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MALON Y DESPUES
                          


Juan Manuel de Rosas        
J.M.de Rosas. La ley y el orden


(01) El administrador de estancias
(02) Los malones
(03) El auxilio de Juan Manuel
(04) Los ganaderos
(05) Politítica sinuosa
(06) Cuando las papas queman
(07) La asamblea con los Pampas
(08) Demaración de fronteras
(09) El compromiso incumplido
(10) La espalda de Rosas
(07) Fuentes
(08) Artículos Relacionados

El administrador de estancias

En la época de la anarquia, disgustado Rosas con el gobernador Martín Rodríguez por su equivocada represión a los indios Pampas, y criticado Juan Manuel por los señoritos “de cuello y cogote duro” de la ciudad, Rosas había renunciado a su cargo de coronel de caballeria del Monte, y retirado de la vida pública se dedicó a atender sus intereses particulares y la de las estancias que administraba.

Mientras Rivadavia desenvolvía su intensa acción cultural como ministro de Rodríguez, Rosas trataba de reparar con rudos trabajos rurales los fuertes quebrantos que había sufrido en su fortuna, a causa de los sucesos del año 1820 y de las invasiones de los indios que armaban en los campos del sud.

Rosas dirigía los establecimiento "Los Cerrillos" y "San Martín”, de la razón social Rosas y Terrero, y había vendido la estancia "Los Camarones" a sus primos los señores Juan José y Nicolás Anchorena, con quienes se había asociado en el año 1821.

La administración de esos intereses era vasta y complicada. Rosas atendía personalmente, además de la explotación de los campos que tenía con Terrero, las varias estancias de los hermanos Anchorena: "Las dos Islas”, "Los Camarones" y "El Ta1a", que en conjunto abarcaban una inmensa extensión dentro de las fronteras, innumerables ganados, millares de peones militarmente regimentados y tribus de indios amigos.

Era el gestor de los cuantiosos negocios rurales de los Anchorena, de cuyas utilidades participaba en gran parte, sin soportar las pérdidas, según lo convenido.

Rosas aprovechó de todas las circunstancias para negociar eficazmente, especulando en rebaños y en tierras cuyo valor sufría considerables alternativas y bajas por la amenaza de las incursiones de los indios. "Creo -escribía a Rosas su socio don Juan José Anchorena - que habrá en la campaña mucho miedo de los indios; por esto Ud- vea si algunos tímidos dan ganados baratos, y compre tres o cuatro mil cabezas para nuestras estancias. Quien no no arriesga no gana y ya ve si podemos hacernos de ganados baratos, ¿porqué no hemos de arriesgarnos?"

El gobernador Rodríguez intentó atraer de nuevo a Rosas, ofreciéndole la comisión de inspector de la campaña, que éste rehusó; no la hubiera aceptado en ningún caso, y las reflexiones que la experiencia y la perspicacia de su socio y primo Juan José, decidido opositor de la acción de Rivadavia, coincidían en absoluto con su opinión:

"He sabido –le decía Anchorena- que se preparan a darle a Ud. la comisión de visitar y conocer los terrenos de la campaña. No tengo más noticias que ésta, salida del gobierno; calculo que el objeto no será para arreglar la policía, sino para que Ud. después de mucho trabajo y bastantes disgustos les suministre conocimientos de los terrenos baldíos que hay, de los que conviene declararlos tales y de la buena o mala calidad de los campos. De esta comisión me resultarían ventajas y, si consultase mi bolsillo le diría que la aceptara; pero no, mi amigo, le digo que no la admita. No se todos los efectos que ella comprenda, pues los resultados deben ser, aunque en el Gobernador y el Ministro haya la mejor intención, mucho trabajo para Ud., gastos, abandono de sus estancias, hacerse de muchos enemigos, porque la justicia desagrada, y de pocos amigos que suelen durar como la fortuna; serán amigos mientras se hagan de tierras. El fruto de sus fatigas será para que los militares, empleados y gente del círculo se hagan de las mejores e incomoden a Ud. un sinnúmero de infelices desalojados. Después de todo tendrá Ud. que estar cuatro o seis años ocupado en dar informes sobre cuanto enredo se suscite. Se hallará Ud. día y noche ocupado en papeles, que es lo que Ud. debe alejar de sí para vivir sano, tener ánimo tranquilo y no experimentar los males que padecen todos los literatos y papelístas. No se vaya Ud. a alucinar con esperanzas del bien que puede hacer, porque lo que Ud. proponga para bien, lo han de emplear otros para mal, y para que no aparezca lo que Ud. proponga se ha desfigurar de tal modo que aparezca obra de los que quieren ser genios creados y soles”.

