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REVOLUCIÓN Y NUEVO ORDEN MUNDIAL
                          

Stalin y Harriman


(01) Financiacón
(02) Fuentes.
(03) Artículos relacionados.


Financiación

En 1914 el Imperio Británico era la potencia número uno del planeta. Alemania, estaba desarrollándose rápidamente y se encontraba en segundo lugar como potencia, con una fuerte industria nacionalista y superando a los ingleses en la producción de acero. El comercio exterior británico era de 35.000 millones de francos; el de Alemania de 24.000 millones, y el de EEUU de 21.000 millones.

Esta situación fue un factor importante, entre otros, para que estallara en agosto de 1914 la Primer Guerra Mundial. Inmediatamente EEUU abrió créditos hasta por 2.500 millones de dólares para las potencias aliadas y el centro de la alta finanza situado en Londres, comenzó a trasladarse hacia Nueva York como un nuevo centro mundial.

Con la Guerra desatada, la Casa Blanca formó la Comisión de las Industrias de Guerra, encargada de las materias primas estratégicas norteamericanas y de las compras de los aliados. Al frente de esta comisión quedó el famoso, Bernard Baruch. Gran Maestre Masón y devoto Judío, fue consejero de los presidentes norteamericanos desde Wilson hasta Johnson ganándose el mote de “The unoficial president of the Unites States” (ver anexo biografía de B. Baruch). Trabajaron junto a él Joseph Daniels, Franklin D. Rooslvelt (futuro presidente), Henry Morgenthau y la Banca Kuhn-Loeb & Co.

En el año 1917, además de financiamiento para las potencias aliadas, comenzó a llegar financiamiento para los proletarios revolucionarios soviéticos por parte de los norteamericanos Kuhn-Loeb & Co., Félix Warbug, Otto Kahn, John P. Morgan, Jacob Schiff, Olaf Asxberg, Jacob Furth, Henry Goldfogle, Guggenheim, etc. Tenían en común todos ellos, además de poseer enormes sumas de dinero, ser grandes devotos judíos y al parecer también de la revolución.

Cuando en 1918 termina la guerra, el Ejército Imperial del Zar estaba precisamente a punto de vencer la revolución bolchevique. Pero, se da que el presidente norteamericano Wilson acude a confeccionar el Tratado de Versalles acompañado por sus asesores: Bernard Baruch, Stephen Wise, Jacobo de Hass, el Rabino Levinthal, los representantes de la dinastía Warburg y un numeroso equipo de expertos suministrados por sinagogas y logias. Se introdujo entonces la cláusula número 6 para prohibir internacionalmente que se diera ayuda a los rusos nacionalistas que luchaban contra los revolucionarios bolcheviques. Se habló de que eso obedecía al principio de “autodeterminación de los pueblos”.

Bernard M.Baruch, entonces, ordenó la liberación de Trotsky, cuyo verdadero nombre era Leiba Davidovich Bronstein y se hallaba cumpliendo condena en el penal de Saint Louis, Estados Unidos. Él acompañado de numerosos correligionarios partió en un buque americano hacia Rusia a desatar la revolución.

Y la ayuda económica fluyó para los revolucionarios. La Kuhn-Loeb & CO., que era la mayor organización neoyorquina de crédito, entre 1918 y 1922 actuó como banca de depósito del grupo revolucionario compuesto entre otros por los bolcheviques Lenin, Trotsky, Stalin, Kamenev, etc. Luego prestó dinero para el primer plan quinquenal soviético. El Chase Manhattan Bank, de John Rockefeller (abuelo de David), también auxilió a los soviéticos, suministrándoles mercancías a crédito, particularmente máquinas y herramientas. Igual cosa hacían los banqueros Max y Jacob Schiff.

La URSS se hallaba atrasada y mediante los créditos de los grandes consorcios los bolcheviques construyeron centrales eléctricas, plantas para fabricar vehículos, maquinaria para producir locomotoras etc. El banquero Averell Harriman, de EEUU, ayudó al régimen soviético a construir ferrovías. La Estándar Oil de Rockefeller le suministro tecnología para explotar los yacimientos petroleros. Además se le regalaban grandes cantidades de comestibles.

