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RACIONALISMO, DEMOCRACIA, LIBERALISMO Y MARXISMO
                          

Oswald Spengles


(01) Corporativismo
(02) Democracia
(03) Liberalismo y marxismo
(04) Fuentes.
(05) Artículos relacionados.


Racionalismo

En 1933 aparecía la obra “Años decisivos”, de Oswald Spengler, cuyo titulo original era “Alemania en peligro” En su introducción, Spengler saludaba de esta manera el nacionalsocialismo:

“Nadie podía anhelar más que yo la subversión nacional de esta año. Odié desde su primer día, la sucia revolución de 1918, como traición infligida por la parte inferior de nuestro pueblo a la parte vigorosa e intacta que se alzó en 1914 porque quería y podía tener un futuro.

Todo lo que desde entonces he escrito sobre política ha sido contra los poderes que se habían atrincherado ella cima de nuestra miseria y nuestro infortunio, con ayuda de nuestros enemigos, para hacer imposible tal futuro. Cada línea debía contribuir, y espero que así haya sido. Tenía forzosamente que advenir algo, en una forma cualquiera, que librase de su pesadumbre a los más hondos instintos de nuestra sangre, si habíamos de participar con la palabra y con la acción en las acciones venideras del acontecer mundial y no tan solo de ser sus víctimas.

El magno juego de la política ha terminado. Es ahora cuando mayores apuestas se arriesgan. Para cada uno de los pueblos vivos es cuestión de grandeza o aniquilamiento.

Pero los acontecimientos de este año nos dan la esperanza de que si tal dilema no está ya resuelto para nosotros volveremos a ser alguna vez – como en la época de Bismarck – sujeto, y no tan solo objeto de la historia. Son décadas grandiosas las que vivimos, grandiosas, esta es terribles e infaustas.”


Y sintetizaba Spengler: “La subversión nacional de 1933 ha sido grandiosa y seguirá siéndola a los ojos del porvenir, por el ímpetu elemental, suprapersonal con el que se cumplió y por la disciplina anímica on la ue fue cumplida. Ha sido algo total y absolutamente prusiano, como el levantamiento de 1914, el cual transformó en un instante las almas. Los soñadores alemanes se irguieron serenos, con impotente evidencia, y abrieron un camino al futuro”.

“Años decisivos” es, si cabe, un complemento político y social de la “Decadencia”, donde se analizan las causas mismas de la decadencia de occidente en su etapa postrera.

Spengler entendía, de manera clarividente, que la aparición de la dogmática enciclopédica y del racionalimo suponía el fin estilo intuitivo y perceptivo, a cuyo través sel conocimiento no discursivo, el verdadero conocimiento de nuestra tradición, había engendrado la cultura fáustica y la había llevado a su máximo esplendor, en un tiempo cuya vigencia de doctrinas oscurantistas, encabezadas por el racionalismo, no reconocían. Spengler formulaba un análisis magistral de racionalismo, imprescindible a todo pensamiento sociopolítico e histórico moderno de tendencia idealista:

(El racionalismo) “Es el orgullo del espíritu urbano desarraigado, no guiado por ningún instinto fuerte, que mira de alta abajo, con desprecio, al pensamiento pletórico de sangre del pasado y a la sabiduría de las viejas clases campesinas. Es la época en que todo el mundo sabe leer y escribir y por ello quiere intervenir en todo, y todo lo entiende mejor. Este espíritu está poseído por los conceptos, los nuevos dioses de esta época, y critica el mundo: el mundo no vale nada; podemos hacerlo mejor; pongamos, pues, manos a la obra y formulemos el programa de un mundo mejor. Nada más fácil cuando se tiene ingenio. Ya se realizará luego por si solo. Entretanto, llamamos a esto “progreso de la humanidad”. Tiene un nombre, luego existe. Quien lo duda es un ser limitado, un reaccionario, un hereje, y, sobre todo, un hombre sin virtud democrática. ¡Quitémosle del medio! El miedo a la realidad ha sido así vencido por la soberbia intelectual, por la presunción nacida de la ignorancia e todas las cosas de la vida, de la pobreza del alma, de la falta de respeto y, por último, e la tontería de vuelta de espaldas al mundo, pues nada hay mas tonto que la inteligencia urbana carente de raíces”.

El racionalismo – deduce Spengler – ha querido oponer al conocimiento tradicional unos dogmas y unos prejuicios, es decir que “no es, en el fondo, más que critica, y el crítico es lo contrario al creador: anlaliza y sintetiza, pero la concepción y el nacimiento le son ajenos. Por eso su obra es artificial y muere cuando tropieza con la vida real. Todos estos sistemas – y aquí Spengler demuestra la inviabilidad del dogma racionalista - han nacido sobre el papel, metódicos y absurdos, y solo en el papel valen.”


Democracia

¿Cual es, en la práctica, el resultado del racionalismo? Ante todo, la sustitución del valor cualitativo el hombre por el pseudovalor cuantitativo de la masa; el instinto gregario, atizad por el racionalismo, ha convertido al hombre “con raza” en el hombre desarraigado, en el hombre sin peso específico de las democracias.

El racionalismo – dice Spengler – “No conoce respeto alguno. Solo principios que proceden de teorías. Ante todo, el principio plebeyo de la igualdad, esto es, la sustitución de la odiada calidad por la cantidad y de la capacidad por el número. El nacionalismo moderno sustituye el pueblo por la masa.”