Juan José Anchorena alude aquí claramente a Rivadavia: "Recuerde Ud, por un momento lo que ha sucedido con cuanto ha dicho y escrito en los tres años anteriores".

Tampoco había aceptado Rosas la designación de miembro de la Junta de comerciantes y hacendados, instituida por Rivadavia para “contribuir al progreso del comercio e industria y a la mejora de la agricultura”, y en Abril de 1822 dimitió el cargo de Representante para el que había sido elegido.

El alejamiento de toda función pública por parte de revelaba no solamente su distanciamiento del gobierno, sino también disconformidad con la obra que ejecutaba Rivadavia.

Rosas se traslada a Santa Fe por negocios ganaderos, a ver campos para los Anchorena y a seguir cultivando la amistad de Estanislao López

Allí recibe, en marzo de 1823, las noticias de Buenos Aires que le trasmite su primo, confidente y socio don Juan José Anchorena:

“Las cosas no mejoran –le escribe Anchorena- después de tantos discursos de la Junta. Ha mandado (alude a Rivadavia) que los domínicos y franciscanos dentro de ocho días salgan o se secularicen. Para qué leyes? Para qué discusiones? Para qué Junta? El ministro de Hacienda del modo más indecente se ha portado conmigo por proponerle, como comisionado del Banco, que el gobierno no emita papel moneda, porque éste va hacer huir de la provincia a la moneda que circula y nos vamos a ver con sólo papel, perdiendo aquella riqueza real. ¡Nada se ha conseguido! Es preciso que admitamos el papel y seamos acreedores del gobierno y dependamos de él y de su suerte".

Y como conclusión, Anchorena le aconseja a Rosas la actitud que debe asumir respecto a Estanislao Lopez al hablar de la conducta del gobierno: "Para que quede Ud. bien con López, es preciso que ni se explique contra el gobierno ni a favor de él, porque no sabremos el rumbo que seguirán estas tropelías. Las consecuencias de tanto mal que calculo, me tienen enfermo"


Los malones

A su regreso de Santa Fe, Rosas encontró a sus campos arrasados y quemados. El malestar de la campaña se había acentuado bajo el gobierno de Rodríguez y de su ilustre ministro. Los estancieros, desmoralizados, no recibían más auxilio que los que ellos mismos se procuraban con sus propios medios; estaban expuestos a los bandolero y a las horrendas entradas de los indios, quienes ante la debilidad del gobierno, cuya acción no se hacía sentir en defensa de los hacendados, menudeaban sus ataques con una frecuencia de que no había ejemplo en épocas anteriores. El error del gobernador Rodríguez, que provocó la protesta y el distanciamiento de Rosas, de haber agredido a los pampas en diciembre de 1820, costó a la provincia pérdidas enormes y llevó a los indios iracundos hasta quince leguas de la capital.

En 1822, se comisionó a don Pedro Andrés García para procurar la paz con las tribus del sud, misión que no dio resultado eficaz. He aquí un cuadro que contempló el comisionado en la costa del río Salado, en la zona de los campos de Rosas y Terrero:

