Fotos
Foto: Jimmy Rodríguez
Alberto Torroba, que conserva el pelo largo y muestra algunas huellas del sol, el viento y el mar, en su campo de Anguil
Foto: Jimmy Rodríguez
Home
Inicio



El gaucho navegante

Alberto Torroba recorrió el mundo durante dos décadas y hoy es un chacarero de a caballo que cría vacas en Anguil

ANGUIL. - Pasó dos décadas recorriendo el mundo antes de regresar a La Pampa. En 1989 cruzó el Pacífico en un bote de vela, sin instrumentos y guiado sólo por las estrellas. Ahora es un paisano más, un chacarero de a caballo que cría vacas y vive en el campo, a dos leguas de Anguil.

Alberto Torroba nació el 8 de abril de 1952 en Santa Rosa, donde lo llaman "El Loco". Lleva pelo largo y su piel guarda las huellas del sol, el viento y el mar. Es sábado a la mañana y él ceba unos mates a la espera del veterinario que vacunará contra la aftosa, mientras recrea su singular historia.

"Estudiaba Matemáticas en Buenos Aires cuando descubrí que la vida de un matemático gira siempre en torno de la universidad, y empezó a dejar de interesarme. Era 1977 y te llevaban preso por tener pelo largo; una o dos veces por semana entraba en alguna comisaría. Las cosas eran cada vez más difíciles y me fui."

Vendió una moto y le alcanzó para llegar a Madrid con 50 dólares en el bolsillo. Pasó algún tiempo en Ibiza y un año en Berlín. Atravesó el viejo continente hasta la India, donde se quedó dos años: "Un gran circo abierto, el lugar más lindo que conocí". Vivió en Taiwán, Sri Lanka, Katmandú, y recorrió el Himalaya a pie antes de llegar a Japón, donde armó su primer velero y se hizo a la mar. Entre 1982 y 1995 pasó 13 años navegando barcos de vela construidos por él mismo, y cruzó dos océanos guiándose sólo por las estrellas.

"Incorporé rudimentos de navegación a vela de un librito en inglés y aprendí de los antiguos navegantes polinesios, que se orientaban con las estrellas."

Así cruzó el Pacífico, en 1989: "Una experiencia grandiosa. Cuando pasás Galápagos sabés que no podés volver porque la corriente te lleva, y le apuntás a un grupito de islas que está a 5 mil kilómetros de distancia: sos vos y la Naturaleza. Es otra forma de percibir el mundo, te hace desarrollar un instinto particular. No es como usar navegador satelital, cronómetro, brújula, sextante, para calcular en forma abstracta una posición segura. Navegar sin instrumentos exige observar otras cosas: durante semanas, meses, sólo hay océano y cielo; un anticiclón de un lado y un ciclón del otro; pájaros que vuelan en determinada dirección, olas que se refractan, nubes que no avanzan. Encontrás el punto como las aves migratorias, por puro instinto".

Del barco a la montura

El mismo instinto, tal vez, lo trajo de nuevo a La Pampa cuando su esposa filipina, Rebeca, quedó embarazada. Alberto se instaló entonces en una parcela de 400 hectáreas, herencia de su padre, ubicada 25 kilómetros al este de Santa Rosa. Esa superficie representa una unidad económica en el ejido municipal de Anguil, y cuando él llegó sólo había un molino. Con los recursos que pudo reunir levantó una pequeña casa, de una sola habitación, y así comenzó su vida de productor agropecuario, en el establecimiento que bautizó "La Cambicha". "Empecé con un sistema de vacas capitalizadas y pastoreo, con un socio que criaba sus animales en mi campo. Cada año me quedaba con un porcentaje de los nacimientos, vendía los machos, dejaba las hembras, y en cinco años armé mi propio rodeo. Actualmente tengo 120 vacas de cría, con el ciclo de engorde completo, y saco 100 animales gordos al año."

