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BARRANCA YACO – LA SAGACIDAD DE ROSAS (*)
                          

JUAN MANUEL DE ROSAS. La ley y el orden
(*) Sagaz: Astuto y prudente, que prevé y previene las cosas. Que presiente. Que saca por el rastro la caza. (Diccionario de la Real Academia)

01 Intrigas y simulación unitarias
02 Juan Felipe Ibarra
03 Rosas echa manos al asunto
04 Reconstrucción del hecho
05 Actitud de Estanislao López
06 Félix Aldao
07 Manifiesto: intimación a los Reinafé
11 Fuentes
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Intrigas y simulación unitarias

Mucho se ha escrito y especulado por los sucesos de Barranca Yaco. Los unitarios de la época intentaron aprovechar el suceso para inculpar a Rosas o a Estanislao López, tratando de además de meter una cuña entre ambos, para crear disidencias y discordias con los demás caudillos federales, como Ibarra, Aldao y otros, llegando a decir incluso que “se encontraron rastros que se dirigía hacia Santa Fe”, sin que nadie se molestara en “seguir el rastro”, tan habitual en la época.

Posteriormente, supuestos historiadores de toda laya fomentaron las dudas y sospechas, intentando inculpar a Estanislao López, y a Rosas en particular, basándose incluso en razonamientos falsos como el de especular que a Rosas “le convenía la muerte de Quiroga”. Lejos de ser cierta esta especulación, tampoco sería razón suficiente para inculpara a Rosas. Jamás se ha presentado documento o prueba fehaciente que inculpe a alguno de los dos caudillos, sino meras especulaciones perversas.

Mucho se ha especulado sobre la aparente indiferencia con que Rosas miró la conducta de los Reinafé, entre la fecha de su nombramiento y la de sus primeras declaraciones contra aquéllos, pero tales especulaciones están viciadas por el mismo defecto de mala fe o tergiversación que afecta en general a la historia de Rosas. La sospecha inicial acerca de la camarilla cordobesa, no pudo tenerla el dictador mucho antes del momento en que empezó a manifestarla. El oficio con que Ibarra lanzó la acusación contra Santos Pérez, desgarrando el velo del encubrimiento preparado por la justicia local de Córdoba, es del 7 de marzo, y si el gobernador de Santiago se lo hizo al mismo tiempo saber al de Buenos Aires, que no era Rosas entonces, la comunicación puede haber llegado a fin de ese mes, dada la lentitud de las comunicaciones. Se dirá que Rosas dejó pasar otros dieciocho días desde que conoció la acusación de Ibarra hasta que escribió a don Estanislao señalando las sospechosas contradicciones de los Reinafé con Aguirre. Pero la criminalidad presunta de Santos Pérez no podía ser considerada como implicando al gobierno de Córdoba hasta que no se supieran más detalles sobre el asunto. Ni Rosas podía sugerírsela de ligero al gobernador de Santa Fe, tenido por amigo y valedor de la situación cordobesa. Sin embargo no pasaron muchos días sin que se hiciera la luz en su espíritu. (Irazusta, Julio. Vida Politica de juan Manuel de Rosas.t.II.p.297)

Facundo Quiroga - biografia Mientras nada se sabía de la conducta de los Reinafé, éstos estaban cubierto de toda ajena intromisión, en virtud de una autonomía pro¡al que no sólo era la ley del país, sino que además tenía el amparo la fuerza en la amistad de Estanislao López. Barranca Yaco era un o de jurisdicción local. Con vacilaciones y desconcierto explicables, no se sabrían sino más tarde, pero con apariencia regular, el gobierno cordobés inició un sumario. El gobernador propietario, José Vicente Reinafé , fingió haber delegado el mando unos días antes, al saber la inmolación de Quiroga. El delegado Aguirre, para simular la apertura de proceso, nombra una Comisión Investigadora, compuesta de dos jóvenes Nicolás Rojas y el licenciado Delgado, sustituyendo de inmediato a éste, al saber por aquél la participación de sus jefes en el crímen. El reemplazante sería Cornelio Moyano, sobrino de Francisco Reinafé. (Ibidem)

Por su parte, Guillermo Reinafé, comandante de la frontera norte, tuvo el cinismo de mandar a Santos Pérez en persecución de los asesinos, cuando las voces que sindicaban como ejecutor del asesinato al célebre capitán de milicias corrían ya toda la provincia.

Entretanto Aguirre y José Vicente Reinafé escribían al litoral y a Cuyo, dando parte del hecho, incurriendo en la contradicción señalada por Rosas a Estanislao López, pues mientras el primero decía de Quiroga que era "apreciado en Córdoba", el segundo enumeraba todos los agravios que allí se tenían contra él. Y sobre todo, en su azoramiento empezaron a buscar una coartada en vagas y peligrosas sugestiones sobre la probable procedencia de los culpables.


Juan Felipe Ibarra

Implicados por ellas, como Estanislao López,
Ibarra fue el primero en reaccionar, y el 7 de marzo de 1835 escribió al gobernador de Córdoba:

"El Gobierno de Santiago no encuentra reparo en decir a S. E. que antes de la salida del finado general de esta provincia se supo que en la de Córdoba se le esperaba para asesinarlo; que la ejecución estaba encargada al llamado Santo Pérez… Todo esto se supo por relaciones verbales y después por documentos que merecían alguna fe, los mismos que podrán verse entre los papeles del finado general encontrados que sean. Pero este noble jefe no se persuadió, de que un acto de cobardía y de iniquidad pudiese tener lugar en un país, que le era deudor de tan distinguidos servicios... Sean cuales fueren los sentimientos del Exmo. Gobierno de Córdoba sobre este triste suceso, el de Santiago cumple un deber en protestarle, que trabajará con infatigable celo hasta descubrir el verdadero culpable, y arrastrarlo a un tribunal nacional, cuyo fallo no será impotente". (Causa criminal seguida contra los autores y cómplices de los asesinatos perpetrados en Baranca Yaco. Imprenta del Estado. Bs.As.1837)

Juan Felipe Ibarra Este trueno sorprendió a los Reinafé cuando ya creían la tormenta disipada; pues el mismo día José Vicente escribía a su hermano Guillermo que esperaba "el bostezo de los pueblos sobre el acontecimiento di finado General Quiroga, el que creo quede en papeles" . Entretanto la Comisión Investigadora ad hoc, ignorante de la amenaza que pendía sobre los asesinos, cerraría una semana después el sumario, por falta de datos para continuarlo, ya que los culpables, decía, habían tenido tiempo de huir. Pero al recibir la noticia de la intervención de Ibarra fingen estimular el celo de la justicia local de Tulumba, después de haber declarado cinco días antes que ella no tenía sobre quién ejercitarse." Y en concordancia con ese simulacro, los Reinafé deciden hacer otro: un proceso a Santos Pérez, para sacarlo de él limpio de culpa y cargo, como decía Francisco al dar a Guillermo su conformidad sobre la medida proyectada: "Pérez se habrá vindicado y el sumario que ha levantado la Comisión tendrá el valor que debe tener. La intimación que se le haga a Pérez debe ser por vos, para que le hagas entender que la prisión le servirá para vindicarse, desde que sabemos que es inocente". (Ibidem)


Rosas echa manos al asunto

Con minuciosidad, sagacidad y capacidad de análisis que lo caracterizaba,
El Restaurador toma mano en el asunto, y confirmando sus sospechas, desmenuza los documentos, cartas y dichos verbales recibidos, y hasta da su propia versión sobre el episodio, tal cual cree que se desarrolló en el lugar de los hechos.

