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PRESENCIA BRITANICA EN EL RIO DE LA PLATA
Por B.Lozier Almazán (*)
                           Tropas Britanicas

(01) Antecedentes
(02) Desempolvando los viejos proyectos colonialistas
(03) Proa al Río de la Plata
(04) Buenos Aires se rinde
(05) El león británico es abatido
(06) Los refuerzos que se transformaron en la 2º Invasión
(07) La hora de los reconocimientos
(08) A modo de conclusión
(09) Notas y Bibliografía
(10) Fuentes
(11) Artículos relacinados


Antecedentes

Antes de adentrarnos en el tema en cuestión, debemos definir el marco histórico en el que estos hechos ocurrieron y los motivos políticos que los impulsaron, por cuanto la historia no puede interpretarse acertadamente desligándola de los factores determinantes del accionar de sus protagonistas.

Por ello, debemos fijar el inicio de esta historia en las postrimerías del siglo XVIII, cuando el reino de Inglaterra soportaba las consecuencias de su propia Revolución Industrial, generada por las –por aquel entonces– novedosas máquinas que, impulsadas por la energía del vapor, elevaron la capacidad productiva de sus fábricas, demandando mayor abastecimiento de materias primas y, al mismo tiempo, nuevos mercados consumidores que absorbieran la creciente producción de sus productos.

Recordemos que aquella coyuntura económica se vio sumamente agravada con la pérdida de las colonias de Norteamérica y el bloqueo continental ejercido por Francia, haciendo que Gran Bretaña viera reducidas sus fuentes de abastecimiento de materias primas y los mercados consumidores de su enorme producción.

La ruptura del equilibrio geopolítico europeo, y todo lo que ello significaba para la economía mercantilista británica, se complicó, aún mucho más, cuando el ambicioso y poco escrupuloso Manuel Godoy arrastró a España a ponerse bajo el amparo de la voraz águila napoleónica, que como todos sabemos terminaría sometiéndola.


Desempolvando los viejos proyectos colonialistas

Tan apremiante situación hizo que el gabinete de Saint James desempolvara aquellos antiguos proyectos colonialistas, propuestos por el almirantazgo inglés en pretéritas oportunidades, tantas veces postergadas por prioridades políticas, estratégicas o razones de alta diplomacia, pero nunca desestimadas.

Es probable que el proyecto más antiguo de una invasión británica al Río de la Plata fuera concebido en 1711, de anónima autoría, pero que denotaba un gran conocimiento del tema.

El muy colonialista autor de aquel proyecto afirmaba que “será obvio a cualquiera, que si nos podemos instalar en Buenos Aires, los españoles se encontrarán en la absoluta necesidad de abrir con nosotros un comercio, más aún, está en nuestro poder imponerles las condiciones que queremos. . .”. (1)

Dos años después, en 1713, John Pullen, por aquellos tiempos gobernador de las Bermudas, le escribía a Robert Harley, conde de Oxford, apoyando aquel plan de 1711, sosteniendo que “todo hombre de entendimiento debe admitir que la Gran Bretaña no puede fundar un establecimiento en parte alguna de la faz de la tierra, de donde pueda obtener tantas ventajas como uno situado en el Río de la Plata”. (2)

En honor de la brevedad, no nos detendremos para referirnos a los numerosos planes que los ingleses proyectaron para apoderarse del Río de la Plata que, como ya mencionáramos, fueron sucesivamente archivados. No obstante –por su sugerente importancia–, haremos mención de aquel proyecto presentado en el año de 1800, por el mayor general sir Thomas Maitland a Henry Dundas, ministro de guerra del gabinete del célebre primer ministro William Pitt.

Aquel novedoso plan consistía, descripto sucintamente, en un vasto operativo militar que demandaría tropas numéricamente suficientes para conquistar Buenos Aires y, una vez asegurada esta plaza, movilizar parte de aquellos efectivos para llevar a cabo la ocupación de la distante ciudad de Mendoza. Logrado aquel lejano objetivo, las tropas británicas debían realizar el cruce de los Andes, para unirse a otra expedición naval que operaría en las aguas del Pacífico, con el propósito de dominar la Capitanía General de Chile y posteriormente la Provincia del Perú. Curiosamente la expedición hubiera sido comandada por el Comodoro Popham, a quien veremos reaparecer en el Río de la Plata seis años después en 1806, pero con otros planes.

