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LA PREPARACIÓN DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
                          

Tratado de Versalles


(01) La estafa
(02) Fuentes.
(03) Artículos relacionados.


La estafa

El presidente del Consejo de Ministros de Italia, Francesco Nitti escribió, en 1922, un libro titulado: El Tratado de Versalles como instrumento para continuar la guerra, con un apéndice, «El grave error de las reparaciones», en el cual, el autor, que no puede, en modo alguno, ser sospechoso de germanofilia, demuestra que, en un plazo más o menos largo, Versalles será la causa de una nueva guerra de la cual no saldrán, en Europa al menos, más que vencidos.

Con la «jurisprudencia» de Versalles, además, la guerra dejaba de ser el recurso de la extrema necesidad a que se acogían los gobernantes de cada país para defender sus derechos - o lo que creían tales - y sus necesidades vitales.

Versalles representa el nacimiento del maniqueísmo político, con la consagración del bien absoluto (la democracia) y del mal abyecto la autocracia. Los vencedores se irrogan todos los derechos y los vencidos son los réprobos destinados al castigo de sus jueces. En el futuro ya no habrán más guerras, sino cruzadas del Bien contra el Mal. Toda la gigantesca maquinaria de la propaganda había estado trabajando desde 1914 y aún antes hasta noviembre de 1918, por los Aliados, los «buenos». Desde entonces arranca la leyenda de las fábricas de aprovechamiento de cadáveres, de las violaciones de monjas, de los bombardeos deliberados de catedrales, de los niños con los ojos pinchados a bayonetazos. Desde entonces, también, se crea la contraverdad histórica del militarismo alemán y se presentan todas las guerras en que tomaron parte Prusia y los otros estados alemanes como «expediciones de rapiña».

«La Verité est ce que líon fait croire», decía Voltaire. Con arreglo a esta técnica se fabrica la tesis irreversible de la «Alemania guerrera» y, paralelamente, de la «Francia democrática», continuamente invadida, sin razón alguna, por un vecino bárbaro y belicoso que cree en la superioridad de la fuerza sobre el derecho, al revés que la «Patria del Mundo», la dulce Francia...

Peter Kleist reproduce, a este respecto, lo que dice el historiador y economista francés Charles Gide: «Conozco ciertas incursiones más allá del Rin, que provocaron cierto ruido en el mundo: me refiero a las de Luis XIV y Napoleón I.

Por lo que se refiere a las invasiones alemanas ocurridas en el transcurso del siglo pasado, o sea, las de 1814, 1815 y 1870, hay que reconocer que las tres estaban plenamente justificadas, ya que las dos primeras constituían la respuesta a las cinco invasiones napoleónicas, y la tercera a una de las declaraciones de guerra más estúpidas que ha habido (9).

En verdad, un escritor que se sintiera inclinado a representar a Francia en un plano desfavorable con respecto a Alemania, encontraría, en la historia de las invasiones francesas de Alemania un casi inagotable arsenal propagandístico. Entre 1300 y 1600 anotamos «solamente» siete invasiones francesas de territorio germánico. Entre 1635 y 1659, la Guerra de los Treinta Años, sostenida por la obstinación del cardenal Richelieu, devastó a Alemania; pueden señalarse, como mínimo, quince invasiones. En la guerra sostenida por Francia contra Holanda en 1672, los franceses violaron el suelo germánico en cuatro ocasiones más, como mínimo. Después, entre 1676 y 1686, Francia cometió, al menos, diez actos de agresión mayor contra Alemania. La guerra de la Liga de Augsburgo en 1688 no fue, en realidad, más que una «guerra preventiva» contra los estados alemanes, Con la consiguiente devastación del Palatinado y las destrucciones de las villas universitarias de Worms, Speyer y Heidelberg En 1702, 1703 Y 1740 se producen nuevas invasiones francesas de Alemania. Una vez más, durante la Guerra de Siete Años (1756 1763) la agresión francesa contra Alemania se repitió.

Finalmente, Napoleón, «ese italiano ilustre» - como le llamaba Spengleró convirtió el territorio alemán en un campo de batalla durante veinte años consecutivos. En resumen, desde la Edad Media hasta nuestros días, Francia ha agredido a los estados alemanes como mínimo, en treinta o treinta y cinco ocasiones.

