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PRIMERA GUERRA MUNDIAL: LA MECHA DE SARAJEVO
                          

Francisco Fernando en Sarajevo


(01) La primera víctima
(02) La mecha: el crimen de Sarajevo
(03) Las causas de la guerra
(04) El germen de otras guerras
(05) Fuentes.
(06) Artículos relacionados.


La primera víctima

La primera victima de las guerras es la verdad. La campaña periodística había hecho creer a los pueblos que el Reich era el único culpable de la 1ª guerra mundial.


La mecha: el crimen de Sarajevo

En junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando, príncipe heredero de la corona austro húngara fue asesinado en Sarajevo, Bosnia. Los asesinos eran de nacionalidad serbia.

Austria-Hungría, sospechando al complicidad del Gobierno de Belgrado, exigió una investigación oficial. Serbia se negó. Viena envió un ultimátum. Belgrado pidió ayuda a Rusia, Alemania anunció que si un tercer país intervenía en la disputa entre Viena y Belgrado, se pondría al lado de aquella.

Serbia envió una despectiva nota en contestación el ultimátum austríaco, y Austria le declaró la guerra a Serbia, el 18 de julio de 1914.

Rusia movilizó sus tropas, anunciando que atacaría a Austria-Hungría si ésta violaba la frontera Serbia. El embajador alemán en San Petersburgo, hizo saber personalmente al zar, que la movilización significaba la guerra con Alemania. Francia, aliada de Rusia, le declara la guerra a Alemania.

Como dijera Bismarck, una pesadilla de alianzas y coaliciones desencadenó la guerra.


Francisco Fernando en Sarajevo Las causas de la guerra

Si bien el crimen de Sarajevo fue la mecha del incendio, las causas de la guerra eran mas profundas. El conflicto de intereses rusogermanos, el ansia de revancha del chauvinismo francés por la derrota sufrida en la guerra francoalemana de 1870, y por sobre todo eso, moviendo los hilos, Inglaterra, que abandonó su tradicional política proalemana y antifrancesa, a partir del momento en que el káiser Guillermo II obtuvo autorización del Gobierno turco para la construcción del ferrocarril Berlín-Bagdad, vía terrestre que cruzaba una zona “sagrada” para los intereses británicos.

El caso de la construcción del ferrocarril Berlin-Bagadad fue clave. Londres temía sobre todo que Alemania, que contaba a tal efecto con la autorización del sultán, construyera el ferrocarril que ponía en peligro la vieja línea imperial británica: Gibraltar, Malta, Port-Said, Suez, Socotra, Adén, Ceylán, Hong-Hong. Si Alemania, o cualquier otro país europeo deseaba comerciar con países orientales o simplemente entrar con sus buques en el Mediterráneo o salir de él, debía contar con la voluntad inglesa, que con el control del Canal de Suez y la inexpugnable fortaleza de Gibraltar, podía cerrar el Mare Nostrum a su antojo. El comercio del continente europeo con oriente, estaba pues a merced de la Gran Bretaña, cuya flota además era la dueña indiscutible de los mares. La ruta más corta entre Hamburgo y Bombay, si Inglaterra lo disponía, era por el Cabo de Buena Esperanza, que también estaba bajo influencia política inglesa. El más corto camino entre Alemania y la India, requería tres semanas contorneando África, con todo lo que ello implica. En cambio, el proyectado ferrocarril permitía hacer el mismo viaje en ocho días. Alemania podría, en caso de conflicto bélico con Inglaterra, llevar un ejército de invasión a las fronteras de la India en menos de una quincena. Inglaterra ofreció sumas astronómicas al sultán para que retirara la concesión del dichoso ferrocarril, pero el sultán se negó.

Ferrocarril Bagdad Todo era una cuestión de intereses políticos y económicos, que nada tiene que ver con la moral, la ética ni con la democracia. El gran mérito de la propaganda británica, fue hacer creer al mundo que luchaba por el derecho, haciendo honor a su alianza con Francia e indignada por la agresión alemana.

Rusia fue la primera en movilizar tropas. Sea por accidente, o por decisión unilateral de un general ruso, lo cierto es que fueron tropas rusas las primeras en cruzar la frontera alemana, previa declaración de guerra. La respuesta Serbia al pedido de investigación el magnicidio fue deliberadamente hiriente. Austria movilizó, y Serbia lo hizo posiblemente antes. También lo hizo Francia.

