuertes topetazos. A veces cae uno a tierra y se levanta con los brazos partidos. Solamente después de una lucha más enconada, la victoria sonreirá al osado atacante. Solamente la grandeza de los sacrificios conquistará nuevos luchadores para la causa, hasta que la perseverancia garantice el éxito. Para eso, sin embargo, era menester el concurso de los hijos del pueblo. Sólo éstos son lo suficientemente decididos y tenaces para llevar esa lucha a su sangriento fin.

El Movimiento Pangermanista carecía precisamente del apoyo de las masas populares y no le quedaba, por lo tanto, otra solución que la de ir al Parlamento mismo.

Sería falso creer que esta solución fue el resultado de grandes sufrimientos íntimos o incluso de meditaciones. No, pues no se pensaba para nada en algo distinto.

Esta locura era nada más que el reflejo de nociones poco claras sobre la importancia y el efecto de tal participación en una institución reconocida, ya en principio, como falsa. Se esperaba, generalmente, facilitar el esclarecimiento de las ideas de la masa popular, una vez que tuviera la oportunidad de hablar ante "el foro de la Nación entera".

Parecía también más factible dirigir el ataque a la raíz misma del mal y no arremeter desde fuera. Por otra parte, creíase que la inmunidad parlamentaria reforzaría la seguridad de los líderes del pangermanismo, acrecentando la eficacia de su acción combativa. En realidad los hechos se produjeron de manera muy diferente.

El "foro" ante el cual hablaban los diputados pangermanistas no había aumentado su eficacia; por el contrario, más bien la había disminuido, pues el que habla lo hace sólo ante un público que quiere comprender al orador, oyéndole directamente a través de la prensa, que reproduce su discurso. El forum más amplio, de auditorio directo, no está en el hemiciclo de un Parlamentó, sino en la gran asamblea pública.

En los discursos públicos se encuentran miles de gentes que vienen con el exclusivo fin de escuchar lo que el orador va a decirles, en tanto que en el plenario de una cámara de diputados se reúnen sólo unos pocos centenares de personas congregadas en su mayoría para cobrar dietas y no para dejarse iluminar por la sabiduría de uno u otro de los señores "representantes del pueblo". Ante todo, además, en este caso se trata del mismo público que nunca está dispuesto a aprender algo nuevo, pues, aparte de faltarle inteligencia, le falta la necesaria voluntad para ello.

Nunca uno de esos representantes hará por sí mismo honor a la mejor verdad para, luego, ponerse a su servicio. No. Ninguno hará eso, a no ser que tenga razones para esperar que tal mudanza pueda salvar su mandato por una legislatura más. Sólo cuando presiente que su partido saldrá mal parado en las próximas elecciones es cuando estas "glorias de la Humanidad" se agitan para averiguar la forma de cambiar hacia un partido de orientación más segura, justificando ese cambio de actitud con un diluvio de argumentaciones morales. De ahí ocurre siempre que, cuando un partido pierde en gran escala el favor del público y está amenazado de una derrota fulminante, comienza la gran emigración: las ratas parlamentarias abandonan el navío partidista.

Eso nada tiene que ver con el saber y el querer, pero es un índice del don adivinatorio que advierte, todavía a tiempo, a las chinches parlamentarias haciendo que se muden a otra cama partidista más caliente.

Hablar ante un "foro" tal, significa, en verdad, tirar perlas a los cerdos. ¡No vale la pena! En este caso, el éxito no puede ser sino igual a cero.

Los diputados pangermanistas podían volverse roncos de tanto hablar; su esfuerzo resultaba siempre estéril. Y en cuanto a la prensa, ésta guardaba un silencio de tumba, o mutilaba los discursos hasta el punto de hacerlos incongruentes, o los tergiversaba en su sentido, dándole a la opinión pública una pésima impresión sobre los propósitos del nuevo Movimiento. No tenía ninguna importancia lo que decía cada uno de los diputados: la importancia estaba en aquello que se daba a leer atribuyéndoselo a ellos. Se usaba el viejo truco de los extractos de los discursos, que, mutilados o modificados, sólo podían y debían provocar una impresión equivocada. Así el público ante el cual ellos hablaban realmente eran los escasos quinientos parlamentarios y los representantes de la prensa.

Más grave que todo eso era el hecho de que el Movimiento Pangermanista había olvidado que, para contar con el éxito, debía meditar desde el primer momento que en su caso no podía tratarse de un nuevo partido, sino más bien de una nueva concepción ideológica. Únicamente algo así habría sido capaz de imprimir la energía interior necesaria para llevar a cabo esa lucha gigantesca. Solamente los más calificados y los de mayor entereza eran los llamados a ser los líderes de esa ideología.

En el supuesto que la lucha por un sistema universal no sea conducida por héroes dispuestos al sacrificio, en corto espacio de tiempo será imposible encontrar luchadores dispuestos a morir. Un hombre que combate exclusivamente por su existencia poco tendrá que ofrecer a la causa común.

Para que se pueda realizar esta hipótesis, es necesario que cada cual sepa que el nuevo Movimiento traerá honor y gloria ante la posteridad y que, en el presente, nada ofrecerá. Cuantos más puestos tenga un Movimiento para distribuir, mayor será la concurrencia de los mediocres, hasta que estos políticos oportunistas, copando con su número al partido victorioso, lo hagan irreconocible para el luchador honesto, que incluso será decididamente rechazado por los nuevos adheridos como un "intruso" incómodo. Con esto, además, estará liquidada la "misión" de tal Movimiento.

