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SOFISMAS: LA HISTORIA DE LOS VENCIDOS
                          

La hsitoria de los vencidos. J.Bochaca


(01) Sofismas
(02) El fin del artículo 231
(03) La Marsellesa
(04) Fuentes.
(05) Artículos relacionados.


Sofismas

¿Hitler, el psicópata que todos conocemos?

En las elecciones de mayo de 1928, los nacionalsocialistas consiguen doce escaños en el Reichstag. A partir de entonces, los mítines y conferencias del joven Partido se multiplican.

En las elecciones del 14 de septiembre de 1930, los «camisas pardas» consiguen 107 puestos en el Reichstag, 6.300.000 alemanes han votado por Hitler, cuyo Partido es el segundo del Reich. En cinco de los estados federales, los nazis obtienen mayoría parlamentaria, incluyendo Prusia.

El 31 de julio de 1932 el N.S.D.A.P. logra 230 diputados en el Reichstag, convirtiéndose en el Partido más poderoso de Alemania. El mariscal Hindenburg ofrece, entonces, el cargo de vicecanciller del Reich a Hitler, que rehúsa alegando que, «según los métodos parlamentarios de que tanto alardean sus adversarios, a un Partido político que obtiene la mayoría le corresponde la Cancillería, y no una vicepresidencia».

Nuevamente ofrece Hindenburg a Hitler una activa participación en el Gobierno del Reich, proponiéndole incluso el cargo de canciller, bajo ciertas condiciones políticas que son rechazadas. Por fin; el 30 de enero de 1933, Hitler, jefe de la mayoría parlamentaria, es nombrado, por Hindenburg, canciller del Reich, aunque supeditado a la presidencia de aquél. Franz von Papen, antiguo nacionalista monárquico, es nombrado vicecanciller.

Hitler y el nacionalsocialismo han subido al poder de una manera escrupulosamente democrática, tras un indiscutible triunfo en las urnas. Este triunfo se ratificará ampliamente en las elecciones del 5 de marzo de 1933, al conseguir 282 actas de diputado, los nazis han obtenido el 69% de votos con respecto al número de votantes efectivos.

El 16 de marzo de 1933, el Premier inglés, Ramsay MacDonald, laborista, presentó el enésimo plan a la Conferencia del Desarme. Proponía que Francia redujera su Ejército a un máximo de 400.000 hombres. A Alemania se le autorizaría a doblar los efectivos de su «Reichswehr», es decir, 200.000 hombres. En cuanto a Polonia, con una población que representaba el 40% de la de Alemania, se le autorizaría una fuerza, también, de 200.000 hombres. Pero hay que tener en cuenta que el bloque constituido por Francia y sus satélites (Bélgica, Polonia, Rumania, Checoslovaquia y Yugoslavia) representaría una fuerza de 1.100.000 hombres, o sea cinco veces y media más que Alemania. Francia, Bélgica y la pequeña Entente disponían, entre todas, de una fuerza aérea de casi cinco mil aviones de combate, mientras Alemania carecía de arma aérea.

La reacción de Hitler es inmediata. La delegación alemana en la Conferencia del Desarme se retira, dando un fuerte portazo. Tres días después, el 21 de septiembre; Alemania se retiraba igualmente de la Sociedad de Naciones.

El 14 de octubre, el Gobierno del Reich publicaba un manifiesto a propósito de la cuestión. Entre otras cosas, se decía:

"El Gobierno del Reich y el pueblo alemán rechazan la violencia como medio para superar las diferencias existentes entre los pueblos europeos... pero declaran que la aprobación de la igualdad de derechos para Alemania es la condición moral y material para que nuestro pueblo y su Gobierno formen parte de una institución internacional. El Gobierno ha tomado, pues, la decisión de abandonar la Sociedad de Naciones y la Conferencia del Desarme basta que se nos conceda la igualdad de derechos".

Hitler, por su parte, dijo en un discurso electoral:

«Si el mundo decide que todas las armas sean destruidas, nosotros estamos dispuestos a renunciar a toda clase de armas desde ahora. Pero si el mundo decide que todos los pueblos se pueden armar, menos nosotros no, estamos dispuestos a tolerarlo, porque Alemania no es un pueblo de «parias».

