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EL TEMA RACIAL
                          

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Parlamento aleman


(01)
Los puntos del pograma
(02) Fuentes.
(03) Artículos relacionados.


Los puntos del pograma racial

El 30 de Enero de 1933, el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, encabezado por Adolf Hitler, subía al poder, merced a una victória en las urnas.

Aparte de los otros puntos programáticos del N.S.D.A.P., liberación de las cadenas de Versalles, reforma financiera, reforma agraria, superación de la lucha de clases y creación de una colectividad nacional, igualdad de derechos para Alemania, lucha contra la delincuencia y el parasitismo y promoción de las ciencias y las artes, había uno, concreto que atrajo especialmente la atención: el que se refería a la eliminación de los judíos de la dirección política del país.

El denominado antisemitismo no es. como algunos han pretendido hacer creer post mortem, una invención de Hitler. Ese es un problema tan añejo como la propia historia del pueblo judío, a lo largo de todo su deambular por el mundo.

La Iglesia Católica –veintinueve de cuyos Papas dictaron cincuenta y siete bulas, edictos y decretos antijudíos – participó tanto en la persecución (versión judía) o en la defensa (versión cristiana) contra los israelitas como Martin Lutero que escribió el folleto titulado «De los Judíos y sus Mentiras».

Todos los pueblos, en uno u otro momento de su historia, tomaron, amparándose en diversos motivos, razones o pretextos, medidas contra las comunidades judías que, habiendo inmigrado en el país, se mantenían voluntariamente segregados y participaban de los ideales e inquietudes de los autóctonos.

En numerosas ocasiones incluso, la chusma se había desmandado, dando lugar a horrorosas e inexcusables matanzas.

Esta clase de abusos eran especialmente frecuentes en el Este Europeo, en Polonia y Rusia, hasta en punto de que la palabra «Pogrom», que en ruso significa «devastación» o «tumulto» llegó a ser intencionalmente asimilada a «matanzas de judíos». Precisamente a causa de estos «pogroms», que entre 1881 y 1917 alcanzaron una virulencia inusitada, los hebreos rusos y polacos emigraron en gran número a Alemania.

Ya hemos tratado, en el articulo sobre las relaciones judeo-alemanas, sobre la progresiva degradación de las relaciones entre la población autóctona y la comunidad judía en Alemania.

Este éxodo masivo contribuirá en gran manera a empeorar aún más la situación. Cuando los nazis llegan al poder, en el Parlamento se sientan ya seis diputados antisemitas no nazis. Estos, por su parte, pronto evidencian que se hallan dispuestos a poner en práctica, integramente. los veinticinco puntos de su programa hechos públicos trece años atrás, concretamente el 25 de Febrero de 1920, en una asamblea en el Hofbrauhaus, en Munich.

El punto 4º especificaba. bien claramente:

«Sólo puede ser ciudadano el que sea miembro del pueblo. Miembro del pueblo sólo puede serlo el que tenga sangre alemana, independientemente de su confesión religiosa. Ningún judío puede, por consiguiente, ser miembro del pueblo».

El punto 5º aseveraba:

«El que no es ciudadano, sólo puede vivir como huésped en Alemania y debe estar sometido a la legislación de extranjeros», mientras el 6o deducía: «El derecho a determinar la conducción y las leyes del Estado ha de ser privativo del ciudadano. Por eso exigimos que todo cargo publico.. sólo pueda ser desempeñado por ciudadanos».

El punto 7º, continuando por el mismo sendero, afirmaba:

«Exigimos que el Estado se comprometa a asegurar en primer término, la subsistencia y el poder adquisitivo de los ciudadanos. Si no es posible alimentar la población total del Estado, entonces los miembros de naciones extranjeras – no ciudadanos – deberán abandonar el Reich».

El punto 8º recomendaba que los no-arios que inmigraron a Alemania después del 2 de Agosto de 1914 fueran obligados a abandonar inmediatamente el Reich. En el punto 23º se prohibía a los no-ciudadanos (a los judíos, en la práctica) ser editores o colaboradores en periódicos publicados en idioma aleman. También se prohibía a los no-ciudadanos toda participación financiera en periódicos alemanes.

