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EL CUIDADO DEL CABALLO
                          

(Por Juan Manuel de Rosas)

El caballo Debe haber el más delicado y puntual esmero en que el que trabaje en un caballo no lo maltrate, y que lo mude antes de que se ponga pesado. No hay cosa más mala que rematar o cansar un caballo. De ello resultan las muertes y consiguiente menoscabo. El caballo cansado, si no muere queda ya lisiado, y a poco trabajo que haga, se enferma y se cansa, Esto mismo debe tenerse presente cuando se mande algún chasque, para hacerle mil encargos con el fin de que camine de modo que no se canse el caballo al trote y al galope, más trote que galope.

Caballos delgados
Es muy necesario tener caballos delgados para andar, es decir, que ni para recoger ni para nada debe ensillarse un caballo potente de gordo; porque el trabajar en un caballo no es más que para mañerearlo y acobardarlo. Cuando la caballada está muy gorda se acorrala a fin de que se adelgace, y cuando uno quiere tener algunos caballos delgados se tienen a soga.

Caballos del patrón
Debe atenderse que el que los cuide de cuenta por la mañana y a la noche de estar todos, o no. Debe decir : están todos los caballos, veinticinco en la tropilla y dos yeguas, veintisiete; dos atados a la soga, veintinueve, y dos yegüitas de cría, treinta y uno. El método es pararles rodeo por la mañana y sacar con el freno un caballo. Al entrar a tomarlo, no irá como ánima despacito, sino de golpe y lijero; y al tomarlo agarrará por donde lo encuentre primero, ya sea de la cola, y del lado de montar, ya del enlazar, ya de una mano o ya de una pata. Para que pare no les gritará, sólo les hará lli…lli…llito. Lo sacará fuera del rodeo, enfrenado y le dará la" mano", si a las tres voces de decirle, no la entrega, le jugará en ella con el cuchillo. Entregada la mano, le cortará el vaso, si es que tiene algo que recortar; esto mismo hará en elas patas de atrás. Enseguida verá si tiene el vaso malo, y si lo tiene, lo compondrá. Los hormigueros no lo agujereará con cuchillo, sino con la punta de un asador.

Caballos punteros
Y que se cortan solos en las manadas. Deben los capataces cuidar de observarlos al recorrer dichas manadas, y lo que se hace es acollarar a los porfiados con las yeguas más seguras, a fin de que de este modo anden las manadas juntas y no una por un lado y otras por el otro.

Caballos patrios
Si algunos de éstos cayesen a las estancias, y se ve que indudablemente son patrios, en este caso se echarán a la cría, y en ella estarán sin tocarse, hasta que se presente algún soldado o algún oficial pidiendo auxilio; en cuyo caso se le dará de los patrios, pero sin decirle que es patrio el caballo que se le da.

(Extraído de J.M. de Rosas - Instrucciones a los mayordomos de estancias)

EL CABALLO CRIOLLO

Entre las novedades que trajeron los conquistadores a nuestro continente estaba el caballo.

Andaluces de pura cepa, descendientes de la brava raza berberisca, los primeros especímenes llegaron a América el 24 de noviembre de 1493 y desembarcaron en la Isla la Española (hoy Haití) en el segundo viaje de Cristóbal Colón.

En febrero de 1516, dieciséis de estos animales demostraron que su presencia sería esencial para la conquista. Hernán Cortés y sus hombres cruzaron de La Habana a México y, a pesar de ser inferiores en número, vencieron a las huestes del Imperio Azteca que huyeron aterradas al vislumbrar hombres unidos a sus cabalgaduras como un solo y desconocido ser.

Pero no todos los caballos vivieron para ser homenajeados: algunos murieron en las batallas, y los indios, luego de descuartizarlos, ofrecieron las herraduras a los dioses.

En el Río de la Plata también hubo bajas. De los 76 caballos que llegaron en 1536 con la expedición de Pedro de Mendoza para la primera fundación de Buenos Aires, algunos tuvieron que ser devorados por los propios españoles que morían de hambre y el resto librados a su suerte cuando la expedición abandonaba el asentamiento. Y fue este último grupo el que conquistó los amplios horizontes pampeanos.

Tiempo más tarde, a estos animales y su descendencia, se les sumaron los venidos con las corrientes colonizadoras desde Asunción, Perú y Chile. En pocos años, miles de caballos salvajes coparon las llanuras Argentinas. Manadas que superaban los 2000 ejemplares cruzaban como un estampido la Pampa y el temblor del suelo que provocaban sus cascos se sentía kilómetros a la redonda. Muchas veces tropillas mansas que estaban siendo arreadas por criollos se les unían y desaparecían para siempre en la inmensidad a pesar del esfuerzo de sus dueños por retenerlas.

En la colina, los extranjeros acostumbrados al hecho de que en sus pagos tener un caballo era todo un lujo veían azorados como hasta los mendigos de la Gran Aldea andaban montados.

El Caballo Criollo fue el acompañante incondicional de nuestros soldados, en las batallas por la Independencia de nuestra patria, la que no hubiera sido posible sin la indispensable participación de estos valientes animales.

En 1902, Juan Zorrilla de San Martín hace esta emocionada declaración al referirse al heroico cruce de los Treinta y Tres Orientales: “Al encontrarse los Treinta y Tres en las playas de la agraciada con sus caballos, se abrazaron al pescuezo de los animales besándolos como si fueran sus queridas. ¡Oh! y lo eran, señores; eran mucho más que eso, los generosos animales tenían que ser una parte integrante de aquellos hombres porque ellos eran los centauros de la patria, que debían dominar como señores la extensión de nuestras sagradas colinas; porque ellos eran la libertad americana, la libertad a caballo”.

Fuente: Emilio Solanet. Héroes - Los Caballos de la Conquista de América

                          

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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