Con respecto al supuesto dogma de la peculiar belicosidad germánica, el americano profesor Sorokin (10) nos facilita la siguiente estadística que lo destruye por completo, en la que expone el promedio de tiempo que pasaron en guerra estos países:

Polonia.....................................58%
Inglaterra..................................56%
Francia.....................................50%
Rusia.......................................46%
Países Bajos................................44%
Italia......................................36%
España......................................30%
Alemania (incluyendo Austria) ..............28%

De estos datos se deduce que los diversos estados alemanes (Prusia, Baviera, Sajonia, Wurtemberg, Hannover, Austria, Hesse, etc.) pasaron en estado de guerra, desde el siglo VIII hasta 1925, mucho menos tiempo que Francia, la mitad de tiempo que Inglaterra, y muchísimo menos que Polonia, la «mártir» más belicosa de Europa y del mundo entero.

Se ha considerado, por el excelente investigador norteamericano Quincy Wright (II) que hubo "unas 2.600 batallas importantes", participando estados europeos, en los 460 años comprendidos entre 1480 y 1940. . . Francia participó en el cuarenta y siete por ciento de esas batallas. Los diversos estados alemanes, en el veinticinco por ciento, y Rusia e Inglaterra en el veintidós por ciento. El mismo escritor muestra que, de las 287 guerras afectando a los estados europeos en el periodo antedicho, el porcentaje de participación de los principales estados fue:

Inglaterra..................................28%
Francia.....................................26%
España......................................23%
Rusia.......................................22%
Austria Hungría.............................19%
Turquía.....................................15%
Polonia.....................................11%
Suecia..................................,....9%
Italia(Saboya Cerdeña...................,....9%
Holanda.................................,....8%
Alemania (Prusia y Estados germánicos)..,....8%
Dinamarca...............................,....7%

Estas cifras tienen más valor que la propaganda estruendosa y los lloriqueos de las vestales democráticas que, no contentas con dominar directamente medio mundo, y dictar su voluntad desde Wall Street y la City al otro medio, no dudaron en lanzar al mundo a una guerra de extensión y crueldad sin precedentes por la primordial razón ópretextos a parte - de que Alemania amenazaba el cómodo «status quo ante».

El historiador británico Russell Grenfell computó el número de conflictos bélicos en que se vieron envueltos los principales estados europeos en el periodo crucial comprendido entre la batalla de Waterloo y el magnicidio de Sarajevo: Inglaterra participó en diez guerras; Rusia, en siete; Francia, en cinco; Austria y Prusia, en tres (12).

Pero bien sabido es que, en las guerras modernas, la primera víctima es la verdad. La estruendosa campaña propagandística aliadófila llegó a hacer creer a las masas mundiales que el Reich era el principal y único culpable del desencadenamiento de la guerra. Recordemos que, en junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando, príncipe heredero de la corona austrohúngara fue asesinado en Sarajevo, Bosnia. Los asesinos eran de nacionalidad serbia.

Austria Hungría, sospechando la complicidad del Gobierno de Belgrado en el magnicidio, exigió una investigación oficial. Serbia se negó. Viena envió un ultimátum.

Belgrado pidió ayuda a Rusia, campeona del paneslavismo. Alemania anunció que si un tercer país intervenía en la disputa entre Viena y Belgrado, se pondría al lado de aquélla. Serbia envió una nota diplomática harto despectiva en réplica al ultimátum austríaco. Austria declaró la guerra a Serbia el 28 de julio de 1914.

Rusia movilizó anunciando que atacaría a Austria Hungría si ésta osaba violar la frontera serbia. El embajador alemán en San Petersburgo hizo saber personalmente al zar que la movilización significaba la guerra con Alemania.

Bismark Francia, aliada de Rusia, declaró la guerra a Alemania. La pesadilla de las alianzas y coaliciones, como dijera Bismarck había desatado la guerra. Aunque la causa auténtica no fue ésta, sino el conflicto de intereses rusogermánicos por un lado, el ansia de revancha del «chauvinismo» francés, humillado en 1870 por Bismarck, por el otro y, dominando todo el conflicto, moviendo los hilos, o creyendo moverlos, Inglaterra, que abandonó su tradicional política proalemana y antifrancesa a partir del momento en que el káiser Guillermo II obtuvo el acuerdo del Gobierno turco para la construcción del ferrocarril Berlin Bagdad, vía terrestre que cruzaba una zona «sagrada» para los intereses británicos.