En carta del 18 de abril de 1835, el mismo día que Rosas, sobre meros indicios bien analizados, señalaba a Estanislao López sus sospechas contra los Reinafé:

Buenos Aires, Abril 18 de 1835

Señor Don Estanislao López

Mi amado compañero y buen amigo:

El Restaurador de las Leyes Abrumado, como estoy, de innumerables atenciones para las que no me alcanza el tiempo, en los primeros días de mi subida me dispensará usted que en esta sola conteste a sus dos muy estimables de 20 del próximo pasado y a las otras posteriores de 20 y 30 cuyas (cuatro) cartas tengo a la vista con las copias de su respectiva referencia, y que versan principalmente sobre el escandaloso asesinato de nuestro compañero y amigo, el General Quiroga, e incidentes que han sobrevenido entre los Gobiernos de Córdoba y Santiago a consecuencia de tan horrible suceso.

En otra que escribo a usted en esta misma fecha le aviso que me he resuelto al fin a admitir el Gobierno de esta provincia y le hablo de otros asuntos, como usted lo verá.

Con efecto me ha parecido indiscreta y poco meditada la nota del 7 del próximo pasado que ha pasado el señor Ibarra al señor Reynafé, porque aun en el caso de estar firmemente persuadido del concepto que ella arroja sobre el expresado asesinato, ha debido proceder por ahora con más detención, con respecto a dicho señor. Por lo demás, el juicio que ha formado el señor Ybarra nada tiene de singular. En esta ciudad luego al punto que se supo el suceso, con expresión del día, hora, lugar, y sus circunstancias, todos, todos, ciudadanos y extranjeros, Federales y no federales de todas clases y condiciones, todos a una voz se pronunciaron por la opinión de que era obra de los Reynafés. Este juicio se ha ratificado cada día más por las narraciones que han hecho multitud de personas de diversas clases que han venido de aquella ciudad, no obstante el grave temor que tienen algunos de ser perseguidos a su regreso, o de que lo sean sus familiares si llega a saber el Gobierno de Córdoba cómo se han expresado en ésta con respecto de dicho atentado. El mismo efecto han producido varias cartas que se han recibido, unas por lo que dicen, y otras por el silencio que guardan en la materia. Así es que se tendría hoy en todo este inmenso pueblo por muy ridículo, o muy malicioso, el dudar que los Reynafé han sido los principales ejecutores del asesinato.

He dicho principales ejecutores porque es preciso distinguir a éstos de los que lo han promovido, con chismes, intrigas y maquinaciones secretas, en razón de que estos promotores chismosos, intrigantes y maquinadores han sido indudablemente los Unitarios, y en esto está acorde la opinión de todos los Federales. Opinión que se ha fortificado sobremanera en las personas de criterio al observar la astucia con que esos mismos Unitarios se empeñaron los primeros días de recibida la noticia, en hacer creer a la gente vulgar que también usted estaba complicado con los Reynafé, valiéndose al efecto de esa preocupación que ellos han cuidado siempre de alimentar en el público de que usted y el señor Quiroga se miraban con ojeriza; y que luego que notaron que esta idea contra usted tenía acogida entre algunos incautos y preocupados con el error de la tal ojeriza, también hicieron su tentativa de arrojar sospechas contra mí, que no sólo, fueron miradas con desprecio.

sino también sirvieron para hacer abrir los ojos a los que se habían dejado sorprender con respecto a usted, pues empezaron a conocer todo el fondo de malicia que ocultaban tales especies, no objetante que procuraban vertirlas de mil circunstancias como eran, que después de haber salido de ésta el señor Quiroga y pasado por Córdoba había tenido una o dos entrevistas con usted el Coronel Don Francisco Reynafé: que por encargo del Canónigo Vidal desde Montevideo se había comprado un armamento en ésta y remitido a usted: que de Entre Ríos y Corrientes se habían pedido varios artículos de guerra a esta ciudad, que también habían sido enviados: que en Entre Ríos corrían rumores sordos de guerra contra esta Provincia y sobre todo que con relación a este suceso y sus ulteriores consecuencias había sido dada a usted la investidura de Facultades Extraordinarias sin haberlas pedido, y sin que se indicase el motivo para ello, etc.

Estas maquinaciones por una parte y la opinión por otra tan decidida, universal y constante contra los Reynafé, me hicieron ver claramente la necesidad en que yo estaba de manifestar cuanto antes al público mi profundo sentimiento por la desgraciada suerte de nuestro amigo, el estado feliz de nuestra relaciones amigables después de aquel fatal acaecimiento, y que si yo no abría mi juicio en el sentido de la generalidad no era porque estuviese en oposición a ella, sino porque para esto debía esperar a que el tiempo y los sucesos nos diesen más luz y también la oportunidad de pronunciarme. Por esto fue que me apresuré a publicar la carta de pésame que dirigí a la señora viuda de nuestro finado amigo, y después de hecho lo mismo, con la que he escrito por el último correo al señor Ybarra. A no haber obrado de esa suerte, crea usted que nuestro crédito habría sufrido y sufriría en adelante entre los mismos federales, porque nadie, nadie es capaz de persuadir al menor de los hombres de este Pueblo que los Reynafé no haz tenido parte en el asesinato del señor Quiroga.

Y a la verdad son tales los hechos y circunstancias que lo comprueban que yo lo tengo por evidente, sin que de ello me quede la menor duda. En primer lugar, habiendo recibido el Gobierno de Córdoba la noticia del atentado el 17 de febrero, no la comunicó al de Buenos Aires hasta el 20, y concluyó el Gobernador Delegado esta comunicación diciendo que tiene el honor de saludar por primera vez al de esta Provincia, dando a entender expresamente que ésta es la primera comunicación que le dirige. Pero detenido el correo hasta después del 22, con cuya fecha recibí carta del señor Reynafé por la misma valija, acompaña el Delegado a este Gobierno otro oficio con fecha de 17 del mismo mes en que le comunica la Delegación del propietario en la necesidad de atender nuevamente su salud por medio del descanso, mutación del temperamento y aires más puros, al mismo tiempo con la de recorrer la Provincia para el mejor servicio, y en dicho oficio olvida que según su fecha y objeto en su contenido, es el primero que dirige a este Gobierno, y que en él, y no en el del 20 del mismo mes, es que dice tener el honor de saludarlo por la primera vez. De cuyo olvido se trasluce que recién el 20 de febrero se fraguó la delegación del Gobierno y que después de extendido el aviso del asesinato del señor Quiroga, se forjó la nota con fecha 17 de aquel mes participa»do dicha delegación. Esta contradicción o implicancia aunque no conduce a probar la complicidad del Gobernador Propietario en el delito de que se trata, hace ver que ha tenido un empeño por aparecer en distinta posición de la que ocupaba, y siendo esto una ficción o engaño impropio absolutamente de un Gobierno, y que carece de objeto que pueda cohonestarlo o disculparlo, lo hace sospechoso de una mala conciencia, cuya agitación le inducía a entrar en estas ficciones, y le hacía cometer errores consiguientes a su turbación.

