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CIRIACO CUITIÑO
                          

Coronel Ciriaco Cuitiño.    
Óleo de Prilidiano Pueyrredón     
Museo Histórico Nacional.    
Ciriaco Cutiño

(01) Reseña biográfica
(02) Proceso y Fusilamiento.
(03) Fuentes.
(04) Una tumba para Ciriaco (Por Cecilia G. Espul).

Reseña biográfica

Ciriaco era de origen Mendocino. Su actuación pública se remonta al año 1818, en que, siendo teniente de milicias bonaerenses, fue designado alcalde de Quilmas, donde su actuación se prolongó hasta 1827, año en que renunció al cargo para continuar sirviendo en el ejército.

Hacia 1826 había dado que hablar cuando, desde la costa, atacó a una balandra extranjera que se había aproximado sospechosamente. Se radicó en Buenos Aires seguramente durante el gobierno de Dorrego, viviendo en una casa de la calle Defensa. A lo largo del período rosista fue uno de los jefes del cuerpo policial de serenos y un entusiasta miembro de la Sociedad Popular Restauradora, surgida de la Revolución de los Restauradores de 1833, y en la que Cuitiño tuvo activísima participación.

La historia oficial se encarga de consignar que se distinguió en el desempeño de dicho cargo como elemento moralizador de la campaña, ya que se preocupó de limpiarla de gente de mala vida, hasta el punto de hacerse merecedor del elogio gubernamental, y lo hace aparecer acompañando al coronel Mariano Maza, en 1840 y 1841, y como ejecutor de la cruenta campaña en el norte y oeste. Lo cierto es que el coronel Cuitiño había sido promovido a este grado en 1838 se hallaba en Buenos Aires en diciembre de 1840. En efecto, el 18 de ese mes y año suscribió con otras figuras de la Sociedad Popular Restauradora una circular dirigida a los ciudadanos federales, invitación a integrar una guardia de honor de infantería y una escolta de honor de caballería dedicada a don Juan Manuel de Rosas.

En el transcurso de apertura del período legislativo celebrada el 1° de enero de 1847, el gobernador Rosas dirige su habitual mensaje a los diputados: “Os saludo altamente complacido. En medio de las aclamaciones del país, y de su honra nacional, comenzáis bajo prósperos auspicios lustras augustas sesiones”. “La concurrencia de ciudadanos fue numerosa”. Apostada se hallaba “una guardia de honor con bandera y banda de música, del Batallón Guardia Argentina, perfectamente arregladas y dispuestas para tan solemne acto. Un lindo piquete de caballería de la manda del Coronel graduado D. Ciriaco Cuitiño, escoltó al gobierno”. ( La Gaceta Mercantil N° 6965 del sábado 12 de enero de 1847).

El conocido historiador anti-rosista José M. Ramos Mejía, no deja de reconocer que “Un amigo de cuya sinceridad no puedo dudar me ha referido que Cuitiño era un hombre ejemplar...Su moralidad y buenas costumbres, como empleado y como hombre, le granjearon el aprecio de sus superiores”.

El cuartel de Cuitiño estaba ubicado en las actuales calles Chacabuco y Chile, en tanto el llamado Cuartel de los Restauradores se hallaba en Defensa, entre México y Chile, solar que después ocupó la vieja Casa de Moneda.

Vicente Fidel López cuenta, en su autobiografía, un episodio vinculado con el jefe mazorquero y con el doctor Diego Alcorta, quien aparte de profesor de filosofía era médico.

Supe por su familia -escribe López- que una noche, en altas horas, dieron grandes golpes a su puerta, y tres o cuatro mazorqueros (vivía en el barrio de Monserrat, y a poco más de una cuadra estaba el cuartel de la Mazorca) se presentaron buscándolo con urgencia por llamado de Cuitiño, jefe del cuartel. La alarma de la familia fue grande. Los mazorqueros le dijeron que no se alarmara, pues era que Cuitiño acababa de tener un fuerte ataque de colerina. Asimismo su señora no les creyó. Saltó de la cama, se arrebozó, tomó el brazo de su marido, y se entró con él en las piezas de Cultiño, que en efecto tenía un bravo ataque de cólico cerrado. El doctor Alcorta lo asistió; su señora ayudó a hacer las cataplasmas y otros remedios. A la madrugada pasó el ataque; y Cuitiño se convirtió en decidido protector de “su médico”.


