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CENANDO CON ROSAS
                 

Palermo de San Benito .    
(Acuarela de C. Sívori. 1850)    
La casona de Palermo de San Benito

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Testimonio de un ciudadano norteamericano

Un oficial norteamericano de la estación naval de su país en el Plata, en carta a un amigo en Boston, nos deja esta interesante descripción de una cena en la residencia de Palermo:

"Me sucedió estar en Buenos Aires, y algo desocupado, en el mes …..1843. La ciudad estaba desusadamente triste, en consecuencia de la guerra, y de la ausencia en el ejército de una parte de lo selecto de sus habitantes; y la llegada allí de algunos de nuestros buques nacionales, era consiguientemente mejor recibida que de costumbre. Pronto bajaban a tierra los Oficiales; y como su permanencia era limitada, se ocupaban en aprovechar bien su tiempo. Estaba en la ciudad la familia del Gobernador, y después de las acostumbradas visitas de cumplimiento en su casa, y en la del Ministro de Negocios extranjeros, comenzó el reinado del placer. Al siguiente día Doña Manuelita, la hija del Gobernador (la que hace los honores de su casa con extraordinario espíritu y elegancia, y con una cordialidad que gana los corazones de todos los que la visitan) fue a la Quinta de Palermo de su padre, una legua de la ciudad, con una porción de señoras.

Por aquellos que sabían el hecho de que en la Quinta se apartan de todas las formalidades inútiles, y todos los que están allí de visita son considerados parte de la familia por el tiempo de su permanencia, una intimación por medio del Cónsul, de que ella y las niñas pasarían allí una semana, fue muy alegremente recibida, porque se entendía ser una invitación de venir temprano y estar hasta tarde. A pesar de la escasez de Oficiales que había en la ciudad, creo que nunca había allí menos de diez o quince todos los días y noches.

Juan Manuel de Rosas Tuve la fortuna de asistir a la última comida que se les dio en la Quinta, y desearía por Ud. poderle presentar una descripción que hiciese justicia a la escena.

Fue la más fecunda en incidentes de las que he presenciado. Nos salieron al encuentro en la Quinta las señoras en dos grandes carretas, tiradas por bueyes que hubieran hecho honor al carro de Baco, pero cuya fuerza y paciencia se combinaban para conducir los carruajes con sus preciosas cargas por medio de los pantanos o zanjas con agua. Formamos al derredor, y las escoltamos a su regreso a la Quinta.

Poco después de nuestra llegada, y mientras cambiábamos los cumplimientos del día, el Gobernador salió de su Oficina con un pliego en la mano, y dándoselo a un mensajero, cuyo caballo estaba ensillado a la puerta, exclamó con evidente satisfacción es acabado (it is finished). Estaba con el uniforme de casa de Brigadier General, y dejando a un lado los cuidados de Estado, vino a ser Jefe alzado en entretenimiento y jovialidad, conservando sin embargo su dignidad en todas las cosas, como sólo pueden hacerlo los grandes hombres.

Una hora antes de la comida, mientras paseábamos por la posesión, el Gobernador tomó su carácter militar en un breve discurso a su “indisciplinado Ejército de reclutas”, como nos llamaba. Dijo que la disciplina era considerada del todo esencial para el éxito en las operaciones militares; pero que estaba próximo a emprender con las novicias, pero valientes tropas que tenía delante, atacar y tomar un reducto al que guerreaba hacía años con varios grados de fortuna. Solamente insistiendo en la pronta obediencia, procedería a organizar su Ejército de Operaciones.

Nos alineó, no quizás como hubiéramos elegido nosotros nuestras compañeras de armas, y marchó y nos ejercitó hasta que dijo que estábamos suficientemente disciplinados para empezar el ataque, cuando fuimos conducidos al comedor; donde había cubiertos para cincuenta o sesenta convidados.

No puedo decir por qué maniobra militar había sucedido que al sentarnos a la mesa, algunos caballeros encontraron que, sin desobedecer las órdenes, habían cambiado compañeras con mutua satisfacción. Entonces comenzaron las activas operaciones de atacar al reducto de cosas buenas.La costumbre del país es que la señora que se sienta al lado izquierdo del caballero, se hace un deber personal de mantener su plato constantemente servido con manjares, sin permitirle retribuir la cortesía.

Tardó algo para que nuestras ideas de urbanidad nos permitiesen someternos a un orden de cosas tan contrario a nuestras ideas de galantería; pero encontrando al fin que era inútil la resistencia, y que se contestaba a nuestras observaciones, “no señor, no es la costumbre del país”, nos sometimos a ser provistos por las lindas manos a nuestro derredor. De lo material de la comida no puedo hablar secundum artem. Durante cuatro horas hubo un cambio constante de platos diversos, ciertamente nada menos que cien en número, todos buenos, muchos exquisitos, y peculiares del país.