Obras de Leonardo Castagnino En segundo lugar el documento a que se refiere en su nota oficial el Gobierno delegado para probar la providencia de precaución que había tomado a fin de que no corriese riesgo la persona del señor Quiroga, es una carta del Gobernador a su hermano Don Guillermo Reynafé de que acompaño a usted copia. En ella dice el primero al segundo, con fecha 13 de febrero, que tiene noticia que por el bajo de Reyna andan unos siete salteadores; y que si puede custodiar la persona del General Quiroga a su pasada debe hacerlo a toda costa, no fuese que viniendo con poca escolta esos pícaros intentasen algo, y los comprometiesen. Aquí es de notar que la orden es condicional para que si podía custodiar la persona de dicho señor General la custodiase a toda costa, y no es fácil comprender que importaba esta condición desde que no se puede convenir qué imposibilidad tan absoluta se preveía que podría tener Don Guillermo de custodiar la persona recomendada, supuesto que debía hacerlo a toda costa. También es de notar que la orden condicional es para que lo custodiase a su pasada, sin decir por dónde, si por la Provincia, o por donde estaba Don Guillermo: porque si lo primero, debían ser muy públicas las providencias que hubiese tomado este señor para llenar el encargo de su Gobierno, o constar el aviso de no haberlas podido tomar, y de una y otra cosa se desentiende el Gobierno Delegado. Si lo segundo, era bien ridículo la medida de precaución, y lo es mucho más el decir que no surtió efecto por haber pasado el señor Quiroga sin ser sentido; pues según estoy informado el lugar del asesinato dista como tres leguas de la Estancia llamada Totoral Grande que hoy la tienen y administran los Reynafés, y como diez a doce leguas del curato de Tulumba, en donde suele residir Don Guillermo, como que es Comandante de ese mismo partido, y en donde tiene una fuerza de milicias organizada que anda por quinientas o seiscientas plazas.

Fuera de que quién podrá persuadirse que desde que estos hombres se apercibieron del riesgo que corría el señor Quiroga, y se resolvieron a precaverlo no les ocurrió el hacer marchar una escolta a la misma línea divisoria con la Provincia de Santiago, o ponerle allí un oficio de aviso a dicho General para que esperase la escolta, si no podía ír tan pronto, y prevenir al Maestro o Maestros de posta que avisasen sin demora la entrada de dicho General en el territorio. ¿Quién podrá persuadirse que sabiendo el Gobernador positivamente de la partida de siete ladrones, no diese órden para perseguirlos, y que cuando menos hiciese mención de la orden en la expresada carta? ¿No se ve por estas observaciones que ella es un documento fingido, y forjado sin la menor destreza?

Agréguese que en ella suponía que el señor Quiroga entrase en el territorio de Córdoba con fuerza armada que le sirviese de escolta, y sólo recelaba que fuese poca, y después en la que ha escrito a usted con fecha 14 del próximo pasado marzo ridiculiza que el señor Ybarra crea fácil y llano que el mismo General entrase en dicho territorio con la escolta que el expresado señor Ybarra indica que le ofreció para que custodiase su persona en todo el tránsito hasta esa provincia.

En tercer lugar el Gobierno delegado dice en su nota de 20 de febrero que desde que el parte del Juez Don Pedro Luis Figueroa no daba el indicio sobre los perpetradores de este nefando crimen, en el mismo día se mandó salir una comisión compuesta de dos sujetos de actividad que no los nombra, un escribano público y un cirujano, a fin de que hiciese la indagación más escrupulosa de todos los datos que pudiesen ofrecer alguna luz al esclarecimiento del hecho. Que había creído de su deber dictar medidas con toda la eficacia que demandaba tan desagradable acontecimiento, y que discurriendo que los asesinos pudiesen pertenecer a la Provincia de Córdoba u otra, a quienes hubiese arrastrado el aliciente de robar al señor Brigadier Quiroga y su comitiva había apurado sus providencias para uno y otro caso. Que la comisión pesquisadora aún seguía los trabajos en la campaña con el mayor empeño. Que sin duda por no interrumpir las indagaciones, o no haber tenido el tiempo bastante para conseguir cosa de entidad, no había dado cuenta de lo averiguado hasta aquí, pero que de los resultados se avisaría oportunamente a este Gobierno, haciéndolo entonces de lo poco que se sabía con exactitud; y era que entre los muertos se contaba al Coronel Don José Santos Ortiz, y el correo Luexes; que los demás no eran conocidos, mas que todos habían sido completamente robados, sin que hubiese quedado otra cosa que la galera en que venía el señor General.

A consecuencia de estas comunicaciones el Gobierno de esta Provincia debía esperar que a más tardar a los ocho o diez días le viniese el aviso del resultado de las indagaciones, o el estado de ellas y su mérito. Esperó, y no se le dio. Debió entonces esperar que se hiciese a los veinte días más o menos. Esperó, y tampoco se le dijo cosa alguna. Debió por fin esperar que por el siguiente Correo al cabo de un mes se llenase este deber. Esperó, y le sucedió lo mismo que antes. Pudo entonces haber manifestado al de Córdoba la extrañeza que debía causarle este silencio, pero no lo hizo por evitar cualquiera disgusto que esto pudiera causar, y van a cumplirse dos meses del asesinato sin que hasta ahora se le haya dado la menor idea de lo que se ha practicado para descubrir y castigar a sus autores: algo más, sin que le haya escrito el Gobierno de Córdoba una sola letra después del precipitado oficio del 20 de febrero. ¿Qué quiere decir esto? El rango personal del señor Quiroga y su investidura de Representante de este Gobierno, el honor de la Provincia de Córdoba y del Gobierno que la preside, el respeto que él y todos los demás le deben recíprocamente y deben a toda la... ¿no le imponían seria y estricta obligación de dar tal aviso aunque no lo prometiese? ¿Cómo y por qué es que no lo ha dado, habiéndolo prometido? ¿Quién, al observar este profundo silencio tan irregular, tan extraño y tan vergonzoso, no dirá: éste es cómplice en el delito o principal ejecutor?

En cuarto lugar, ¿a quién se le hará creer jamás que no ha podido descubrirse de dónde ha salido, por dónde ha transitado. ni hacia dónde ha tirado una partida tan gruesa de salteadores, como la que ha hecho una mortandad tan numerosa y completa hasta el punto de no dejar uno solo con vida de los que fueron acometidos por ella? ¿A quién se le hará creer que marchando el señor Quiroga con una extraordinaria celeridad por la posta, pudiese una partida de ladrones salida tras él de Santiago, atravesar a ocultas sin ser sentida de nadie sobre 30 leguas de campo de la jurisdicción de Córdoba, alcanzar a dicho General a 16 leguas de distancia de la Capital, matarlo juntamente con su numerosa comitiva, robar a todos completamente llevándose los equipajes y avíos de camino, las encomiendas que traerían, y dinero, los aperos de montar, y hasta el más mínimo papel, sin dejar otra cosa que la galera barrida, y con todo este cargamento desaparecer en el acto sin que nadie pueda dar la menor noticia de tales agresores? ¿A quién se le hará creer que cuando la salida del finado General de Santiago fue tan repentina y silenciosa como se ha dicho, y sus marchas o jornadas fueron tan rápidas, que ignoró su tránsito por la jurisdicción de Córdoba el mismo Comandante encargado de darle una escolta a toda costa para la defensa de su persona, pudiese levantarse y armarse una partida de ladrones en la misma Provincia y practicar tamaño atentado con todas las circunstancias que lo singularizan sin que se sepa cosa alguna de dicha partida, ni aun después de haber cargado el abultado y valioso botín que ha robado? ¿A quién se le hará creer que salteadores rústicos e ignorantes, como son los de nuestros campos en toda la República, que jamás roban sino lo que puede serles útil para remediar sus necesidades personales, o para facilitarse nuevos salteamientos, y que todo lo que son prendas y dinero lo lucen, juegan o cambian, y jamás lo ocultan, hayan procedido con tanta cautela y sagacidad para no ser reputados como meros salteadores, llevándose los papeles y todo lo que era posible robar sin dejar ni aun los andrajos de los peones, y ocultando el robo y sus maniobras para ejecutarlo y asegurarlo, de modo que nada, nada se descubra a este respecto? ¿Y que hayan venido a cometer el atentado en un punto en donde más que en ninguna otra parte podían ser descubiertos y aprehendidos? Esto, compañero, no pueden hacer los salteadores rústicos, pero ni aun los más astutos y sagaces, si no cuentan con el apoyo de la autoridad que debe perseguirlos.

