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Bartolomé Mitre.    

Bartolomé Mitre



CIVILIZACIÓN MITRISTA


(01) En la campaña bonaerense
(02) Mano dura
(03) La civilización y el cancionero popular.
(04) Fuentes
(05) Artículos relacionados


En la campaña bonaerense

“Después de la caída de Rosas -dice Eliseo F. Lestrade- el país presenció el asolamiento del interior y de la campaña de la provincia de Buenos Aires, realizado por los gobiernos que le sucedieron en la provincia y que desde ésta pretendieron subordinar todo el interior.

“La campaña de la provincia de Buenos Aires, que, numéricamente, después de 1852 tenía mayor influencia que en 1822 y 1830, fue la que más sufrió, no ya la coacción del grupo de hombres que desempeñaban el gobierno, sino la destrucción, por la persecución, por el despojo de las propiedades y por la falta de garantías y seguridad para el trabajo. “El poema Martín Fierro puede documentarse en cada uno de sus versos. “En el interior, los hombres que, como consecuencia del hambre que sufrían y de la falta de medidas del gobierno para paliar ese mal, buscaron de hecho sus alimentos, y aquellos que huían de las levas militares, fueron considerados bandoleros y ejecutados.

“Los campos quedaron , pero el apóstrofe poético no tuvo exponente, porque se trataba del desheredado.

“La documentación sobre estos hechos
-concluye Lestrade- se encuentra en las actas del Senado nacional, año 1875, y en el Archivo Mitre puede verse el desasosiego que experimentaron las poblaciones del interior al paso de las expediciones militares que desde 1852 hasta 1863 se mandaron de Buenos Aires para someter las provincias al nuevo régimen político.”


Mano dura

El 1852, apenas caído Rosas en Caseros, era fusilado el gobernador de Jujuy, coronel José Mariano Iturbe, (Zinny. Historia de los gobernadores, t.V, p.186) mientras en Entre Ríos el general Hornos, con sus degüellos, (Julio Victorica. Urquiza y Mitre, p.85 y 86) daba el primer indicio de lo que significarían para el interior las invasiones civilizadoras de los vencedores de Caseros.

En 1854, como en la campaña de Buenos Aires algunos jefes federales mantuviesen la resistencia al gobernador Pastor Obligado, éste ordenó a un jefe que hiciera marchar contra ellos una fuerza “ligero, ligero, a ver si los pescan, y, ¡bala sin misericordia!” (Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, t.V, p.335)

A Mitre, que presenció la batalla de Caseros escondido en un monte de espinillos (1), no le temblaba el pulso para firmar ordenes de persecucion y fusilamneto.

En 1856, el general Jerónimo Costa, héroe de la defensa de Martín García, pero entonces perseguido y emigrado en el Uruguay, desembarca en Zárate con 150 hombres. Tal desembarco formaba parte del plan de una revolución fracasada. El gobernador de Buenos Aires, Pastor Obligado, envió en su contra, al mando de Mitre, un ejercito muy superior en número, que hubiese bastado para sofocar la intentona, aprisionar a sus hombres y luego juzgarlos y aplicarles las correspondientes sanciones legales. Pero los angelicales unitarios que gobernaban entonces Buenos Aires no daban cuartel. El mismo día del desembarco de Costa habían celebrado el siguiente acuerdo:

“Habiendo desembarcado en el territorio del estado un grupo de anarquistas, capitaneado por el cabecilla Jerónimo Costa, con el criminal objetivo de atentar contra la autoridad constitucional del mismo, para suplantar a ésta la del terror y barbarie que caducó con el triunfo de Caseros, y siendo necesario que el castigo de tan famosos criminales siga inmediatamente a la aprehensión de los mismos, a fin de dejar sentado un saludable ejemplo para lo sucesivo y satisfecha la vindicta pública que tan enérgicamente se ha pronunciado contra los mismos:

“1° Todos los individuos titulados jefes que hagan parte de los grupos anarquistas capitaneados por el cabecilla Costa y fuesen capturados en armas serán pasado por las armas inmediatamente, al frente de la división o divisiones en campaña, previos los auxilios espirituales.

“2° Los de capitán inclusive abajo, serán remitidos con la seguridad conveniente a disposición del gobierno, para que tengan entrada en la cárcel pública, hasta nueva disposición, salvo aquellos que por circunstancias agravantes deban ser comprendidos en el artículo 1°, en cuyo caso se ordenará lo conveniente.

