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MAXIMAS UNITARIAS
                          

10 Pesos Moneda Corriente. Año: 1844    
Leyenda: "Viva la Confederación Argentina... Mueran los Salvajes Unitarios"     
Emisor: Casa de Moneda de la Provincia de Buenos Ayres     

Gral.Lamadrid

01 Teoría y práctica
02 Las máximas de la Comisión de Chile
03 Fuentes
04 Artículos relacionados


Teoría y práctica.

Las provincias del Norte, supuestamente liberadas de la tiranía rosista por la “Coalición del Norte” no la pasaron muy bien.

“El fin común y único -escribe Alberdi- es la tiranía de Rosas. Los elementos, los poderes reaccionarios que los hechos y la libertad han hecho aliados, son: el pueblo francés, el pueblo boliviano, el pueblo oriental y el pueblo argentino también.”(Ernesto Quesada, Acha y la batalla de Angaco, p.93)

Se equivocaba Alberdi, porque en es “fin común y único” no estaba el pueblo argentina, en particular los pueblos del interior, que tenían frescos los recuerdos de atropellos y crímenes de los unitarios representados por Rivadavia, los generales Lavalle, Paz y Lamadrid, durante la "Cruzada libertadora".

“El descontento y aun el odio contra Lamadrid se pronunciaban en todas partes, con el mayor desembarazo” (Ibidem. p.25), escribía, desde Tucumán, Moldes a Solá, y éste, desde Salta, a Piedrabuena: “Amigo, conozco a mi tierra y a estos nuestros pueblos; es preciso que no nos engañemos y partamos de ideas falsas. Hombres del convencimiento que necesitamos, se encontrarán media docena en cada pueblo; los demás, aunque griten y proclamen, piensan de distinto modo a este respecto, y es tiempo perdido y cálculo errado contar con esfuerzos que el apuro ya manifiesto puede arrancarles.” (Ibidem. p.27)

JUAN MANUEL DE ROSAS. La ley y el orden A a su vez, respondía Piedrabuena desde Tucumán: “Desengáñese; para tener patria es menester no contemporizar mucho con los mezquinos cálculos de nuestros paisanos, he tenido y tengo que arrugar la frente y tornarme un Heredia a cada rato para tener soldados, y aun así apenas he podido reunir 300 hombres, después de más de un mes que no me ocupo sino de hacer recluta.... Nuestros pueblos son todavía muy poco ilustrados para hacer que anden el camino por sólo el convencimiento.” (Ibidem. p.28)

Si éste era el ambiente popular en las provincias coaligadas, cabe imaginar cuál sería en las provincias invadidas por los ejércitos de la Coalición.

Cuando Solá penetró en Santiago del Estero, escribió a Lamadrid: “Nunca se ha mostrado más enemigo este país, de fuerzas que sólo venían a protegerlo; no pasan de 3 hombres los que, en esta larga distancia a que hemos podido llegar con mil inconvenientes, se hayan atrevido a vernos la cara, hablarnos y darnos algunas noticias. Todo lo hemos encontrado exhausto y en retirada a los montes; las casas abandonadas, una que otra mujer lográbamos ver de distancia en distancia, sin tener de qué valernos para un sólo bombero, ni entre esas pocas mujeres, ofreciéndoles pagarlas bien, ni baqueanos, etc., cuando al revés cada algarrobo o juncal es un espía y bombero de Ibarra.” (Ibidem. p.37)

Ante la evidente falta de popularidad, nada tiene de extraño que la Coalición recurriera a todos los procedimientos de que acusaba al “tirano”, desde las “facultades extraordinarias” (Ernesto Quesada. Pacheco y la campaña de Cuyo. p.77) hasta los embargos.

“Me dirijo en el acto de oficio -escribe el gobernador de Tucumán al de Salta- reclamando el embargo de las mulas de Carranza, socio de Ibarra. Le ruego como amigo, y como gobernador de Tucumán le reclamo, que no deje transportar esas mulas. Los bienes de Ibarra deben servirnos para reparar los daños que Ibarra les ocasione injustamente a nuestros paisanos.” (Ernesto Quesada, Acha y la batalla de Angaco, p.35)

Esta carta de Piedrabuena a Solá está fechada el 29 de julio de 1840 y fue confirmada más tarde por otra en que afirma que “los bienes de Ibarra y de todos aquellos a quienes se encuentre con las armas en la mano deben servir para indemnizar a esta provincia y a la de Salta de los gastos hechos en una lucha que no hemos provocado.”(Ibidem.)

El decreto de embargo de Rosas, fundado en idénticas razones, lleva fecha 16 de septiembre del mismo año, y hubiera pudido invocar como antecedente el ejemplo de sus enemigos. Pero hoy sólo se recuerdan los embargos de Rosas y no los anteriores de los unitarios.