Ultimamente, lo que sin duda alguna corrobora estas reflexiones y demás que podrían hacerse y deciden sobre su exactitud, es el juicio que manifiestan todos los que han venido de Córdoba a esta ciudad después del suceso, el que refieren que se ha formado en aquel pueblo, el que inducen a formar las cartas recibidas de allí, el que no pueden disimular los que están en correspondencia con aquella ciudad, y el silencio profundo de todos los que han debido mirar por el honor de aquella provincia y su Gobierno que son infinitos y que por lo mismo la habrían procurado vindicar de una nota tan denigrante, cuando ni el mismo Gobernador según se ve por sus últimas cartas, desconoce ya el juicio desfavorable a su honor que con respecto a este acto se ha formado en varias de las demás Provincias hermanas.

Al concluir el párrafo anterior recibí el 10 del corriente la sumaria impresa que ha remitido el señor Reynafé al Gobierno de esta Provincia, con oficio de 29 del próximo pasado de que acompaño a usted copia, no haciéndolo de aquélla por hacerme cargo que también le habrán remitido igual impreso y después de leída detenidamente me ha confirmado en cuanto llevo dicho en ésta. Muchísimas son las razones que me inducen a ello, y sería muy molesto exponer todas en esta carta, pero indicaré algunas muy principales.

Primera:

Uno de los primeros pasos para instruir un sumario de delitos de esta clase, es pasar al lugar donde aparece cometido para reconocer la posición de las cosas y circunstancia, y asentar constancia de todo por reconocimiento de hechos, o por declaraciones de testigos, pero principalmente de lo que pueda dar luz sobre el delito, el modo cómo se ha cometido y sus autores. Pero ni el Juez Figueroa, ni la comisión que salió de Córdoba han ido al lugar donde se cometió el atentado: ¿Por qué? Yo lo explico de este modo: no han ido por ignorancia de su deber porque este requisito lo sabe el hombre más vulgar, y le salta al pensamiento desde que como Juez se interesa en indagar el crimen y sus perpetradores; sino porque poseídos de la frialdad con que miraban este negocio, por los antecedentes que tenían de él, al hacer el aparato que han hecho, no les ocurrió que este defecto se había de presentar muy notable.

Segunda:

Todo hombre cuando es avisado de un suceso horroroso y sorprendente, que ha sucedido en un lugar a donde puede ir, al instante es incitado del deseo de acercarse a él y satisfacer la curiosidad viendo cómo aparece haberse cometido, en qué personas, y qué circunstancias son las que se notan en el teatro de la catástrofe. Más, aquí sucede todo lo contrario al Juez Figueroa y a la Comisión. ¿Y por qué? A mi juicio, porque no los ha tomado de nuevo.

Tercera:

El juez Figueroa, cuando mandó hacer el reconocimiento del hecho comunicado por el correísta Marín, sabía por la relación de este mismo que la galera asaltada era en la que venía el señor Quiroga, y todo lo demás que le avisaron dicho Marín y el paisano Videla, como se ve por las declaraciones de las páginas 8, 10 y 14. Pero en la parte que encabeza el sumario dirigido al Gobierno de Córdoba a las 9 de la noche del mismo día del suceso, aparenta el tal Juez que cuando mandó hacer dicho reconocimiento no sabía qué coche era, ni quiénes venían en él. ¿Y por qué esta ficción y disimulo? Porque la mala conciencia él tenía del suceso y su verdadero orígen, le hacía proceder con este disimulo y ficción. Esta es la única razón sólida y fundada que se podrá dar: cualquiera otra será ridícula como la misma simulación.

Cuarta:

El Maestro de posta del Ojo de Agua, Don Marco Aurelio Bustos, declara en la página 13 que la comitiva del señor General Quiroga, incluso el mismo General, se componía de once personas, entre las cuales venía un oficial, de modo que con los dos postillones sacados de la posta eran por todo trece. Mas, por la declaración de Don Santiago Bravo en la página 24 se ve que de Pitambala (jurisdicción de Santiago del Estero) para abajo toda la comitiva de viaje, incluso el señor Quiroga, era de sólo diez personas; y que no venía con él oficial alguno: esto mismo aparece de la declaración del correísta Marín con referencia al día, hora y lugar del asesinato. ¿De dónde pues ha salido, y qué se ha hecho es oficial, esa persona demás de la comitiva, que se apareció en el Ojo de Agua y salió de allí creyendo el Maestro de Postas Bustos que pertenecía a dicha comitiva? ¿Por qué la comisión se ha desentendido de este hecho tan importante y notable, y no ha procurado seguir la senda que presenta para la averiguación de los delincuentes? ¿No sería este oficial un espía? ¿No habrá sido uno de los cómplices? ¿No se sabría por su acento, o tonada al hablar, por su traza y su uniforme si era de Córdoba o de alguna otra parte? ¿Por qué pues la comisión salta por encima de este antecedente, y hace que no lo ve? ¿Por qué? Porque les importaba ocultar los delincuentes haciendo el papel de pesquisarlos.

Quinta:

El Sargento Saturnino Figueroa declara en la página 21 que en el sitio del asesinato se encontró un baúl despachado y unas pistoleras, ambas cosas vacías, como también una carabina nueva de las que vulgarmente llaman Santafecinas, todo lo que fue entregado al Juez Don Pedro Luis Figueroa. Más éste al fin de su declaración en la página 9, dice que a excepción de la galera y unas pistoleras vacías no ha recaudado cosa alguna, por lo que en estas dos declaraciones se advierte una gran contrariedad, y sobre un hecho muy importante, pues estas dos alhajas han podido conducir a mil esclarecimientos. El baúl, porque sin duda debía ser uno de los dos forrados en cuero colorado que dice Marín en su declaración (página 11, al fin) que traía el señor Quiroga en la galera, y por lo mismo debía servir para conocer el otro que faltaba, y en caso de conocerse éste en poder de alguna persona, venir por ella en conocimiento del ladrón. La carabina, porque siendo nueva y de una construcción o clase conocida, podría por ella tal vez descubrirse o conjeturarse si pertenecía al ladrón de dentro o fuera de la Provincia, y siendo de dentro de ella podía también rastrearse a qué cuerpo, o compañía pertenecía. ¿Y por qué la comisión hace que no ve ni advierte estas contradicciones y estas circunstancias? Ya lo he dicho al fin de la anterior reflexión.

Sexta:

Esta observación se reduce en pocas palabras a notar la contradicción que se advierte entre la declaración del Juez Figueroa en la página 9 y la del Celador Pedro Nolasco Cepeda en la página 17; pues se confirma por ella el fingido aparato y disimulo con que dicho Juez ha querido ocultar la mala conciencia que tenía sobre el asesinato, y sus verdaderos autores.