Por sugestiva similitud, el Plan Maitland, que así se lo recuerda, nos evoca con prematura anticipación la gesta que, veintiún años después, vino a concretar por el mismo derrotero el general don José de San Martín en su gesta libertadora. (3)

Aquel nuevo intento también debió ser archivado por obra y gracia de la efímera Paz de Amiens acordada con el astuto Bonaparte en 1802 y rota 14 meses después.

Como podemos apreciar, resulta evidente que la política colonialista británica se elaboraba con una astuta mezcla de audacia y prudencia.

Sin duda los intereses de la Corona y los privados, luego de la alianza franco-española, concitaron el renovado interés del Foreing Office británico. Fue por ello, que transcurrió tan poco tiempo para que un nuevo motivo justificara la agresión británica al Río de la Plata, esta vez fue la ya mencionada alianza que suscribieran España y Francia.

Así fue como el 14 de octubre de 1804, se realizó una reunión privada en la casa de campo de Popham, en la que participaron el recordado Henry Dundas, ahora devenido nada menos que en primer lord del almirantazgo y el famoso caraqueño, Francisco de Miranda, consecuente promotor de la emancipación hispanoamericana con la intervención británica.

En aquella célebre reunión se pergeñó un ambicioso plan presentado en un Memorial que proponía tres etapas operativas: La primera, era invadir a Venezuela. La segunda, la invasión a Buenos Aires y por último la captura de Chile y el Perú. Plan que fue aprobado entusiastamente por lord Dundas, obteniendo el consentimiento del primer ministro Pitt, quien se abstuvo de someterlo al conocimiento de S. M. Británica, Jorge III.


Proa al Río de la Plata

La puesta en marcha de aquel ambicioso plan colonialista se llevó a cabo cuando, el 31 de agosto de 1805, el buque insignia comandado por Popham zarpaba del puerto de Cork, conduciendo una escuadra británica integrada por ocho navíos, con rumbo al Cabo de Buena Esperanza, primer objetivo militar como etapa previa del plan, cuyo final estaba en el Río de la Plata.

Entre la oficialidad que integraba aquella expedición militar se encontraba el general de brigada William Carr Beresford, sin imaginar que estaba participando en una de las aventuras más audaces de la historia militar británica.

Cumplido exitosamente el primer objetivo militar, que fue la toma del Cabo de Buena Esperanza, que pasó a ser dominio de Su Majestad Británica hasta nuestros días, la escuadra inglesa puso proa al Río de la Plata el 14 de abril de 1806.

Por aquellos días, el Virreinato del Río de la Plata estaba gobernado por el brigadier de los Reales Ejércitos, don Rafael de Sobre Monte, quien ejercía aquella función en nombre de Don Carlos IV, rey de España.

Buenos Aires, era por aquel entonces una ciudad de unos cuarenta mil habitantes que vivían amodorrados por la tranquila vida virreinal, hasta que, aquel miércoles 25 de junio de 1806, fueron conmovidos por el tronar de los cañones del fuerte, que presagiaban alguna calamidad.

Aquella madrugada los asombrados vecinos de Buenos Aires pudieron avistar en el estuario una fragata de 32 cañones, seis corbetas de transporte y dos bergantines, mientras que en el fuerte se tocaba a generala, para convocar las milicias de Infantería y Caballería ante la presunción de que serían invadidos.

La presunción se transformó en realidad cuando, pasado el medio día, las tropas británicas desembarcaron en las playas de Quilmes. El resultado no pudo ser otro que el conocido. Vagos intentos, indecisiones y posterior huida del Virrey Sobre Monte.

