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¡VASCO LINDO!

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¡Vasco lindo!

Todo el mundo sabía en Maipú que el abuelo había llegado a Buenos Aires en un barco de vela, como don Juan de Garay; y nadie ignoraba que había sido contrabandista en el tiempo de Rozas. Adán lo dijo en clase, y, aunque los chicos no lo creyeron, don Aquiles aprovech6 la coyuntura para enseñar que Rozas había sido "un déspota cruel" y que el contrabando es una cosa muy fea que se castiga en los códigos.

¿Cómo sería el abuelo en aquella época? ¿Usaba chiripá, botas de potro y facón de plata en la cintura, como se veía en los grabados de la Historia Nacional? Adán cerró los ojos, como en sus noches de Maipú, y lo evocó nuevamente bajo la parra familiar que gorriones ávidos asediaban: el abuelo tenía el jarro de loza entre los muslos (porque le gustaba el vino negro), y su risa era un elogio de la mañana que se había venido desnuda. Entonces los relatos le brotaban a montones, y chicos y grandes pendían de su boca llena de palabras coloreadas y de refranes bárbaros. ¡Qué lindo era, entre todos, aquel episodio de la sangre!

El abuelo Sebastián ha sido apresado por la Mazorca: heridos están sus hombres, incendiada su ballenera de contrabandista. Entre dos mazorqueros (escapados tal vez de la novela "'Amalia") el abuelo se dirige a la residencia del Ilustre Restaurador: el esbirro de su derecha tiene (¡Dios nos libre y guarde!) un barbijo patrio que le cruza la cara; el de la izquierda sonríe, pero su sonrisa vale tanto como el barbijo de su compañero. Sin embargo (y no es por alabarse), el abuelo está tranquilo como si dirigiese un cargamento de yerba paraguaya: es la hora de la siesta y en las calles de Buenos Aires no se ve ni un gato.

Juan Manduel de Rosas Entran por fin en un zaguán fresco y sombrío como una gruta, y desembocan en cierto patio donde una mulata vestida de rojo pisa maíz encorvándose toda sobre su mortero (¡a lo mejor había mazamorra esa noche!). Y de repente, ahí no más, el abuelo se topa con el mismísimo don Juan Manuel que sentado en su catre de tijera toma un "amargo", mientras observa fijamente sus chancletas bordadas, quizá, por Manuelita.

Uno de los mazorqueros, el de la cara cortada, le dice algo pegándosele a la oreja; pero el Ilustre Restaurador no parece oírlo, tan ocupado está en sus cavilaciones; y cuando aparta sus ojos de las chancletas, es para clavarlos en las botas del abuelo Sebastián, por cuyas puntas asoman los dedos terrosos con fuertes uñas de ágata.

- ¿Con que vos sos el vasco sínvergüenza que trae mercaderías del Paraguay?” - le dice al fin don Juan Manuel.

- "Para servir a Dios y a la Santa Federación" - contesta el abuelo; y sus palabras caen en un silencio extraño, porque la negra ya no pisa maíz, tan embobada está en la contemplación de la escena.

- Vamos a ver, ¿cuántos salvajes unitarios pasaste a la otra Banda?

-Yo no soy contrabandista de hombres, Ilustre Restaurador.

- ¡Hum!" - exclama Rozas - A lo mejor me harás creer que sos un buen federal.

- ¡Soy un buen federal!- responde el abuelo, y no miente.

Don Juan Manuel sigue ahora el vuelo de un tábano que zumba y gira entre los racimos de la parra; la negra tiene ahora los ojos grandes como platos, y el hombre del barbijo estudia ya el cogote del abuelo como si eligiera el sitio conveniente para tocarle el violín.

- ¿Y la divisa? Vamos a ver, ¿dónde está la divisa de los buenos federales? - pregunta Rozas como chacoteando.

Aquí el abuelo Sebastián se ríe, y su reír le sacude la barba como un golpe de viento. Sin afectación alguna entreabre su camisa y deja ver en su pecho desnudo las heridas que ganó en la refriega: la sangre corre bajo su tirador estrellado de onzas españolas, baña sus muslos y le cae ahora en hilitos sobre las botas de potro.

- ¡Ahí está la divisa!

En silencio ha quedado el ilustre don Juan Manuel, porque la sangre al sol es a veces tan bella como la rosa más pura. Luego, dirigiéndose a sus hombres:

- Sueltenlo no más, - les dice. Y agrega: "¡Es un vasco lindo!".

(1948)


Fuentes:

- Castagnino Leonardo.
Juan Manuel de Rosas, Sombras y Verdades
- Chavez, Fermín. La vuelta de Don Juan Manuel
- Marechal, Leopoldo.(*)

(*) Leopoldo Marechal (1900 1970).Porteño. Poeta, novelista, dramaturgo, ensayista. En 1941 obtuvo el Primer Premio Nacional por El Centauro y Sonetos a Sophia. En 1943 presidente del Consejo General de Educaci6n de la Provincia de Santa Fe. En 1944, Director dé Cultura Estética en la Subsecretaría de Cultura de la Naci6n. En 1948, Director de Enseñanza Superior y Artística. Este mismo año publica Adán Buenosayres, su novela más celebrada. Autor de Canto a San Martín (1950), al que puso música Julio Perceval; Antígona Vélez (195l); Las tres caras de Venus (1952); El banquete de Severo Arcangelo (1965); La batalla de José Luna (1967); Megafón o la guerra (1970), y el mismo año, un fragmento de El Mesías.


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Fuente: www.lagazeta.com.ar




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