Séptima:

Por las declaraciones del correísta Marín en la página 11 y del Sargento Figueroa en la página 21 consta que el Juez Figueroa mandó al sirviente del finado Doctor Ortiz en la partida destinada a traer los cadáveres, y Marín agrega que ha oído decir que dicho sirviente acompañó la galera hasta estas inmediaciones, de donde ha desaparecido, sin embargo que él mismo le dijo a Marín que no tenía conocimiento alguno de este país, pues que era nativo de San Luis; a lo que le repuso Marín que viniendo en su compañía le facilitaría lo que necesitase para su transporte. Sin embargo pues de que el envío de tal sirviente, con la partida, y su fuga son hechos de mucha importancia, el Juez Figueroa no hace de ellos mención alguna en su declaración, ni con lo expuesto por Marín la comisión se apercibe de la necesidad de comprobarlos con todas sus circunstancias, y de averiguar la causa que los haya motivado. Ella supone, o aparenta suponer, que ha hecho todo lo que correspondía en el caso, con haber pasado al Gobierno Delegado de Córdoba, antes de tomar ninguna declaración, el oficio del 18 de febrero (página 7) a fin de que se sirviera librar las órdenes conducentes para la captura del enunciado sirviente, cuyo nombre podría indagarlo en la casa de Doña María del Rosario Vélez, parienta del finado Doctor Ortiz; y sin embargo de que después de haberle contestado el Gobierno Delegado, con la misma fecha que dictaría en el día las órdenes convenientes para la captura del expresado sirviente y de su resultado daría oportuno aviso a los señores Comisionados, no aparece dictada ninguna orden ni dado aviso alguno, se deja todo en la incertidumbre, sin que se sepa por qué el Juez Figueroa se desentiende en su declaración del envío que hizo de dicho sirviente con la partida de gente y de su fuga: por qué mandó a éste y no al correísta Marín que era de los dos testigos el más conocido y el principal que había dado parte de la catástrofe, porque pudo ser que ese sirviente, después de haber venido espontáneamente a las casas de posta junto con Marín, de haber ido con la partida y de haber recibido el mismo en. el coche, según declara el Sargento Figueroa en la página 21 el cadáver del señor Quiroga, se huyó, y se huyó no inmediatamente y cuando estaba oscura la noche a la entrada de ésta, después de puesto el sol, sino cuando de regreso con el cadáver venían ya cerca de la posta que sería ya cosa de las ocho de la noche, a cuya hora debía la luna alumbrar todo el campo, pues dos días antes, es decir el 14 de febrero, había hecho luna llena, y en cuya corta distancia de las casas podía ser perseguido y aprehendido con más facilidad. ¿Más quién no conjetura por toda esta jerga de cuentos y aparatos de pesquisas, que no teniendo el tal sirviente por qué huir, desde que no se sabe adonde ha ido a parar, es lo más probable que lo han hecho desaparecer con estudio, y quién sabe si también lo habrán muerto? ¿Quién no presume que el haberle condenado a esa muerte, dejando libre a Marín, ha sido por ser él un hombre infeliz y desconocido, cuya circunstancia no concurría en dicho Marín?

Octava:

Es muy notable y singular ese empeño de los comisionados en encarecer a cada paso el atentado, y mostrarse, venga o no venga al caso, llenos de terror y espanto, principalmente en su nota oficial de 14 de marzo, página 37.

Es muy notable el empeño de preguntar a todos los declarantes en Chinsacate, y no más que en Chinsacate, sobre si han visto o sabido que haya habido reunión o citación de gente armada, y quiénes eran los autores del asesinato, siendo así que los preguntados nada debían saber sobre esto, y los que podrían saberlo, se guardarían muy de decirlo, para no exponerse a los terribles resultados que les causaría su declaración.

Es muy notable el interés que se empeñan en manifestar por el descubrimiento de los delincuentes, al mismo tiempo que cometen las remarcables omisiones que he indicado en las observaciones primera, cuarta, quinta, sexta y séptima.

Es muy notable el elogio que hacen en la página 37, de la actividad y celo, en la pesquisa de los delincuentes, que han desplegado el comandante general Don Guillermo Reinafé y sus subalternos, entre tanto que del sumario no resulta sino papeles y nada de real y positivo; antes por el contrario, sin aparecer en dicho sumario, como debía, el oficio del Capitán Don José Santos Pérez, ni la contestación de que habla la diligencia que se registra en la página 21, se ve por ella que fue preciso ordenarle que redoblase sus marchas. Además de esto los partes del Teniente Don Serafín Rocha en la página 23 y del Teniente Coronel Don Manuel de Jesús Oliva en la página 34, manifiestan que estos dos oficiales se contentaron con contar cuentos de lo que habían visto y oído, sin haberse ocupado del deber que les incumbía por eso mismo que veían y oían.

Es muy notable que cuando el señor Don Guillermo Reynafé y sus subalternos, en casi todos sus oficios y partes, arrojan diferentes especies que tienden a hacer sospechar que el asesinato del señor Quiroga y su comitiva ha sido cometido por salteadores venidos de extraña provincia, la comisión, al fin de su nota de 14 de marzo, en la página 37, llena de terror y de espanto que ocasiona este hecho tan inhumano, se permite introducir una observación que se reduce a presentarlo como un crimen y una vil maquinación política de "un poder impune, subterráneo, envilecido ya en dos datas consecutivas y notables, que sin duda se ha propuesto, por las vías de violación sublime de las leyes y principios más vulgares, y respetuosos aun por la especie salvaje, exterminar las columnas más sólidas en que se afianza la causa de los pueblos, y que tal vez no cesarán sus desarrollos ínterin permanezca fraccionado el poder nacional, como única barra capaz de trozar ese alevoso puñal".

Es muy notable que el Juez Don Pedro Luis Figueroa dirigiese sus dos partes de 16 y 17 de febrero al Gobernador de la Provincia, el señor Don José Vicente Reinafé, que aparece en la villa del Rosario, según se ve en la página 26, y no diese aviso alguno al Gobernador Delegado, pues esto da a entender que en aquella fecha no existía tal Gobierno Delegado: cuya circunstancia se corrobora al observar cierta disconformidad e inconsecuencia, y es que, habiendo dirigido los dos partes a la ciudad de Córdoba, aparece por los oficios de la página 14 y de la 26, que el primer parte fue abierto por el supuesto Gobierno Delegado, y retenido allí, nombrando el mismo sin demora la Comisión y el 20 fue remitido al gobernador propietario, sin avisarle del primero, pues éste, en acuse de recibo que dirige al delegado, le dice que ignora el lugar del asesinato.

También se comprueba de que no existía tal Gobierno Delegado el 17 de febrero, porque el Sargento Mayor Don Miguel A. Ruiz dirige al Exmo. Sr. Gobernador y Capitán General de la Provincia, y no al Gobierno Delegado, su oficio del 22 del mismo mes, que se lee en la página 27, no obstante que el 19 había estado con los comisionados en Chinsacate. Y este hecho es tanto más convincente, cuanto que para desvirtuarlo han agregado al título de dirección el nombre del supuesto delegado, diciendo Excmo. Señor Gobernador y Capitán General de la Provincia, Don Domingo Aguirre, sin considerar que tal añadidura resaltaba demasiado desde que se sabe, no es Gobernador y Capitán General, sino Gobernador Delegado.

Es muy notable que en la página 28 aparece que el 22 de febrero ya se habían retirado los señores de la Comisión a la ciudad de Córdoba, y que habiendo escrito el señor Gobernador Reinafé dos cartas a Buenos Aires con la fecha de aquel día, y habiendo salido el correo el 23 no hubiese dado alguna noticia del resultado del sumario, y haya demorado tanto tiempo su remisión.