Finalmente, en el punto 24º, tras afirmar que «el partido defiende el punto de vista de un Cristianismo positivo, sin atarse confesionalmente a una doctrina determinada», se remacha: «Combatimos el espíritu judeomaterialista dentro y fuera de nosotros...»

Como se ve, el programa nazi, sin eufemismos de ninguna clase, y con una claridad que algunos juzgaron impolítica, propugnaba, prácticamente la eliminación de los judíos en la vida política y administrativa del país.

La procedencia o imporcedencia de los puntos programáticos antijudíos del NSDAP, democráticamente llevado al poder por la mayoría – guste o no – del Pueblo Alemán, podrán ser discutidas, pero lo que no podrá afirmarse es que constituyan una novedad en la Historia. En todas las épocas, y en la actualidad (1980), numerosos paises discriminan en la teoria y en la práctica, contra determinados sectores de su población en razón de su pertenencia a ciertos grupos raciales, políticos o religiosos.

En 1933, cuando el programa nacionalsocialista empezó a ser puesto en práctica, en los Estados Unidos de América, donde los judíos gozaban de la plenitud de los derechos civiles, los negros – cuyo porcentaje con respecto a la población total quintuplicaba el de los judíos de Alemania – carecían de ellos, mientras los indios americanos, supervivientes del mayor genocidio organizado que registra la Historia, estaban aparcados en reservas para satisfacción de la curiosidad turística.

En Inglaterra, "Madre de las Democracias", un divorciado veía como una parte de sus derechos eran limitados, hasta el extremo de que Eduardo VIII debía abdicar de la Corona de Inglaterra por haberse casado con Mrs. Simpson, una divorciada.

En el Dominio de la Unión Sudafricana se discriminaba contra los negros y en el de la Unión India existía una complicada organización de castas que equiparaba casi, a las bestias, a treinta millones de parias.

Finalmente, un católico no podía, constitucionalmente, ser Rey ni Primer Ministro de tan admirada democracia como la británica.

Hoy en día (1980) podríamos citar casos de discriminación, de hecho o de derecho, contra sectores de población numéricamente mucha más importantes que la comunidad judía en Alemania. El más aleccionador de todos nos parece el caso del Estado de Israel que engloba casi tres cuartos de millón de árabes en Cisjordania y en la zona de Gaza; esos árabes no son inmigrados recientes, como la mayor parte de los judíos alemanes en 1933, sino que llevan varias generaciones viviendo en Palestina, pero carecen de los más elementales derechos políticos. Se arguira que pueden ser elegidos e incluso miembros del Parlamento, pero se omitira que no pueden ostentar cargos gubernamentales y que no tienen voz ni voto en la política del pais: un pais cuya ciudadania solo puede ser ostentada por personas cuya madre fuera judía.

La revista Time de 12 de Febrero de 1965 menciona el caso de Rita Eitani, una judía que llegó a Palestina en 1947, estuvo en un kibbutz, sirviÓ en el ejército isrealí, educó a su hijo y a su hija como judíos, y. aún cuando no fuera creyente, celebró las principales fiestas del Judaísmo en su casa... Pero no. Las muy criticadas «Rassenschutz Gesetz» (Leyes Raciales de Nuremberg) no fueron tan drásticas como las actuales leyes raciales imperantes en el Estado de Israel. Por ejemplo, en Alemania, el individuo que tuviera tres abuelos arios sólo podía contraerDmatrimonio con persona aria, y el que tuviera tres abuelos judíos, o no arios, sólo podía casarse con no arios. Las personas con sólo dos abuelos arios podían casarse con individuos de diferente grupo si obtenían la consiguiente autorización del Estado. No vamos a emitirDun juicio de valor sobre tales medidas; nos limitaremos a hacer constar que en la actualidad, en el Estado de Israel, sólo se consideran ciudadanos judíos los hijos de madre judía; los matrimonios con no judíos están prohibidos tanto por la ley civil como por la religiosa. Y los no judíos no están autorizados a residir permanentemente en el país. Como se verá, en el aspecto racial, la política del Estado de Israel, es una reedición, corregida y aumentada.aunque en sentido contrario, de la del III Reich.