Todo esto es política, y no tiene nada que ver con la moral, ni la ética ni, mucho menos, con la democracia. El gran mérito de la propaganda inglesa fue hacer creer al mundo que luchaba por el derecho, haciendo honor a su alianza - ¡otra alianza! - con Francia, e indignada por la agresión alemana contra Bélgica. En efecto, Alemania, con objeto de coger del revés a las defensas francesas, violó la neutralidad belga. La postura del indómito cruzado británico lanzándose al combate para defender a un pequeño país recibió universal aclamación a pesar de su intrínseca falsedad. Ya en 1887, durante una de las innumerables crisis francogermanas, y cuando las relaciones entre Londres y Berlín eran inmejorables, Lord Vivian, ministro inglés de Asuntos Exteriores, dio abiertamente su aprobación al Gobierno alemán para invadir Bélgica, y a Bruselas se le dijo claramente que el Gobierno británico no intervendría en su favor (13).

Además, los planes militares de los Estados Mayores conjuntos inglés y francés consideraron siempre la posibilidad de una invasión anglofrancesa de Bélgica en caso de guerra común con Alemania. Es más, el secretario del Foreign Office, Sir Edward Grey, rehusó prometer la neutralidad británica en una eventual guerra entre Francia y Alemania, si ésta se comprometía a respetar las fronteras belgas. La pura verdad es que Inglaterra no fue a la guerra por Bélgica, ni mucho menos por Francia, sino para eliminar a un contrincante comercial y políticamente peligroso. La Primera Guerra Mundial estalló a causa de un conflicto de intereses. No a causa de Serbia, ni de Bélgica, ni del famoso principio de las nacionalidades, del que ningún caso se haría en Versalles. Pero bueno será tener en cuenta que Rusia fue la primera potencia en movilizar (14); que la respuesta de Serbia a la demanda de investigaciones sobre el magnicidio de Sarajevo fue vaga y deliberadamente hiriente; que si Austria movilizó, también Serbia lo hizo, y posiblemente antes; que Francia movilizó antes que nadie. Raymond Poincaré reconoció:

"Ni Austria Hungría ni Alemania fueron las primeras en tener la intención de provocar una guerra general. No existe ningún documento que autorice a suponer que ellas habían planeado la guerra. Ésta estalló a causa de los intereses divergentes de unos y otros y también por culpa del tinglado de las alianzas".

Hubo un volumen propagandístico, escrito por el judío Henry Morgenthau, embajador de los Estados Unidos en Turquía, en el que se relataba una supuesta reunión secreta, ocurrida en Potsdam, el 5 de julio de 1914. En tal ocasión según Morgenthau - que recogía confidencias de segunda o tercera manoó, tres docenas de banqueros, industriales, militares y políticos alemanes se reunieron con el Káiser para ultimar los preparativos de la guerra inminente. No obstante, la famosa Conferencia de 1914 nunca tuvo lugar, por la sencilla razón de que las personas que se pretende tomaron parte en ella se encontraban en otros lugares en esa fecha.

A pesar de haberse probado hasta la saciedad que el libro de Morgenthau era, de principio a fin, una farsa, la Comisión Lansing lo presentó triunfalmente en Versalles como la prueba incontrovertible de la culpabilidad unilateral de Alemania en el desencadenamiento de la guerra, expresada en el denigrante artículo 231 del «Diktat». A pesar de haberse demostrado que el sedicente complot de Potsdam no había existido más que en la imaginación de Morgenthau y de que numerosos historiadores y publicistas de países Aliados y neutrales probaron que la culpabilidad única de Alemania era un mito (15), el artículo 231 fue mantenido como necesaria coartada del ignominioso «Tratado».

. Si en Versalles se hubiera impuesto el célebre principio de las nacionalidades, el "derecho de los pueblos a disponer de sí mismos", Alemania no hubiera sido desposeída de 90.000 km2 de su territorio nacional, y once millones de alemanes no hubieran pasado a depender de soberanías extranjeras y hostiles. A la República de Austria no se le hubiera prohibido, expresamente, por el «Tratado de Saint Germain», de unirse a Alemania, a pesar de las afinidades étnicas, lingüísticas e históricas existentes entre ambas y del deseo de la mayoría de la población en ese sentido. El «derecho de los pueblos a disponer de sí Mismos», ese eslogan que ocupa tan escogido lugar en el arsenal ideológico de las democracias, se transformó, así, en el derecho de los vencedores a disponer de los vencidos a su antojo. Los inmortales principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad fueron escarnecidos por los vencedores en todas partes, desde la Asamblea de la Sociedad de Naciones (16) hasta las selvas del Camerún y del Africa Austral, en donde ochenta mil colonos alemanes fueron apaleados por tropas coloniales anglofranccsas y expulsados de sus hogares dejándolo todo.