Después que la agitación pangermanista aceptó al Parlamento, comenzó a contar con "parlamentarios" en lugar de guías y luchadores de verdad. El Partido bajó al nivel de cualquiera de las facciones de entonces, y por ello perdió la fuerza necesaria para enfrentar el Destino con la audacia de los mártires. En vez de luchar, aprendió también a "hablar" y a "negociar". En poco tiempo, el nuevo parlamentario sentía como el más noble deber (porque es menos arriesgado) combatir la nueva concepción del mundo con las armas "espirituales" de la elocuencia parlamentaria, en vez de lanzarse a un combate con el riesgo de la propia vida (lucha ésta de resultado incierto y que nada ofrece para sus líderes).

Como ellos estaban en el Parlamento, los seguidores de fuera empezaron a esperar milagros, que naturalmente no se produjeron, ni podían producirse. Al poco tiempo, hizo su aparición la impaciencia, pues, incluso lo que se conseguía oír de los propios diputados, no correspondía de ninguna manera a las esperanzas de los electores. Esto era fácilmente explicable, pues la prensa enemiga evitaba transmitir al público una imagen exacta de la actividad de los representantes pangermanistas.

Cuanto más aumentaba el agrado de los nuevos "representantes del pueblo" por la manera todavía suave de lucha "revolucionaria" en el Parlamento y en las Dietas, tanto menos se encontraban dispuestos a volver al más peligroso trabajo de propaganda, en el seno de las clases populares. Los discursos públicos, que eran el único medio eficaz de influir sobre las personas y, por consiguiente, capaz de atraer a las grandes masas, eran cada vez menos utilizados.

Desde que las reuniones públicas fueron definitivamente sustituidas por la tribuna del Parlamento, para desde allí derramar los discursos sobre las cabezas del pueblo, el Movimiento Pangermanista dejó de ser un Movimiento popular y descendió, en poco tiempo, a la categoría de un club de disertaciones académicas de carácter más o menos serio.

La desfavorable impresión que reflejaba la prensa no era contrarrestada en modo alguno mediante la acción personal de los diputados en mítines, y la palabra "pangermanismo" acabó por adquirir pésima reputación para los oídos del pueblo.

Es preciso que los escritorzuelos y haraganes de hoy sepan que las mayores revoluciones de este mundo nunca fueron acaudilladas por escritores de librillos. No, apenas se limitaron a trazar las bases teóricas de las revoluciones.

Desde tiempos inmemoriales, la fuerza que impulsó las grandes avalanchas históricas de índole política y religiosa no fue jamás otra que la magia de la palabra hablada. La gran masa cede ante todo al poder de la oratoria. Todos los grandes Movimientos son reacciones populares, son erupciones volcánicas de pasiones humanas y emociones afectivas aleccionadas, ora por la Diosa cruel de la Miseria, ora por la antorcha de la palabra lanzada en el seno de las masas, pero jamás por el almíbar de literatos esteticistas y héroes de salón.

Únicamente un huracán de pasiones ardientes puede cambiar el Destino de los pueblos; mas despertar pasión es sólo atributo de quien en sí mismo siente el fuego pasional. Sólo ese entusiasmo inspira las palabras que, como golpes de martillo, consiguen abrir las puertas del corazón de un pueblo.

No ha sido elegido para Anunciador de la Voluntad Divina aquél a quien le falta la pasión y se mantiene en un cómodo silencio. Que cada escritor quede junto a su tintero ocupado con "teorías" si su saber y su talento le bastan para eso. ¡Qué para Führer ni nació ni fue elegido!

Un Movimiento de grandes miras debe, pues, actuar para no perder el contacto con la masa del pueblo. Ese punto debe ser examinado en primer lugar, y las decisiones deben ser tomadas bajo esa orientación. Deberá ser evitado todo lo que pueda disminuir o debilitar la capacidad de acción sobre la colectividad, no por motivos "demagógicos", sino por el simple reconocimiento de que sin la fuerza formidable de la masa de un pueblo no se puede realizar una gran idea, por más elevada y sublime que ella se presente.

La dura realidad es la que debe determinar el camino para el objetivo deseado. No querer recorrer senderos desagradables significa en este mundo desistir del ideal, se quiera o no reconocerlo.

Después que el Movimiento Pangermanista, por su actitud parlamentaria, situó su punto de apoyo en las Cámaras y no en el pueblo, perdió el futuro y ganó, en cambio, el éxito fácil y pasajero. Eligió la lucha menos ardua, y por eso mismo dejó de merecer la victoria final.

Justamente estas cuestiones fueron estudiadas por mí en Viena, de la manera más profunda, notando entonces que, en su no reconocimiento, radicaba uno de los principales motivos del colapso del Movimiento que, desde mi punto de vista, estaba destinado a tomar en sus manos la dirección del germanismo.

Los dos primeros errores que hicieron que fracasase el Movimiento Pangermanista se complementaban; uno era consecuencia del otro. La falta de conocimiento de las fuerzas impulsoras de las grandes revoluciones dio lugar a una errada valoración de la importancia de las grandes colectividades; de ahí derivó el escaso interés por la cuestión social, la mediocre persuasión de las clases menos favorecidas de la Nación, así como también su actitud favorable en relación al Parlamento.

En el caso de que hubiera sido reconocido el increíble poder que tiene la masa como portadora de la acción revolucionaria en todos los tiempos, se habría trabajado de otra manera, tanto socialmente como en relación a la propaganda. No se habría tampoco, entonces, acentuado el Movimiento en dirección al Parlamento y sí en dirección al taller y a la calle.

El tercer error se caracterizó, además, por el no reconocimiento del valor de la masa, que una vez agitada en determinada dirección, por espíritus inteligentes, imprime un impulso que da fuerza y tenacidad al ataque.