Desembarco de los ingleses en las playas de Quilmes.    
27 de junio de 1806    

Tropas inglesas


Buenos Aires se rinde

Consecuentemente, a las tres de la tarde de aquel lluvioso viernes 27 de junio de 1806, las tropas invasoras entraron a la Plaza Mayor (actual Plaza de Mayo) desfilando marcialmente al alegre sonido de las gaitas de la banda de los highlanders. Según un informe inglés, la entrada a Buenos Aires la realizaron encolumnados en espaciada formación, para aparentar mayor cantidad y disimular que apenas 1.635 efectivos británicos habían tomado la ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Buenos Aires sometiendo a su población, con mucha audacia y muy pocos recursos.

Así fue como aquel día ondeó en el Fuerte la Union Jack, izada con una salva de artillería y saludada desde las naves inglesas ancladas frente a la ciudad. De tal manera, estas tierras rioplatenses habían dejado de ser parte del reino de España, para transformarse en colonia del Imperio Británico.

Para dar cumplimiento a tal objetivo, el mayor general William Carr Beresford se hizo presente en el Fuerte para obtener la rendición formal de Buenos Aires y asumir las funciones de Gobernador, que desempeñó por derecho de conquista.

La acción política desplegada por Beresford en Buenos Aires nos revela el gran conocimiento que tenían los británicos en materia de acción psicológica. Basta recordar que esa misma tarde los azorados vecinos pudieron ver, apostadas en las esquinas de las calles de acceso a la Plaza Mayor, las guardias reforzadas con centinelas de vistosos uniformes.

Debemos reconocer que la población reaccionó de muy distinta manera ante el invasor, si admitimos que tanto los funcionarios del gobierno virreinal, como la clase dirigente, mantuvieron, en general, una actitud más bien pasiva. Por el contrario, el pueblo en su gran mayoría, mostró su descontento, oponiéndose abiertamente a los británicos.

Recordemos que una de las personas que testimonió más fielmente su complacencia con los británicos fue la célebre Mariquita Sánchez de Thompson, que anotó en sus Recuerdos refiriéndose a “las milicias de Buenos Aires –decía– es preciso confesar que nuestra gente del campo no es linda, es fuerte y robusta, pero negra. Las cabezas como un redondel, sucios; en caballos sucios, mal cuidados; todo lo más miserable y más feo”.

En cambio cuando se refiere a los ingleses su opinión es muy distinta, llegando a manifestar que “el regimiento 71 de Escoceses, mandado por el general Pack; las más lindas tropas que se podrán ver, el uniforme más poético, botines de cinta punzó cruzadas, una parte de la pierna desnuda, una pollerita corta, una gorra de una tercia de alto, toda formada de plumas negras y una cinta escocesa que formaba el cintillo; un chal escocés como banda sobre casaquita corta punzó. Este lindo uniforme, sobre la más bella juventud, sobre caras de nieve”. Agregando que “Todo el mundo estaba aturdido mirando a los lindos enemigos. . .”. (4)

Por aquellos mismos días, precisamente el martes 1° de julio de 1806, o sea a escasos cuatro días de la invasión, don Martín Simón de Sarratea ofreció una recepción al general Beresford, que concurrió acompañado por el teniente coronel Denis Pack y algunos oficiales británicos, quienes departieron amablemente con los demás invitados, entre los que se encontraban los personajes más encopetados de la sociedad porteña.

Aquella velada, que escandalizó a no pocos vecinos, transcurrió en un ambiente de gran cordialidad, durante la cual los ingleses deslumbraron al sexo débil haciendo gala de finos modales y atentos galanteos.

Sin duda, los ingleses aprovecharon aquella relación para desarrollar una inteligente acción psicológica para lograr una imagen agradable de su presencia y a la vez una superioridad aparentada con vistosos uniformes, lucidos desfiles militares y conciertos ofrecidos por las tardes, ejecutados por las bandas de los regimientos.

Mientras tanto, el gobernador Beresford daba a conocer a la población de Buenos Aires un bando, tendiente a afianzar su autoridad y ganarse la confianza y simpatía de sus gobernados.