Woodrow Wilson Los famosos «puntos de Wilson», preámbulo del «Diktat» sólo se cumplieron cuando beneficiaban a los vencedores; así, por ejemplo, era lógico, era justo, era moral que Polonia y Serbia consiguieran su famosa "salida al mar", aún cuando en el primer caso hubiera que partir en dos a Alemania y aislar la Prusia Oriental del resto del país, y en el segundo se debiera disolver la personalidad serbia en el conglomerado yugoslavo, liquidando. de paso, la independencia de Croacia, grupo nacional que, dentro del tan difamado Estado austrohúngaro, gozó de amplísima autonomía interna. En cambio, nadie se preocupó de que Hungría y Austria tuvieran su "salida al mar" que les garantizaba el punto XI.

La "paz" de Versalles llevaba en sí el germen de nuevas guerras; políticamente, había creado nuevos irredentismos. Los croatas y los eslovacos habían sido liberados de la paternal tutela austríaca para ser sometidos, los unos al yugo serbioyugoslavo, los otros al yugo checo. Poblaciones específicamente húngaras pasaban a depender de la soberanía rumana, yugoslava y checa. Los alemanes de los montes Sudetes se convertían en sujetos checoslovacos; los de la alta Silesia y el «Corredor» en polacos; los del Schleslewig en daneses; los de Eupen en belgas; los del Tirol Meridional en italianos. A los desgraciados alsacianoloreneses se les decía que ellos, en realidad, eran puros franceses (17).

Económicamente, la paz de Versalles había asesinado a la vieja monarquía austrohúngara (18) para Inventar, sobre sus ruinas, una serie de pequeños estados destinados a la miseria y al chantaje político. A Hungría se le había arrebatado el granero de Transilvania; Austria quedaba reducida a un amorfo territorio de seis millones de habitantes, de los que más de un tercio se aglomeraba en Viena. A Alemania se le habían arrebatado, además de sus colonias y de su flota, sus más ricas minas de hierro, y debía alimentar una población pletórica con una producción agrícola que - a causa de las pérdidas territoriales - había disminuido en un treinta y cinco por ciento. La nueva República de Weimar no podía ni pensar en comprar en el exterior lo que le faltaba para subsistir. . . la factura de las reparaciones impedía toda compra. Al socaire del hambre y de la explotación de Alemania la Revolución comunista latía en el interior, mientras los polacos y los lituanos violaban constantemente las fronteras del Este en expediciones de rapiña y saqueo distraídamente ignoradas por la Sociedad de Naciones.

Si políticamente Versalles era insostenible; si económicamente lo era aún más a no ser mediante el uso permanente de la fuerza por parte de los vencedores, moralmente abría un abismo de incomprensión y de odio entre éstos y los vencidos. Que la consecuencia de todo ello fuera el progresivo empeoramiento de la situación hasta la explosión de 1939 no lo dijeron entonces y después todos los alemanes conscientes solamente, sino que lo corroboran desde el propio campo de los vencedores.

Clemenceau, dirigiéndose a los cadetes de la Escuela Militar de Saint Cyr les dijo, tres meses después de firmarse el Tratado de Versalles: «No se preocupen ustedes por su futuro militar. La paz que acabamos de firmar, les garantiza diez años de conflictos en el centro de Europa» (19).

Lloyd George Por su parte, Lloyd George, dijo:

«La injusticia y la arrogancia ejercidas en el momento de la victoria, jamás serán olvidadas ni perdonadas. No puedo imaginarme otro motivo más poderoso para una guerra futura, que rodear al pueblo alemán. . . de una serie de pequeños estados, muchos de los cuales están constituidos por pueblos que jamás han tenido un gobierno estable, pero que incluyen una abundante población alemana que exigirá muy pronto su retorno a la Madre Patria. La proposición de la comisión polaca, apoyada por Francia, conducirá más pronto o más tarde, a una nueva guerra en el Este de Europa» (20).