La grave controversia que el Movimiento Pangermanista tuvo que sostener con la Iglesia Católica no respondía a otra causa que a la falta de comprensión del carácter anímico del pueblo. Los motivos del ataque violento del nuevo partido contra Roma se basaban en lo siguiente:

Después que la Casa de los Habsburgos se decidiera definitivamente a transformar Austria en un Estado eslavo, fueron utilizados todos los medios que se consideraron idóneos para alcanzar dicho objetivo. Las instituciones religiosas fueron también puestas sin escrúpulos al servicio de la nueva idea oficial por esa inconsciente dinastía. El establecimiento de parroquias checas fue sólo uno de los muchos recursos puestos en práctica hacia el objetivo de la eslavización general de Austria. El proceso se desarrollaba más o menos así:

En distritos netamente alemanes se colocó a curas checos que comenzaron por subordinar los intereses de la Iglesia a los de la nacionalidad checa, convirtiéndose así en células generadoras del proceso de la desgermanización austríaca. Desgraciadamente, la reacción de la clerecía alemana ante semejante proceder resultó casi nula, de suerte que el germanismo fue desalojado lenta pero persistentemente, debido al abuso de la influencia religiosa, por una parte, y luego a la insuficiente resistencia, por otra. Si, como vimos, eso se daba en pequeña escala, en una más grande no sería distinta la situación. La impresión general no podía ser otra que la de tratarse de una brutal violación de los derechos alemanes por parte de la clerecía católica como tal.

Parecía, pues, que la Iglesia no solamente era indiferente al sentir de la nacionalidad germana en Austria, sino que, injustamente, llegaba a colocarse al lado de sus adversarios. Como decía Schonerer, el mal tenía su raíz en el hecho de que la cabeza de la Iglesia Católica se hallaba fuera de Alemania, lo cual, desde luego, motivaba una hostilidad marcada contra los intereses de nuestra nacionalidad.

Los llamados problemas culturales pasaban, como casi todo en Austria, a un segundo plano. Lo que valía, en opinión del Movimiento Pangermanista, con relación a la Iglesia Católica, era menos la actitud de ésta con relación a la ciencia que su insuficiente comprensión de los intereses alemanes e, inversamente, un constante fomento de las pretensiones y ambición eslavas.

Georg Schonerer no era hombre que hiciera las cosas a medias. Había asumido la lucha contra la Iglesia con el íntimo convencimiento de que sólo así se podía salvar la suerte del pueblo alemán en Austria. El Movimiento separatista contra Roma ("Los-von-Rom" Bewegung) tenía la apariencia de ser el más poderoso, pero a su vez era el más dificultoso procedimiento de ataque para vencer la resistencia del adversario. Si la campaña resultaba victoriosa, entonces habría tocado también a su fin la infeliz división religiosa existente en Alemania y así habría ganado enormemente en fuerza interior la nacionalidad alemana. Pero ni la premisa ni la conclusión de esa lucha estaban en lo cierto.

Incontestablemente, la fuerza de resistencia del clero católico de nacionalidad alemana era inferior, en todas las cuestiones referentes al germanismo, a la de sus hermanos no alemanes, sobre todo checos.

Además, sólo un ignorante no vería que el clero alemán jamás adoptó una defensa agresiva de los intereses de su raza. Cualquiera que no estuviese ofuscado por las apariencias debería reconocer que tal hecho había que atribuirlo, antes que nada, a una circunstancia que todos nosotros, los alemanes, debemos apreciar: la tolerancia con que encaramos los problemas raciales, así como los demás. Mientras el sacerdote checo adoptaba una posición subjetiva con respecto a su pueblo y objetiva frente a la Iglesia, el sacerdote alemán se subordinaba subjetivamente a la Iglesia y permanecía objetivo desde el punto de vista de su nacionalidad; un fenómeno que podemos observar por desgracia en miles de otros casos.

No se trata aquí de una herencia exclusivamente propia del catolicismo, sino de un mal que entre nosotros es capaz de corroer en poco tiempo casi toda institución estatal o de índole idealista.

Comparemos, por ejemplo, la conducta observada por nuestros funcionarios del Estado frente al propósito de un resurgimiento nacional, con la actitud que asumirían en un caso semejante iguales elementos de otro país. ¿Se imagina, acaso, que el cuerpo de funcionarios de cualquier otro país del mundo omitiría de manera semejante los deseos de la Nación ante la frase hueca "autoridad del Estado", como es frecuente entre nosotros desde hace cinco años, siendo hasta considerado particularmente digno de elogio quien así procede? ¿Y qué norma nos ofrece el criterio que hoy sustentan católicos y protestantes frente al semitismo, criterio que no responde ni a los intereses nacionales ni a las verdaderas necesidades de la religión? No hay pues paralelo posible entre el modo de obrar de un rabino en todas las cuestiones que tienen una cierta importancia para el semitismo bajo el aspecto racial y la actitud observada por la mayoría de nuestros religiosos, sea cual fuere su confesión, frente a los intereses de su raza.

Este fenómeno se repite siempre que se trate de defender una idea abstracta. "Autoridad del Estado", "democracia", "pacifismo", "solidaridad internacional", etc., etc., son todas ideas que entre nosotros se convierten por lo general en conceptos tan netamente doctrinarios y tan inflexibles, que cualquier juicio respecto de las necesidades vitales de la Nación resulta subordinado a ellas.

Esta manera infeliz de considerar todas las aspiraciones por el prisma de una opinión preconcebida, destruye toda la capacidad de profundizar el hombre en un asunto subjetivamente, por contradecir objetivamente la propia teoría, y conduce al final a una inversión de medios y de fines. Todo intento de levantar la Nación será rechazado, en tanto implique la extinción de un régimen, incluso malo, en tanto que sea una infracción al "principio de autoridad".