"Al aproximarnos a las márgenes de aquel río veíamos todo el horizonte cubierto de montes, al parecer poblaciones de labranza solamente, pues ganados no se veían en ninguna parte. Un aspecto bastante triste presentaba esta campiña, aunque por todas direcciones llena de bosques de durazno de los antiguos establecimientos. Pero muy poco tardó el desimpresionarnos de nuestra ilusión. Ah!...Al acercarnos a ellos no encontramos sino vestigios de que un día existieron. Los bárbaros en sus últimas y sangrientas incursiones, asolaron todos los situados en esta y la otra parte del río, en este partido. Al aproximamos descubrimos las ruinas de aquellas pequeñas poblaciones de labradores que un día sirvieron de abrigo a su indigencia y que el fuego devorador había consumido: sólo existen tristes y ensangrentados restos de algunos árboles, rastrojos destruidos o pequeñas sementeras quemadas, que servían de sustento a las familias de labradores honrados que allí moraban. Descubrimos más: vimos aun sus cadáveres que servían de alimento a los pájaros y fieras, al lado de los restos de un arado con el que hacían menos penosa su existencia. Por otra parte se encontraban huesos de cadáveres asesinados por el bárbaro, entre los arbustos y lagunas que la sorpresa les hacía ganar para defenderse: allí perecían, y aun más, llevando a la tumba el desconsuelo de ver arrastrados por los asesinos a su mujer e hijos, los que se libraban de ser envueltos en las ruinas que el fuego consumía. Este cuadro, a la verdad lastimoso, no dejaba de conmovemos, formaba en nuestra imaginación ideas tristes que correspondían el espectáculo que mirábamos, sentimos la necesidad de que estos males se reparasen".

Y los males, en vez de repararse se empeoraban. Rivadavia estaba ocupado en promover sus proyectos intelectuales.


Guerra del Paraguay  - Leonardo Castagnino El auxilio de Juan Manuel

A fines de 1823, los ataques de la indiada fueron particularmente horrorosos. Rosas se vio en la necesidad de acudir con su gente en auxilio de la división del coronel Arévalo, que se encontraba en situación comprometida por los salvajes.

Tomó el mando de la vanguardia y dirigió la jornada de Pilar, el 1° de noviembre, en la que los bárbaros fueron derrotados. Sus amigos le exhortaban, desde la ciudad, para que no expusiera su vida en esa lucha que sería estéril por la ineptitud del gobierno para proteger a los ganaderos y por la negligencia de Rodríguez y Rivadavia para todo lo que se refiriera a poner orden en la campaña.

“No se nos ocultan los riesgos a que Ud. se expuso -escribía a Rosas don Juan José Anchorena, el 13 de noviembre de 1823- y vemos que siempre iba Ud. a vanguardia. El objeto de esta es rogarle se retire Ud. sobre "Los Cerrillos”, saque de allí sus ganados y los repliegue dentro, porque la campaña es perdida; es preciso no alucinarse con esperanzas; ella podrá salvarse y los bárbaros ser escarmentados; pero el gobierno va errado, el gobierno no depone la desconfianza, los pasos que se dan son en falso, nada se ha de hacer sino sacrificar algunos hombres: nos interesamos en que Ud. no sea de estos, no hay que condescender, puede Ud. ser sacrificado tristemente, como pudo serlo en el combate del día. Donde no hay plan, ni combinación, ni ejecución con consulta, nada hay sino aventuras".

Refiriéndose al peligro que corrían las estancias "El Tala" y "Los Camarones", le decía: "No se detenga Ud. ni por un momento; por lo que respecta a El Tala y Los Camarones, déjelas Ud. que se pierdan, en el supuesto que siempre se han de perder, y que si el tiempo mejorase se volverán a fomentar”.

Rosas respondía que la internación de las haciendas era imposible y, en lo que se relacionaba a su persona, no admitía, ni le cuadraba la fuga y el retiro a lugar seguro; que era menester desafiar con honor todos los riesgos para defender la campaña; a lo que el prudente don Juan José le replicaba que su objeto al darle sus consejos y expresarle sus reflexiones había sido “persuadirle a Ud. que no veo plan, ni sistema, ni combinación, y que faltando todo esto es preciso no exponerse a ser víctima, huir de la ocasión de tener que prestarse, por honor, a tornar las armas; porque, primo, yo no desapruebo lo que hizo Ud. el día 1°: Ud. se hallaba en Los Camarones y el honor exigía que auxiliase con su gente, Consejos, etc., a Arévalo y, efectivamente, hizo Ud. más de lo que él y la Provincia podía exigir y esperar; pero deseo que Ud. se conserve para prestar servicios cuando haya plan, y no se exponga tristemente”.