Para alcanzar esos objetivos, Beresford, aseguraba la permanencia de las instituciones fundamentales en el orden eclesiástico, administrativo, judicial y municipal y garantizaba el respeto a la propiedad privada, el mantenimiento de los magistrados y el pleno ejercicio de los derechos civiles. Prometía además una apertura del comercio exterior para negociar libremente con cualquier otro país, siendo esto último el beneficio más atractivo que Gran Bretaña podía ofrecer a los comerciantes porteños.

El destacado historiador británico, John Street, sostiene en su conocida obra titulada “Gran Bretaña y la Independencia del Río de la Plata”, que “esta proclama debe haber asegurado la confianza de todos los habitantes respecto a las intenciones de los ingleses. Los comerciantes criollos y hacendados en particular, deben haber estado encantados con las promesas del libre comercio e impuestos reducidos, cosas que hacía tiempo deseaban".(5)

John Street cometía un pecado de ingenuidad al sostener tal aseveración, cuando ya sabemos que la población de Buenos Aires no compartía esos sentimientos. No olvidemos que el pueblo estaba herido en su dignidad por tan humillante derrota sufrida en manos británicas, y que esas heridas no se restañan tan fácilmente.

Recordemos, para mayor abundamiento, que Cornelio Saavedra anotaba en sus “Memorias” que: “Pasado el primer espanto que causó tan inopinada irrupción, los habitantes de Buenos Aires acordaron sacudirse el yugo que sufrían”.

Beresford también lo sabía, por ello dispuso el refuerzo de las patrullas y rondas que recorrían las calles para conservar el orden en la ciudad.

Tampoco fue casual que, al amanecer del 7 de julio, Beresford sorprendiera al vecindario porteño con un nuevo bando disponiendo la perentoria entrega de las armas que se encontraban en manos de la población. Para consolidar el sometimiento a la Corona británica, Beresford también dispuso que los cabildantes y aquellos que ocupaban cargos públicos, militares y eclesiásticos prestaran juramento de fidelidad a Jorge III de Inglaterra.

Triste es admitir que, salvo honrosas excepciones, casi la totalidad de aquellos funcionarios firmaron aquel obsecuente compromiso. El mismo Saavedra, en carta a Juan José Viamonte, pone al descubierto la conducta de algunos porteños, cuando aludiendo a Juan José Castelli, Nicolás y Saturnino Rodríguez Peña, Antonio Luis Beruti, Hipólito Vieytes y Juan Larrea, entre otros, sostenía: “No dudemos ni olvidemos que éstos fueron afectísimos a la dominación inglesa…”.(6)

En cambio, digna de mención es la honrosa actitud de Manuel Belgrano, por aquellos días secretario del Real Consulado, que se negó a prestar juramento refugiándose en la vecina orilla de la Banda Oriental, no sin antes manifestar por escrito su decepción por todos aquellos que “prestaron juramento de reconocimiento a la dominación británica, sin otra consideración que la de sus propios intereses”.(7)

Indudablemente, la indignación de los porteños y la toma de conciencia de la inferioridad numérica de los ingleses, hicieron posible que, apenas dos o tres días después de la ocupación británica, ya se urdiera la reconquista del suelo usurpado.

Por aquellos días, don Martín de Alzaga le escribía, con fecha del 27 de junio, a su amigo Pascual Dubois, expresándole su indignación, cuando le decía: “fuimos entregados como corderos en esta capital a 1500 y más lobos británicos, del modo más escandaloso que es imaginable”.(8)


El león británico es abatido

Como no podía ser de otra forma, en tan dramáticas circunstancias, surgieron dos personajes que encabezarían la Reconquista y posterior Defensa de Buenos Aires. Como bien sabemos, ellos fueron Santiago de Liniers y Martín de Alzaga, unidos –aunque con distinto signo político– en aquella gloriosa gesta.

Podríamos decir, que la primera manifestación concreta que recibiera Beresford de un levantamiento militar la tuvo en la noche del 31 de julio, cuando se le informó que tropas rebeldes se acercaban a la ciudad.