El "principio de autoridad" no es, además, un medio para lograr un fin, sino por el contrario, ante los ojos de estos fanáticos de la objetividad, representa el fin mismo, lo que es más que suficiente para explicar la triste existencia de ese principio. Así es que, por ejemplo, toda tentativa hacia una dictadura sería acogida con indignación, incluso si su propulsor fuese un Federico el Grande y si los representantes políticos de una mayoría parlamentaria momentánea no pasasen de ancianos incapaces o de individuos mediocres.

La ley de la democracia parece más sagrada para uno de esos doctrinarios que el bien de la Nación. Protegerá, por tanto, la peor tiranía que aniquila a su pueblo, con tal de que "el principio de autoridad" esté incorporado a ella, al mismo tiempo que rechazará incluso el más benéfico de los gobiernos desde el momento en que no corresponde a su concepción de democracia.

De la misma manera, nuestro pacifista alemán guardará silencio ante el más sangriento atentado contra el pueblo, incluso si tiene su origen en las más violentas fuerzas militares; guardará silencio, porque la alteración de ese destino sólo sería posible por medio de una resistencia, es decir, de una violencia, y eso contrariaría su espíritu pacifista. El socialista alemán internacional puede así ser explotado solidariamente por el resto del mundo; él retribuye con fraternal simpatía y no piensa en reparaciones o protestas. Porque él es un alemán "objetivo". Eso puede ser deplorable, pues quien quiera modificar una situación debe dejar de teorizar.

Lo mismo sucede con la defensa de los anhelos del pueblo alemán por una parte del clero. Vemos en esa debilidad nacional el resultado de una educación también floja en el sentido de la germanización de la juventud, como también, por otro lado, una sumisión ciega a la idea transformada en ídolo.

La educación para la democracia, para el socialismo de carácter internacional, para el pacifismo, etc. , es tan rígida y radical, por tanto considerada por ellos puramente subjetiva, que, con eso, la imagen general del resto del mundo está influenciada por esa noción fundamental, al paso que la actitud para con el germanismo desde su juventud siempre se caracterizó por su objetivismo. De esta manera el pacifista alemán que se somete subjetivamente a su idea, procurará siempre en primer lugar los derechos objetivos incluso en casos de amenazas injustas y graves para su pueblo y nunca se colocará, por puro instinto de conservación, en la hilera de su mesnada para luchar al lado de ella.

Que todo esto es válido para las diferentes creencias, puede ser demostrado por lo siguiente:

El protestantismo representa mejor, por sí mismo, las aspiraciones del germanismo, en tanto que este germanismo está fundamentado en origen y tradiciones de su Iglesia; falla, entre tanto, en el momento en que esa defensa de los intereses nacionales tenga que realizarse en un dominio discordante con su tradicional manera de concebir los problemas mundiales.

El protestantismo obrará siempre en pro del fomento de los intereses germanos toda vez que se trate de pureza moral o del acrecentamiento del sentir nacional, endefensa del carácter, del idioma y de la independencia alemanes, puesto que todas estas nociones se hallan hondamente arraigadas en el protestantismo mismo; pero al instante reaccionará hostilmente contra toda tentativa que tienda a salvar la Nación de las garras de su más mortal enemigo, y esto porque el punto de vista del protestantismo respecto al semitismo está indeciso en torno de la cuestión y, a no ser que esa cuestión sea resuelta, no tendrá sentido o posibilidad de éxito cualquier tentativa de un renacimiento alemán.

Durante mi estancia en Viena, tuve la oportunidad de examinar esa cuestión, sin ideas preconcebidas, y pude incluso verificar millares de veces, en la convivencia diaria, la exactitud de ese modo de ver las cosas.

En esa ciudad en la que están ubicadas las más y variadas razas era evidente –a todos parecía claro - que solamente el pacifista alemán procura considerar siempre objetivamente las aspiraciones de su propia Nación, lo que nunca hace el judío con relación a las de su pueblo; que solamente el socialista alemán es "internacional"; esto es, le está vedado hacer justicia a su propio pueblo de otra forma que no sea con lamentaciones y lloriqueos entre sus compañeros internacionales. Nunca actúa así el checo, el polaco, etc. En fin, reconocí desde entonces que la desgracia sólo en parte está en esas teorías y, por otra parte, en nuestra insuficiente educación con respecto al nacionalismo y en una dedicación precaria, en virtud de eso, con relación al mismo.

Por estas razones falló el primer fundamento puramente teórico del Movimiento Pangermanista contra el catolicismo.

Edúquese al pueblo alemán, desde su juventud, en el conocimiento firme de los derechos de la propia nacionalidad y no se saturen los corazones infantiles con la maldición de nuestra "objetividad", incluso en aspectos relativos a la conservación del propio yo, y en poco tiempo se verificará (suponiéndose un gobierno radical nacional), como en Irlanda, en Polonia o en Francia, que el católico alemán será siempre alemán.

La más formidable prueba de esto fue ofrecida en la época en que, por última vez, nuestro pueblo, en defensa de su existencia, se presentó ante el Tribunal de la Historia, en una lucha de vida o muerte. Mientras el pueblo tuvo durante la guerra de 1914 dirigentes resueltos, cumplió su deber en forma insuperable.

El pastor protestante como el sacerdote católico, ambos contribuyeron decididamente a mantener el espíritu de nuestra resistencia, no sólo en el frente de batalla, sino ante todo en los hogares. En aquellos años, especialmente al iniciarse la guerra, no dominaba, en efecto, en ambos sectores religiosos otro ideal que el único y sagrado del Imperio Alemán, por cuya existencia y porvenir elevaba cada uno sus votos de fervorosa devoción.

El Movimiento Pangermanista debió haberse planteado en sus comienzos una cuestión previa: ¿Era factible, o no, conservar el acervo germánico en Austria bajo la égida de la religión católica? Si se contestaba afirmativamente, este partido político jamás debió mezclarse en cuestiones religiosas o de orden confesional y si, por el contrario, era negativa la respuesta, entonces debió haberse propiciado una reforma religiosa, pero nunca un partido político.

