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EL PARTIDO AMERICANO



El Restaurador


(01) Unitarios y Federales (Europeos y americanos)
(02) La deserción en los ejércitos unitarios
(03) El humo que disipa el viento
(04) La campaña
(05) El juicio de la historia
(06) Fuentes.
(07) Temas relacionados.




Unitarios y Federales (Europeos y americanos)

Los gauchos, negros y mulatos, siempre se mantuvieron fieles al sentimiento federal. Los unitarios no lograban cohesionar sus fuerzas y sus ejércitos pese a las levas de “voluntarios” y “enganchados” por medio la fuerza o la paga, porque el sentimiento federal los hacia desertar de los ejércitos unitarios, para unirse al otra bando. No era cuestión de cobardía, ya que seguían la lucha en el ejército federal.

Los pueblos eran federales…y por intuición sentían desconfianza de los “doctores” y "porteños" que pretendían imponer por la fuerza, extrañas doctrinas: “No soy militar sino doctor, palabra de escarnio en los campamentos…” (Carta de Florencio Varela a Lavalle. 4 de octubre de 1840)

Los federales eran “el partido americano”, mientras los ilustrados unitarios representaban al “partido europeo”. Guizot, ministro de Francia, el 8 de febrero de 1841 explicaba ante el Parlamento las dificultades que tenían en el Río de la Plata, debido a que el “partido europeo” era aquí poco numeroso, en tanto el “partido americano” lo era en grado sumo, porque “...quiere que la sociedad se desarrolle por si misma, sin préstamos, sin relaciones con Europa”, reconociendo que el general Rosas era “el jefe del partido de los campos y el enemigo del partido europeo”. El propio Sarmiento, enemigo de Rosas, lo reconoce en Facundo: “Rozas no es un hecho aislado, una aberración, una monstruosidad. Es, por el contrario, una manifestación social, es una fórmula de una manera de ser de su pueblo”


La deserción en los ejércitos unitarios.

Mientras los gauchos sostenían la lucha, los doctores del unitarismo fogoneaban desde las sombras y justificaban los métodos de terror para escarmentar a sus compatriotas: “La más grave verdad en política es la de que los medios quedan siempre legitimados por los fines, y que, si el fin es honroso y laudable, los medios nada importan, aunque sean sangrientos y aterradores”
La deserción en los ejércitos unitarios comenzaba inclusive antes de las acciones, según testimonia el propio “manco” Paz: “Cuando se me incorporó (Velazco) había perdido casi la mitad de la fuerza por la deserción; hast habia algún oficical que se había manchado con ese feo crimen”

Comenta Paz en sus “Memorias” que estando en Nogoyá recibió noticias de la dispersión de gran parte de las tropas que comandaban Velazco y Báez: “Durante la marcha que verificaba en virtud de de mis órdenes – escribe – no diré que fueron atacadas, porque no se puede llamar un ataque a una grutería que armaron los enemigos dentro del bosque que atravesaba n, y unos pocos tiros que a nadie ofendieron. Cual sería la disposición de la tropa, que esto bastó para que se dispersase o se uniese a los enemigos, quedando los jefes solos, que procuraron escapar por donde mejor les pareció…” “La deserción había comenzado a picar el campamento de Conchillas; varios jefes correntinos manifestaban una profunda tibieza”

Lo mismo ocurría en Montevideo, desde donde Luis Domínguez le escribía a Félix Frías: “La chusma de quinteros y gauchos de que se formó una caballería de 600 hombres, se fue casi toda…” (Montevideo 12 de septiembre de 1843) En las filas federales sucedía lo contrario. Ferré dice en sus memorias que de 1.000 hombres que al mando de Pascual Echagüe pelearon con las huestes de Lavalle en Don Cristóbal (10 de abril d 1840) “ni antes ni después de la acción se le pasó ninguno”

Por su parte el historiador Zinny hace una lista de las tropas unitarias que con sus jefes y oficiales se presentaban en el campamento enemigo: “Al jefe Libertador (Lavalle)
empezó a separársele la gente en pequeños grupos al principio, aunque siempre con algunos oficiales a la cabeza, y últimamente, escuadrones enteros…” (Zinny, Antonio. Historia de los Gobernadores)