El Führer, por otra parte, recuerda a los estadistas de las democracias occidentales que, tan pronto como ellos estén dispuestos a cumplir la palabra que empeñaron en Versalles, relativa al desarme general, o se decidan a aplicar de forma practica la «igualdad democrática» con respecto a Alemania, ésta estará dispuesta a reingresar en la Sociedad de Naciones. Se consulta al pueblo alemán, en un plebiscito celebrado el día 11 de noviembre de 1933, si aprueba la retirada de su patria del areópago ginebrino. El 96,5% del cuerpo electoral participa en las elecciones; más del 95 % de los votantes dan su conformidad con la decisión tomada por Hitler.

Por otro lado…

Ciertas fuerzas de Occidente que, desde el nacimiento de la U.R.S.S. la habían apoyado moral y materialmente, iniciaron, hacia 1931, una campaña político-periodística destinada a patrocinar la admisión de los soviéticos en los grandes organismos internacionales. Los mismos gobiernos de las grandes democracias; influenciados, cuando no dominados por el "Money Power", dan a entender que sería un acto de realismo político admitir a los señores del Kremlin en el diálogo internacional. Así, los soviets toman parte en la Conferencia Económica Mundial de Londres siendo presidente de la delegación el bolchevique Litvinoff.

La admisión de la U.R.S.S. en la Sociedad de Naciones es un auténtico bofetón diplomático dado a Alemania, a la que se ha forzado, prácticamente, a abandonar su puesto en tal Asamblea Internacional al negarle la concesión de la igualdad de derechos; igualdad que se reconoce graciosamente a los bolcheviques que poseen, según es público y notorio - el mayor Ejército del mundo en efectivos humanos. Pero los hombres de Ginebra no consideran suficiente el admitir a la U.R.S.S.; hay que honrar como es debido al zar Stalin -que, dos años atrás, había calificado a la Sociedad de Naciones de "cueva de ladrones"-, y, a propuesta de Benes, la Unión Soviética es nombrada "miembro permanente" del Consejo. En noviembre, se nombra al bolchevique Moses Rossenberg, secretario general adjunto.

La primera intervención de Litvinoff en la tribuna ginebrina fue para proponer un desarme total e inmediato de todos los países del mundo. Los otros delegados sonríen; después ríen discretamente; finalmente, sueltan estentóreas carcajadas. Por fin, el mismo Litvinoff se desternilla de risa El 2 de agosto de 1934, falleció el presidente del Reich, Hindenburg. Hitler que ha ahogado en sangre la conjura de los altos mandos de la S.A. y ha enviado a Von Papen, la figura más representativa de los monárquicos, a un destierro de primera clase, como embajador en Viena, quiere reunir en su mano todos los poderes, y unir el cargo de presidente al de canciller del Reich. En consecuencia, se convoca a un plebiscito donde el 91% del cuerpo electoral aprueba la propuesta de Hitler y su Gobierno. El hijo de Hindenburg había invitado al pueblo a votar esa concesión de plenos poderes.

En enero de 1935 debía de celebrarse, según los términos del Tratado de Versalles, un plebiscito en la región del Saar, por el que sus habitantes debían determinar si querían reintegrarse a Alemania, unirse a Francia, o bien el mantenimiento del "status quo".

En noviembre de 1934, el Gobierno francés, pretextando unos "posibles" motines en la región, concentró cuatro divisiones de infantería en la frontera. Hitler envió una nota de protesta a París, alegando que esa extemporánea manifestación de fuerza militar era una coacción intolerable hacia los electores. El Quay d'Orsay rechazó la nota alemana. La Wilhelmstrasse mandó otros cinco extensos memorándums al Gobierno francés. Por fin la crisis se solucionó merced a la intervención de la Sociedad de Naciones, que envió una tropa de policía internacional al Saar, para que permitiera la celebración regular del plebiscito y atestiguara de su legitimidad.

El plebiscito tuvo lugar, bajo control internacional, el 13 de enero de 1935. Los franceses habían tenido todas las oportunidades para modelar el estado de ánimo del pueblo sarrés durante casi quince años; la propaganda francesa no había escatimado dinero ni tiempo para atacar a Alemania incluso antes de la subida de Hitler al poder. Pero todo fue en vano. El resultado de las elecciones arroja unos porcentajes semejantes a los obtenidos por la política de Hitler en el Reich: el 90,75 % de los votos son favorables a la unión con Alemania; 8,85 % prefieren el mantenimiento del status quo; y sólo 0,4 % votan por la unión con Francia.