Aquél que piensa poder llegar, por el atajo de una organización política, a una reforma religiosa, muestra solamente que le falta cualquier conocimiento de la evolución de las ideas religiosas o incluso de las dogmáticas y de la actuación política del clero.

En realidad no se puede servir a dos señores, siendo como yo considero la fundación o destrucción de una religión mucho más importante que la fundación o destrucción de un Estado, cuanto más de un partido.

¡Que no se diga que los ataques aludidos lo fueron en defensa contra los ataques del lado opuesto!

Es cierto que en todas las épocas hubo individuos sin conciencia que no tuvieron vergüenza de hacer de la religión un instrumento de sus intereses políticos (pues es eso de lo que se trata casi siempre y exclusivamente entre tales mentirosos). Entre tanto, es erróneo interpretar la religión, o el credo, en función de una manada de bribones que hacen de ello mal uso, de la misma forma que podrían poner cualquier otra cosa al servicio de sus bajos instintos. Nada puede servir mejor a un holgazán parlamentario que la oportunidad que se le ofrece de conseguir la justificación de su sagacidad política. Pues, después que la religión o la creencia son responsabilizadas de una maldad personal y por eso atacadas, el bribón llama, con formidables gritos, al mundo entero para testimoniar cuán justa fue su actuación y cómo, gracias a él y su locuacidad, fueron salvadas la religión y la Iglesia.

Los contemporáneos, tan locos como olvidadizos, no reconocen al verdadero causante del conflicto, debido al gran griterío que se forma, o no se acuerdan más de él, y así alcanza el bribón su objetivo. Estos astutos zorros saben bien que eso nada tiene que ver con la religión. Por eso más se reirá para sus adentros, en cuanto que su adversario, honesto pero inhábil, pierde la partida y se retira de todo, desilusionado de la lealtad y de la fe en los hombres.

En otro sentido, sería también injusto considerar la religión o incluso la Iglesia como responsable de los desatinos de cualquier individuo. Compárese la grandeza de la organización visible con la imperfección media de los hombres en general y será necesario admitir que el mal entre nosotros es menor que en cualquier otra parte. Es cierto que existen también, incluso entre los propios sacerdotes, algunos para los cuales su función sagrada es apenas un medio para la satisfacción de su ambición política y que llegan incluso a olvidar, en la lucha política, muchas veces de manera más o menos lamentable, que deberían ser ellos los guardianes de una verdad superior y no los representantes de la mentira y de la calumnia. Entre tanto, por cada indigno de esos existen, por otro lado, miles y miles de curas honestos, dedicados de la manera más fiel a su misión que, en nuestros tiempos actuales, tan mentirosos como decadentes, se destacan como pequeñas islas en un pantano general.

Tampoco condeno o debo condenar a la Iglesia por el hecho de que un sujeto cualquiera de sotana cometa alguna falta inmunda contra las costumbres, cuando muchos otros ensucian y traicionan a su nacionalidad, en una época en que eso ocurre frecuentemente. Sobre todo hoy en día, es bueno no olvidar que por cada Efialtes hay millares de personas que, con el corazón sangrando, sienten la infelicidad de su pueblo, y cómo los mejores de nuestra Nación anhelan ansiosamente el instante en que para nosotros el cielo pueda sonreír también.

A quien, sin embargo, responde que, en este caso, no se trata de pequeños problemas de la vida diaria, sino sobre todo de cuestiones de verdad fundamental y de contenido dogmático, se le puede dar la respuesta adecuada con otra cuestión:

"Si te consideras llamado por el Destino para proclamar la verdad, hazlo; ten, sin embargo, también el valor de no querer hacer eso por el atajo de un partido político, pues constituye un error; pero coloca, en lugar del mal de ahora, lo que te parece mejor para el futuro.

Si por ventura te falta valor, o si no conoces bien lo que en ti hay de bueno, no te metas; en todo caso, no intentes, por mediación de un Movimiento político, conseguir astutamente aquello que no tienes el coraje de hacer con la cabeza en alto." Los partidos políticos nada tienen que ver con las cuestiones religiosas, mientras éstas no socaven la moral de la Raza; del mismo modo, es impropio inmiscuir la Religión en manejos de política partidista.

Cuando dignatarios de la Iglesia se sirven de instituciones y doctrinas para dañar los intereses de su propia nacionalidad, jamás debe seguirse el mismo camino ni combatírseles con iguales armas. Las doctrinas e instituciones religiosas de un pueblo debe respetarlas el Führer político como inviolables; de lo contrario, debe renunciar a ser político y convertirse en reformador, si es que para ello tiene capacidad. Un modo de pensar diferente en este orden conduciría a una catástrofe, particularmente en Alemania.

Estudiando el Movimiento Pangermanista y su lucha contra Roma, llegué en aquellos tiempos, y aun más todavía en el transcurso de años posteriores, a la convicción de que la poca comprensión revelada por ese Movimiento para el problema social, le hizo perder el concurso de la masa del pueblo de espíritu verazmente combativo. Ingresar en el Parlamento le significó sacrificar su poderoso impulso y gravarlo con todas las taras propias de aquella institución; su acción contra la Iglesia Católica lo había desacreditado en numerosos sectores de la clase media y también de la clase baja, restándole así infinidad de los mejores elementos de la Nación.

Los resultados de la Kulturkampf en Austria fueron prácticamente nulos. Es verdad que fue posible arrancar cerca de cien miembros a la Iglesia, sin que ella por eso hubiese sufrido daño sensible. Realmente en este supuesto no habría necesidad de llorar por las "ovejas" perdidas; ella sólo perdió lo que hace mucho tiempo íntimamente no le pertenecía. Ésa era la diferencia entre la nueva reforma y la antigua. Además, muchos de los mejores elementos de la Iglesia se habían apartado de ella por convicción religiosa íntima, al paso que ahora sólo los "tibios" son los que van por "consideraciones" políticas. Justamente desde el punto de vista político, el resultado fue muy ridículo y deplorable.