Una parte del Judaismo Aleman publicó un manifiesto en favor del régimen nacionalsocialista, en el cual se decia:

«Nosotros, miembros de la Asociación de Judíos Nacionales Alemanes, fundada, en el año 1921, hemos colocado siempre. en la guerra y en la paz, el bienestar del pueblo alemán, nuestra patria. con lo cual nos sentimos entrañablemente unidos. por encima de nuestros intereses personales Por este motivo hemos saludado el alzamiento nacional de Enero de 1933 a pesar de habernos ocasionado ciertos perjuicios, porque hemos visto en el el unico medio para eliminar los daños causados durante catorce años por elementos antialemanes».

Pero en su discurso del 1 de Abril de 1933. Goebbels repuso que hubiera sido mucho más útil y creíble que tal declaración de simpatía al Nazismo, o, simplemente, de adhesión a Alemania, la hubiera hecho, dicha Asociación de Judíos Nacionales Alemanes, antes de las elecciones del 30 de Enero, en el curso de los catorce años en que los aludidos «elementos antialemanes». cuyo núcleo lo constituían precisamente los judíos, tantos daños causaron al país. Anunció Goebbels la puesta en marcha de. las medidas tendentes a eliminar la desmesurada influencia judía» en los asuntos alemanes e incitó a sus compatriotas a que boicotearan los comercios judíos y «compraran aleman». (Ver Relaciones judeo-alemanas)

Tratado de Versalles El bando judío devolvió el golpe. Las grandes agencias de noticias internacionales, en las que la influencia de judíos. sionistas o no, era muy grande, por no decir determinante, desplegaron una campaña contra Alemania, parangonable a la que las mismas agencias desencadenaron desde 1917, a partir del Acuerdo de Londres, hasta la conclusión del Tratado de Versalles. Empezaron a aparecer, con toda seriedad, espeluznantes relatos de amputación de miembros a judíos, de violaciones de muchachas judías, y de ojos arrancados de sus órbitas.

Naturalmente, tales relatos sólo aparecían en determinado tipo de publicaciones, pero no por ello dejaban de surtir su efecto en amplios sectores de la llamada opinión pública. Pero en publicaciones con reputación de objetivas aparecieron criticas más razonables pero no por ello menos adversas a Alemania y su régimen. Otra vez escritores hebreos estuvieron en vanguardia de la campaña periodística: Bertoldt Brecht, Remarque, era suficientemente judía para el Ministro del Interior de Israel. A pesar de que el padre de la Señora Eitani fué un judío polaco. su madre era una protestante alemana, y según la Halacha (la Ley judía) sólo es judío aquel cuya madre es judía, o un convertido a la Fe. a condición de que su padre sea judio. De manera que la Señora Eitani no pudo permanecer en Israel (N. del A).

La revista norteamericana «White Power» (Vol. VII, no 5) cita el caso de un joven judío de 17 años que violó a una muchacha inglesa de 21 años. La joven había estado trabajando en un kibbutz cerca del Mar Muerto cuando fué atacada. La acusación contra el joven judio, sin embargo, se derrumbó después de que dicho joven citó dos preceptos del Talmud para justificar su acción: «Un judío puede violar a una no-judia, pero no casarse con ella». (Cad. Shas, 2:2). «Un judío puede hacer a una no-judía lo que quiera. Puede tratarla como un pedazo de carne». (Nadarine, 206; Shulshan Aruch, Choszen Hanniszpat 348). El juez, al absolver al joven violador observó que no estaba dispuesto a ejecutar una decisión que puediera afectar adversamente los fundamentos morales y religiosos del Estado israeli. (N.del A.)

Heinrich y Thomas Mann, Franz Werfel, Ernst Lissauer, Arnold Zweig son las autoridades que se citan en Francia como demostracion del aserto de que el pueblo alemán no es más que un hato de fanáticos sedientos de venganza y animados de los más bajos instintos.

La situación se irá agravando a medida que las medidas antijudias nazis se iran poniendo en práctica. No óbstante. conviene tener muy en cuenta que la campaña exterior de los judíos contra Alemania empezó ya antes de la subida de Hitler al poder. No se puede soslayar el hecho de que el Judaismo – o si se prefiere, el movimiento político internacional, que se suele llamar Sionismo, y que se irroga la representación de los judíos, con abstracción de sus patrias de nacimiento – había declarado la guerra político – económica a Alemania con anterioridad a la victoria electoral hitleriana. Ya en 1932 el diario «New York Times», propiedad de judíos y editado por judíos, publicaba anuncios a toda página: «Boicoteemos a la Alemania antisemita!».