El 31 de mayo, Hitler pronunció un discurso en el que ofrecía un plan de paz, significativamente dirigido al Mundo Occidental. El Führer pedía, para Alemania, el reconocimiento de la igualdad de derechos y prometía respetar sus fronteras occidentales. En cambio, nada parecido ofrecía con relación a las fronteras alemanas del Este, y hacía diversas claras alusiones al bolchevismo y a la necesidad, para Alemania, de crecer territorialmente a costa de la U.R.S.S.

La Gran Prensa anglofrancesa batió todos los récords de la mala fe, en esta ocasión. El discurso fue deliberadamente mal interpretado; se reprodujeron frases fuera de su contexto; se suprimieron párrafos muy significativos. Un ejemplo bastará:

L´Humanité, órgano del Partido comunista francés titulaba, sobre cinco columnas, en primera plana: "¡LA CATEDRAL DE STRASBURGO TIENE PARA NOSOTROS UNA PROFUNDA SIGNIFICACION! DICE HITLER."

Pero lo que Hitler había dicho, exactamente, era:

"No tenemos ninguna otra reclamación territorial a presentar a Francia, una vez resuelto democráticamente el problema del Sarre. Consideramos nuestras fronteras en el Oeste como definitivas. Renunciamos, para siempre, a Alsacia y Lorena. La catedral de Estrasburgo tiene para nosotros una profunda significación, pero renunciamos a ella, definitivamente, en aras del entendimiento que deseamos establecer con Francia sobre bases duraderas".

No fue sólo L'Humanité quien tergiversó groseramente. El resto de la Prensa francesa, cada vez más secundada por la inglesa, se esforzó en desvirtuar la oferta de paz de Alemania. Se hizo creer a las masas desorientadas que Hitler, como un nuevo Atila, se preparaba para lanzar a sus hordas de "hunos" sobre la pacífica Francia. Inglaterra, Francia y la U.RS.S. que controlaban, entre las tres, la mitad de las tierras y la totalidad de los mares de este planeta se sintieron sobrecogidas de súbito horror al pensar que, para el monstruo nazi, la catedral de Estrasburgo tenia una «profunda significación».

El 1º de abril de 1936, Joachim von Ribbentrop, embajador de Alemania en Londres, entrega a Eden una serie de proposiciones de Hitler tendientes a poner fuera de las leyes de la guerra las bombas de gases e incendiarias; los bombardeos de ciudades situadas a más de doce millas de la zona de combate y la artillería de tipo pesado. Esto era un primer paso hacia el desarme general.

Eden, que respondió a Ribbentrop cinco semanas más tarde, dijo que «el memorándum alemán es muy interesante y digno de estudio», pero, a pesar de los apremios de Ribbentrop, se negó a «estudiarlo» verdaderamente. Tres semanas después, el Ministerio del Aire británico anunciaba la construcción de dos nuevos prototipos de aviones de bombardeo.

La Prensa británica de la época guardó un discreto silencio sobre este asunto. Será preciso hacer creer a John Bull que con Hitler no se podía tratar y que era el propio Führer quien había iniciado el rearme, cuando es la propia evidencia, reconocida por diversos jefes militares franceses, entre ellos Foch y Petain, que, mientras Alemania destruía todos sus carros de combate, entre 1919 y 1933, sus antiguos enemigos, que se habían comprometido a hacer lo mismo, no sólo no lo hacían, sino que construían otros trece mil.


El fin del Artículo 231

En un discurso pronunciado ante el Reichstag el 30 de enero de 1937, Hitler declaró:

«Retiro solemnemente la firma de una declaración prestada bajo presión y chantaje, y en contra de su mejor saber por un Gobierno alemán débil, de que la culpa de la pasada guerra correspondía a Alemania.»

El infamante articulo 231 del Tratado de Versalles, denunciado por Hitler era la coartada moral de la expoliación de Alemania por los antiguos Aliados. Nadie tuvo la generosidad ni el valor, en Londres y París, de denunciarlo, pese a las repetidas demandas de todos los Gobiernos alemanes anteriores a Hitler.

Igual que con el caduco articulo 231 sucede con las llamadas «deudas de guerra», a las cuales se consideran obligados a aferrarse los políticos anglofranceses de la vieja escuela.