Por su parte Lavalle con su “Legión Libertadora” (ver la Guerra franco-argetnina) llegó a dos leguas de las posiciones de Rosas, y acampo en Merlo esperando que el pueblo y las tropas de Buenso Aires se levantaran a su favor, pero la decepción fue grande, según lo confiesa su ayudante Pedro Lacasa: “El general esperaba que su presencia en Merlo despertase el entusiasmo de sus habitantes y que se produciría también en el ejercito argentino alguna deserción…y el ejercito libertador no vio un solo hmbre, de ninguna condición, que fuese a llevarle la más simple noticia” (Lacasa, Pedro. “Vida militar y política del general argentino do Juan Lavalle. Ed. de la Galería de Celebridades Argentinas. Buenos Aires, 1858)

Lo mismo sucedía en los ejércitos que se levantaban contra Rosas en otras latitudes. Lamadrid en sus Memorias dice que “Había ordenado al general Acha que desmontara dos escuadrones de salteños, a consecuencia de haberse ido esa noche una partida crecida de desertores, y que sería el único medio de evitar la deserción de aquellos, pues de los 300 hombres que salieron de Tucumán, no quedaba ya sino 140; la división jujeña había desertado toda” y agrega “habiéndoseme desertado casi todo un escuadrón de riojanos de Arauca…”…”se produjo un crecido aumento en la deserción de los Cazadores de Salta y de los pocos jujeños que habían quedado…” (Gral. La Madrid. Memorias)

Por su parte Don M. Solá, enviado por La Madrid a Santiago del Estero, le informa: “Nunca se ha mostrado más enemigo este país…no pasa de tres hombres los que se hayan atrevido a vernos la cara, hablarnos y darnos algunas noticias…las casa abandonadas, una que otra mujer lográbamos ver de distancia en distancia, sin tener de que valernos para un solo bombero, ni entre esas pocas mujeres, ofreciéndoles pagarlas bien, ni baqueanos…al revés, cada algarrobo o juncal es un espía y bombero de Ibarra…” (Carta de Solá a La Madrid. Santiago del Estero, 17 de noviembre de 1840. Ernesto Quesada: Acha y la batalla de Angaco. Ed. Arte y Letras. Buenos Aires 1827)


El humo que disipa el viento

Lo mismo sucedía en Montevideo, tomada por Fructuoso Rivera apoyado por los emigrados unitarios, que batían el parche sin intervenir en la lucha, sostenidos por las armas y divisas de Francia. Mientras Rivera se mantenía en Montevideo con el apoyo de la escuadra francesa y contingentes de desembarco extranjeros, las tropas “defensoras” de Montevideo desertaban hacia el campamento del Cerrito, ocupado por Oribe. Luis Alberto Herrera señala que “…vemos emigrar a diario al Cerrito a elementos calificados…Publicadas fueron en la época las listas, cotidianas, de los elementos que se pasaba y que se contaron por cientos y miles” (L.A.Herrera. “Orígenes de la guerra grande”). El jefe de las fuerzas federales general Eugenio Garzón, le escribía al gobernador de Santiago del Estero, Ibarra: “El estado de la guerra contra los salvajes en Montevideo, campaña de la Banda Oriental y Corrientes, es lisonjero, y los últimos sucesos ocurridos en el primer punto de estos, pasándose a nuestro ejército sitiador, jefes, oficiales y tropa en bastante número, prueba que la moral se agota e las tropas enemigas que hacen la resistencia” (Carta de Garzón a Ibarra. 7 de septiembre de 1844)

El cónsul francés R. Baradére, principal sostenedor de Rivera, informaba a su gobierno: “De golpe estalló deserción horrible, que bien puede calificarse una completa disolución; los gauchos se iban por centenares. El ejército desapareció como humo que el viento disipa. El que pocos días antes estaba al frente de casi tres mil hombres reunidos en el Durazno, y de más de dos mil acantonados en otros puntos, solo contaba apenas con quinientos…” (Nota del cónsul Baradére al Quai d´Orsay. Montevideo, 9 de diciembre de 1839)

La deserción se mantuvo en el tiempo; el “Boletín del Ejército” del Cerrito consignaba que,entre septiembre de 1843 y mayo de 1846, hubo un total de 2.106 “pasados”, entre ellos cuatro coroneles, siete tenientes coroneles y treinta y un capitanes. La Guardia Nacional se pasó íntegra al Cerrito. De los españoles no quedó ni uno con los unitarios.