El bien conocido sionista Samuel Fried escribió, también en 1932:

«La gente no debe temer la restauración del poderío militar alemán. Nosotros, judíos, aplastaremos todo intento que se haga en este sentido y, si persiste el peligro, destruiremos esa odiada nación y la desmembraremos».

Henry Morgenthau

El 12 de Febrero de 1933, otro israelita, Henry Morgenthau (1), Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, declaró que «América acaba de entrar en la primera fase de la Segunda Guerra Mundial». Observemos que sólo habían transcurrido doce dias desde la victoria electoral de los nazis y que aún no se habian tomado medidas contra los judíos alemanes. Observemos, también, que Morgenthau involucra a «América» por algo que va a sucederles a correligionarios suyos, de nacionalidad alemana. (Ver Plan Morgenthau)

Cinco días después, el Rabino Stephen Wise, miembro prominente del «Brain Trust», camarilla de consejeros del Presidente Roosevelt anunció, por la radio la «guerra judía contra Alemania».

Por su parte, el editor del «New Morning Freiheit», un periódico comunista escrito en yiddisch, dirigió un llamamiento a los judíos del mundo entero para unirles en la lucha contra el Nazismo.

Estas manifestaciones causaron en Alemania un efecto que es de suponer, especialmente la alusión de Morgenthau a una «Segunda Guerra Mundial», en 1933.

Mientras tanto, en Alemania se empiezan a aplicar medidas discriminatorias contra los judíos. En realidad, esas medidas sólo pueden ser calificadas de discriminatorias si se considera a los judíos alemanes como ciudadanos del Reich; no pueden, aún, ser calificadas como tales si se les considera como extranjeros. En ningún país del mundo pueden los extranjeros ocupar cargos públicos; determinadas profesiones les están vetadas y otras limitadas por un «numerus clausus».

Según la Gran Prensa norteamericana la limitación de los derechos civiles a los judíos alemanes era un atentado contra los derechos humanos; esa misma Prensa no demostraba igual sensibilidad con respecto a la limitación de los derechos civiles de los autóctonos irlandeses... en Irlanda, impuesta porlos ingleses. Y tengamos en cuenta que la población de orígen irlandés es, numéricamente, muy superior a la de origen judío, en los Estados Unidos.

Los judíos eran expulsados de la vida política y administrativa del Reich. También les era vetada toda actividad relacionada con la prensa. Se estableció un «numerus clausus» que regulaba la participación judía en la abogacía. jueces, abogados o médicos judíos que fueron combatientes en 1914-18 quedaban, de momento, excluidos de estas medidas.

En 1935, dos años después de su aplicación, la participación de los judíos en la profesión de abogado bajo. en Alemania, de un 29,7 por ciento a un 20,6 por ciento, aunque en la capital, Berlin, el porcentaje de judíos ejerciendo la profesión de abogado llegaba a un 39 por ciento, cuando sólo un 1 por ciento de berlineses eran judíos.

Los judíos fueron expulsados del Ejército. Los militares de origen israelita que hubieran participado en la Primera Guerra Mundial se retiraban con una pensión equivalente a su paga integra. Los mismos derechos les eran reconocidos a sus hijos. Los militares o funcionarios públicos que no hubieran tomado parte en la guerra, sirviendo en el Ejército Alemán, eran retirados de sus cargos, cobrando la indemnización que reglamentariamente les correspondiera.

Algunos judíos – no la mayoría – interpretaron estas primeras medidas discriminatorias contra los judeo-alemanes como una verdadera exterminación. En Austria se publicó un libro de propaganda anti-alemana (Der Gelbe Fieck: Die Ausrottung von 500.000 deutschen Juden, por Leon Feuchtwanger, 1936.), escrito por Leon Feuchtwanger, el autor del famoso libro «El judío Suss», en el qué lás medidas administrativas internas del Reich contra su población de origen israelita eran descritas como «exterminación de la judería alemana».