Proceso y fusilamiento

En la segunda mitad de 1853, después del levantamiento del sitio de Hilarlo Lagos, jefe del movimiento federal de diciembre del año anterior (que contó con el apoyo de los viejos rosistas), los "restauradores" y "mazorqueros" fueron procesados bajo la acusación de numerosos crímenes. Manuel Troncoso y Silverio Badía fueron fusilados y expuestos en la horca el 17 de octubre de 1853; Floro Vázquez lo fue el 24 de noviembre. El coronel Cultiño fue detenido junto con Leandro Antonio Alén (padre de Leandro) y llevado a la prisión de los bajos del Cabildo, mientras se los sometía a proceso. Actuó como defensor de ellos el doctor Marcelino Ugarte, pero pese a la fundamentada defensa de este letrado el juez Claudio Martínez dictó sentencia el 9 de diciembre de 1853: Cuitiño y Alén debían ser fusilados. Ugarte apeló a la Cámara de justicia, mas ésta confirmó la sentencia sin oír el alegato.

Cuitiño y Leandro A. Alén fueron ejecutados a las 9 de la mañana del 28 de diciembre del mismo año, sobre el paredón de la iglesia de la Concepción, en Tacuarí e Independencia. Luego fueron colgados durante cuatro horas en la plaza de la Independencia, contigua a la iglesia. Asistieron espiritualmente a los condenados el franciscano fray Nicolás Aldazor y el dominico fray Olegario Correa.

Concurrieron a presenciar la escena míles de vecinos. Cuando un coronel de las fuerzas que debían ejecutarlos se acercó a Cuítiño y le preguntó por su último deseo, le dijo con toda serenidad:

- "Denme una aguja e hilo".

Cuando le trajeron dichos elementos, empezó a coserse tranquilamente el pantalón a la camisa, a lo que dió la siguiente expicación:

- "Como después de fusilados nos van a colgar, no quiero que a un federal ni de muerto se le caigan los pantalones".


JUAN MANUEL DE ROSAS. La ley y el orden Fuentes:

- Chávez, Fermín - Iconografía de Rosas y de la Federación – Edit.Oriente. Bs.As.,1974.
- Goñi Demarchi, Carlos A.: "Rosas, Washington y Lincoln". Edit. Theoría, 1966.
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

Una tumba para Ciriaco Cuitiño

Por Cecilia González Espul (*)

La muerte por fusilamiento del coronel Ciriaco Cuitiño, el mazorquero de Rosas, junto a Leandro Antonio Alem, un 29 de diciembre de 1853, tuvo un significado que va más allá del mero castigo por los crímenes de que se lo acusaba. Tuvo una finalidad ejemplificadora, y puso de manifiesto la intención de los emigrados unitarios, que regresaron a Buenos Aires después de Caseros y se apoderaron del gobierno, de destruir todo vestigio del régimen rosista.

Denigraron, vilipendiaron a Rosas, a su obra, a sus seguidores, y aun más, buscaron directamente borrarlos de la historia. Esta intención la podemos verificar desde mucho antes que vencieran a Rosas, en el deseo y predicción no cumplida de José Mármol, cuando en su poesía “A Rosas” del 25 de mayo de 1843, maldice al “salvaje de las pampas que vomitó el infierno” y repite en dos estrofas distintas “ni el polvo de tus huesos la América tendrá”

Otra prueba tangible de este meditado plan fue la suerte que le cupo al Caserón de Rosas en San Benito de Palermo. Inicialmente destinado a Colegio Militar, en 1892 pasó a ser sede de la Escuela Naval, para ser demolido en la simbólica fecha del 3 de febrero de 1899, por orden del intendente Bulrich. En su lugar, al año siguiente, se levantó la estatua de Domingo Faustino Sarmiento.

El hermosísimo parque que rodeaba el caserón neocolonial tuvo mejor destino. Durante la presidencia de Avellaneda, Sarmiento, en ese entonces Director General de Escuelas de la provincia de Buenos Aires, fue designado Presidente de la Comisión las obras de remodelación del parque, al que por odio de partido denominaron Tres de febrero. Fue fruto de una iniciativa del propio Sarmiento, que había presentado una ley al Congreso a tal efecto.

Se inauguró el 11 de noviembre de 1875, con planos levantados y ejecutados por alumnos del Colegio Militar, reemplazándose la flora autóctona plantada por Rosas, por especies exóticas, en consonancia con la mentalidad extranjerizante de los liberales despreciativos de lo criollo.