En cuanto a la ayuda financiera, la dictadura soviética no pagó la mayor parte. Los créditos fueron absorbidos por la Reserva Federal de EEUU; por lo que en último término, la ayuda fue absorbida por el contribuyente norteamericano.

Así que, dado que en sus inicios los teorizantes comunistas del siglo XIX (Marx, Engels, Heine, etc) fueron patrocinados por banqueros como Rothschild (Lionel Nathan Rothschild firmó los cheques de la Hermandad de los Hombres Justos con los que Marx fue gratificado por la elaboración de sus obras); más tarde, y para no perder esta costumbre, los revolucionarios Lenin, Trotsky, Stalin, Kamenev, etc. fueron ayudados por otros millonarios de EEUU y Europa. Y a continuación (de 1920 en adelante) esa ayuda ha continuado ininterrumpidamente. “Entre el marxismo de URSS y el capitalismo de Occidente hay un nexo, una fuerza que se proyecta hacia el futuro del mundo.”

¿Cómo podía llevarse a cabo este financiamiento?

Es conocida la teoría de Keynes de que el estado debe crear dinero y gastar más (más de lo que recibe en impuestos), inflación, para de esta forma activar la economía y dar trabajo a los desempleados. La alta fianza de Nueva York estuvo de acuerdo con esta teoría que representaba grandes ventajas políticas y en cuanto Roosevelt llegó al poder comenzó a implementarla.

Roosevelt había sido promovido a la presidencia por las principales logias y sinagogas del país. Bernard M. Baruch (consejero desde el presidente Wilson), Felix Frankfurter, Henry Morgenthau (Plan Morgenthau), James P. Warburg, Samuel Untermeyer, San Rosenman, el Rabino Stephen Wise, Harry Hopkins y otros muchos que formaron parte de la administración rooseveltiana.

Al promover la inflación como deliberada política oficial, Roosevelt inauguró una nueva etapa económico-política de grande alcance. Por principio de cuentas el gobierno pidió prestado a la Reserva Federal, cuyos cinco bancos integrantes emitieron billetes y comenzaron a ganar réditos. La estadística le asigna al dólar en 1939 un índice de 100. Diez años después, en 1950, el valor adquisitivo del dólar había bajado a 57,7. O sea que cada dólar había perdido más de 42 centavos de valor adquisitivo. Esos 42 centavos por dólar que habían perdió los ciudadanos norteamericanos habían sido transferidos a otra parte…

Cuando Alemania atacó a la URSS en 1941 y estaba punto de acabar con ella, Roosevelt anunció que EEUU apoyaría a la URSS porque era “una democracia agredida”. Inmediatamente comisionó al banquero Averell Harriman para que volara a Moscú y le preguntara a Stalin que era lo que necesitaba con más urgencia.

Churcchill, Harriman y Stalin

Según cifras oficiales, EEUU le envió al Ejército Rojo lo siguiente:

13.303 tanques de combate
15.033 aviones
35.170 motocicletas
2.328 vehículos especiales
427.284 camiones pesados
66 locomotoras diesel
1.900 locomotoras de vapor
10.000 furgones de ferrocarril
3.786.000 neumáticos
18.000.000 de pares de botas
2.500.000 toneladas de acero
2.500.000 toneladas de gasolina
4.500.000 toneladas de carne, azúcar, harina y grasas
2.660 barcos, con un total de 16 y medio millones de toneladas de desplazamiento.

Además grandes cantidades de aluminio, cobre, estaño, equipo telefónico y otros pertrechos. (Aquí no se incluye la ayuda prestada por Inglaterra)

Los enormes gastos que Roosevelt estaba haciendo no podían cubrirse con los impuestos, ni con el aumento de los mismos. Era necesario otro gravamen disfrazado, una confiscación, o sea la Inflación. Los 42 centavos que cada estadounidense perdió en la década de la guerra no se habían esfumado. Habían cambiado de los bolsillos de los norteamericanos a las filas del Ejército Rojo. De los 330.000 millones de dólares que le costó a EEUU la guerra, 154.000 millones los obtuvo mediante la Inflación y el resto fue cubierto con el alza de impuestos.

