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ROSAS Y EL MAYOR ALCAZAR
                          

JUAN MANUEL DE ROSAS. La ley y el orden

(01) ¿Terminó la guerra?
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Juan Manuel de Rosas no solo tenía la astucia y el don de mando; conocía a los hombres y sabía tocar su fibra.

¿Terminó la guerra?

Dejó, Rosas, el expediente sobre la mesa de trabajo, e inició el paseo que era en él tan habitual, de uno a otro extremo del salón, con paso lento y firme, las manos atrás, la cabeza alta y la mirada aparentemente perdida, como siguiendo un proceso subjetivo, aunque en realidad, sin perder detalle de expresión en la persona con quien hablaba. Después de varias idas y venidas, sin interrumpir el caminar, Rosas habló:

- Lo he hecho llamar, mayor, porque necesito saber de Vd., directamente, y con toda la franqueza que sé es en usted una de las normas de su conducta, la verdadera razón que lo ha determinado a pedir su baja del ejército?

- He solicitado mi baja, Excelencia, porque terminada la guerra con el extranjero, mi permanencia en las filas, no solamente, no tiene objeto, sino que contraría, mi manera de pensar y de sentir...

- ¿Y quién le ha dicho a usted señor mayor, que ha terminado la guerra que nos ha traído Francia, y la guerra, que como un loco, se empeña en hacer a la Confederación el pardejón Rivera?

- Señor, lo dice todo el mundo, y además, así lo ha consignado también La Gaceta Ministerial.

- Bueno mayor, ese todo el mundo que usted cita y La Gaceta, no saben lo que dicen...

Hubo una ligera expresión de asombro en el rostro de Alcázar, que no pasó inadvertida para su interlocutor, porque interrumpiéndose en lo que decía, preguntó:

- ¿Usted se asombra, verdad?

- Es verdad, Excelencia.

- Vea, mayor Alcázar, para que usted conozca la verdad y más se asombre, como yo también me asombré, voy a decirle y a enseñarle a usted lo que solamente dos hombres, el ministro Arana y el gobernador Rosas, conocen: ¿puedo contar con su reserva?

- ¡En absoluto, señor!

- Bien, cuando iba ya a firmar el tratado de paz, que después de largas y difíciles negociaciones se acordó con el representante de Francia, llegó a mi poder esta carta.

Rosas se dirigió a su mesa de trabajo, tomó una hoja de papel, escrita en los dos lados, que estaba sobre la carpeta, y tendiéndosela a Alcázar, le dijo:

- Léala usted.

Era esa, una carta dirigida a Berón de Astrada, por uno de los miembros de la Comisión Argentina, residente en Montevideo, en la que, en nombre de la Comisión, incitaba al gobernador de Corrientes, a separar ese estado argentino, de la Confederación Argentina, aliándose, para la guerra que se haría al gobierno de la Confederación, con Francia y con la Banda Oriental. Se decía, entre otras cosas en esa carta: "Por la copia testificada que le acompaño, cuyo original, de puño y letra del representante francés, obra en poder de esta Comisión, se dará usted cuenta, de que las negociaciones de paz, que el referido señor representante realiza actualmente con Rosas, no tienen. más objeto que engañar al tirano, ganando así nosotros el tiempo necesario, para la realización de los planes convenidos, que usted conoce. No le asombre, aunque esas negociaciones ultimen en un tratado, que no tendrá más vigor que el que nos convenga..."

Terminó Alcázar la lectura, que debió ejercer en él profunda impresión, porque en su fisonomía se veía claramente el asombro y la indignación.

- ¿Y…? ¿Qué me dice ahora, mayor Alcázar?

- ¡En verdad, señor, esto es inconcebible!

- Sí, inconcebible para quienes proceden con rectitud, que no es por cierto lo que ha caracterizado la política y la acción del gobierno de Luis Felipe en el Río de la Plata. Recuerde usted como se apoderaron, hace algunos años, de nuestros barcos de guerra, fondeados casi en el mismo puerto de Buenos Aires, sin que precediera ninguna declaración o acto, que significara el estado de guerra, procediendo como no lo hace ningún pueblo civilizado, casi le diría que ni los indios, porque a lo menos de las invasiones de éstos se tiene el anuncio, por las disparadas de los avestruces y por las polvaredas que se ven de lejos; recuerde usted las continuas reclamaciones que sin razón nos ha hecho Francia, algunas, realmente vergonzosas, como la exigencia de indemnización por la prisión del francés ese, a quien se le sorprendió en flagrante delito de espionaje, que realizaba por cuenta del gobierno de Bolivia, cuando estábamos en guerra con Santa Cruz; recuerde, ¿pero, para qué va a recordar más? ¿no es acaso usted mismo testigo y víctima del ataque que en plena paz, sin razón y sin motivo, hicieron a Martín García?... Y ahora, mientras por un lado, se dispone el representante de ese mismo gobierno a firmar un tratado de paz, por otro, simultáneamente, está tramando la forma de violarlo. ¡Pueden en verdad tolerarse y mirarse con indiferencia estas cosas, mayor?.

¿Quien inventó del dulce de leche? - ¡Nunca, señor!

Y en la pregunta y respuesta, había la energía y firmeza, que es basamento indispensable del patriotismo.

Fuentes:

- Castagnino Leonardo.
Juan Manuel de Rosas, Sombras y Verdades
- Chávez Fermín. La vuelta de Don Juan Manuel.
- Cobos Daract, Julio (*). Historia Argentina.

(*) Profesor de Historia Argentina en el Colegio Militar de San Martín. Autor de “Historia Argentina”, “Así se sirvió a la Patria”, una “Lógica”, y las novelas históricas de la época de Rosas “Estrella federal” y “Los fuertes”.

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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