A los embargos se unieron las contribuciones forzosas: “Echa contribuciones -escribe Marco Avellaneda a Augier- , y, si no las pagan, haz rodar cabezas.” (Manuel Gálvez, Vida de son Juan Manuel de Rosas, p.403)

En Salta, durante la expedición “libertadora” de Avellaneda, se saqueó y se asesinó como no lo hizo la Mazorca porteña en sus mejores tiempos. Y lo curioso –dice Ezcurra Medrano- es que al frente de esas partidas solía presentarse, no un Parra o Cuitiño cualquiera, sino el propio jefe de la Coalición. Así ocurrió en Yatasto en casa del doctor José Tomás de Toledo, donde Avellaneda ordenó el fusilamiento de un peón que se le presentó llevando un barbiquejo de cinta colorada. (Bernardo Frías, Tradiciones históricas, p.243)

En nota oficial del general Puch, gobernador de Salta, al doctor Avellaneda, tenemos la constancia de estos hechos, por boca de uno de los jefes de la Coalición. No era este jefe más blando de corazón que sus colegas, como lo probó en julio de 1841 fusilando a un heroico sargento de 16 años y a seis compañeros, por una tentativa de motín (M.Zorreguieta. Recuerdo de Salta, p.16) pero el vandalismo desencadenado por Avellaneda en su provincia lo hizo salir de sus casillas. “Muchos son los conductos - le dice en la nota citada- por donde el gobierno sabe los excesos de toda clase que cometen los soldados de la división que V. E. ha traído de Tucumán a la Frontera... El país que han pisado ha quedado arrasado, y no es posible ya al infrascrito ser indiferente a tanto desorden, a los hechos cuyas consecuencias serán funestas a su país y, más que a éste, a la causa de la libertad de la República... El robo a los amigos y enemigos; toda clase de excesos prodigados indistintamente; la completa desolación del suelo que ocupa la división de V. E., no son el riego benéfico que harán florecer el árbol de la libertad, tan marchito ya en la República... ¿Prevalecerá contra el verdugo de Buenos Aires la coalición si se talan sus campos, se diezman sus habitantes y se agotan las fuentes de su riqueza y porvenir?” (J.M.Gorriti, Biografía del general don Dionisio de Puch, p.35)

Para ilustrar el proceder unitario, citamos un hecho acaecido en Salta, donde se acusó a un comandante de Oribe de haber asesinado al ciudadano Quiroz. (Zinny, Historia de los gobernadores, t.V, p.207), pero según datos recogidos por el historiador Arturo S.Torino, descendiente de Quiróz, el asesinado no fue éste, sino un pobre hombre, deficiente mental, a quien lso unitarios colgaron de un árbol de la finca de Quiróz en La Lagunilla, para situar el asesinato del mencionado ciudadano y culpar del mismo a las fuerzas de Oribe. (Ibidem)

Éstos no eran hechos aislados, fruto del calor de la lucha. Esos hechos no hacían más que adaptarse al sistema de terror y de sangre que preconizaban los documentos unitarios de la época. A Ibarra, por ejemplo, Marco Avellaneda le envió una nota concebida en tales términos que mereció el siguiente comentario por parte de otro de los coaligados:

“La nota de ese gobierno (Tucumán) dirigida a Ibarra es degradante a nuestra causa, y sólo puede servir para exaltar los ánimos, y con justicia, contra nosotros, en vez de darnos aliados o partidarios. La decencia y circunspección deben presidir en todas las comunicaciones oficiales; ese lenguaje de sangre y exterminio debe proscribirse; siendo el menos a propósito para conquistar voluntades, es también contradictorio al objeto proclamado de la organización de la República: la sangre sólo da sangre por fruto y promoviendo continuas reacciones se radica la anarquía de los rencores personales, y se radica de un modo terrible y espantoso. Acusamos a Rosas por haber empapado el suelo de la patria con sangre humana. ¿Y es posible proclamar que se derramará aún más? ¿Y la sangre de los hijos y de los parientes, por delitos que nunca pudieron cometer? ¿Qué podrán juzgar de nosotros si sentamos tales principios de pura barbarie?” (Ernesto Quesada, Acha y la batalla de Angaco, p.34)


Las máximas

Pero algunos llamados a la sensatez como el citado, no eran suficientes para detener el terror. El complot unitario de 1833 estaba en plena ejecucion: Lavalle había entrado a Corrientes proclamando el degüello. Ferré aconsejaba derramar “a torrentes la inhumana sangre.” y Rivera Indarte repetía desde Montevideo: “Será obra santa y grandiosa matar a Rosas. Se matará sin conmiseración a los rosines. Pedimos una expiación grande, tremenda, memorable.” (Ernesto Quesada, La época de Rosas, p.119)

Las llamadas “máximas de guerra de la Comisión unitaria en Chile”, aunque se haya negado su calidad de tales, pueden documentarse en cada una de sus frases:

“Es menester emplear el terror para triunfar en la gerra”

“Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos”

“Debe de manifestarse un brazo de fierro y no tenerse consideración con nadie”

“Debe tratarse de igual modo a los capitalistas que no presten socorro”

“Es preciso desplegar un rigor formidable”

“Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilaciones”

“Debe de imitarse a los jacobinos de la época de Robespierre”

(Cobos Daract. Historia Argentina, t.II, p.339)

Evidentemente tenían bien ganado el mote de “Salvajes unitarios”


Fuentes:

- Ezcurra Medrano. Las otras tablas de sangre. Edit. Haz. 1953 - Obras citadas
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar


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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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