Ese proceso inflacionario ha continuado, con alzas y bajas. En gran parte para ayudar a regímenes marxistas como China, Polonia, Yugoslavia, URSS, etc. A principios de 1978 el dólar ya había perdido 79 centavos de poder adquisitivo en relación de 1939.

Después de la Segunda Guerra Mundial la URSS se hallaba quebrada. Su atraso técnico era enorme. Sin embargo, estaba llevando el comunismo a la Europa central y a Asia. La superioridad industrial y armada de EEUU, Inglaterra y Francia era abrumadora sobre la URSS, pero se le dejaba avanzar.

En 1947 Nelson Rockefeller fundó la International Basic Economy Corporation y su amigo Cyrus Eaton montó la Tower International Inc. Ambas para dar ayuda económica a la URSS. El Chase Manhattan Bank, de David Rockefeller concedió créditos a la URSS y luego abrió sucursal en Moscú. Los créditos se multiplicaron, concedidos por el Bank of America, de San Francisco; el First National City Bank, de Nueva York; el Continental Illinois, de Chicago; y más tarde el National Westminster Bank, de Londres y la Banque Nationale de Paris.

A la URSS se le daban créditos al 6%, en tanto que al ciudadano norteamericano se le cobraba 10%. Se estaba subsidiando la revolución y el comunismo. George Meany, presidente de la Federación Americana del Trabajo dijo: “Lo que damos a la URSS no son créditos, sino ayuda económica. Esta asistencia se concede a unos intereses que el propio obrero norteamericano no consigue en los créditos que le dan para construirse una vivienda”.

No solo créditos. La URSS seguía orientando su esfuerzo hacia la industria de guerra y su déficit de comestibles iba en aumento. El Secretario del Departamento de Estado Norteamericano Dean Rusk (anteriormente ejecutivo de la Fundación Rockefeller) aprobó un proyecto para financiar la venta de víveres a la URSS. Luego años más tarde Kissinger se encargaría de que esa ayuda no cesara. La venta de comestibles a la URSS se hacía a precio especial a costa del contribuyente norteamericano. Además la existencia de granos disminuía en EEUU y esto los fue encareciendo. Para 1974 el consumidor norteamericano ya los pagaba al doble. “Los magnates que subvencionaban a la URSS no pierden dinero. La subvención sale de los bolsillos del consumidor norteamericano.”

Churchill y Baruch

LA Rohem and Haas, le vendió a URSS grandes cantidades de herbicidas

La Union Carbide y Down Chemical le dieron créditos en fertilizantes

Ernest Boullion, presidente de la Boing, construyó en la URSS una fábrica de motores para aviones.

David Rockefeller fue a Moscú a conversar con Krushchev en 1964 y salió muy complacido “Hace largo tiempo que tenemos la costumbre de trabajar juntos”, dijo.

Cyrus Eaton financió una fábrica de neumáticos.

Michael Blumenthal, de la fábrica de armamentos Bendix concertó la instalación de una planta para producir bujías en la URSS (posteriormente fue secretario del Tesoro de Carter.)

Donald Kendall, Director del Consejo Económico-comercial soviético-norteamericano montó en la URSS una planta para producir 74 millones de botellas de Pepsi-cola al año y la URSS pagaba con vodka. En este Consejo ha figurado Alden Clausen, del Bank of America, Howard L. Clark, de American Express; Richard Gerstenberg, de la General Motors, David Rockefeller, etc. Todo esto sin perjuicio de que la URSS expandiera el comunismo en decenas de países Africanos, de que use a Cuba para penetrar Iberoamérica, de que mate miles de norteamericanos en Corea, en Vietnam, etc.

Pareciera que una fuerza invisible actuara detrás de dos movimientos políticos que a simple vista parecen opuestos. Salvador Borrego dice que “capitalismo y comunismo son diversos aspectos de una misma esencia”.