El hecho de que en Dachau, uno de los primeros campos de concentración instalados en el Reich hubieran, en 1936, cien internados judíos pertenecientes al Partido Comunista, fué descrito por Feuchtwanger como una tentativa de las autoridades alemanas de dejar morir a aquellos detenidos, a causa de malos tratos y sub-alimentación. En realidad, sesenta de esos cien internados ya habían ingresado en el campo de Dachau en 1933. Todos ellos, en calidad de comunistas, y no de judíos; junto a estos convivian los marxistas racialmente arios.

También habia judíos comunistas en Sachsenhausen, y esto desde mediados de 1933, pero no representaban ni la décima parte del total de los detenidos.

Otro libro escrito poco después de la llegada de los nazis al poder por el comunista, de raza judia, Hans Beimler, que posteriormente mandaria una brigada internacional en la Guerra Civil Española, aseguraba que el campo de Dachau era un campo de exterminación; tal pretensión era incluso sostenida por el propio titulo del libro. (Hans Beimler: «Four Weeks in the Hands of Hitler’s Hell-Hounds: The Nazi Murder Camp of Dachau» (Cuatro semanas en poder de los perros infernales de Hitler: el Campo de asesinatos nazi de Dachau). Nueva York, Oct. 1933)

No obstante, el propio Beimler admite en su libro que él fué detenido por pertenecer al Partido Comunista (El regimen comunista de Alemania Oriental concede anualmente un «Premio Hans Beimler» por servicios rendidos a la Causa Comunista) y que fué liberado, y posteriormente expulsado de Alemania, al cabo de sólo un mes de permanecer en Dachau.

Incluso la Acusacion Publica en el proceso de Nuremberg afirmó que Dachau se convirtió en un campo de exterminio sólo a partir de 1942. Los campos de concentración en la Pre.Guerra servían para el internamiento de oponentes politicos de extrema izquierda –especialmente socialistas y comunistas de todas las tendencias – siendo la proporción de judíos muy exagerada con relación a su porcentaje en la población total del país, pero normal si se tiene en cuenta el gran número de judíos que pululaban en las organizaciones ultra-izquierdistas. y muy especialmente en el Partido Comunista.

Mientras, por citar un ejemplo que nos parece revelador, en los campos de concentración sovieticos de Siberia y del Circulo Polar Artico habia, según los cálculos más prudentes, de seis a ocho millones de internados, el escritor e historiador hebreo antinazi Reitlinger sostiene que, entre 1934 y 1938, el número de detenidos en campos de concentración raramente pasó de 20.000 en toda Alemania, de los cuales el numero de judíos nunca sobrepasó los 3.000. (Gerald Reitlinger: «The SS: Alibi of a Nation», pág 253)

La filosofía de las medidas antijudias de Hitler se basaba, en definitiva en la constatación de que la comunidad hebrea constituía un cuerpo halógeno, desinteresado de los avatares de la nación, cuando no hostil a los mismos; un estado dentro del estado, es decir, politicamente hablando, un parásito. En realidad, antes de Hitler habían sido ya muchísimos los que habían sustentado ideas antijudias, y justamente en las generaciones inmediatamente anteriores, desde Wagner (que escribió un libro antijudio titulado «El Judaismo en la Música») hasta Liszt, pasando por Bismarck, Fichte, Grillparzer, Hebbel, Hegel, Kant, Schoppenhauer, Mommsen, Nietzsche, Schiller, Spengler, Luddendorff, la aversión a la influencia judía es indiscutible.

Tal aversión no es específicamente alemana ni se circunscribe a los siglos XIX y XX. Al doble juego judío, consistente en recabar todos los derechos de los ciudadanos de un país sin participar en las obligaciones de los mismos, se han opuesto, con frases contundentes, que no dejan el menor resquicio a la duda, grandes hombres de todas las épocas y de todas las naciones: Jorge Washington, Benjamín Franklin, Mahoma, Voltaire, Lope de Vega, Victor Hugo. Gracián, Napoleón, Ortega y Gasset, Cicerón, Pascal, Papini,.Beethoven, Giordano Bruno, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, Lutero... (Vease «150 Genios opinan sobre los judíos». Recopilación Antológica de EdicionesBau, Barcelona 1974)

Incluso en el Evangelio de San Juan se cita (8, 31.47) una diatriba de Jesucristo contra los fariseos (los sionistas de la época) de una violencia que no superó jamás ni siquiera el Doctor Goebbels.