Aun hoy, sin embargo, seguimos llamando Palermo al Parque Tres de febrero, no pudiendo imponerse la vengativa disposición de denominarlo con la fecha de la derrota de Rosas en Caseros por las fuerzas de Urquiza y de Brasil.

Este propósito de odio y de venganza no recayó solamente sobre Rosas sino también sobre sus seguidores más leales. Como fue el caso de Ciriaco Cuitiño y otros mazorqueros como Leandro A. Alem, Silverio Badía, Manuel Troncoso, Fermín Suárez, Estanislao Porto, Manuel Gervasio López, Manuel Leiva, Torcuato Canale, a quienes se le iniciaron juicios sumarísimos, acusados de los crímenes cometidos durante los años 40 y 42.

Estos juicios, que se llevaron a cabo también para escarmentar a todos aquellos que habían participado en el sitio de Hilario Lagos, al que los mazorqueros se habían unido, fueron juicios donde no se cumplieron todos los requisitos formales, y en los que se buscó eliminar al enemigo lo más pronto posible, pero con visos de legalidad.

Ciriaco Cuitiño era ya un hombre grande, de aproximadamente 60 años y estaba enfermo, sufría la parálisis de uno de sus brazos. A pesar de estos inconvenientes, su lealtad a Rosas lo llevó a unirse a Lagos, sin haber antes cambiado nunca de bando como fue común que hicieran muchos otros. Tal fue el caso de Troncoso y Badía, que habían participado en la revolución del 11 de septiembre, siendo premiados por el mismo Valentín Alsina.

La prensa de la época, en manos unitarias, La Tribuna de los hermanos Varela, El Nacional de Velez Sarsfield, incitaba al exterminio de los acusados, condenándolos antes de ser juzgados.

No estuvieron ausentes los motivos personales. Especialmente en algunos miembros del gobierno, como Lorenzo Torres y Pastor Obligado, antiguos federales rosistas, que al haberse pasado al bando vencedor, debían demostrar su odio a los hombres que sirvieron a Rosas, a fin de aventar las sospechas que podrían existir sobre su conducta, y probar su lealtad al nuevo régimen. Pastor Obligado, gobernador de la provincia en ese momento, había sido secretario y consejero de Cuitiño.

A pesar de haber sido indultados por Urquiza, a pesar de la prescripción de los hechos por el largo tiempo transcurrido, a pesar de las seguridades y garantías para los vencidos y una amnistía otorgada por mediación de los representantes extranjeros de Inglaterra, Francia y Estados unidos, los mazorqueros fueron apresados al regresar del sitio de Lagos, cuando caminaban confiados por las calles de la ciudad con la divisa punzó y sus armas, en vez de haber huído.

Estos juicios fueron evidentemente parciales, con jueces que respondían a la voluntad política ideológica de los unitarios, y que actuaban con la decisión previa de condenar, habiéndose reemplazado los antiguos jueces rosistas, integrantes del Superior Tribunal de Justicia, Roque Saénz Peña (abuelo de Roque y padre de Luis), Bernardo Pereda, Juan García de Cossio, Eduardo Lahitte y Cayetano Campana, por magistrados adictos: Valentín Alsina, Dalmiro Velez Sarsfield, Domingo Pica, Francisco de las Carreras, Eustaquio Torres y Alejo Villegas.

Los abogados que se hicieron cargo de las defensas fueron defensores de pobres, pues nadie quería asumir esa responsabilidad. No fue el caso de Cuitiño y Alem, que tuvieron un defensor particular.

Este fue Marcelino Ugarte, federal, adscripto al estudio de Baldomero García, hasta que formó el propio después de recibirse de abogado en 1852. Tendría más tarde una destacada actuación en la vida política nacional, pero no debe confundírselo con su hijo, del mismo nombre, gobernador de Buenos Aires, en 1900.

Su defensa fue brillante, logrando obtener el aplauso de sus contemporáneos en las audiencias públicas. Sin embargo, en opinión del historiador Quiroga Micheo, la defensa pudo ser mejor. Este juicio lo malquistó con el gobierno, y por ello fue desterrado a Montevideo, pudiendo regresar recién al año siguiente.

Además, hubo intención manifiesta de ocultamiento, desde detalles secundarios como el destinar un lugar reducido para la vista de la causa, para evitar que fuera muy concurrido, y que sólo un grupo seleccionado pudiera ingresar, hasta la desaparición del legajo del proceso judicial, del que sólo se posee el testimonio de la sentencia del juez en lo criminal Claudio Martínez y la argumentación del fiscal Ferreira, publicadas por La Tribuna el viernes 30 de diciembre de 1853, un día después de que fuera cumplida la misma.