Woodrow Wilson había, a su vez, manifestado ante el Senado de los Estados Unidos:

« La guerra no debiera haber terminado con un acto de venganza. . . ninguna nación, ningún pueblo, debían haber sido robados ni castigados. La injusticia sólo puede engendrar injusticias futuras.»

Francesco Nitti, presidente del Consejo de Ministros de Italia había escrito, en su obra precitada sobre el Tratado de Versalles:

«El Tratado que hemos firmado no es la paz; es la guerra con otros medios más hipócritas y una traición a solemnes promesas anteriores. (21).

Si Clemenceau, Lloyd George, Wilson y Nitti, las cuatro figuras políticas más representativas de los países Aliados reconocen que el «Diktat» de Versalles, sobre injusto, era ineficaz y, además, el semillero de una nueva conflagración, huelga solicitar más testimonios en favor de esta tesis.

Notas:

(9) Peter Kleist: Op. ch.

(10) P. Sorokin: Social and Cultural Dynamics.

(11)Ouincy Wright: A Study of War, Universidad de Chicago, 1942.

(12) Russell Grenfell: Unconditional Hatred, pág. 55.

(13)William L. Langer: European Alliances and Alignements, 1871-1890, Nueva York.1950

(14) Ya sea por accidente, ya por decisión unilateral de un general ruso desquiciado, el caso - hoy generalmente admitido - es que fueron tropas rusas las primeras en pe-netrar en territorio alemán, antes de la declaración de guerra.

(15) Los principales historiadores revisionistas fueron, precisamente, ingleses y norteamericanos: Grenfell, Harry Elmer Barnes, Charles Callan Tansill, Oswald Gartison Willards, Hartley Grattan y muchos más. Dicho sea en su honor y en el de sus respectivas patrias.
Pero más peso aún que los estudios de esos historiadores, tienen las manifestaciones post facto de los jefes de Estado de las cuatro principales potencias de la Entente, Poincaré, Wilson, Lloyd George y Nitti, el ministro de la Guerra ruso, Suchomlinow. y el Jefe del Estado Mayor francés, mariscal Joffre: «Cuando leemos los documentos oficiales anteriores a 1914, más nos convencemos de que nadie deseaba, realmente, la guerra» (Lloyd George). «Ni Alemania ni Austria-Hungría tuvieron, jamás, la intención de provocar esta guerra» (Poincaré). «La Gran Guerra no ha tenido otro motivo que los intereses económicos de unos y otros " (Wilson). «La afirmación de la culpabilidad alemana fue un arma propagandística. Nada más» (Nitti). «Ni siquiera Clemenceau cree que Alemania es la única culpable" (Suchomlinoff). «La intervención de Inglaterra estaba prevista desde mucho tiempo antes (de su entrada en la guerra)» (Autor). «Nosotros contábamos con el apoyo no sólo de las seis divisiones inglesas, sino también de los belgas» (Joffre). (Citado por Peter Kleist, óp. cit., y De Poncins. El testimonio de Joffre fue depuesto ante una Comisión parlamentaria, el 6-VII-1919.

(16) En la S. de N. el Imperio Británico estaba representado por Inglaterra, Ulster, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y la India. Los seis delegados votaban, naturalmente, en bloque.
Además, existían diversas «ficciones nacionales», como el pseudo estado de Hedjaz,villorrio medieval a orillas del mar Rojo, cuya independencia había sido reconocida por Inglaterra. Huelga decir que el emir del Hedjaz vivía de los subsidios de la City y del lucrativo negocio de la trata de esclavos y votaba siempre, en Ginebra, en favor del Reino Unido

(17) Es un hecho histórico que el interés de París por la Alsacia y la Lorena arranca, cronologicamente, del momento en que se descubren las minas de potasa de Mulhausen,los yacimientos petrolíferos de Pechelbronn y el carbón y el hierro en la cuenca del Mosela

(18) No puede olvidarse que Viena pudo hacer más para impedir la guerra. Recuérdese la frase del Káiser al monarca de Austria -Hungría: «¡Está usted haciendo dema-siado ruido con mi sable!»

(19) Savitri Devi: The Lightning and the Sun.

(20) Peter Kleist: Op. cit.

(21) (21) Michael F. Connors: The Developntent of Germanophobia.


Fuentes:

- Joaquin Bochaca. Historia de los vencidos, p.20.
- La Gazeta Federalwww.lagazeta.com.ar

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