Es por último muy notable que el oficio del expresado Gobernador a su Delegado, que se registra en la misma página se explica con tal confusión respecto al día en que previno al Teniente Coronel, y Comandante General del Norte, Don Guillermo Reinafé, para que si sabía la pasada del General Quiroga le auxiliase con 25 hombres, que parece en contradicción con su propia carta del 13 de febrero que acompaña en copia.


Reconstrucción del hecho (El subtitulado es nuestro)

Barranca Yaco Continúa la carta de Rosas:

"Finalmente, lo que acaba de demostrar el carácter de este suceso, y su principal autor, es la siguiente reflexión: "El maestro de posta del Ojo de Agua (última posta de donde salió el señor Quiroga para venir a Chinsacate), hace mención de un oficial incorporado aparentemente a la comitiva del señor Quiroga, que sólo allí apareció, y que desapareció de allí; puesto que nadie ha visto, ni antes ni después, que hubiese andado con la comitiva. El mismo maestro de posta dice que tres o cuatro de la expresada comitiva traían tercerolas y sables, y uno de ellos lanza (página 13). El correísta Marín dice en la página 10, que viniendo como una cuadra atrás de la galera, oyó una voz que mandaba hacer alto a la galera, y descargó como cinco tiros. Por todas las otras declaraciones consta que en la tarde y noche del 16 sólo se vio el cadáver del señor Quiroga cerca del coche, y no se encontró ningún otro; pero que habiendo ido al día siguiente a reconocer el lugar del asesinato, se encontraron juntos nueve cadáveres a distancia donde se había visto el del señor Quiroga. Que de estos nueve cadáveres sólo el señor Ortiz apareció muerto de bala, y que todos los demás habían sido degollados, y de éstos, dos estaban armados, y también dos estaban vestidos y tenían camiseta colorada, pues todos los demás estaban desnudos. Ahora bien, si la partida que cometió este atentado era de salteadores, no pudieron dejar de advertirlo los agredidos, y viniendo tres o cuatro de éstos armados con sable y tercerola, y uno de ellos con lanza, o creyeron hacer resistencia, y entonces la habrían hecho, o no lo creyeron así, y entonces habrían huido; y en cualquiera de los dos casos, cuando no hubiesen podido escapar, aparecerían muertos en desparramo, a bala o golpes de sable o lanzazos, y no degollados juntos unos con otros, y dos de ellos amarrados. ¿Cómo pues habrá sido posible ejecutar el suceso según el modo cómo se presenta? Yo no concibo otro que el siguiente. Se presentó la partida agresora, no con la apariencia de salteadora, sino de una partida militar de la provincia: intimó alto a la galera, y toda la gente, respetando la intimación, porque la creyó de un jefe militar autorizado para hacerla, obedeció. Acto continuo rodearían a todos, les intimarían que se apeasen, que depusieran las armas que traían, que diesen tantos pasos al frente, y a todo obedecerían los intimados por la creencia en que estaban. Luego que los tuvieron seguros y desarmados, los harían alejar juntos a la distancia del coche, llevando con ellos al Doctor Ortiz, y dejando sólo al señor Quiroga. Allí amarrarían a todos los peones, postillones y sirvientes para degollarlos, y efectivamente los degollaron amarrados, asesinando a bala al Doctor Ortiz y al señor Quiroga, quien, sin duda, por un esfuerzo de valor en su defensa disparó el tiro de pistola del bolsillo, de que habla la diligencia de reconocimiento de la galera que se registra en la página 5°. Que los degollados lo fueron estando amarrados, se colige por los dos que se han encontrado en esta forma, y porque de no ser así habrían recibido otras heridas a consecuencia de la resistencia que naturalmente debían hacer, horrorizados con el amago de la degollación. El dejar dos de ellos amarrados y vestidos, y también la carabina nueva de que hace relación el Sargento Figueroa en su declaración, debió ser por la prisa con que andarían para cargar hasta con los andrajos de los peones, y por supuesto también con el más mínimo papel, y el baúl deschapado sería probablemente el que guardaría el dinero y alhajas de valor, que tal vez por su mucho peso no podría acomodarse en carga, y acaso convendría repartirse sin demora su contenido.

He dicho a Vd., compañero querido, mi parecer francamente sobre este terrible suceso, por su carácter el más funesto e ignominioso al país. Quisiera engañarme o poderme persuadir de lo contrario, y por lo mismo le ruego me conteste, y exprese su modo de pensar con la misma franqueza y libertad con que yo lo hago; y en caso de estar discordes, me rebata mis ideas y reflexiones del mejor modo posible.

Adiós, compañero: que restablezca completamente su salud, y que me mande son los sinceros deseos de su amigo.

Juan Manuel de Rosas

(Archivo Americano, Nueva Serie, No 20, ed. original, ps. 40 56; Gaceta Mercantil del 10 de mayo de 1839 y E. Barba, Correspondencia.)

El examen de las tergiversaciones e inconsecuencias, las omisiones deliberadas o involuntarias en que habían incurrido los hombres del régimen cordobés, para encubrir a los asesinos de Quiroga, está hecho de modo magistral. Hasta el momento que Rosas, luego de llegar a una conclusión sobre la culpabilidad de los Reinafé, comunica su opinión a Estanislao López, nadie había pasado de acusar a Santos Pérez, sin relacionar el acto del ejecutor con la orden de un instigador más responsable, por estar altamente colocado.


La actitud de Estanislao López

Estanislao Lopez El mismo día que Rosas escribió la carta que acabamos de leer, el gobernador de Santa Fe oficiaba a su colega Reinafé que esperaba procedería contra el acusado por varios gobiernos, por el buen nombre del cordobés y de todos los confederados. (Alfonso Durán, Estanislao López y la tragedia de Barranca Faro, Santa Fe, 1941, p. 19. Interesante folleto con apéndice de documentos, destinado a probar la ninguna complicidad de don Estanislao López en la muerte de Quiroga.)

Pero al recibir aquella epístola, reaccionó como era debido, y escribió a don Juan Manuel acusándole recibo el 12 de mayo de 1835, y diciéndole:

"Es una clásica impostura esas entrevistas que han dicho los díscolos y los malvados, ha tenido conmigo el coronel Reinafé, después de la pasada del general Quiroga. El coronel Reinfé estuvo aquí en setiembre del año pasado, cuando yo menos lo esperaba. Luego que llegó el tal hombre, sus primeras conferencias estuvieron reducidas a referirme todas las ocurrencias de la revolución de Castillo, y las del ejército del centro, a manifestarme las quejas del gobierno de Córdoba contra el de Buenos Aires, por la ocupación que se había dado al coronel Seguí, y luego descendió a hablarme sobre probabilidades que había de que el general Quiroga me atacase, dejando entrever cierta ingerencia de parte de usted en la empresa.

En éste párrafo se ve claramente la intención de crear disidencias y desconfianzas, no logrando su objetivo. Sigue dicieno Estanislao en su carta a Rosas:

Con este motivo le hablé muy claro, diciéndole que jamás le haría mal al general Quiroga, ni creía que él me lo hiciese, porque no había mérito para ello y por lo que respecta a usted le hablé extensamente, demostrándole con hechos y con cartas que era único de quien los pueblos debían esperar bienes, que era un fiel amigo, y que por mi parte tenía en usted depositada tanta confianza como en mí mismo.

Me asombra la explicación que usted me hace sobre la diferencia que se observa en las notas del delegado Aguirre y del objeto que las motivó, cuando leo la carta de Don Vicente, fecha 15 de febrero último. Ese delegado ni aún para mentir tiene habilidad; sus notas a ese gobierno y la carta a la viuda del General Quiroga en la parte que habla de rastros, como para Santa Fe: son dos mentiras muy mal urdidas, con la sola diferencia que esta última es muy criminal. Una de las fuertes razones que en este negocio me han hecho opinar del mismo modo que usted respecto a los Reinafé, es ese aturdimiento que les observo en todos sus pasos y, como ya he dicho, ese parapeto que han querido buscar en mí.