Trabaja solo, ayudado por Rebeca y sus tres hijas, Luna del Mar (16), Denébola (9) y Alma Ranquel (7), porque "hay poca mano de obra capacitada, y la que hay es cara". Durante varios años se movilizó en un sulky reacondicionado por él mismo, hasta que pudo comprar un Citroën 3 CV, actual vehículo familiar. "Es como una 4x4, pero un poco más lento", afirma.

Si bien se basa desde el comienzo "en la ganadería, que es lo más estable", ha diversificado su producción en estos nueve años, para proveer de alimentos a su familia y lograr un ingreso extra.

Torroba deja algunas hectáreas para cosecha, generalmente avena doble propósito, y siembra pasturas. Este año prestó un cuadro para girasol a otro chacarero, que lo devolverá sembrado con alfalfa, alimento para las vacas y nitrógeno para el suelo. También cría unas 50 ovejas, que dan leche, quesos, lana y corderos. "Es el trabajo de las niñas y aporta unos 3000 pesos al año." Una yunta de llamas completa el cuadro ganadero. Además, en "La Cambicha" hay aves de corral, huerta, y forestaciones de eucaliptus, robles, pinos y frutales. "También tengo algunas colmenas, para experimentar."

En su opinión, con 400 hectáreas alcanza para estar bien, si se vive en el campo y no se va a la ciudad. "En lo productivo, sostengo una actividad conservadora y tradicional; no invento nada, no sigo las modas y me baso en economía elemental: ingresa más de lo que egresa."

Prefiere las energías alternativas: usa un molino para proveer agua, un panel solar y tres baterías para alimentar la iluminación del hogar y el equipo musical de Luna del Mar, y una cocina a leña. "No me siento a gusto en las ciudades. Casi nunca voy a Santa Rosa, sólo cuando lo requiere la burocracia, y sólo uso el sistema bancario para lo imprescindible. Si necesito algo, lo busco en Anguil (1500 habitantes), un pueblo sano, de buena gente, donde mis hijas van a la escuela. Todo es tranquilo y los tratos los hacemos de palabra".

Al pie de la manga, sus movimientos, ya diestros en el manejo de hacienda, insinúan de repente algún gesto ambiguo, como si lanzara una red al aire o hundiese remos en el agua, pero sólo está apurando la marca sobre un animal o cerrando la tranquera. Alberto Torroba, el gaucho navegante.

Por Flavio Frangolini
Corresponsal en La Pampa

Espíritu aventurero

En los 20 años que pasó como aventurero, Alberto Torroba volvió una sola vez a la Argentina, en 1985, deportado desde Nueva Guinea, donde vivía con una tribu nativa. Su presencia había alarmado a un religioso misionero que lo denunció a las autoridades. "Hacía años que vivía sin documentos y sin dinero, y me deportaron a través de un vuelo Sydney-Los Angeles-Buenos Aires. Yo quería estar en cualquier lado menos en la Argentina, así que me conseguí otro barco y volví al mar." Así lo hizo, pero naufragó unos días después frente a las costas uruguayas. "Otra vez estaba sin nada. Llegué a dedo hasta el sur de Bahía y arreglé un bote que tenía el piso podrido. Lo acondicioné y me llevó hasta Panamá."

Pasó un tiempo en Colombia: ("en Tumaco construí un prao [embarcación malaya] que al final no resultó para navegar grandes distancias a mar abierto") antes de internarse en la selva para construir su "Ave Marina". "Por ahora no pienso en volver a navegar", dice, aunque le viene a la memoria el recuerdo "del viejo Henry", un noruego de 70 años que se encontró dos veces: en Panamá y en Kota Kinabalu, capital de la diminuta Sabah, en provincia de Malasia. "Cuando lo vi la segunda vez, iba por su séptima vuelta al mundo", relata.