El espíritu de venganza guió a sus acusadores al condenarlo a restituir al tesoro los $1000 que recibiera de Rosas por la muerte del Coronel Lynch y sus compañeros, y al pago de $2645 por uniforme de tropa, que lógicamente era deuda del Estado, más el pago de una deuda de $6541 por simples dichos de Justo Castrelo. Estos datos se desprenden de su testamento y juicio sucesorio , en los que su segunda mujer, Anita Bustamante, reclamó por la injusticia de los mismos, y por habérsele a sus herederos la restitución de $2000 que se habrían entregado a Cuitiño en prisión, lo cual era falso, porque no había recibido nada.

Y para mayor humillación y para escarmiento de la población, luego de ser fusilado, su cadáver junto al de Leandro Alem debió quedar suspendido de la horca durante cuatro horas en la plaza de la Concepción. Eso lo previó Cuitiño de ahí que su última voluntad fuera pedir aguja e hilo para coserse el pantalón a la camisa porque ni aún de muerto a un federal se le caerían los pantalones.

La memoria del “carnicero” Cuitiño, “bárbaro antropófago”, como lo llamaban los diarios de la época, fue tan ennegrecida y denigrada, que nadie se ha atrevido a defenderle. El propósito de los vencedores de borrar de la memoria colectiva todo aquello que se relacionara con el régimen rosista, se extendió también hasta la tumba de los vencidos. ¿Y qué ha ocurrido con la tumba de Cuitiño?

Para responder a esta pregunta debemos indagar sobre otro período de la historia argentina: el régimen peronista.

La misma actitud que tuvieron los liberales unitarios con Rosas, fue la que tuvieron los “gorilas” del 55 con Perón. El mismo odio volvió a resurgir, no se lo podía ni nombrar, había que borrarlo de la historia. Se dejaron inconclusas muchas de las obras comenzadas durante su gobierno, como la del Hospital de Niños, el famoso “albergue Warnes”. Y al igual que el Caserón de Palermo, su residencia, una hermosísima construcción, suntuoso palacio de estilo francés, que habitara durante su presidencia junto a Evita, fue destruída. En su lugar se erigió la biblioteca nacional, monstruo arquitectónico moderno, que fue durante muchísimos años una obra inconclusa, y que vaya la paradoja, su estilo se denomina “brutalismo”.

El 16 de septiembre de 1955, la llamada Revolución Libertadora, de igual título que la de Lavalle en el año 40, depuso al General Perón. La misma se inició cuando el General Eduardo Lonardi y un grupo de oficiales acompañados por el coronel Ossorio Arana tomaron la Escuela de Artillería en Córdoba.

Arturo Ossorio Arana tiene su tumba en el cementerio de la Recoleta. Adornada por una estatua de la Libertad con una espada en la mano, y los platillos de la balanza, símbolo de la justicia. Grabado en el negro granito de sus paredes, el discurso fúnebre del general Pedro Eugenio Aramburu el 6 de diciembre de 1968.

"¡No te pares ante la tumba de este soldado!” nos dice, si no amas la libertad, la democracia, las instituciones, “si prefieres que la política se funde en las querellas del pasado y no sobre las verdades que preparan el futuro”.

La verdad es que el pasado no se puede separar del presente y viceversa, están interrelacionados. Conocemos el presente por el pasado, y a partir de allí nos proyectamos al futuro. Y la verdad, confesada por los propios descendientes de Ossorio Arana es que su tumba se levanta sobre la que fuera tumba del mazorquero de Rosas, Ciriaco Cuitiño. Y ésta es la razón por la que nos hemos detenido ante la tumba de este militar, y no por las frases de hueca retórica desmentidas por los hechos.

También transcribo la información que me brindara en carta en mi poder del 22 de enero de 1999, Clodomiro Galíndez Vega, sobre la versión oral que le trasmitiera el Cte.Gral. Scotto Rosende, que siendo chico, varias veces su abuela lo había llevado a una tumba sin nombre que la identificara y que se encontraba donde está hoy el mausoleo de Osorio Arana, y que le había dicho que allí reposaban los restos de Cuitiño que sólo lo adornaba una vieja glicina.