(Nótese la acusación indirecta que hacen los Reinafé: “”…hable de rastros, como para Santa Fe...)

Continúa López:

"Ningunas relaciones había tenido yo con Don Pancho Reinafé que mereciesen la pena de ocuparse de una correspondencia y ella es que, poco antes y después de la desgracia del General Quiroga, ese hombre me mandó un diluvio de chasques seguidos, y casi todos ellos tan sin asunto que ni contestación exigían.

Confieso a usted que al principio no me ocurrió ni me pudo ocurrir la causa de esos chasques; más, ahora que estoy en el caso de fijarme en todo, deduzco que fue un ardid para hacer entender que existían entre él y yo grandes relaciones, presentando un aparato de combinaciones también, acaso con el fin, como ya he dicho, de parapetarse de algún modo, mientras yo, conducido por el deseo de la paz, y de que terminasen los disturbios entre Ibarra y Reinafé, hacía uso de cuantos arbitrios me sugería mi razón para conseguirlo, y hasta he llegado a enviarles copias de algunos conceptos de usted, emitidos en sus cartas, que, por su importancia me parecieron a propósito para hacerles escuchar la razón.

Concluyo pues, esta carta, mi querido compañero, asegurando a usted que son para mí tan incontestables las razones que presenta usted en su carta del 18 sobre las sospechas que hay contra los Reinafé en la muerte del General Quiroga y su comitiva, que si el Gobierno de Córdoba me hiciese alguna observación sobre lo que le digo en mi oficio del 6 y en la carta de la misma fecha, estoy en la resolución de copiar al pié de la letra todas sus observaciones y remitírselas en contestación.

A Dios, compañero, que él le dé a usted buena salud y acierto en todas sus resoluciones es y será el voto constante de su fiel amigo.

Estanislao López

(A.Zinny, Historia de los gobernadores.t.III.p.124-126)

Ante todo, digamos que ya nadie que no sea un obcecado anticaudillista puede acusar a Don Estanislao de participación en el crimen de Barranca Yaco. El Dr. Ramón J. Cárcano, que ha dedicado al asunto el estudio más completo en su libro sobre Quiroga ha pulverizado la calumnia que sobre el grito in extremis de Santos Pérez se levantó contra Rosas y contra López. (Irazusta, Julio. cit.t.II.311)

Desde la carta de Ibarra a Reinafé, y desde las comunicaciones entre López y Rosas, las cartas estaban echadas y la suerte de los culpables en vías de sellarse por la tenacidad y minuciosidad de Rosas para investigar el asunto y llevar al juicio definitivo que se dio.

La camarilla cordobesa hace absolver a Santos Pérez, y se atreve a declararlo benemérito. Da al fallo absolutorio la mayor publicidad periodística, el 29 de abril, y se revuelve contra Ibarra, devolviendo acusación por acusación. Lo peor era menear el asunto, que sólo en el silencio podía, si acaso, resolverse a favor de los culpables. El comentario, la investigación todavía empírica y semiprivada continúan en la correspondencia de los otros caudillos federales. Ibarra escribe a Rosas y a Estanislao López refirmando su convicción sobre la culpabilidad de Pérez, y sugiriendo la de los Reinafé. (Cervera, Manuel. Historia de Santa Fe.t.III.apéndice.p.94)

Calixto María González, cordobés amigo del gobernador de Santa Fe, escribe a éste diciéndole que "el sistema del gobierno de Córdoba era el de salvar a Santos Pérez, cuando la opinión pública lo señalaba como agente del crimen", y agregando que la Comisión Investigadora estaba compuesta de dos muchachos unitarios.(Cervera M.cit.t.II.p.732)


José Feliz Aldao,    ,
Óleo de García del Molino    
Museo Histórico Nacional.    

Felix Aldao

Rosas recibe carta de Felix Aldao, con preciosos datos sobre las ramificaciones políticas del asesinato de Quiroga, según lo comunica a Estanislao López:

"Buenos Aires, 26 de Mayo de 1835

Señor Don Estanislao López:

Mi querido compañero:

Me impuse de que es Vd. de mi propia opinión respecto a que los unitarios son autores y los Reinafé los ejecutores de la muerte de nuestro infortunado compañero el General Quiroga, con todo lo demás que a este respecto opina Vd., y me he llenado de complacencia. Ya era absolutamente preciso que acordásemos y resolviésemos algo que calmara las inquietudes de los federales de los pueblos del interior... Decir a Vd. todo lo que se me ha escrito del interior sería cansarlo cuando ya debe hacerse cargo de lo que podrá ser. Le remito, sin embargo, esa cartita del General Aldao. El conductor parece un vecino honrado, de buen juicio y capacidad. Lo que con éste me manda decir aquél, es lo siguiente: que Don Pedro Bargas, Juez de la Villa de Río Cuarto, se costeó a Mendoza a ver al General Aldao, llevándole una carta del Coronel Francisco Reinafé, solicitando su amistad y mandándole decir verbalmente con dicho Bargas que si no tomaba parte en ninguna desavenencia que hubiese contra Córdoba, le daría lo que pidiese. Que el Gobierno de Córdoba contaba con Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, campaña del norte de Buenos Aires, y los descontentos en toda esta provincia y Estado Oriental. Que estaban de acuerdo esos gobiernos para que si el de Buenos Aires movía fuerzas sobre Córdoba, cargar sobre aquélla.

Que preguntándole el General Aldao cómo era que el señor López se declaraba contra mí, cuando éramos tan antiguos compañeros, y se veía por los papeles públicos y otras noticias que esta amistad no se había perturbado, cómo era también que desconocía la necesidad de atender el crédito de la República no persiguiendo de muerte a los asesinos del General Quiroga, contestó Bargas, que así se declaraba el señor López porque estaba en sus intereses. A dicho paisano conductor de la esquela del señor Aldao, lo despacho hoy mismo. Lo que podré contestar verbalmente a este señor, y lo que podré mandar decir a otros, ya Vd. debe hacerse cargo.

Juan Manuel de Rosas

(Ibarguren, Carlos. Juan Manuel de Rosas.p.331)

Como se ve, los unitarios tratan de involucrar a otros actores, pero de nada les servirían esas tramoyas ante la sagacidad y tenacidad de Rosas, que ya les había “cortado el rastro”.

Poco después don Estanislao recibe otra noticia de Córdoba, comunicada por su amigo y homónimo, don Manuel López, coronel del ejército cordobés, sobre los rumores difundidos en la capital del interior contra Santa Fe, que dice ser "sólo voz del gobierno de aquel y no de sus sobrinos los Ferreira”. (Cervera, M.cit.t.II.p.731)

En posesión de todos esos datos, Rosas escribe a su colega santafesino esta carta:

"Buenos Aires, junio 23 de 1835.

Señor Don Estanislao López.

Mi querido compañero:

Asuntos muy graves de que no he podido prescindir, me han interrumpido varias veces la contracción al trabajo de la intimación, etc., sobre que estamos de acuerdo. Esto es tanto más largo, cuanto que al mismo tiempo he tenido que contestar la dilatada correspondencia de las Provincias del interior, por la relación que tiene con la misma intimación acordada. Estoy ya al concluir todo, y dentro de pocos días tendré el gusto de remitir a usted por un extraordinario lo que me pide le mande hecho, y la contestación a sus cartas pendientes.