Con respecto al control internacional de las vías fluviales alemanas, impuesto en Versalles, los Gobiernos de Ebert, Cuno, Curtius, Stressemann y Brunning discutieron durante años, sin lograr ninguna concesión. Como tampoco lograron sustraer el Reichsbank del control aliado, ni las carreteras del Reich. Todo esto lo suprimió Hitler.

Las tres comisiones de control aliadas – fluvial, de carreteras y bancaria - son invitadas a salir de Alemania. Con respecto al tráfico por las vías fluviales alemanas, Hitler concede a los buques de todas las naciones, excepto la U.R.S.S., los mismos derechos y las mismas tarifas de que disfrutan los buques alemanes.

Los Tratados de Versalles y de Saint Germain habían despedazado el imperio austrohúngaro. De este imperio de la Mittel-Europa, los vencedores habían separado a Hungría, Chequia (Bohemia y Moravia), Galitzia, Silesia, Bukovina, Bosnia-Herzegovina, Dalmacia, Croacia, Istria, Transilvania, el territorio de Oldenburgo y el Tirol del Sur. En 1914, Viena reinaba sobre cincuenta y dos millones de habitantes; en 1919, sólo sobre seis millones.

La destrucción de Austria-Hungría fue una victoria masónica. En junio de 1917 se celebró en la sede del «Grand Orient de France» el Congreso de las Masonerías de las naciones aliadas y neutrales. De las cuatro condiciones necesarias y primordiales para una «paz masónica», tres significaban la desmembración del viejo imperio: independencia de Chequia; reconstitución de Polonia independiente, liberación de todas las nacionalidades oprimidas por los Habsburgo. La condición restante se refería a la devolución de Alsacia y Lorena a Francia. Sabido es que todas esas condiciones fueron tenidas en cuenta por los estadistas de Versalles.

El día 12 de noviembre, la Asamblea Nacional de Austria, adoptaba un proyecto de ley tendiente a la creación de una República germano-austríaca. El articulo 3º de tal ley decía así; «Austro-Alemania constituye parte integrante de la República alemana».

Otto Bauer, ministro de Asuntos Exteriores, entregaba al cuerpo diplomático acreditado en Viena una nota en la que se decía: «Los Estados Unidos y la Entente han combatido para defender el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos y de las nacionalidades a unirse Libremente entre sí. No puede rehusarse, de acuerdo con los principios de la democracia, a Austro-Alemania un derecho que se ha concedido largamente a los eslavos, a los polacos y a los italianos»

El 4 de marzo de 1919, la Asamblea Constituyente celebra su primera sesión. El presidente de la misma declara, entre una ensordecedora salva de aplausos, que Austria forma parte de Alemania y que nadie está calificado para decidir con qué pueblo o pueblos puede o no unirse el pueblo austroalemán.

El 16 de marzo, la Asamblea Nacional austríaca, adopta definitivamente el párrafo 2º de la Ley Constitucional, en el que se dice, textualmente, que «Austria es una parte integrante de Alemania».

El canciller Karl Renner declara, en un discurso, el 19 de marzo que "nuestra política exterior perseguirá su idea directriz esto es, la unión con la Madre Patria, Alemania. El Gobierno hará cuanto esté de su mano para conseguir que la reunificación de las dos Alemanias se realice lo más pronto posible".

El 1º de octubre de 1920, la Asamblea Nacional pide, por acuerdo unánime de sus miembros, la organización, dentro del plazo de seis meses, de un plebiscito consultando al pueblo si desea o no unirse con el Reich. La primera provincia consultada es el Tirol del Norte: el 98,6 % de los electores son partidarios de la anexion. En mayo de 1921, el plebiscito celebrado en Salzburgo arroja un 99 % de votos favorables a la unión austroalemana. Las provincias de Styria y Carniola y la capital, Viena, deben pronunciarse a continuación. Pero la Sociedad de Naciones interviene, a petición de los Aliados. En virtud del articulo 80 del Tratado de Versalles, y del artículo 88 del Tratado de Saint Germain, que garantizan la "independencias de Austria", los plebiscitos son suspendidos.

