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VERSALLES: SUICIDO EUROPEO
                          

Tratado de Versalles


(01) Vencedores y vencidos
(02) Fuentes.
(03) Artículos relacionados.


Vencedores y vencidos

El articulo 19 del Tratado de Versalles era uno de los pocos que estaba impregnado de sentido común y previsor juicio. Decía así:

«La Asamblea de la Sociedad de Naciones puede, de vez en cuando, invitar a los miembros de la sociedad a proceder a un nuevo examen de los tratados que, con el tiempo, se hayan convertido en inaplicables, así como de aquellas situaciones internacionales cuyo mantenimiento podría poner en peligro la paz del mundo».

He aquí una cláusula comprensiva, que tiene en cuenta el viejo aforismo jurídico; "Pacta sunt servanda, sic rebus stantibus". Los pactos deben cumplirse, siempre y cuando las circunstancias que los motivaron permanezcan invariables. La costumbre, madre de la Ley, ha sancionado infinidad de veces, en el terreno internacional, la caducidad de los tratados. Pretender que puedan existir leyes y, aún menos, tratados, intangibles y eternos, es sencillamente infantil. Sobre todo si se trata de un pacto de la naturaleza del de Versalles (22).

No obstante, el desgraciado Tratado de Versalles, que había hecho caso omiso de la geografía, de la historia, de la economía, del derecho y de la etnología terminaría, cual monstruo mitológico, devorándose a sí mismo, ya que en su propio preámbulo recordaba a todos sus signatarios «la necesidad de respetar escrupulosamente todas las obligaciones de los tratados», lo que estaba en contradicción con el articulo 19. Pero tal artículo sólo había sido redactado, según luego se vería en la práctica, para uso de los vencedores, muchos de los cuales se consideraban desfavorecidos en el reparto.

Las disensiones entre los «Aliados» de la víspera comenzarían ya en plena conferencia. Las hostilidades empezaron, de hecho, con la ofensiva de Lloyd George y Wilson para hacer adoptar el inglés como lengua diplomática con igual rango que el francés; ofensiva que desposeyó a la lengua francesa de un privilegio que, por ejemplo, el Tratado de Francfort no le había retirado. El humor negro no estuvo ausente de esas sórdidas peripecias; desde el engaño de Lloyd George que obtuvo de Clemenceau, rigurosamente ignorante en la materia, la cesión de la región petrolífera de Mossul, con el pretexto de «dar un hueso a roer a los arqueólogos y a los misioneros», hasta la increíble campaña, conducida por brillantes inteligencias, para demostrar que la Renania era más latina que germánica (23).

Con respecto a Alemania, Austria, Turquía, Hungría y Bulgaria, en cambio, el «Tratado» era irreversible. Para ellos - y sólo para ellos - Versalles habla alumbrado la Justicia Inmanente; como si no hubiere lesionado ningún grupo nacional o étnico; como si no hubiera lastimado ninguna ley geográfica; como si no hubiera perturbado, en ningún caso, el juego de la producción y de los cambios. Y esa maravillosa perfección no era solamente válida para unos cuantos años, sino para la eternidad de los tiempos.

Europa había encontrado su forma definitiva. La rueda de la historia había cesado de girar el 28 de junio de 1919. Pero, insistimos, esto sólo rezaba para los vencidos; los vencedores, a parte de pelearse entre ellos por la posesión de la mayor cantidad posible de pastel, comprendían que, entre todos, estaban organizando una nueva guerra, más mortífera e irreparable que la recién terminada.

En un libro, recientemente publicado, de M. Georges Bonnet ex ministro de Asuntos Exteriores de Francia (24), se narra la respuesta de Philippe Berthelot - que detentaba tal cartera en 1919 a su colega austríaco Otto Bauer, que afirmaba que la balcanización de Europa y, particularmente, la inclusión de los Sudetes en el nuevo Estado checoslovaco provocaría una nueva guerra. «¡Bah! - respondió Berthelot, espíritu superior, según pareceó. «Todo esto durará veinte años. Después, ¡ya veremos!»... Ya se vio, efectivamente: Fue la Segunda Guerra Mundial.

Woodrow Wilson Redactado oficialmente por tres hombres de Estado, de los cuales el más poderoso, Wilson, desconocía soberanamente la geografía (25) el Tratado de Versalles fue designado por una comisión de periodistas británicos como «el peor libro del año 1919». Aunque hubiera tenido en cuenta los principios de la equidad, la concepción estática del futuro en que lo encorsetaban sus paladines, su formalismo pseudojurídico y, sobre todo, su estrechez de espíritu lo condenaban a la alternativa de desaparecer o ser la causa del suicidio de Europa. La estúpida obcecación de liberales, demócratas, xenófobos franceses de estilo girondino, internacionalistas nebulosos..., todas esas fuerzas a las que Spengler llamaba el Mundo Abisal consiguieron que pereciera Europa como centro del Mundo para que perviviera el fantasma de Versalles.

Notas:

(22) Paul Rassinier nos recuerda, en su documentada obra "Le véritable procés Eichmann... ou les vainqueurs incorregibles" que, si los tratados internacionales fueran de vigencia eterna, como pretendían los apólogos de Versalles, habría que validar ciertos tratados anteriores, nunca explícitamente derogados, que producirían muy curiosas situaciones. Así por ejemplo, según el Tratado de Troyes, firmado en 1420. los reyes de Inglaterra tienen derecho pleno a la Corona de Francia; según el Tratado de Madrid, firmado por Francisco I y Carlos V, Francia hubiera debido ceder Borgoña a España; según el propio Tratado de Versalles, los Aliados hubieran debido iniciar el desarme, como hizo Alemania, etc.

(23) Georges Champeaux: La Grande Croisade des Démocraties.

(24) Georges Bonnet: Mirarle de la France, Ed. Fayard. París, 1965.

(25) El ministro francés Philippe Berthelot contaba la siguiente anécdota: Una mañana, Wilson, Clemenceau y Lloyd George discutían acerca del trazado de la frontera polaca. De pronto, la conversación se interrumpió y los tres estadistas se fueron a consultar un mapa desplegado sobre una mesa, permaneciendo silenciosos durante largo rato: «Venez done à notre aide, Berthelot; á nous trois, nous ne sommes pas foutus de trouver la Vistule!» (Venga en nuestra ayuda, Berthelot; entre los tres somos incapaces de encontrar el Vístula!» «Helo aquí, señor presidente -dijo Berthelot -. Este es un mapa alemán, y en alemán el Vístula se llama Wechsel.» «;Aaaahhh!», exclamaron a coro los amos del mundo. (Georges Champeaux: La Croisade des Democraties.)


Fuentes:

- Joaquin Bochaca. Historia de los vencidos, p.20.
- La Gazeta Federalwww.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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