Aquella noticia obligó a Beresford a salir en la madrugada siguiente con parte de sus tropas para combatir en campo abierto. Aquel desafortunado encuentro lo recordamos como el Combate de Perdriel, en el que Juan Martín Pueyrredon fue abatido por los ingleses, con serio peligro de perder la vida, mientras que a Beresford le ocurrió lo mismo, cuando atacado por un intrépido voluntario de caballería, no logró desenvainar su espada –aunque cueste creerlo– por la herrumbre de su hoja. Fue un oficial inglés quien pudo contener aquella impetuosa embestida del jinete criollo.

De aquel día en adelante, Buenos Aires se vio sumida en una tensa calma. Esa calma que presagia las grandes catástrofes.

Y así fue como, pocos días después, Beresford tomaba conocimiento de que Liniers avanzaba sobre Buenos Aires con tropas traídas desde Montevideo a las que se le habían sumado las reclutadas por Pueyrredon en la campaña bonaerense.

Al mismo tiempo, Beresford advertía que los porteños asumían una actitud hostil, tornándose difícil conseguir los víveres necesarios, haciéndose evidente que los ingleses estaban siendo sometidos a un sabotaje para minar su resistencia.

La situación del gobernador británico se había convertido repentinamente en insostenible, a punto tal, que concentró sus escasas tropas en la ciudad en actitud solamente defensiva, previendo incluso la posibilidad de un rápido reembarque, antes de quedar atrapado en ella.

Fue en aquellas circunstancias que nuestro recordado comodoro Popham le propuso a Beresford que saqueara la ciudad y se reembarcara sin pérdida de tiempo. El gobernador inglés indignado por tan innoble propuesta le expresó que “dejaría de ser soldado, para ser pirata si pensara como usted”. (9) Frase que define la diferente calidad moral de cada uno de estos personajes.

En la madrugada del 12 de agosto, según nos relata el capitán Alexander Gillespie, la ciudad mostraba signos de mal presagio, las iglesias y casas estaban llenas de gente, dispuestas a sumarse a las tropas de Liniers que avanzaban hacia la Plaza Mayor. El mismo Gillespie nos refiere que: "Teníamos orden de respetar los santuarios, pero se hicieron tan molestos por su fuego de cañoncitos y mosquetería, que no podíamos contenernos de retribuirles con iguales favores. Con mi anteojo podía percibir al clero inferior activo en manejar sus armas y dirigir las tropas". Sigue diciendo Gillespie, "La batalla hacía estragos en todas las calles inmediatas al Fuerte" .(10)

Evidentemente, la defensa de la Plaza Mayor se había transformado repentinamente en una desesperada resistencia.

Fue entonces, cuando la caballería invadió la Plaza, haciendo su aparición Pueyrredon, encabezando su propio batallón de Húsares, que cargó sobre la infantería inglesa, que no pudo resistir la embestida, por lo que debió replegarse hasta el Fuerte.

Bandera del regimiento 71 En esta acción sumamente cruenta, el propio Pueyrredon logró arrebatarle al gaitero del 71 de Highlanders la banderola del regimiento, que hoy se encuentra exhibida en la iglesia de Santo Domingo, como un verdadero trofeo de guerra.

A todo esto, Beresford permanecía en el arco mayor de la Recova aparentemente impasible y sereno, impartiendo órdenes junto a su ayudante, el capitán George Kennet, cuando un certero disparo hirió mortalmente a su compañero, que se desangró a sus pies.

Beresford, sumamente conmovido, dio la orden de refugiarse dentro del Fuerte, siendo el último en transponer el puente levadizo que se cerró tras él. Debió ser en aquel momento que Beresford tomó plena conciencia de que su derrota sería inminente.

Ya era el medio día de aquel glorioso 12 de agosto de 1806, cuando las tropas de Liniers entraban victoriosas en la Plaza Mayor para exigir la rendición del gobernador Beresford.

El león británico había sido vencido. La honra de los criollos salvada. El pabellón español flameó nuevamente en el Fuerte de Buenos Aires.