Pero es que, además, esa filosofía según la cual los judíos no eran alemanes no era exclusivamente sustentada por los nazis, sino que de la misma participaban los propios judíos, tanto de Alemania como de cualquier otro país. Los judios siempre han reclamado los derechos de ciudadanía para conseguir todo lo que de ello se deriva, para disfrutar de la protección de las instituciones públicas con objeto de extraer del pueblo que les ha dado hospitalidad todo el provecho material y moral que pueda resultar de sus actividades. Pero al mismo tiempo han reservado su lealtad a otra nación, a otra bandera, a otra organización, a otros líderes internacionales, al Sionismo, formando un estado dentro del estado.

Por ejemplo, el Doctor Chaim Weizmann, un marxista nacido en Rusia, que llegaría a ser el primer Presidente del Estado de Israel, escribió: «Somos judíos y nada más. Una nación dentro de otra nación». (Chaim Weizmann: «Great Britain, Palestine and the Jews»)

El escritor judeo-alemán Ludwig Lewisohn, por su parte, aseguraba: «Un judío es siempre un judío. La asimilación es imposible, porque nosotros no podemos cambiar nuestro carácter nacional». (Ludwig Lewisohn: «Israel»)

El rabino Stephen Wise, figura prominente del Judaísmo y uno de los hombres que más trabajó para que estallara la guerra de 1939, declaró en una ocasión: «El judio miente cuando jura obediencia a otra fé, y se convierte en un peligro para el mundo». (Stephen Wise: «New York Herald Tribune», 2-III-1920)

Leo N. Levy, presidente electo de la prominente sociedad judeo-americána «Bnai Brith, manifestó: «No es verdad que los judíos sean sólo judíos por su religión. Un esquimal, un indio americano, podrían conscientemente adoptar cada dogma de la religión judía, pero nadie que reflexionara por un momento les clasificaria como judios. ¿Quién puede decir que los judíos sólo son una religión?. Los judíos son una raza. Un creyente de la fe judía no se convierte en judio por este hecho. En cambio, un judio de nacimiento sigue siendo judío aunque haya abandonado su religión».

Louis Brandeis. que llegó a Presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, definió el hecho de la nacionalidad judía en los siguientes terminos: «Reconozcamos que nosotros los judíos somos una nación distinta en la cual cada judío es un miembro a parte, cualquiera que sea su país de origen».

Podriamos extendernos citando a centenares de judíos empeñados en darle anticipadamente – y también a posteriori – razón a Hitler. Nos limitaremos, como colofón, a citar al judeo-húngaro Max Nordau, quien, sin ambages, proclamaba: «No somos alemanes, ni ingleses ni franceses. Somos judíos. Vuestra mentalidad cristiana no es la nuestra».

(1) El apellido de Morgenthau era particularmente detestado en Alemania. El padre de Henry Morgenthau, Jr., fué Embajador de los Estados Unidos en Turquía en el transcurso de la Primera Guerra Mundial, y de una declaración jurada suya salió la tesis, oficializada en el Tratado de Versalles y plasmada en el infamante Artículo 231, de la culpabilidad exclusiva de Alemania en el desencadenamiento de aquella guerra. Según Morgenthau Sr., el 5 de Julio de 1914 se reunieron en Postdam tres docenas de banqueros, industriales, políticos y militares alemanes con el Kaiser, para ultimar los preparativos de la guerra inminente. No obstante, esa reunión nunca tuvo lugar, por la sencilla razón de que las personas que se pretendió tomaron parte en ella, se encontraban en otros lugares en esa fecha. A pesar de haberse probado hasta la saciedad que el libelo de Morgenthau era una farsa absóluta, la comisión Lansing lo presentó triunfalmente en Versalles como «prueba» de la culpabilidad unilateral de Alemania. Tratan exhaustivamente ese tema, entre otros, los escritores norteamericanos Harry Elmer Barnes, en «Blasting the Historical Blackout» y Charles Callan Tansill, en «Back Door to War», y el inglés Francis Neilson, en «How Diplomats Make War».


Fuentes:

- Joaquin Bochaca. El mito de los 6 millones, p.22
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

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