Nostalgias por los caballos y el asado

Se encontró con argentinos en Brunei y decidió volver

En agosto de 1988, Alberto José Torroba se internó en la selva alta del río Chimán, en Panamá, con la idea de construir un bote a vela y cruzar el Pacífico. Era ya un avezado marino, que podía navegar semanas enteras en un precario velero, orientándose por las estrellas, con un poco de müsli (pan de origen alemán) y algunos bidones con agua. Trabajó seis meses junto al artesano panameño Esteban Chávez, hasta terminar el "Ave Marina", "el mejor barco que tuve", dice. Era una canoa de 4,50 metros de eslora y 1,50 de manga, con una vela de 9 metros cuadrados y un pequeño foque. Sólo eso para cruzar el Pacífico.

Zarpó con los primeros minutos del sábado 14 de enero de 1989, desde Taboga, Panamá, con proa hacia las islas Marquesas, archipiélago de entrada a las antiguas colonias de Polinesia, Micronesia y Melanesia, a más de 5000 kilómetros de distancia. Y lo hizo. La singular travesía le demandó 63 jornadas de navegación, y su única escala fueron las Galápagos, donde permaneció unos 18 días.

Finalmente, Torroba llegó a Hanavave, en Baie Des Vierges, el 5 de marzo de 1989: había cruzado el Pacífico solo y sin instrumentos de navegación.

Entre las peripecias de su viaje recuerda un naufragio que casi le cuesta la vida: a poco de salir de Galápagos, cuando realizaba una maniobra destinada a colocar la vela para vientos de popa, provocó la escora de "Ave Marina", que quedó quilla para arriba. En medio del mar y de la noche perdió la mayoría de sus provisiones y el agua. Estuvo a punto de morir de sed, pero la fortuna trajo una lluvia, pudo sobrevivir y llegar a puerto.

Ese viaje y sus preparativos, junto a las aventuras posteriores en los archipiélagos de la Polinesia (isla Suwarrow, Wallis, islas Cook y otras) fueron narrados por Torroba en su libro "Relato de Náufrago y Ave Marina", cuya segunda edición aparecerá el año que viene. El punto final de la travesía fueron las Filipinas, donde conoció a Rebeca, su esposa.

Entre 1994 y 1995 cruzó el océano Indico con una pequeña carabela, desde China hasta Kenia, empujado por los monzones y acompañado por Rebeca.

En total, pasó 13 años en el mar, sin más recursos que su inteligencia, sus brazos y una indomable sed de aventuras.

Dicen que los hombres de mar se ven incómodos en tierra, pero no es el caso de Alberto, que monta a caballo con naturalidad y maneja el rodeo con la misma pericia que antes usaba para desplegar velas o timonear una tormenta. "Algunas noches miro las estrellas en medio de la oscuridad, y siento el mar y el ruido del viento: la inmensidad. Los médanos parecen olas, la pampa es otro mar. Aunque de la naturaleza siempre me impactó el cielo: me gusta mirar para arriba." Es la fascinación de aquella navegación nocturna cuando, tirado de espaldas sobre la canoa, extendía el brazo hacia la bóveda celeste, con un péndulo entre índice y pulgar, para controlar el curso. "Tenía que encontrar a Spika en mi cenit y seguirla, todas las noches, hasta las Marquesas."

Pero esa obsesión que mantenía por el mar, algún día mostraría una grieta de nostalgia, por la que, de a poco, se colarían las ganas de volver. "Estaba en Brunei, a principios de los años noventa, cuando una inglesa me dijo que había argentinos en el palacio del sultán, y fui a ver. Me encontré con unos 600 caballos argentinos y unos 30 compatriotas, hombres y mujeres, que trabajaban contratados por el sultán en las caballerizas reales. Comimos asado, sentí el olor de los caballos, comprendí que quería volver."

Ver artículo realacionado: El loco Torroba

Fuente: www.lagazeta.com.ar

http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/elcampo/nota.asp?nota_id=657237
LA NACION | 27.11.2004 | Página 1 | Campo


Copyright 2004 SA LA NACION | Todos los derechos reservados