Una vez más fracasaba un prometedor Movimiento político de la Nación alemana por no haber sido guiado con la necesaria sobriedad, pero se perdió en un campo que forzosamente tenía que conducir a un desmoronamiento.

La verdad, pues, es ésta:

El Movimiento Pangermanista nunca habría cometido ese error si hubiera tenido un pequeño conocimiento de la psicología de las masas. Si sus dirigentes hubieran sabido que para conseguir el triunfo no se debe nunca mostrar a la masa dos o más adversarios, por consideraciones puramente psicológicas, pues eso conduciría al debilitamiento de la fuerza combativa; sólo por ese motivo el Movimiento Pangermanista debería haber sido principalmente orientado contra un único adversario.

Admitiendo que en las diversas creencias haya muchas cosas que eliminar, el partido político no debe perder ni un minuto de su visión el hecho de que, a juzgar por toda la experiencia de la Historia hasta hoy, nunca un partido político consiguió, en situaciones análogas, llegar a una reforma religiosa. No se estudia, por consiguiente, la Historia para no recordar sus enseñanzas, cuando llega la hora de aplicarlas prácticamente, o para pensar que las cosas ahora son diferentes y que, por tanto, sus verdades no son aplicables. Se aprende de ella justamente la enseñanza útil para el presente. Quien no consiga eso, no debe tener la pretensión de ser un Jefe político; será en realidad un ser superficial, aunque muy convencido, y toda su buena voluntad no le disculpará su incapacidad práctica.

El arte de todos los grandes conductores de pueblos, en todas las épocas, consiste, en primer lugar, en no dispersar la atención de un pueblo y sí en concentrarla contra un único adversario. Cuanto más concentrada esté la voluntad combativa de un pueblo, tanto mayor será la atracción magnética de un Movimiento y más formidable el ímpetu del golpe. Forma parte de la genialidad de un gran conductor hacer que parezcan pertenecer a una sola categoría incluso adversarios diferentes, por cuanto el reconocimiento de varios enemigos fácilmente conduce a la duda sobre el derecho de su propia causa. Después que la masa vacilante se ve en lucha contra muchos enemigos, surge inmediatamente la objetividad y la pregunta de sí realmente todos están equivocados o sólo el propio pueblo o el propio Movimiento es el que tiene la razón. Con esto aparece el primer colapso de la propia fuerza. de ahí que sea necesario que una mayoría de adversarios sea siempre considerada en bloque, de manera que la masa de los propios adeptos estime que la lucha se dirige contra un enemigo único. Esto fortalece la fe en la propia causa y aumenta la indignación contra el enemigo.

El hecho de no haber comprendido esto le significó el fracaso al Movimiento Pangermanista. Su objetivo era cierto. Su voluntad, pura. El camino seguido, empero, estaba errado. Se parecía a un alpinista que tiene a la vista un pico para escalar y que se pone en marcha con decisión y fuerza, pero sin dedicar atención a aquél, teniendo la mirada siempre de espaldas al objetivo, sin reparar en la senda que sigue. Por eso fracasa.

Lo contrario sucedía en las filas de los adversarios políticos, en el Partido Cristiano-Social. El camino elegido por éste fue sabio y firmemente determinado. Sin embargo, le faltó el conocimiento exacto del objetivo.

Allí donde el Movimiento Pangermanista cometía errores, la actitud del Partido Cristiano-Social era precisa y sistemática. Éste conocía la importancia de las masas y logró asegurarse por lo menos el apoyo de una parte de ellas, subrayando públicamente desde un comienzo el carácter social de su tendencia. Y desde que se dispuso a conquistar a la clase media y a la clase trabajadora, ganó permanentes y fieles partidarios, dispuestos al propio sacrificio. Evitaba toda controversia con las instituciones religiosas y así le fue posible asegurarse el apoyo de una organización tan poderosa como la Iglesia. Tenía, por eso, un único adversario verdaderamente grande. También reconoció la importancia de una propaganda amplia e hízose especialista en él arte de influir en el ánimo de la gran masa de sus adeptos.

El hecho de que a pesar de su fuerza este partido no fue capaz de alcanzar el anhelado propósito de salvar a Austria, se explica por algunos errores de método en su acción y también por la falta de claridad en los fines que perseguía.

El antisemitismo del Partido Cristiano-Social se fundaba en concepciones religiosas y no en principios racistas. La misma causa determinante de este primer error constituía el origen del segundo.

Si el Partido Cristiano-Social quiere salvar a Austria --decían sus fundadores- no puede invocar el principio racista, porque eso significaría provocar en corto tiempo la disolución general del Estado. Según la opinión de los líderes del Partido, la situación exigía, ante todo en Viena, evitar en lo posible incidencias disociadoras y más bien fomentar todos los motivos que tendían a la unificación.

Ya en aquella época, Viena estaba saturada de elementos extranjeros, especialmente checos, que, tratándose de problemas relacionados con la cuestión racial, sólo una marcada tolerancia podía mantenerlos adictos a un partido que no era antigermanista por principio. El propósito de salvar a Austria imponía no renunciar al concurso de estos tres elementos; así es como mediante una lucha de oposición contra el sistema liberalista de Manchester, se intentó ganar ante todo a los pequeños artesanos checos, representados en gran número en Viena; pensábase que de esta manera, por encima de todas las diferencias raciales de la vieja Austria, habríase encontrado un lema para la lucha contra el judaísmo desde el punto de vista religioso.