Mientras Rivadavia procura aplicar con brillantez sus teorías, sus proyectos culturales y reformadores, intenta poner en ejecución doctrinas y progresos que le habían deslumbrado en Europa, funda instituciones, organiza academias y fomenta sociedades literarias, todo ello en la ciudad y para la ciudad, la campaña abandonada, y cada día más anarquizada, es presa de las tribus salvajes. Y en los momentos en que se debaten en Buenos Aires temas literarios y cuestiones filosóficas y sociales en las logias y en las asociaciones juveniles, Rosas con sus gauchos pelea contra los indios en defensa de los campesinos desamparados por el gobierno urbano y progresista.


Los ganaderos

Un descontento general entre los hacendados comienza a fomentar en contra de la actuación de Rivadavia, quien, ciego a la realidad del país, tira un pomposo decreto para regenerar a la afligida campaña bonaerense, que era arrasada por los malones, y “para proveer a la agricultura, artes y todo género de industria en el país, de los brazos y aun capacidad porque claman".

El medio adoptado para objeto tan trascendental fue nombrar una comisión encargada "de proporcionar de Europa a los propietarios y artistas del país (asi denominaba el decreto a los estancieros y rústicos labradores criollos) los trabajadores y artesanos que estos soliciten bajo contrato"

El 14 de abril de 1824, Rivadavia designó a Rosas miembro de esa comisión, de finalidad tan exótica en aquellos momentos, cual era la de importar de improviso a la pampa salvaje, artesanos y agricultores europeos. Don Juan Manual, cuyo plan de mejoramiento de la campaña yacia olvidado en los cajones ministeríales, declinó el nombramiento, agradeciéndole con una sonrisa impregnada de amargura y de ironía.

Rosas estaba en “Las dos Islas” de Anchorena, cuando terminaba el gobierno de Rodríguez y se elegía sucesor de éste al general Las Heras. Iba de una a otra de las numerosas estancias que tenía bajo su administración. Se había entregado febrilmente, con la fuerza y tesón que ponía en todas sus empresas, a restaurar los establecimientos destruídos por los bárbaros y a reparar las pérdidas sufridas: rehacía los inmensos rodeos vacunos, elaboraba grasa y sebo para la exportación, sembraba extensiones con trigo, mientras los señoritos de cuello duro en Buenos Ares analizan la “Oda a la For”, o se deleitaban en la Sociedad Filarmónica con el virtuoso Manzzoni, que fuera maestro de la corte de Juan VI, y que “infundía arrobamiento a la concurrencia con las notas de la ejecución que , -como decía el critico del Argos-, no eran sonidos, sino hebras de miel que destilaban de su violín”

Mientras tanto Rosas le encargaba a don Juan José de Anchorena armamento para sus peonajes, y éste le decía el 21 de enero de 1824: " Sabe Ud. cuanto le temen (se refería a los hombres de gobierno) y si se supiese que iban tantos cartuchos, soñarían, hablarían, y cuando menos dirían que eran preparativos para la revolución, sin querer creer que eran para defenderse de los indios"

Rosas seguía con ansioso interés las novedades políticas y la ínquietud pública que había provocado el proceder de Rivadavia en contra del clero. "Las paredes -le decía Anchoren en una carta- están llenas de pasquines y la mucha agitación ha aumentado por el mal hospedaje que dieron al Vicario que vino de Roma, y que al presente estará en Santa Fe dando confirmaciones, lo que aquí le prohibieron, después de puestos los edictos en San Ignacio y Santo Dolimingo por disposición del Provisor".