Y agrega Spengler: “Las verdaderas naciones son, como todo ser viviente, de rica articulación interna, son ya, por su mera existencia, una especie del orden. Pero el racionalismo político entiende por “nación”, la libertad “de” y la lucha contra todo orden. Nación equivale, par él, a masa amorfa y sin estructura, sin dueño ni finalidad”

“A esto llaman soberanía del pueblo.”

A partir de ese demoledor, por certero, análisis del racionalismo, Spengler se identifica con el antiliberalismo de corte fascista y nacionalsocialista: “Lo más funesto es el ideal del gobierno del pueblo “por si mismo”. Un pueblo no puede gobernarse a si mismo, como mandarse a si mismo un ejercito. Tiene que ser gobernado, y así lo quiera mientras tiene instintos sanos. Pero lo que con ello se quiere decir es cosa muy distinta: el concepto de la representación popular desempeña inmediatamente el papel principal en cada uno de los movimientos. Llegan gentes que se nombran a si mismos “representantes” del pueblo y se recomiendan como tales. Pero no quieren “servir al pueblo”; lo que quieren es servirse del pueblo para fines propios, más o menos sucios, entre los cuales la satisfacción de la vanidad es el más inocente. Combaten a los poderes de la tradición para ocupar su lugar. Combaten el orden del Estado porque impide su peculiar actividad. Combaten toda clase de autoridad porque no quieren ser responsables ante nadie, y eluden por si mismo toda responsabilidad. Ninguna Constitución contiene una instancia ante la que tengan que justificarse los partidos. Combaten sobre todo, la forma de cultura del Estado, lentamente crecida y madurada, porque no la entienden en si… De ese modo nace la “democracia” del siglo, que no es forma, sino ausencia de forma en todo sentido, como principio, y nacen el parlamentarismo como anarquía constitucional y la república como negación de toda clase de autoridad.”

La democracia conduce inevitablemente y por propia esencia, al caos: “Tal es el interregno anarquista que hoy es llamado democracia y que desde la destrucción de la soberanía monárquica del Estado, y a través del racionalismo político plebeyo, conduce al cesarismo del porvenir, el cual comienza hoy a anunciarse quedamente con tendencias dictatoriales y esta destinado a reinar sin límites sobre las ruinas d a tradiciones históricas.”


Liberalismo y marxismo

Dentro del mismo análisis, Spengler llega a la conclusión más terrible: el fundamento subversivo del liberalismo es común al marxismo, y, subsiguientemente, los resultados son también comunes: “Todos los “derechos del pueblo”, engañosa lisonja racionalista lanzada por los de arriba, producto de su conciencia enferma y de su pensamiento incontinente, son luego reclamados abajo como evidente por los “desheredados”, mas nunca para el pueblo, pues siempre fueron otorgados a quienes no habían pensado en exigirlos ni saben que hacer con ellos. Y realmente no debían ser otorgados al “pueblo”, pues no están destinados a él, sino a la hez de los que se llaman a si mismo “representantes del pueblo”, la cual forma entonces un mentidero de partidos radicales, que hace su profesión de la lucha contra lo poderes estructurales de la cultura y emancipa a la masa con el derecho a sufragio, la libertad de prensa y el terror.

Nace así el nihilismo, y el odio abismal del proletariado contra toda clase de formas superiores, contra la cultura como conjunto de las mismas y contra la sociedad como su sustrato y su resultado histórico.

Esta es la tendencia del nihilismo: se piensa en educar a la masa llevándola a la altura de la cultura auténtica; ello es labor ardua y penosa, para la cual faltan quizá ciertas premisas. Por el contrario, el edificio de la sociedad debe ser arrastrado hasta el nivel de la plebe. Debe regir la igualdad general: todo debe ser igualmente ordinario.

El bolchevismo tiene su casa en la Europa occidental, y ello precisamente desde que la concepción anglomaterialista que Voltaire y Rousseau frecuentaron como alumnos estudiosos halló una expresión eficaz en el jacobinismo del continente. La democracia del siglo XIX es ya bolchevismo. El bolchevismo nonos amenaza ya, nos rige. Su igualdad es la equiparación del pueblo a la plebe, su libertad es la liberación de la cultura y de su sociedad.”


Spengler entiendo que el marxismo es irreal en sus principios y que, sobre todo, no busca la redención del pueblo, sino que lo utiliza para sus fines de la destrucción de la cultura: “El ideal de lucha de clases – dice Spengler – es la famosa subversión: no es la construcción de algo nuevo, sino la destrucción de lo existente. Es un fin sin porvenir. Es la voluntad de la nada. Los programas utópicos no tienen más razón de ser que el soborno de las masas. Lo único que se toma en serio, es la finalidad de tal soborno, la creación de la clase, como elemento de combate, por medio de una desmoralización metódica. Nada aglutina más que el odio. Nace así – con Marx – la división artificial de la “Humanidad” en productores y consumidores, la cual, entre las manos teorizantes de la lucha e clases, se convierte en la pérfida oposición de capitalismo y proletarios, burguesía y trabajadores, explotadores y explotados.”

En consecuencia, “El capitalismo y el socialismo (marxismo) tienen los mismos años, son íntimamente afines, han surgido de la misma manera de ver las cosas y se hallan tarados con las mismas tendencias. El socialismo no es más que el capitalismo de la clase inferior.” La revolución liberal y la revolución marxista son, en defintiva, las dos caras de la “revolución de la vida.” “Esa revolución – expresa Spengler – no tiene en su transfondo nada que ver con la “economía”. Es un largo período de descomposición de la vida de toda la cultura, comprendida la cultura como cuerpo viviente.”


Fuentes:

- Juan Massana. AH. y sus filósofos. p.104
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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