Es claro que una acción contra los judíos sobre una base semejante podía causarles a éstos sólo una relativa inquietud, pues, en el peor de los casos, un chorro de agua bautismal era siempre capaz de salvar al judío y su comercio.

Abordada la cuestión tan superficialmente, jamás podía llegarse a un serio y científico análisis del problema fundamental, y sólo se conseguía apartar a muchos de los que no concebían un antisemitismo de esas características. Con esto, la fuerza de persuadir adeptos quedaría circunscrita casi exclusivamente a círculos intelectuales restringidos. La actitud de las clases intelectuales era de franca negación. La cuestión parecía cada vez limitarse más a una nueva tentativa de conversión de los judíos. Se tenía hasta la impresión de que se trataba de una cierta envidia de concurrencias. Con eso la lucha perdió el carácter de un Movimiento superior y para muchos, y justamente no para los peores, tomó la apariencia de inmoral y reprobable. Faltaba la convicción de que se trataba de una cuestión vital para toda la Humanidad, de cuya solución dependía el destino de todos los pueblos no judíos.

Este modo de hacer las cosas a medias anulaba el mérito de la orientación del Partido Cristiano-Social. Era un pseudo-antisemitismo de efectos más contraproducentes que provechosos; se adormecía despreocupadamente creyendo tener al adversario cogido por las orejas, mientras en realidad era éste quien lo tenía sujeto por la nariz.

El judío, por el contrario, en breve espacio de tiempo se acostumbró a esa especie de antisemitismo, de modo que su supresión ciertamente le habría producido más carencia que incomodidades. Si el Estado constituido por diferentes razas ya exigía un sacrificio, mayor aún lo exigía la defensa del germanismo. No se podía ser "nacionalista", a no ser que, incluso en Viena, se quisiera dejar de sentir la tierra debajo de los pies. Se esperaba salvar al Estado de los Habsburgos soslayando suavemente esa cuestión y, así, lo llevaban directamente a la ruina. Con esto, sin embargo, perdió el Movimiento la única poderosa fuente de energía que puede suministrar fuerza, duraderamente, a un partido político. El Movimiento Cristianosocial se volvió, con eso, un partido como otro cualquiera. Yo había escudriñado atentamente los dos movimientos, uno por impulso íntimo del corazón, el otro arrastrado por la admiración hacia el hombre raro que ya entonces aparecía como un símbolo de todo el germanismo austríaco.

Cuando el formidable cortejo fúnebre conducía al fallecido burgomaestre de la Rathaus hacia la Ringstrasse, también me encontraba entre las muchas centenas de millares de personas que acompañaron el sepelio. Íntimamente conmovido, me decía el sentimiento que también la obra de ese hombre tenía que ser en vano, debido a la fatalidad que irremisiblemente conduciría a aquel Estado al aniquilamiento.

Si el doctor Karl Lüger hubiese vivido en Alemania, se le habría colocado entre las primeras cabezas de nuestro pueblo, pero el hecho de haber actuado en un Estado imposible, como era Austria, constituyó la ruina de su obra y la de su propia vida. Cuando murió, aparecieron ya las primeras llamaradas en los Balcanes, de modo que el Destino clemente le ahorró ver aquello que él había creído poder evitar.

Empeñado en buscar las causas de la incapacidad de uno de los movimientos y las del fracaso del otro, llegué a la íntima persuasión de que, aparte de la imposibilidad de poder aún lograr una consolidación del Estado austríaco, ambos partidos habían incurrido en los siguientes errores:

En principio, el Movimiento Pangermanista tenía indudablemente razón en su propósito de regeneración alemana, pero fue infeliz en la elección de sus métodos. Había sido nacionalista, mas, por desgracia, no lo suficientemente social para ganar en su favor el concurso de las masas. Su antisemitismo descansaba sobre una justa apreciación de la trascendencia del problema racista y no sobre concepciones de índole religiosa. En cambio, su lucha contra una determinada confesión, contra Roma, era errada en principio y falsa tácticamente.

El Movimiento Cristiano-Social poseía una concepción vaga acerca de la finalidad de un resurgimiento alemán, pero como partido demostró habilidad y tuvo suerte en la selección de sus métodos; conocía la importancia de la cuestión social, pero erró en la lucha contra el judaísmo y no tenía la menor noción del poder que encarnaba la idea nacionalista.

Si el Partido Cristiano-Social hubiera poseído, además de su inteligente comprensión de la gran masa, una noción cierta de la importancia del problema racial, como la poseía el Movimiento Pangermanista, y hubiera sido también nacionalista; o hubiera el Movimiento Pangermanista adoptado, además de la comprensión certera de objetivo sobre la cuestión judía y de la importancia del sentimiento nacional, también la inteligencia práctica del Partido Cristianosocial, sobre todo en cuanto a la actitud con relación al socialismo, habríase producido aquel Movimiento que, ya entonces, estoy convencido, podría haber influido decisivamente en el destino del germanismo. Si así no sucedió, fue debido, en gran parte, al carácter del Estado Austríaco.

Como no veía mi convicción realizada en ningún otro partido, no podía decidirme a ingresar en ninguna de las organizaciones existentes, y ni siquiera colaborar en la lucha.

Ya en aquel tiempo consideraba a todos los movimientos políticos errados e incapaces de realizar el gran renacimiento nacional del pueblo alemán. Mi antipatía contra el Estado de los Habsburgos creció cada vez más en aquella época.

Cuanto más me preocupaba sobre todo con cuestiones de política exterior, tanto más ganaba terreno mi convicción de que aquella estructura estatal tenía que convertirse en la desgracia del germanismo. Cada vez veía más claramente, en fin, que el destino de la Nación alemana no sería decidido más desde aquel lugar y sí desde el propio Reich. Eso, sin embargo, no lo decía con respecto sólo a las cuestiones políticas, sino también para todas las cuestiones de la vida cultural propiamente dicha.