Sus amigos hacendados le cuidaban, le informaban, le aconsejaban y le pedían se mantnviera muy alejado de la política, de esa política que consideraban perniciosa, dominante en el gobierno y que desprestigiaba a sus hombres. "Estas agitaciones en que se hallan los gobernantes y sus secuaces –le escribía Anchorena a Rosas en enero de 1824-
nos han determinado a convenir con Ud. en que sean ahora las mensuras, a pesar de los mosquitos y tábanos, y que podría ser conveniente a Ud. estar en los Cerrillos durante la siega. Hemos creído conveniente que Ud. se entretenga por esas alturas estos dos meses de elecciones y de agitaciones, de que se prevalecen los mal intencionados, y porque me parece, primo, que vamos a tener un par de años muy malos, años como el 20, en que va a salir el fruto de las locuras, los descuidos y de la presunción del porvenir maravilloso”


En esta frase, que resultó profética por el fiel cumplimiento del vaticinio, don Juan José de Anchorena sintetizaba el juicio de Rosas y de todos los estancieros sobre el ministerio "europeizador" de Rivadavia.


Los política sinuosa

J.M. de Rosas - L.Castagnino
Rivadavia, después de dos años de ministerio, cambió de política. En 1821, había retirado los diputados porteños del Congreso de Córdoba, sosteniendo la necesidad de que las provincias se desenvolvieran primero por sí mismas y se unieran de hecho, antes de pretender dictarles una Constitución Nacional. Pero en 1823 declaró en un mensaje a la Junta de Representantes, el 23 de mayo, que "era llegado el momento de trabajar por la reunión de un Congreso de las Provincias Unidas", y a ese efecto envió delegados al interior, que fueron el deán Zavaleta, los generales Las Heras y Arenales y el doctor Cossio.

Cuando el general Las Heras se hizo cargo del gobierno provincial de Buenos Aires, la reunión de un Congreso Nacional era ya de segura realización. Los federales, acaudillados en el interior y en el litoral por Bustos, Quiroga y López, se opusieron tenazmente, encendiéndose de nuevo, con violencia, la lucha en contra de los unítarios.

Rivadavia, nostálgico de Europa, se marchó como agente del gobierno de Buenos Aires ante las cortes de Inglaterra y de Francia. El gobernador Las Heras debía afrontar la resolución de dos graves problemas: La cuestión de Montevideo que iba a provocar la guerra con el Brasil, y la política del Congreso Nacional, que abrió sus sesiones en diciembre de 1824 y dictó la ley de enero de 1825, según la que "por ahora y hasta la promulgación de la Constitución que ha de reorganizar el Estado, las provincias se regirán por sus propias instituciones. . . La Constitución que sancionare el Congreso será ofrecida a consideración de las provincias y no será promulgada, ni establecida en ellas, hasta que haya sido aceptada".

Lo que más preocupaba era la cuestión de Montevideo. En esos momentos Lavalleja prepara y ejecuta su golpe de mano con los treinta y tres orientales para libertar a su patria de la dominación del Brasil.

Rosas contribuyó a ello con una suma de dinero por intermedio de don Juan José Anchorena. "La suscripción es secreta -escribía el Anchorena a Rosas, que en ese momento estaba en Santa Fe inspeccionando campos-, y para auxiliarlo a Lavalleja en el compromiso en que se halla, mañana lo suscribiré con 300 pesos. En general se han suscrito con 200 pesos. Los comisionados son Trápani, Costíta y Platero".

Rosas contemplaba con pesimismo la situación del país. Retirado en el campo, preparaba con don Felipe Senillosa la mensura de una extensa zona de tierra de los señores Anchorena. Recibía frecuentemente las noticias y comentarios de Buenos Aires que le enviaba su amigo y consejero don Juan José y coincidía con éste en que "el año 25 lo considero peor que el 24, y Buenos Aires aunque no tan pobre como las otras provincias, camina a pasos largos a la miseria, y temo que por el tiempo de las guerras que deben suceder esté ya esqueleto".

Las calamidades previstas por Anchorena y Rosas se desencadenaron: guerra exterior con el Brasil y guerra interior con los caudillos federales, la que trajo consigo, por segunda vez, la anarquía y la disolución nacional.