“3° El ministerio de guerra y marina queda encargado del cumplimiento de este acuerdo, así como de hacerlo saber a los jefes en campaña.-

Pastor Obligado, Valentín Alsina, Bartolomé Mitre, Norberto de la Riestra.”

Debemos hacer notar que no existían entonces facultades extraordinarias ni nada semejante. Por el contrario, el artículo 166 de la constitución provincial las prohibía terminantemente. El artículo 145 decía que “nadie puede ser privado de la vida sino con arreglo a las leyes”; y el 161, que “ningún habitante del estado puede ser penado por delito sin que proceda juicio o sentencia legal.”

Pero la civilización, con el pretexto de combatir a la barbarie, no había barbaridad que no considerase legítima.

A dar cumplimiento al acuerdo salió a la campaña el ministro de guerra, que lo era Bartolomé Mitre. Para exterminar a los llamados anarquistas destacó a Conesa, quien le da cuenta de su actuación en el siguiente parte:

“Al excelentísimo ministro de guerra y marina, coronel Bartolomé Mitre:
“Alcanzados, y después de una ligera resistencia, murieron todos los traidores.
“Réstame sólo, felicitarlo una y mil veces porque esta soez canalla ha tenido el trágico fin que desde mucho tiempo atrás debieron tener.
“Dios guarde a V. E. muchos años.- Emilio Conesa.”

Parece ser que de los 140 desembarcados sólo 15 quedaron con vida.

“Resultó -comenta Benjamín Victoria- que el decreto de muerte contra los jefes se hizo extensivo a los oficiales y tropa. En todos, parece, se encontraron las circunstancias agravantes del artículo 2° y se ordenó lo conveniente.” Y añade luego: “En cuanto a los auxilios espirituales a que se refiere el acuerdo, no consta que hubiesen sido administrados. Eran tantas las víctimas y se anduvo tan aprisa que, sin duda, se prescindió de ellos.”

Es un hecho muy significativo acerca del carácter de este supuesto combate el que revela una carta de Esteban García al gobernador Obligado: “Por nuestra parte -le dice- no creo tener desgracia ninguna.”

Esto revela claramente que no hubo lucha. A Costa, por ejemplo, se lo tomó en una casa donde estaba asilado. Fue una simple matanza en masa. (Julio Victorica, ob.cit.p. 194/209)

En 1858, en San Juan, y bajo un gobierno adicto a Buenos Aires, es asesinado el anciano general
Nazario Benavídez
mientras se encontraba en la cárcel sujeto con una barra de grillos de arroba y media.

“El general Benavídez, medio muerto -dice una crónica de entonces-, fue enseguida arrastrado, con sus grillos, y, casi desnudo, precipitado de los altos del Cabildo a la balaustrada de la plaza, donde algunos oficiales se complacieron en teñir sus espadas con su sangre, atravesando repetidas veces el cadáver y profanándolo hasta escupirlo y pisotearlo. “Este espectáculo de inaudita barbarie duró largo tiempo, hasta que el cadáver fue trasladado al cuartel de San Clemente, donde permaneció expuesto a la expectación pública y pudieron más tarde rescatarlo los ruegos del provisor y demás miembros del clero, para que recibiese las lágrimas de sus hijos, y darle sepultura.”

En Buenos Aires, los periódicos Tribuna y El Nacional, redactados respectivamente por Juan Carlos Gómez y Sarmiento, sostuvieron con anticipación la necesidad del crimen y lo aplaudieron después de cometido. “Un álbum fue ofrecido, por el partido que dominaba en Buenos Aires, a los autores o solidarios del asesinato del general Benavídez. Entre las firmas que contenía, figura la del general Mitre.” (J.Victorica, idem.p. 230/38)

En 1860 es asesinado en San Juan el gobernador José Antonio Virasoro, su hermano Pedro y los señores Hayes, Cano, Quirós, Acosta y Rolin.