El Estado Austríaco mostraba también en el campo de las actividades puramente culturales o artísticas todos los síntomas de la decadencia, o, por lo menos, de su insignificancia para el futuro de la Nación alemana. En el terreno de la arquitectura era donde se dejaba sentir más. La arquitectura moderna, por eso mismo, no tenía gran éxito en Austria, pues, aparte de la construcción de la Ringstrasse, las obras, por lo menos en Viena, eran insignificantes en relación a los grandes planes que surgían en Alemania.

Comencé de esta manera a llevar cada vez más una doble vida; la razón y la realidad me hicieron pasar por una tan amarga como bendita escuela en Austria. Entre tanto, el corazón andaba por otros parajes. Un angustioso descontento me embargaba a medida que iba conociendo la vacuidad en derredor de ese Estado, y la imposibilidad de salvarlo, sintiendo, al mismo tiempo, con la mayor certeza que, en todo y por todo, aquél sólo podía representar la desgracia del pueblo alemán.

Estaba convencido de que este Estado tenía que oprimir y poner obstáculos a todo representante verdaderamente eminente del germanismo, y sabía también que, inversamente, favorecía toda manifestación antialemana.

Repugnante me era el conglomerado de razas reunidas en la capital de la Monarquía austríaca; repugnante esa promiscuidad de checos, polacos, húngaros, rutenos, serbios, croatas, etc., y, en medio de todos ellos, a manera de eterno bacilo disociador de la Humanidad, el judío y siempre el judío.

Para mí la gigante ciudad parecía la encarnación del incesto.

El alemán que hablaba en mi juventud era el dialecto hablado en la Baja Baviera. No conseguía ni olvidarlo ni aprender la jerga vienesa. Cuanto más tiempo permanecía en aquella ciudad, más aumentaba mi odio contra la extraña mezcla de razas que comenzaba a corroer aquel viejo centro cultural alemán.

La idea, sin embargo, de que aquel Estado pudiese mantenerse por más tiempo me pareció completamente ridícula. Austria era entonces como un viejo mosaico, cuya argamasa destinada a asegurar las pequeñas piedras se había vuelto vieja y quebradiza. La obra consigue aparentar permanencia, pero en cuanto recibe un golpe, se rompe en mil pedazos. Toda la cuestión se limitaba a saber cuándo se produciría el desastre final.

Mi corazón siempre anhelaba no una Monarquía Austríaca sino un Imperio Alemán. La hora de la decadencia de aquel Estado sólo me podía parecer como un comienzo de redención de la Nación alemana.

Todas estas razones provocaron en mí el deseo cada vez más ferviente de llegar al fin allí, adonde, desde mi juventud, me atraían anhelos secretos e íntimas afecciones. Confiaba en hacerme más tarde un nombre como arquitecto y así ofrecerle a la Nación leales servicios dentro del marco, pequeño o grande, que el Destino me reservase. Finalmente, aspiraba a estar entre aquellos que tenían la suerte de vivir y actuar allí donde debía cumplirse un día el más fervoroso de los anhelos de mi corazón: la anexión de mi querido terruño a la Patria común: el Reich Alemán.

Muchas personas, inclusive hoy, no podrán comprender la grandeza de un deseo tal. Entre tanto me dirijo a aquellos a quienes el Destino les negó hasta ahora esa felicidad; me dirijo a todos aquellos que, desligados de la Patria, tienen que luchar hasta por el bien sagrado de la lengua; que, debido a su sentimiento de fidelidad a la Patria, son perseguidos y martirizados, y que, dolorosamente conmovidos, esperan ansiosamente la hora en que puedan volver de nuevo al corazón de la Madre querida; me dirijo a todos ellos y sé que me comprenderán.

Solamente aquél que siente dentro de sí lo que significa ser alemán, sin poder pertenecer a la querida Patria, es quien podrá medir el ansia profunda que en todo momento atormenta a aquellos que de ella se hallan poseídos y se les niega la satisfacción y la felicidad, hasta que se les abren las puertas de la casa paterna y en el Reich común la sangre común vuelve a encontrar paz y sosiego.

Pero Viena debió ser y quedar para mí simbolizando la escuela más dura y, a la vez, la más provechosa de mi vida. Había llegado a esta ciudad cuando todavía era adolescente, y me marchaba ahora convertido en un hombre taciturno y serio. Allí asimilé, en general, los fundamentos para una concepción ideológica y, en particular, un método de análisis político. Posteriormente, jamás me abandonaron esos conocimientos, que después no hice más que complementar en parte. Sólo hoy puedo apreciar yo mismo en toda su magnitud el verdadero valor de aquellos años de experiencia.

Por eso me he ocupado aquí más detalladamente de aquella época que me proporcionó el primer material de estudio, precisamente en los problemas que son básicos dentro de nuestro Partido, el cual, surgiendo de los más modestos comienzos, tiene ya hoy, apenas transcurridos cinco años, las características de un gran Movimiento popular.

No sé cuál sería ahora mi modo de pensar respecto al judaísmo, la socialdemocracia (mejor dicho todo el marxismo), el problema social, etc., si ya en mi juventud, debido a los golpes del Destino y gracias a mi propio esfuerzo, no hubiese alcanzado a cimentar una sólida base ideológica personal. Pues, si bien es cierto que la desgracia de la Patria consigue estimular a millares y millares de personas a pensar en las causas íntimas del desmoronamiento, ese hecho, sin embargo, no aporta por sí mismo la profundidad, ni la aguda intuición que se abren únicamente para aquél que, después de muchos años de lucha durísima, se convierte en Señor del Destino.


Fuentes:

- M.L.p.76
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

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