En el obituario de la Recoleta, en el registro diario de defunciones, no se asentó el ingreso de Ciriaco Cuitiño. Pero en registro aparte, donde se anotan todos los decesos ocurridos durante el año, aparece para 1853, solamente un Pedro Cuitiño, en el folio 80, nº 143, Enterratorio General, era un niño. Y en 1854, Francisco Cuitiño, folio 81, nº14. Podría haber ser éste, anotado con otro nombre? La tumba de Ossorio Arana se encuentra en la sección 9, tablón 55.

A pesar de la negra fama con que se ha teñido a Cuitiño, es dable rescatar otras imágenes más benévolas sobre su figura que han sido abandonadas al olvido. En “Tirana unitaria”, una canción interpretada por Ignacio Corsini, antigua versión que no ha vuelto a ser grabada, que está fuera de las selecciones de temas que reeditan, nos pinta un Cuitiño diferente. Es el “buen mazorquero” que defiende a la amada del soldado federal antes de ir a pelear junto a Oribe en el sitio de Montevideo. Ella, que es unitaria, no debe temer porque “de Cuitiño te ampara el puñal”. A continuación la transcribimos.

Tirana unitaria, tu cinta celeste
Até en mi guitarra de buen federal
Y en noche de luna canté en tu ventana
Más de un suspirante cielito infernal.

Tirana unitaria, le dije a Cuitiño
que tu eras más santa que la Encarnación
y el buen mazorquero juró por su daga
que por ti velaba la Federación.

Tirana unitaria, los valses de Alberdi
quién sabe hasta cuándo bailaremos más
ni tus ojos negros buscarán los míos
en las misas de alba de San Nicolás.

Tirana unitaria, me voy con Oribe
y allá en las estrellas del cielo oriental
seguiré cantando, tus ojos no teman
porque de Cuitiño te ampara el puñal

Tirana unitaria, las rosos del barrio
te hablarán del día que te dije adiós
y los jazmineros soñarán los sueños
que en días felices soñamos los dos.

Tirana unitaria, dame la magnolia
que aromó en la noche que me vio partir
bésame en los labios paloma porteña
que me siento triste, triste hasta morir.

Tirana unitaria, no olvides los versos
de aquella mañana, de aquella canción
que cantamos juntos el día de mayo
que supo el secreto de mi corazón.

Tirana unitaria, mi vieja guitarra
seguirá cantando tu sueño de amor
y mi alma en las noches de luna
soñará por verte, por verte
en la tierra del Restaurador.

Pero es este otro poema, de Jorge Luis Borges, referido específicamente a Cuitiño, que a pesar de estar teñido de la versión unitaria, nos muestra la complejidad de los seres humanos, y valoriza uno de los rasgos que justamente más lo caracterizó: “esa Federala manera de vivir y de morir”.

CUITIÑO

Nada como esa Federala
manera de vivir y de morir.

Yo pienso
escucho
presiento a Ciriaco Cuitiño
fuerte como una taba,
llegando con el pingo sudoroso y tordillo
hasta sus Quilmeños arrabales mazorqueros.
Venía entre los caminos gastados de la madrugada
hasta sus dioses,
sus fantasmas,
sus lugares de guitarra, de sangre
y qué se yo.
Así persistía
Cuitiño
con su apellido de tendero gallego
su mala fama,
su escapulario bendito y su degüello.
La refalosa crecía entre sus venas
y la federación por sus sombras.

¡Ah, Coronel Cuitiño!
Te colgaron como una res estúpida,
fusilado y todo,
con tu fama de taita
y tu Rozas, Rozas.

¡Que el juicio final
te encuentre sin cuchillo!

La indiferencia, el silencio, el ocultamiento, el olvido, la tergiversación de los hechos, han sido los mecanismos a que han recurrido los que manejan los hilos del poder para dominar a los pueblos. Uno de los mayores criminales de la historia, el comunista Pol Pot, arrasó con las topadoras, los cementerios de Camboya, para que el pueblo olvidara sus muertos, es decir su pasado. Acá inventaron “los desaparecidos”, muertos sin tumba.

Por eso, este artículo lleva por título “Una tumba para Ciriaco Cuitiño”. Se merece su tumba, o una tumba, o un epitafio, porque es parte de nuestra historia, que no debemos dejar caer en el olvido, de cualquier forma que la interpretemos.

(*) Historiadora
cgespul@yahoo.com.ar
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Fuente: www.lagazeta.com.ar

                          


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