Zbigniew Brzezinski (emigrado de Polonia a EEUU y luego Presidente del Consejo de Seguridad) dice que la colaboración con la URSS “es un hito en la historia, más importante y decisivo que la Revolución Francesa”. Pareciera que ahora se está intentando una revolución en el mundo entero.

James Warburg dijo en 1956 ante la Comisión del Senado norteamericano para asuntos exteriores “El gran interrogante de nuestro tiempo no es si one world (un mundo, o bien, un gobierno mundial) puede ser alcanzado o no, sino si one world puede ser alcanzado con medios pacíficos o no. Nos guste o no, tendremos one world. El interrogante es sólo si mediante acuerdo pacífico o con violencia”.

Pio XI el 15 de mayo de 1931, en su encíclica “Quadragésimo Anno” evidencio: “Salta a la vista que en nuestro tiempo no se acumulan solamente riquezas, sino también se crean enormes poderes y una supremacía económica despótica en manos de muy pocos… Estos potentados son extraordinariamente poderosos; como dueños absolutos del dinero gobiernan el crédito y lo distribuyen a su gusto; diríase que administran la sangre de la cual vive toda la economía, y que de tal modo tienen en sus manos, por decirlo así, el alma de la vida económica, que nadie podría respirar contra su voluntad. A la vez, esta concentración de riquezas y de fuerzas produce tres clases de conflictos: la lucha primero se encamina a alcanzar ese predominio económico; luego se inicia una fiera batalla a fin de obtener el predominio sobre el poder público, y consiguientemente de poder abusar de sus fuerzas o influencia en los conflictos económicos; finalmente se entabla el combate en el campo internacional…”

Bertrand Russel dijo acerca del futuro Gobierno Mundial: “Dietas, inyecciones y órdenes se combinarán desde muy temprana edad para producir el tipo de características y el tipo de creencias que las autoridades consideren deseables, y cualquier crítica a los poderes superiores se volverá psicológicamente imposible. Aun cuando todos sean desdichados, todos se creerán felices, porque el Gobierno les dirá que lo son… Gradualmente, por procreación seleccionada, aumentarán las diferencias congénitas entre gobernantes y gobernados, hasta llegar a ser especies casi distintas. Una rebelión de la plebe será tan absurda como una insurrección organizada de ovejas contra la costumbre de comer carne ovina”.

Y para finalizar, alguna vez leí quien decía lo siguiente:

“Todos saben que Adolfo Hitler existió. Nadie lo discute. Hitler venía de una familia pobre, absolutamente carente de posición social. Se retiró de sus estudios escolares antes de terminar, y nadie nunca lo sindicó de culto. Sin embargo, este hombre trató de conquistar el mundo. En el inicio de su carrera, se sentó en una fría buhardilla (cárcel) y vació al papel sus ambiciones de gobernar el mundo. Eso lo sabemos. En forma similar, sabemos que un hombre llamado VIadimir Ilich Lenín también existió. Como Hitler, Lenin no surgió de una familia de "leones" sociales. Hijo de un insignificante burócrata, Lenin, que pasó la mayor parte de su vida adulta en la pobreza, ha sido responsable de la muerte de decenas de miles de seres humanos y de la esclavitud de cerca de un billón o más. Como Hitler, Lenin pasaba las noches en una húmeda buhardilla haciendo bosquejos de la forma como podría conquistar el mundo. Eso también lo sabemos. ¿No es teóricamente posible que un billonario pueda estar sentado, no en una buhardilla, pero en un escondido departamento de Manhattan, Londres o París, soñando al igual que Lenin y Hitler? Tiene que admitirse que es teóricamente posible. Julio César, un rico aristócrata, lo admitió. Y tal hombre podría formar una alianza o asociación con otros de pensamiento similar, ¿O no podría ser posible? César la formó. Estos hombres tendrían una educación soberbia, impondrían un enorme prestigio social y serían capaces de manejar cuantiosas sumas de dinero para llevar a cabo sus propósitos. Estas son las ventajas que Hitler y Lenin no tuvieron.”


Fuentes:

- Salvador Borrego; “Supracapitalismo”, editorial Nuevo Orden
- www.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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