Presumo que el Gobernador opina, según la antigua doctrina, que el agua es la bebida de los pescadores desde el diluvio, porque ninguna se veía sobre su mesa. Había, sin embargo, buenos vinos en abundancia, y con su inalterable decisión de que cada uno tomase lo que le presentaba su compañera, no debe admirarse que, bebiendo por copas, la primera vuelta de brindis nos hiciera a algunos de nosotros empezar por hablar de nuestros amigos, y ser patriotas. Por una vez intenté evadir la ley, y siendo descubierto por su autor, me hizo tomar una copa en reemplazo como el más leve castigo admisible para una primera falta; después de esto, la bonita Señorita de ojos negros a la que particularmente me confió el Gobernador, como que necesitaba ser observado, afianzaba su autoridad cada vez que me veía hesitar.

Si la reunión al fin se hacía bulliciosa, al instante se restablecía el orden por el Gobernador, que con una campanilla llamaba la atención de los convidados y pedía que todos los que dudasen de la disciplina del Ejército se levantasen, y los que creyesen en ella permaneciesen sentados. Por supuesto que no había votos disidentes.

El silencio de una de esas pausas fue interrumpido por el Gobernador con una canción patriótica, con su voz de extraordinario primor y armonía. Entonces, con el reloj en la mano, anduvo al derredor de la mesa con dos tocadores de guitarra, pidiendo a todos los individuos presentes que cantasen un verso en cinco minutos, bajo penas y castigos a su arbitrio.

Siguió ilimitada diversión. Uno insistía en cantar todo el Yankee Dooddle, con adiciones y variaciones; uno cantó éste, otro aquel, from grave to gay, from lively to severe. Las señoras y los oficiales del séquito del Gobernador nos cantaron canciones españolas, con gran efecto, y sus tres locos o graciosos, que tranquilamente habían tomado sus apropiados asientos, proporcionaban misceláneas de los gentiles Griegos. Nos reímos de nosotros mismos como sobrios y jueces, y en buena disposición de obedecer la inmediata orden del Comandante en Jefe de formar y marchar a las salas de baile donde pasamos la noche bailando cuadrillas y el hermoso baile nacional el federal.

Durante la comida nos sirvieron soldados gauchos, bien formados, gallardos y perfectamente instruidos en sus deberes. Prevaleció la mayor libertad y alegría, pero no se dijo una sola palabra ni se cometió un solo acto que indicara vulgaridad, o desdijera de caballeros.

Ocasionalmente eran bulliciosos los locos, pero no tan locos que excediesen los límites prescriptos. La escena era más bien parecida a aquellas vísperas de Navidad en tiempos pasados, que sólo viven en la historia, que a cualquiera otra cosa que jamás haya imaginado ver. Había decoro sin rigidez, libertad sin grosería, y alegría convenientemente sazonada por la fantasía para hacerla agradable. Aunque los más de nosotros éramos extranjeros que solo nos habíamos encontrado una semana antes, parecíamos una reunión de familia; como una reunión después de años de separación.

Doña Manuelita tiene, en gran perfección, aquel tacto de entretener agradablemente, y sin ostensible esfuerzo, que es peculiar a sus compatriotas, y las hace tan seductoras a los ojos de los extranjeros. Sus modales son urbanos y elevados, se diría casi de una Reina; y sin embargo ella posee esa calidad indefinible, que permite a todos, y a todo lo que la rodea, una admirable franqueza.

La historia de Eusebio, uno de los bufones del Gobernador, es digna de un parágrafo. Es un viejo soldado que sirvió muchos años en la campaña con el General Rosas, y en una acción le salvó la vida casi a costa de la suya propia. Recibió en la cabeza un hachazo, dirigido al Gobernador, y le ha quedado una horrible cicatriz de que alaba siempre. La demencia se originó de su herida; y el Gobernador ha premiado su fidelidad y valor manteniéndolo convenientemente consigo. Eusebio se imagina Gobernador del Estado, y dice que sólo temporalmente ha confiado el cargo al Gobernador Rosas. Está cubierto de medallas y condecoraciones, y no podía tener más dignidad si fuera un soberano absoluto. "Habla Ud. inglés” le preguntó un caballero. "¡No!" (aborrece a los ingleses) "pero Americano un poco. One, two, nine, six four to be sure". "Ah, (dijo el caballero) habla Ud. Americano como hijo del país". Halagado con el cumplimiento se mantuvo en una actitud que no hubiera sentado mal a Coriolano, y despidió al que le preguntaba con "sí, puedo cortar la lengua un poco (I can cut up the language a little)"


Fuentes:                  

- Archivo Americano, Primera Serie, N° 19, ed. de 1947, t. 11, ps. 223 225, 21 de junio 1845
- Irazusta; Julio. Vida política de Juan Manuel de Rosas
- Castagnino, Leonardo: J.M. de Rosas, Sambras y Verdades
- www.lagazeta.com.ar
JUAN MANUEL DE ROSAS. La ley y el orden
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- Obras de Palermo
- Visita de un viajero inglés.
- Diplomacia en el Riachuelo
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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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