El éxito de la campaña de Lavalleja, con los 33 orientales que provocó por parte del Congreso Nacional el reconocimiento de la provincia Oriental como integrante de las Provincias Unidas del Río de la Plata, precipitó la guerra con el Brasil.


Cuando las papas queman

¿Quien inventó del dulce de leche? Los señoritos de porteños se la pasaban en divages literarios y filosóficos, pero cuando "las papas queman" acuden al auzilio de ls hombres de acción.

A fines del año 1825, el gobierno, temeroso de que los brasileños se apoderasen de Patagones e incitasen a los indios a que invadieran la campaña sur de Buenos Aires, comisionó a Rosas para que asegurara la paz con las tribus y se aliará con éstas para rechazar un posible ataque del enemigo.

"Está el Gobierno convencido de que ninguna persona es más apta que el señor coronel Juan M. de Rosas para llevar a su perfección la obra con los indios fronterízos".

Tales términos empleados por el ministro de Gobierno doctor Manuel José Gareía, el 15 de Noviembre de 1825, al encomendar a Rosas esa importante tarea, obligaron a éste a salir de su deliberado alejamiento de las funciones públicas: "Ya no trepidé un momento -dice Rosas- en prestar a la Provincia y a toda la República este importante servicio; pero poniendo por precisa condición la de que se me había de permitir obrar con toda libertad, entendiéndome con el señor García y por el Ministro de Gobierno que desempeñaba”

Los indios estaban irritados con el gobierno. Se quejaban de la conducta de éste durante la anterior administración, de la campaña que el general Martín Rodríguez emprendió con funestos resultados,, contrariando la opinión de Rosas, y de las injusticias, hostilidad y desconfianza que sufrían.

El gobierno recomendó al comisionado obtuviera la devolución de los cautivos y la amistad de las tribus, reglara las buenas relaciones de éstas con los cristianos y su comercio, asegurara la protección del Estado a los indios, la donación de socorros, y la ayuda militar cuando fueren atacados por enemigos. En las instrucciones dadas por el ministro de Gobierno se fijaba la línea de frontera: "Desde el mar por la sierra del Volcán hasta el Tandil, desde este punto en el rumbo de S. O. a N.O. comprendiendo la mitad de los arroyos Chapaleofu. y Tapalqué hasta el punto de Mercedes".

Las tribus, que antes habían recibido la promesa oficial por intermedio de Angel, Fernando y Calixto de la Oyuela, de que se les devolverían las tierras del Tandil, exigían airadamente la entrega de esas tierras y la demolición del fuerte Independencia.


La asamblea con los indios.

Rosas realizó su tarea diplomática con su energía habitual y su astucia característica. "Entre los diferentes arbitrios que tocaba incesantemente para desarmar a los caciques de las prevenciones y quejas que tenían contra nosotros, -dice Rosas- y para inspirarles confianza igualmente que respeto hacia el gobierno, aquietando de grado en grado esa suspicacia que tanto les caracteriza y que llega a hacerse invencible cuando conciben que han sido engañados, me resolví a hablarles con energía y en un tono imponente, haciendo valer, al mismo tiempo, las íntimas relaciones que tenía entre ellos y principalmente los diferentes servicios que me debían"

Rosas se valió en su diplomacia de un lenguaraz muy ladino, Manuel Baldebenito, a quién encargó hablara a los caciques y los convocara a un parlamento en el Tandil, y de dos mujeres de predicamento entre los pampas y los ranqueles: la compañera de Baldebenito y la "China Tadea", a la que los indios consideraban heredera de las tierras del Tandil y Volcán.

La asamblea de caciques se celebró en el Tandil. Rosas concurrió a ella solo, sin soldados ni ostentación alguna de fuerza. Cada cacique se presentaba seguido de numerosa comitiva de jinetes, sobre todo Chanil y la embajada de Lincon, que llevaba la voz de los pampas y de los ranqueles. Algunos venían con los rostros pintarrajeados de negro y colorado y lucían plumajes en la cabeza.