Respecto a las que usted dirigió al señor Ibarra y Reynafé incitándolos a la unión, tiene usted razón para sentir este paso, tanto más cuanto que luego circularon sus copias, pero también debe llenarse de satisfacción si medita lo que yo he publicado desde el principio, aún desde antes de mi exaltación al Gobierno, en los periódicos de esta Ciudad, que he cuidado de remitir constantemente a los Gobiernos y a los hombres influyentes de todas las Provincias del interior, y si se hace cargo de lo que a este mismo respecto habré escrito a todos ellos será una doble razón para su complacencia. Esta correspondencia, sobremanera larga y voluminosa, estoy seguro que si la viese endulzaría las amarguras que nunca faltan a los hombres de su clase en la penosa carrera de los grandes negocios públicos. Pero a este respecto hay bastante con lo que ya le he asegurado, y ahora le repito. Hoy mismo cuando escribo ésta, ya deben haber recibido los expresados sujetos en todas las Provincias citadas, la correspondencia de que hablé a usted, y que condujeron los últimos correos, en donde a todos sin excepción les digo entre otras muchas cosas lo siguiente:

"Con respecto al infame atentado cometido en la persona del ilustre General Quiroga, ya estamos conformes con nuestro compañero el señor López, Gobernador de Santa Fe, sobre los poderosos motivos que hay para creer que la opinión pública no es equivocada al señalar por todos los pueblos que los unitarios son los autores, y los Reynafé de Córdoba, los ejecutores de tan horrendo crimen; y nos ocupamos en ver cómo podremos depurar la República de tales monstruos sin inferir perjuicios a la Provincia de Córdoba, en donde residen, los que serán inevitables, si es preciso atacarlos con fuerza armada. Por lo que hemos pensado hasta el presente sobre este delicado asunto, estoy en que ya muy pronto ambos Gobiernos, invitaremos a los demás de las provincias hermanas para que cada uno por su parte intime seriamente, y de un modo decidido al Gobernador Don Vicente Reynafé que deje el puesto y sus hermanos, los empleos que ocupan, y se pongan a disposición del Gobierno de esta provincia, encargado de las Relaciones Exteriores, y principal interesado en que se descubran y castiguen ejemplarmente los autores y ejecutores de tan execrable delito."

Cuando escribí esto bien conocía la necesidad todavía de la reserva pero más fuerza me hizo la que había ya de no demorar la noticia del juicio que teníamos formado, y de nuestra resolución. Conviene, pues, guardar toda reserva hasta que pasen las circulares que le he de remitir, según estamos de acuerdo, y que yo también he de dirigir directamente. Luego que calculemos que habrán pasado, dirigiremos nosotros las intimaciones que nos corresponden como Gobernantes de las Provincias que presidimos.

El Coronel Corvalán no ha despachado la segunda remesa de dinero, según las órdenes que tiene del señor Cullen, porque aún no había parecido a otro patrón. Mas habiendo ayer llegado Casas, él la llevará dentro de tres días que dice dará la vela. Dice dicho Corvalán que este dinero, como que lo ha cambiado él, lo ha verificado con un ahorro de trescientos treinta y tantos pesos, según él dará cuenta al señor Cullen en nota que llevará el mismo portador. Ya debe usted hacerse cargo cuanta habrá sido mi satisfacción al saber su mejoría. ¡Quiera Dios continuarla como son mis sinceros deseos y ruegos!

Nada más puede decir a usted por ahora su afectísimo compañero.

Juan Manuel de Rosas

(En Archivo General de. la Nación. Secretaría Rosas. 1835, editada por Enrique Parba. Correspondencia entre Rosas, Quiroga y López. Hacchette. Bs.As.1858.p.240-242)


José Vicente Reinafé     


Manifiesto: intimación a los Reinafé

La intimación a los Reinafé, de acuerdo con Estanislao López, fue lanzada el 29 de junio de 1835 40 en el siguiente Manifiesto:

"Luego que se supo en esta provincia, con expresión del día, hora y lugar, y demás circunstancias con que fue comunicado desde esa (provincia de Córdoba), todos, todos los habitantes de ella, de todas las clases y condiciones, dieron por indudable que los principales perpetradores (del asesinato de Quiroga) eran: el señor don José Vicente Reinafé, actual gobernador de Córdoba, y sus tres hermanos, don Guillermo, don Francisco y don José Antonio.

El gobierno de Buenos Aires considera que por el voto público de las provincias confederadas, el señor don José Vicente Reinafé y sus expresados hermanos, están borrados de la lista de argentinos de probidad y honor, y se hallan legalmente impedidos de alternar con los ciudadanos de esta clase en ningún puesto público.

El gobierno de Buenos Aires, procediendo de acuerdo con el Exmo. de Santa Fé, intima desde luego al Excmo. Gobernador de Córdoba, y a todas y cada una de las demás autoridades a quienes corresponda, que inmediatamente y sin pérdida de momentos, hagan que los expresados señores dimitan en debida forma sus respectivos empleos públicos, y se presenten por si y en sus propias personas ante la autoridad que les designen las provincias confederadas, a responder a los cargos que resulten contra ellos sobre la mortandad' hecha en las del Exmo. señor Brigadier General Juan Facundo Quiroga, su secretario Coronel Mayor don José Santos Ortiz, y demás de su comitiva, nombrándose un gobierno provisorio para el régimen de la provincia, hasta que las demás de la federación expresen su voluntad a este respecto, en la inteligencia de que desde el día 20 del próximo julio, quedará cerrada toda comunicación epistolar y comercial, entre los habitantes de esa y esta provincia, la que no se abrirá mientras no se haga lugar a esta intimación, que para el caso de resistencia se reserva el gobierno de Bueno s Aires de hacer valer por medio de la fuerza, si fuese necesario...

Juan Manuel de Rosas

(A. Zinny, Historia de low gob"nadoiw, ed. cit. t. III, p. 132.) (Ramón J. Cárcano, Juan Facundo Quiroga, 39 ed., pa. 290 y 291.) Este autor que es quien profundizó más en el asesinato de Facundo, dice poco antes de transcribir el Manifiesto del 29 de junio, que para Rosas 1a desaparición de Quiroga representa la pérdida de una fuerza activa y avasalladora. Es un colaborador poderoso y dócil. Nunca contraría ni sus principios ni su conducta. La constitución del país, es la bandera que mantiene las luchas ardientes y sangrientas. Ambos compañeros están de acuerdo en dictar la Constitución oportunamante". "En una sola mano, Rosas dispone (por medio de Quiroga) de nueve provincias. Desaparecido Quiroga, quedan libres los caudillos menores, y surge el peligro de las rivalidades de predominio y anarquía disolventes", (ps. 288 y 289). Todo esto está muy bien visto y expresado. Bastaba conocer la situación política de 1834 para saberla. Pero algunos no lo decían, y supongo que la palabra del Dr. Cárcano será autorizada para los antirosistas. En cuanto al pronunciamiento contra los Reinafé, el Dr. Cárcano dice: "los indicios que (Rosas) recoge, nos convencen de la culpabilidad de los Reinafé que antes rehusó aceptar atribuyendo el asesinato únicamente a los unitarios". (Ibíd, p. 290).

Leonardo Castagnino

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Fuentes:

JUAN MANUEL DE ROSAS. La ley y el orden - Castagnino Leonardo J.M.de Rosas. La ley y el orden.
- Irazusta Julio. Vida política de Juan Manuel de Rosas.t.II.ps.297-315)
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

                          

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