Raymond Poincaré, dice que “Ni Austria-Hungría ni Alemania fueron las primeras en tener la intensión de provocar una guerra general. No existe documento que autorice a suponer que ellas habían planeado la guerra. Estalló a causa de intereses divergentes de unos y otros y también por culpa del tinglado de alianzas.”

Hay un volumen propagandístico escrito por Henry Morgenthau, embajador estadounidense en Turquía, en el que se relata una supuesta reunión secreta, ocurrida en Potsdam el 5 de julio de 1914. En esa reunión, -que recogía confidencias de segunda o tercera mano-, tres docenas de banqueros, industriales, militares y políticos alemanes, se habrían reunido con el Kaiser para ultimar los preparativos de la guerra inminente. No obstante, la famosa Conferencia de 1914 nunca tuvo lugar, por la sencilla razón de que las personas que se pretenden tomaron parte en ella, se encontraban en otros lugares en esa fecha.

A pesar de haberse probado fehacientemente que el libro de Morgenthau era una farsa del principio al fin, la Comisión Lansing lo presentó en Versalles como prueba incontrovertible de la culpabilidad alemana en el desencadenamiento de la guerra, expresada en el denigrante artículo 231. A pesar de haberse demostrado falso complot de Potsdam no había existido más que en la imaginación de Morgenthau y que numerosos historiadores y publicistas de países aliados y neutrales probaron que la culpabilidad única de Alemania es un mito, el artículo 231 fue mantenido como necesaria coartada del ignominioso tratado de Versalles.

Los principales historiadores revisionistas fueron, precisamente, ingleses y norteamericanos: Granfell, Harry Elmer Barnes, Charles Callan Tansill, Oswald Gartison Willards, Hartley Grattan y muchos más.

Ferrocarril Bagdad También están las manifestaciones de los principales funcionarios y jefes de Estado de las cuatro principales potencias de la Entente: Poincaré, Wilson, Lloyd George y Nitti, el ministro de Guerra ruso Suchomlinoff y el Jefe del Estado Mayor francés, mariscal Joffre.

“Cuando leemos los documentos oficiales anteriores a 1914, más nos convencemos de que nadie deseaba realmente la guerra” (Lloyd George)
“Ni Alemania ni Austria-Hungría tuvieron, jamás, la intensión de provocar esta guerra. (Poincaré)
“La guerra no ha tenido otro motivo que los intereses económicos de unos y otros (Wilson)
“La culpabilidad alemana fue un arma propagandística. Nada más” (Nitti)
“Ni siquiera Clemensau cree que Alemania es la única culpable” (Sfuchomlinoff)
“La intervención de Inglaterra estaba prevista desde mucho antes de su entrada en la guerra.”(J.Bochaca, p.24)
“Nosotros contábamos con el apoyo no sólo de las seis divisiones inglesas, si no también de los belgas” (Joffre)

No obstante, el famoso artículo 231 fue mantenido y sostenido para el aislamiento y destrucción de Alemania. Si en Versalles se hubiera impuesto el célebre principio de las nacionalidades y el “derecho de los pueblos a disponer de si mismos”, Alemania no hubiera sido desposeída de 90.000 km2 de su territorio nacional, y once millones de alemanes no hubieran pasada a depender de soberanías extranjeras y hostiles. A la República de Austria no se le hubiera prohibido expresamente, en el Tratado de Sant Germain, de unirse a Alemania, a pesar de las afinidades étnicas, lingüísticas e históricas existentes entre ambas y del deseo de la mayoría de la población en ese sentido.

El “derecho de los pueblos de disponer de si mismos”, ese slogan que ocupa un altar en el arsenal ideológico de las democracias, se transformó en el derecho de los vencedores de disponer de los vencidos a su antojo.

Los inmortales principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, fueron escarnecidos por los vencedores en todas partes, desde la Asamblea de Naciones hasta las selvas de Camerún y del África austral, en donde ochenta mil colonos alemanes fueron apaleados por tropas coloniales anglofrancesas y expulsados de sus hogares, debiendo abandonar todo.

Vale recordar que en la Sociedad de las Naciones estaba representado el Imperio Británico en pleno, representado por Inglaterra, Ulster, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y la India, cuyos delegados votaban naturalmente en bloque. Estaban también representadas “ficticias nacionalidades”, como el pseudo estado de Hdjaz, villorrio medieval a orillas del mar Rojo, cuya independencia había sido reconocida por Inglaterra. Valga la aclaración que el emir de Hedjaz vivía en los suburbios de la City, del lucrativo negocio de la trata de esclavos, y votaba siempre, en Ginebra, a favor del Reino Unido.