Las comitivas aparecían formadas en batalla, en ala. Se veían caballos adormados con cuentas, cascabeles y campanillas y llegaban paso a paso con marcha majestuosa, al son de cornetas y bocinas hasta dos cuadras del lugar del parlamento; entonces, prorrumpían en gritería, se desordenába la línea y corrían los indios simulando un combate en derredor del cacique. Reunidos los caciques se formaba un circulo de caballerías dentro del que se celebraba el parlamento.

“El debate fue largo y enojoso; Chanil se enajenaba de furor al recordar los hechos que motivaron sus quejas, sin que nada bastase para aquietarlo, más este mismo furor -dice Rosas- alentaba mis esperanzas porque me hacía concebir que procedía de buena fe".

Rosas dejó que los indios se desahogaran y una vez que lo hubo conseguido, tomó en tono solemne la palabra en lengua pampa:

"El Gobierno me ha comisionado para que ajuste un tratado de paz tan santo y tan verdadero como el Sol. Yo, fiel y obediente cristiano, hijo de la tierra y del Sol le he ofrecido hacer cuantos esfuerzos pueda para conseguir la paz que desea y que tanto valdrá a nuestros amigos y hermanos los indios, que siendo hijos de la tierra como nosotros son por ello nuestros hermanos, y estamos en la obligación de aconsejarlos y ayudarlos para que no sean desgraciados...”

Expuso, después las bases concretas del tratado de amistad y protección “Usando de todos los arbitrios –dice Rosas- que me dictaba la prudencia para captarme su voluntad y confianza, hicimos muchos y muy repetidos parlamentos a los demás caciques, en que me sirvieron muchísimo mis antiguas relaciones y el crédito que tenía entre ellos, hasta que llegué a persuadir que trabajaba y trabajaba siempre conciliando el beneficio de todos. El resultado de estas largas y penosas conferencias fue convenir que se tiraría la línea (de frontera) a presencia de los indios, a cuyo efecto vendrían para el día que señalásemos, y que pasarían por todos los artículos de las instrucciones de mi comisión, siempre que se les garantice de la buena fe del Gobierno en su cumplimiento".


La demarcación de fronteras

La demarcación de la nueva frontera, la exploración de los campos que se extienden desde la sierra del Volcán hasta el mar y el trazado de la línea de fortines fue confiada por el gobierno a una comisión compuesta por Juan Manuel de Rosas, el coronel de coraceros Juan Lavalle y el ingeniero don Felipe Senillosa. La mayoría de la comisión salió a cumplir su cometido el 31 de octubre de 1825 acompañada de dos escuadrones de caballería.

Rosas se quedó unos días más en Buenos Aires para hacer el presupuesto y disponer lo relativo a la marcha de peones y carretas con utensillos y víveres, y partió en noviembre para Monsalvo y Montes Grandes acompañado de un cirujano, del hacendado don Pedro Burgos y de ochenta y cinco hombres, entre peones camperas, esclavos y baqueanos que llevaban tres carretas y ochocientos caballos.

A fines de noviembre los comisionados se reunieron en la estancia "El Tala” de Anchorena, situada entre Kaquel y los Montes Grandes, y después de practicar varias mensuras que debían servir de base y de arranques para el trazado de la nueva línea, Rosas emprendió la marcha para reconocer los campos hasta la sierra del Volcán.

Fue a la costa del mar, pasó por lo que hoy es Mar del Plata, por el cabo Corrientes, por la punta de Lobos, por la laguna de los Padres, llegó a la laguna Brava estudiando minuciosamente el terreno.

De la sierra del Volcán salió con su división rumbo al Tandil, donde llegó el 31 de diciembre de 1825, permaneciendo en el fuerte Independencia los tres primeros días del año 1826. Allí recibió los chasquis que había mandado a los pampas y tehuelches y varias embajadas de los indios que requirieron se les garantizase la buena fe del gobierno; "yo le contesté que hablaría con éste y les respondería; que creía que no había dificultad para ello y que, por lo mismo debíamos de una vez tirar la línea de división a su presencia. Hicieron alguna oposición, pero al fin cedieron; y la linea se tiró y se marcó a la perfección con grandes mojones de césped".