En estas circunstancias, es oportuno recordar que, así como Beresford luchó hasta que la prudencia le indicó que debía rendirse, Popham, por su parte, ya se había embarcado, dejándolo a Beresford librado a su buena suerte.

Pero Beresford, tuvo buena suerte, o buenos amigos, si recordamos su placentera detención en el cercano pueblo de Luján, y su posterior fuga lograda con la eficaz ayuda de los probritánicos Saturnino Rodríguez Peña y Aniceto Padilla, con la colaboración de las logias masónicas ya existentes en Buenos Aires.

Luego de aquella audaz fuga, y después de permanecer misteriosamente oculto en Buenos Aires por espacio de tres días, Beresford logró arribar a Montevideo, desde donde regresó a su patria. (11)


Los refuerzos que se transformaron en la 2º Invasión

A todo esto, en junio de 1807, otra expedición británica había hecho su aparición en el estuario rioplatense, esta vez al mando del teniente general John Whitelocke, quien traía a su mando una fuerza de más de nueve mil hombres, para reforzar tardíamente la ocupación de Buenos Aires, cuando ya había sido reconquistada aquel memorable 12 de agosto de 1806.

Fue por ello, que debieron previamente capturar la plaza de Montevideo, para luego iniciar, el 26 de junio, el lento desembarco de la numerosa tropa en las playas de Ensenada, para avanzar dificultosamente hacia Buenos Aires, bajo una persistente lluvia, que transformó los caminos en verdaderos lodazales. El día 2 de julio los británicos pudieron dispersar a las tropas de Liniers, en un sorpresivo enfrentamiento llevado a cabo en los Corrales de Miserere, lo que les facilitó el impetuoso avance sobre Buenos Aires.

Fue en aquellas desastrosas circunstancias, que surgió la recia figura de Martín de Álzaga, que lograría revertir el ánimo de los defensores de Buenos Aires.

Con los primeros albores del 5 de julio, el enemigo comenzó el ataque a la ciudad por el lado del Retiro, con trece columnas que, según los planes previstos, deberían cruzar la ciudad sin disparar contra la población, para llegar a la Plaza Mayor.

Por su parte, las heterogéneas tropas defensivas, a las que se habían sumado los mil efectivos a las órdenes de Liniers, lograron rechazar la embestida inglesa y emprender un duro y cruento contraataque, infringiéndole una pérdida de más de 2.800 hombres, entre muertos heridos y prisioneros. El triunfo obtenido le permitió a Liniers enviarle al general Whitelocke , el día 6, una intimación de rendición para concretarla en una hora, recibiendo por respuesta un pedido de tregua para recoger a los heridos. La respuesta no fue aceptada, por lo que el día 7 se reanudó el fuego, haciendo que ese mismo día, el general Whitelocke y el almirante Murray firmaran en la Plaza de Toros una nota aceptando las condiciones impuestas.


La hora de los reconocimientos

Refiriéndose a la gloriosa victoria obtenida sobre el enemigo, Álzaga tuvo un justo y sentido reconocimiento para con el pueblo de Buenos Aires, cuando decía que: “Este insigne y heroico triunfo es debido al entusiasmo de un pueblo fiel y generoso, que en el término de once meses abandonó su industria, su comercio y el regalo de sus casas para adiestrarse al manejo de las armas; y que habiendo sacrificado sus intereses, y aun sus propias vidas en defensa de la Religión, del Rey y de la Patria, formaran una época memorable en la historia que servirá de modelo de fidelidad y patriotismo…”.(12)

Justo es reconocer que Martín de Álzaga fue el hombre que supo defender a la ciudad impidiendo el triunfo de los británicos, así como Santiago de Liniers fue el verdadero héroe de la Reconquista. Dos personajes políticamente antagónicos, que supieron deponer sus enfrentamientos personales, en un momento difícil de la patria, para juntos vencer al enemigo común.