Aunque los años corrían la masa del pueblo austriaco seguía siendo partidaria de la anexión, pero algo ha cambiado en la escena política de la capital danubiana. Los Partidos marxistas, con los socialdemócratas a la cabeza, ya no quieren la unión con Alemania. Sus opiniones al respecto empezaron a cambiar en 1925, cuando el mariscal Von Hindenburg fue nombrado canciller del Reich. Si Otto Bauer, Adler, Ellenbogen y todos los marxistas austríacos habían propugnado la anexión después de la primera guerra mundial había sido por razones de Partido. La supresión de la frontera entre Austria y Alemania hubiera permitido crear un gran Estado socialista procomunista. Pero, en 1925, al derrumbarse, por falta de apoyo popular, el régimen marxistoide de Weimar y aparecer la figura de Hindenburg, los socialistas austríacos dejan de ser partidarios de la anexión.

Alemania había dejado de ser marxista, por lo tanto, para Herr Bauer y compañía, dejaba de ser la «Madre Patria». Los sedicentes demócratas son los mismos en todas partes. ¡Lo primero es el partido!

En las elecciones municipales de Innsbruck, los nacionalsocialistas que propugnan la anexión, obtienen una mayoría aplastante. El canciller Dollfuss anula el resultado electoral y suspende la continuación de las elecciones. Se inicia entonces la campaña contra el peligro alemán, el «expansionismo prusiano» y el nazismo. El Partido de Seyss-Inquart es puesto fuera de la ley. Dollfuss gobierna con poderes excepcionales y medidas de urgencia, detenciones en masa e incluso ejecuciones. El campo de concentración de Woellersdorff no tardó en llenarse.

El 11 de julio de 1936, Schussnigg se entrevistó con Hitler en Berlín. El mismo día se publicó un comunicado conjunto, en el que se manifestaba que Alemania reconocía la plena soberanía del Estado austríaco y Austria se comprometía a llevar a cabo una política sobre la base de los hechos reales y que «Austria es un Estado alemán». El Partido nacionalsocialista austríaco tendría pleno derecho a actuar libremente y a propagar sus ideas, incluyendo la central: LA ANEXION. Además, se firma un tratado de comercio entre ambos Estados.

Pero Schussnigg interpreta el tratado a su modo, o sea, el de la independencia del Estado austríaco, haciendo caso omiso del otro aspecto del mismo, o sea, su carácter alemán.

A principios de 1938, Schussnigg, aconsejado por su amigo el ministro francés Puaux, intenta afianzar la existencia del Estado austríaco mediante una hábil maniobra. Con el mayor secreto, y contra el parecer de sus compañeros de gabinete, decide organizar un plebiscito. El presidente federal de Austria, Miklas, se opone: en Austria no existen padrones completos ni tampoco listas electorales y no se ha previsto ningún sistema de control. Pero Schussnigg, apoyado por la Prensa extranjera, se mantiene decidido a realizar su plebiscito, mediante el cual piensa arrebatar a Hitler un argumento importante y consolidar, a la vez, su régimen.

Todo se prepara apresuradamente para lograr el efecto del «fait accompli» en esta pretendida consulta popular. Los colegios electorales no estarán formados por las autoridades locales, ni tampoco por los Partidos, sino por miembros del llamado Frente patriótico. El Estado controlará, pues, las elecciones y el recuento de los sufragios. No basta con eso: el voto puede ser secreto o no, según las circunscripciones. La prensa gubernamental descubre cínicamente el sentido de esta nueva jugada: todo voto favorable a la anexión significa «alta traición».

La maniobra es tan burda que hasta en Londres y París se sumen en el más profundo silencio. Mussolini le aconseja a Schussnigg que desista de llevar a cabo su experimento: «La bomba le explotará en las manos a Herr Schussnigg».

En Viena comienzan a ponerse nerviosos. Hitler dirige una petición a la Sociedad de Naciones para que ésta intervenga y controle el plebiscito. Como en Ginebra dan la impresión de lavarse las manos, Seyss-Inquart, jefe del Partido nacionalsocialista, dimite de su cargo de consejero de Estado e invita a la población a abstenerse de votar.

Hitler presenta una contraposición; que se aplacen las elecciones hasta dentro de tres semanas, durante las cuales habrá tiempo de preparar nuevos padrones y listas electorales; y además, que el voto sea secreto. Finalmente, los nacionalsocialistas deben tener derecho a participar, junto a los delegados del frente patriótico gubernamental, a controlar los escrutinios.

Schussnigg se apoya en los únicos aliados que le quedan; los marxistas. Centenares de camiones cruzan las calles de Viena, repletos de energúmenos que gritan: «¡Viva Schussnigg!» «¡Viva Moscú!», pero nadie les secunda.