Los caciques celebraron el arreglo con bebidas y fiestas en "Los Cerrillos".


El compromiso incumplido

El 10 de abril de 1826, Rosas comunicó al gobierno nacional, (que acababa de organizarse presidido por Rivadavia), el resultado favorable de su misión, y en esa nota, en la que señalaba la psicología desconfiada del indio, expresaba que para consolidar la tranquílidad en la campaña y asegurar el cumplimiento de la ayuda prometida a las tribus amigas, indispensable para nombrar un comisionado permanente a quien se le debían dar los recursos necesarios para cumplir con lo ofrecido a los caciques y completar la obra pacífica iniciada.

El gobierno nacional, absorbido por otras preocupaciones intelectuales, literarias y líricas, desoyó nuevamente a Rosas y no satisfizo ninguno de los pedidos de éste. Ni siquiera respondió a sus requerimientos.

En tal situación, algunos caciques pampas creyéndose burlados, unidos a tribus ranqueles invadieron la provincia.

“De todo instruí al Gobierno y con repetición, -escribió Rosas- pero no merecí ser escuchado, ni que se contestaran varios oficios que pasé, ni se observó que se tomaran medidas para prepararse contra la invasión. Entraron los indios por el Sur, dispersaron nuestras pocas fuerzas, hicieron una terrible mortandad de hombres por todo el campo que pisaron, y se llevaron cuantos cautivos y ganados se quisieron llevar. Me ofrecí al Gobierno para salir a su alcance con gente armada y batirlos, pues tenía cómo hacerlo, y aún por enfermedad del Señor Ministro de Gobierno, tuvo dos entrevistas con el de Guerra, don Francisco de la Cruz, sobre el particular; pero mi oferta no fue considerada, y los indios regresaron con toda seguridad conduciendo su gran botín, y dejando asolados los puntos que por el Sur habían invadido".


La espalda de Rosas

Tres de las estancias administradas por Rosas fueron saqueadas. Éste, enconado, disimuló su protesta contra el proceder del gobierno de Rivadavia en este asunto, y se retiró en silencio a sus establecimientos rurales, a trabajar para reponer las pérdidas sufridas. Estaba en su estancia Los Cerrillos cuando recibió del ministro de Gobierno don Julián Segundo de Agüero el nombramiento de miembro de la Junta de Hacendados y una invitación para una conferencia acerca del estado de las campañas.

Estalló entonces la indignación de Rosas en una nota al doctor Agüero, que es una expresión de agravios y en la que rehusaba aceptar el nombramiento y concurrir a la conferencia.

Después de reprochar al gobierno de Rivadavia, las desconsideraciones y hasta el menosprecio que le habla demostrado, y de recordar los hechos en que funda esos reproches, Rosas dice que está "acometido con ideas que le recuerdan esa serie de hechos funestos a la memoria del que se advierte herido en lo más vivo de su honor, del que ha sido desairado y despreciado entre los azares que acaban de agobiarle, del que se ve ofendido por desconfianza” .

Al declinar el nombramiento le pregunta al ministro, con amargura:

"¿podrá no rehusar un nuevo cargo, quien en los anteriores no ha correspondido o no "ha sabido merecer? ¿Sería delicado en su honor si la indiferencia, el silencio y la aceptación se subrrogasen a la expresión del sentimiento? ¿Podrá haber confianza, ni merecerla quien ha perdido su opinión para con el gobierno? ¿Podrá alternar con los buenos hacendados quien hasta hoy no ha recibido la menor satisfacción de sus ofensas? No, señor Ministro, la excusación franca del infrascrípto es fundada y forzosa".

Y vibrando de ira y de protesta, Rosas dio la espalda al gobierno de Rivadavia que en esos momentos estaba envuelto por la tempestad de la guerra, de las pasiones políticas y de la disolución nacional.

                          


Fuentes:

- Carlos Ibarguren, Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo.
- Leonardo Castagnino. J.M.de Rosas. La ley y el orden
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar


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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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