Los famosos “puntos de Wilson”, preámbulo del “Diktat” de Versalles, solo se cumplieron cuando beneficiaban a los vencedores. Así por ejemplo era lógico, justo y moral, que Polonia consiguiera su famosa “salida al mar”, aunque hubiera que partir en dos a Alemania y aislar la Prusia Oriental del resto de país. Tampoco en el caso de Serbia, aunque se debiera disolver la personalidad serbia en el conglomerado yugoslavo, liquidando de paso, la independencia de Croacia, grupo nacional que, dentro del tan difamado Estado austrohúngaro, gozó de amplísima autonomía interna. En cambio, nadie se ocupo de que Hungría y Austria tuvieran su “salida al mar” que garantizaba el punto XI.


Tratado de Versalles El germen de otras guerras

La “paz” de Versalles llevaba en sí el germen de la nueva guerra. Los croatas y los eslovacos habían sido liberados de la paternal tutela austríaca, para ser sometidos unos al yugo serbio yugoslavo y los otros al yugo checo. Poblaciones específicamente húngaras pasaban a depender de la soberanía rumana, yugoslava y checa; los alemanes de los montes Sudetes se convertían en sujetos checoslovacos; los de la alta Silecia y el “Corredor” en polacos; los del Schleslewig en daneses; los de Eupen en belgas; los del Tirol Meridional en italianos. A los desgraciados alsaciano lorenenses se les decía que ellos, en realidad, eran puros franceses; el interés francés por Alsacia y Lorena arranca cronológicamente desde el momento que se descubren las minas de potasa en Mulhausen, los yacimientos petrolíferos de Pechelbronn y el carbón y el hierro en al cuenca del Mosela.

Económicamente la “paz” de Versalles había asesinado a la vieja monarquía austrohúngara, para inventar sobres sus ruinas, una serie de pequeños estados destinados a la miseria y al chantaje político, y al acoso de Alemania. A Hungría se le arrebató el granero de Transilvania; Austria quedaba reducida a un territorio amorfo de seis millones de habitantes, de los que más de un tercio se aglomeraba en Viena. A Alemania se le arrebataron, además de sus colonias y su flota, sus más ricas minas de hierro, y debía alimentar su población con una producción agrícola que –a causa de las pérdidas territoriales- había disminuido en un treinta y cinco por ciento. La Republica alemana de Weimar no podía ni pensar en comprar en el exterior lo que le faltaba para subsistir: la inmensa e impagable factura por las reparaciones de guerra, impedían toda compra. Al amparo del hambre y de la explotación de Alemania, la revolución comunista latía en su interior, mientras los polacos y lituanos violaban constantemente las fronteras del Este en expediciones de rapiña y saqueo, distraídamente ignoradas por la Sociedad de la Naciones.

Si políticamente Versalles era insostenible; si económicamente lo era aún más a no ser mediante el uso de la fuerza de los vencedores, moralmente abría un abismo de incomprensión y de odio entre vencedores y vencidos.

Clemenceau, dirigiéndose a los cadetes de la Escuela Militar de Santi Cyr, los dijo tres meses después de Versalles: “No se preocupen ustedes por su futuro militar. La paz que acabamos de firmar, les garantiza diez años de conflictos en el centro de Europa.”

Por su parte, Lloyd George dijo: “La injusticia y la arrogancia en el momento de la victoria, jamás serán olvidadas ni perdonadas. No puedo imaginarme otro motivo más poderoso para una guerra futura, que rodear al pueblo alemán de una serie de pequeños estados, muchos de los cuales están constituidos por pueblos que jamás han tenido un gobierno estable, pero que incluyen una abundante población alemana que exigirá muy pronto su retorno a la Madre Patria. La proposición de la comisión polaca, apoyada por Francia, conducirá más pronto o más tarde, a una nueva guerra en el Este de Europa.”

A su vez, Woodrow Wilson, manifestó ante el Senado norteamericano: “La guerra no debiera haber terminado con un acto de venganza… ninguna nación, ningún pueblo, debía haber sido robados ni castigados. La injusticia solo puede engendrar injusticias futuras.”

Francesco Nitti, presidente del Consejo de Ministros de Italia había escrito, en su obra sobre el Tratado de Versalles: “El Tratado que hemos firmado no es la paz; es la guerra con otros medios mas hipñocritas y una traición a las solemnes promesas anteriores.”


Fuentes:

- Joaquin Bochaca. Historia de los vencidos, p.22/30.
- La Gazeta Federalwww.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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