Sarmiento narra este pintoresco episodio: “En esta rara reunión de pueblos y de razas, de europeos y de africanos que viene a prestar su brazo en una contienda americana, habrá usted echado de menos al los representantes de la España, que más afinidad tienen con nuestras costumbres. No es que falten sus combatientes, sino que se hallan en el bando opuesto. A principios del sitio, se armaron en un cuerpo como otras nacionalidades; quince días no pasaron antes que las simpatías, las tradiciones nacionales, no dejasen sentir sus efectos. Una noche, el general de jefe recibe el extraño aviso e que la gran guardia, apostada al frente de la muralla, se había desertado en masa” (Carta de Sarmiento a V.F. López. Montevideo, 25 de enero de 1846. En “Viajes”. Ed. La Cultura Argentina. Buenos Aires, 1922)


La campaña de Buenos Aires

También en la campaña de Caseros el pueblo se mostró hostil ante el ejercito de Urquiza y brasileños que supuestamente venían a “liberarlos de al tiranía”

El general oriental Cesar Díaz, que formaba parte del ejército invasor, da cuenta de una conversación que mantuvo con Urquiza: “Se trató primero de la triste decepción que acabábamos de experimentar respecto de espíritu de que habíamos supuesto animada a la provincia de Buenos Aires. El general se quejaba, y con razón, de que no había encontrado en ella la menor cooperación, la más leve muestra de simpatía: Hasta entonces no se había presentado un “pasado” y rara vez habíamos hallado ni aun a quien pedir noticias del enemigo” (Adriano Díaz. Memorias inéditas del genral oriental César Díaz. Impr. de Mayo. Buenos Aires. 1878)

Lo mismo sucedía en la ciudad de Buenos Aires, de 85.000 habitantes. El periodista español radicado en Buenos Aires, don Benito Hortelano, testigo presencial, comenta: “Cuando Rosas cayó no dio esta población muestras de alegría…Buenos Aires, si sufrió la tiranía, la sufrió con gusto…Todos se encerraron en sus casas como si fuese un enemigo el que había triunfado…” (Benito Hortelano. Memorias. Ed. Espasa-Calpe. Madrid. 1936)

El citado general Díaz opina en sus Memorias, refiriéndose a Rosas: “…tengo una profunda convicción, formada por los hechos que he presenciado, de que el prestigio de su poder en 1852 era tan grande o mayor tal vez de o que había sido diez años antes, y que la sumisión y aún la confianza del pueblo en al superioridad de su genio no le habían jamás abandonado”


El juicio de la Historia

La prueba de respeto hacia la figura de Rosas la da el hecho de que, luego de Caseros, las turbas unidas a la soldadesca de los vencedores, se dieron a toda clase de desmanes, saqueos y despojos; sin embargo, la casa de Juan Manuel quedó incólume, respetada por todos, y sin ningún intento de agravio o desmán, permaneciendo cerrada y solitaria, como un templo respetado.

La oposición del pueblo se manifestó incluso durante el desfile del ejército invasor llevado a cabo el 20 de febrero, aniversario de la victoria argentina en Ituzaingo, con la rechifla del pueblo al paso de las tropas brasileras. En cambio los insultos contra Rosas fueron por parte de los “ilustrados unitarios”, insultos que llegados a oídos del Restaurador, este respondió con estas palabras: “El juicio del general Rosas compete solamente a Dios y a la Historia, porque solamente Dios y Historia pueden juzgar a los pueblos”


Fuentes:

- Castagnino Leonardo. Juan Manuel de Rosas, Sombras y Verdades
- García Mellid, Atilio. Proceso al Liberalismo Argentino.
- Obras citadas. - La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar





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