Schussnigg presenta la dimisión como canciller federal. El presidente de la República, Miklas, llama a Seyss-Inquart y le encarga que forme nuevo Gobierno. Los camisas pardas se apoderan del poder sin resistencia. En un sólo mes, el nazismo austríaco ha pasado de la ilegalidad en que lo había sumido Schussnigg a la cima del Estado. A las 5.30 de la madrugada, las tropas de la Wehrmacht, al mando del mariscal Von Bock cruzan la frontera austríaca. Ni un sólo acto de resistencia pasiva, menos aún un sólo disparo, se opone a la pacífica ocupación de Austria. Von Papen, que acompaña a Hitler a su llegada a Viena, refiere:

«La fantástica ovación con que se recibió a Hitler había llevado a los jefes del Partido, hombres ya curtidos, a un estado de excitación indescriptible. La gente repetía, incesantemente: Heil, Heil, Sieg Heil!»

A pesar de los innumerables testimonios de fuentes neutrales, reportajes, crónicas y testimonios gráficos que atestiguaron el entusiasmo con que la población austríaca acogió su unificación con el resto de la comunidad germánica, la Gran Prensa inglesa y francesa no tardó en presentar el hecho como una «invasión», describiendo a Austria como un país inicuamente Sojuzgado.

Creemos sinceramente que, en cualquier caso, la anexión de Austria era mucho menos objetable que las sucesivas incorporaciones soviéticas de Ucrania, Carelia, las cinco repúblicas musulmanes del Asia Central y Mongolia. Al fin y al cabo, entre esos países y el resto de la Unión Soviética no existían lazos de sangre, de idioma, de cultura ni de religión. En cambio, sí existían entre alemanes y austríacos, los cuales se unieron según el tan cacareado principio democrático de la autodeterminación como quedaría cumplidamente demostrado en el plebiscito celebrado el 10 de abril de 1938, que arrojó un resultado de 4.275.000 votos favorables a la ratificación de la anexión, y 12.300 en contra. El plebiscito había arrojado un resultado de 99.71% de votos en favor de la unión al Reich.

Pero la Gran Prensa, silenció las anexiones forzosas del bolchevismo y presentó la anexión alemana como una terrible amenaza para la seguridad de Europa. Se estaba preparando el escenario para arrojar a Occidente a una guerra estúpida, perjudicial a sus propios intereses, con objeto de salvar al bolchevismo entronizado en Moscú.


La Marsellesa

¿Cuál era la actitud espiritual de los pueblos de los países democráticos con respecto a alemania? O, para formular la pregunta en más justos términos: ¿Qué les decían de Alemania a sus clientelas los grandes «medios informativos» de las democracias occidentales?

La triste realidad es que, salvo contadas excepciones, desde el gran rotativo hasta el humilde diario de provincias, y desde los libros de texto (ese instrumento de la educación dirigida por el sedicente estado democrático) hasta los manuales para la educación de párvulos, se alimentó cuidadosamente la llama del odio, rechazando brutalmente todos los intentos que la tan pulcramente aséptica y democrática República alemana hizo para olvidar el pasado y preparar, sin reservas mentales, un futuro basado en la justicia y la hermandad de los pueblos de Europa.

Todos los medios fueron lícitos en la campaña de odio y difamación desplegada contra el pueblo alemán: las puras mentiras, las medias verdades, los relatos «objetivos», las versiones parciales y oblicuas, los sofismas inteligentes, los más inverosímiles inventos, todo ello hábilmente mezclado y elaborado para el consumo de todas las inteligencias, de todos los prejuicios y de todas las filias y fobias nacidas al calor del resentimiento creado por la desorbitada propaganda de los tiempos de guerra.

El himno alemán, cuya primera estrofa dice: «Alemania sobre todo en el mundo, desde el Mass hasta el Vístula, y desde el Danubio hasta el Belt...» es alterado por un periodista francés: «Alemania sobre todos en el mundo»... La «nueva versión» del Deutchsland Über alles es reproducida millones de veces por las rotativas del orbe entero. ¡Los alemanes se consideran por encima de todos los pueblos del mundo!... ¡Horrible racismo! ...Y esto se dirá en Francia, cuyo himno nacional, «La Marsellesa», califica de «impura» la sangre del extranjero.


Fuentes:

- Joaquin Bochaca. La historia de los vencidos, ps.89/113
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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