“A las 8 de la mañana, se sintió el rumor de la pueblada que rodeaba la casa del gobernador demandando a gritos su renuncia inmediata; algunos disparos sonaron, y Virasoro comprendió la amenaza sangrienta dirigida contra su persona: él y los suyos tomaron armas y rompen el fuego contra los asaltantes. Grupos armados, sin embargo, asoman por los fondos, escalan murallas y, al pronto, el tiroteo principia en el interior de la casa: se traba una lucha encarnizada y caen Pedro Virasoro, Tomás Hayes, N. Rolin y algunos soldados; de repente se presentó en el patio José Virasoro con un hijo suyo, Alejandro, en los brazos, como sagrado escudo, pidiendo se le perdonase la vida y protestando que abandonaría el gobierno y la provincia. Dícese que, mientras se acercaba uno de los cabecillas para sentar las bases del arreglo, uno de los parciales de Virasoro descargó sus armas sobre los asaltantes que le rodeaban, dando así la señal de una nueva lucha sin cuartel; ni uno solo pidió cuartel, sino que, hechos pedazos, mutilados sus miembros, brotando su sangre por veinte y más heridas, lucharon como leones hasta caer sin dar un solo gemido. El gobernador cayó también, acribillado a balazos, y el niño, providencialmente preservado, fue sacado de debajo del cadáver de su padre con sólo una ligera contusión, producida por la caída. La esposa del gobernador, que guardaba cama, indispuesta, saltó, descalza, por en medio de los forajidos, escapando a las balas, buscando a su marido y a sus hijos: uno de los asaltantes la arrastró al rincón donde se hallaba el niño, a quien había sacado de debajo del cadáver de su padre: la desdichada mujer corrió al sitio donde yacía el cadáver de su esposo, en un estado de desesperación que aterró a los bárbaros asesinos: preguntados si no tenían más balas para ella, se retiraron, dejándola arrastrar los despojos de su marido, que, hecho pedazos, se hallaba en el segundo patio de la casa.” (Julio Lapont. Historia Argentina, p.487)

Respecto del asesinato del gobernador Virasoro, dice Pelliza en uno de sus trabajos históricos: La prensa de oposición en Buenos Aires lanzó la voz de alarma anunciando que el ministerio de hacienda (Elizalde) había facilitado al de gobierno (Sarmiento) un millón y medio de pesos papel para derrocar las autoridades de la provincia de San Juan. El ministro de hacienda, quiso defenderse del cargo, pero se confundió, dejando subsistente la denuncia, que bien pronto quedó confirmada por una circunstancia verdaderamente singular: el órgano oficial del ministro de gobierno anunció con una anticipación de seis días la muerte del gobernador Virasoro. De este modo no pudo eludir la responsabilidad en los hechos sangrientos que se consumaron el 16 de noviembre.> El general Mitre era el gobernador de Buenos Aires.” (Julio Victorica, ob.cit.p.395)


La civilización mitrista y el cancionero popular.

Mitre y Sarmiento desataron en el interior una verdadera "guerra de policía".

No solo el Martín Fierro dejó testimonio de lo sucedido en el interior con la llegada de la civilización mitrista.

Juan Alfonso Carrizo, investigador del cancionero popular, dice haber encontrado hasta en lejanos pueblitos de Salta canciones en que se añora la época de Rosas, manifestandose en cambio que “la constitución famosa, hoy nos trata con rigor”.

El citado autor, en una conferencia pronunciada el 23 de junio de 1934, dijo que “A pesar de haber hallado muchísimos cantares de la época rosista, ninguno encuentro que signifique una protesta contra Rosas. Los pocos que he oído son de origen culto, hecho por gente de las ciudades y no del pueblo cmpesino”

Talvez por eso, muchos años después de la caída de Rosas, según relata un testigo presencial, un paisano presente en un boliche la campaña bonaerense, clavando el cuchillo en el mostrador, dijo bien fuerte:
“Viva el gaucho don Juan Manuel”

Notas:

(1)

La historia oficial mitrista habla del heroico comportamiento de Mitre, que con su acción inclinó la balanza de la batalla de Caseros a favor del invasor, con prescindencia del general en jefe, Urquiza, a quien de esta forma le resta mérito.

Alfredo de Urquiza, que investigó los hechos no llega a la misma conclusión:

“Vive en Entre Ríos un anciano coronel Espíndola, a quien en otro tiempo le oí decir que en Caseros encontró al comandante Mitre, con su batería, detrás de un monte y que habiéndole preguntado por lo que allí hacia, Mitre le contestó: Estoy economizando sangre” (Alfredo F. de Urquiza. “Campañas de Urquiza. Rectificaciones y ratificaciones históricas. Buenos Aires. 1924) (Atilio Gardía Mellid. Proceso al Liberalismo Argentino.p.301)


Obras de Leonardo Castagnino Fuentes:

- Saldías Adolfo. Historia de la Confederación Argentina.
- Ezcurra Medrano, Alberto. Las otras tablas de sangre.
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

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- Juan Manuel de Rosas

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Fuente: www.lagazeta.com.ar





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