A modo de conclusión

Posiblemente el londinense diario The Times, en su edición del 14 de septiembre de 1807, aporte la conclusión más acertada, cuando informaba a sus sorprendidos lectores que “el ataque a Buenos Aires ha fracasado y hace ya tiempo que no queda un solo soldado británico en la parte española de Sudamérica”, considerándolo un “desastre, quizás el más grande que ha sufrido nuestro país”.


Notas y bibliografía

(*) Bernardo Lozier Almazan. Historiador de fructifera obra. Los titulos de su obra hitorica se detallan en las siguintes notas.

1) Carlos Roberts: Un proyecto para humillar a España, Anuario de Historia Argentina, Sociedad Histórica Argentina, Buenos Aires, 1941, pp. 598 a 613.

2) John Pullen: Memoires of the Maritime Affaires of Great Britain, Londres, 1732, p. 10.

3) Rodolfo H. Terragno: Las fuentes secretas del plan libertador de San Martín, Todo es Historia, nº 231, agosto 1986, pp. 9 a 40.

4) Jorge A. Zavalía Lagos: Mariquita Sánchez y su tiempo, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1986, p. 70.

5) John Street: Gran Bretaña y la Independencia del Río de la Plata, Editorial Paidos, Buenos Aires, 1967, p. 37.

6) Enrique Ruiz Guiñazú: El presidente Saavedra y el pueblo soberano de 1810. Carta de Saavedra a J.J. Viamonte, fechada el 27-6-1811, documento nº 25, p. 579.

7) Julio César González: El Real Consulado de Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas (1806-1807), Anuario de Historia Argentina , Sociedad de Historia Argentina, Buenos Aires, 1941, , pp. 5 a 8.

8) Enrique Williams Alzaga: Cartas (1806-1807), Emecé, Buenos Aires, 1972, p. 114.

9) R. Hogg: Algunos curiosos episodios de las Invasiones Inglesas, La Prensa, Buenos Aires, 14-8-1938.

10) Alejandro Gillespie: Buenos Aires y el interior, La Cultura Argentina, Buenos Aires, p. 79.

11) Bernardo Lozier Almazán: William Carr Beresford. Gobernador de Buenos Aires, Sammartino Ediciones, Buenos Aires, 2012.

12) Bernardo Lozier Almazán: Martín de Alzaga, Historia de una trágica ambición, Ediciones Ciudad Argentina, Buenos Aires, 1998, p. 134.

Bibliografía

Fletcher, Ian: The Waters of Oblivion. The British Invasion of the Río de la Plata, Spellmount Ltd. Turnbridge Wells, Kent, 1991.

Gillespie, Alejandro: Buenos Aires y el interior, La Cultura Argentina, Buenos Aires, 1921.

Lozier Almazán, Bernardo: Santiago Liniers y su tiempo, Emecé, Buenos Aires, 1990.

Lozier Almazán, Bernardo: Martín de Alzaga. Historia de una trágica ambición, Ciudad Argentina, Buenos Aires, 1998.

Lozier Almazán, Bernardo: William Carr Berresford. Gobernador de Buenos Aires, Sammartino ediciones, Buenos Aires, 2012.

Street, John: Gran Bretaña y la Independencia del Río de la Plata, Paidos, Buenos Aires, 1967.

Speroni, José Luis: La real dimensión de una agresión. Una visión político estratégica de la intervención británica a América del Sur, 1805-1807, Círculo Militar, Biblioteca del Oficial, vol. Nº 715, Buenos Aires, 1984.


Fuentes:

- Bernardo Lozier Almazán (ver bibliografía citada)
- Castagnino Leonardo. Las invasiones inglesas. 1806/1852
- Obras citadas.
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

Obras de Leonardo Castagnino
Artículos relacionados:

- Santiago de Liniers y Bremond.
- El fusilamiento de Liniers.
- Plan Maitland previo.
- Plan Maitland definitivo.
- Historia de los ingleses
- Invasión inglesa de 1806.
- Invasión inglesa de 1807.
- Reconquista: Capitulación de un general desgraciado.
- Batalla naval ganada por al caballería

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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