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AYUDA CAPITALISTA A LA URSS: LA RED
                          

Karl Heinrich Marx    
Carlos Heinrich Marx


(01)
Los primeros pasos de la revolución bolchevique
(02) El Tratado de Rapallo
(03) La red en Alemania
(04) La red en Estados Unidos
(04) Otros países.
(03) Fuentes.
(04) Artículos relacionados.


Los primeros pasos de la revolución bolchevique

De acuerdo al dogma marxista, el capitalismo se basa en la propiedad privada, explota a los obreros, crece al concentrar capitales, degenera en crisis económica de superproducción y aumenta así número y la miseria de los proletarios. Y todo ello –agrega el marxismo- ocasiona que el proletariado se lance a la revolución, expropie los bienes de los capitalistas, cese “la explotación del hombre por el hombre”, desaparezca la crisis económica, aumente la productividad en forma extraordinaria y “la personalidad humana y la cultura puedan desarrollarse libremente”. O sea, llega a una especie de paraíso. (Salvador Borrego, Infiltración Mundial. p.39)

Pero en Rusia nada de eso sucedía. No era una potencia capitalista, no había llegado a la concentración del capital, no estaba ni siquiera medianamente industrializada, ni había crisis de superproducción. No había tampoco una conciencia revolucionaria en las masas, mayoritariamente campesinas. Por eso la revolución rusa no fue un levantamiento espontaneo del proletariado, si no incentivado y programando por un grupo de ideólogos y grupos revolucionarios, nativos y extranjeros en su mayoría, que llevaron al comunismo a la toma del poder. No hubo las etapas previstas por Marx, si no más bien una conjura para la toma del poder.

Tampoco se cumplieron los pasos siguientes augurados por la teoría marxista. Una vez suprimida la propiedad privada, y “expropiados los expropiadores”, no aumentó la productividad, no hubo ningún auge ni no cesó “la explotación del hombre por el hombre”. Tampoco “la personalidad y la cultura pudieron desarrollarse libremente”. Toda la teoría quedó desmentida en la práctica. La teoría filosófica, económica y política parece haber sido en la práctica sólo otra forma de tomar el poder y dominar a los pueblos.

Una élite de marxistas, muchos de ellos extranjeros, se apoderaron del poder en Rusia porque vieron la oportunidad y aprovecharon los trastornos de la guerra y la ignorancia de las masas rusas, pero su propósito inicial era la toma del poder en Alemania. Kissel Mordekav, conocido como Karl Mar, había dicho que “La ineluctabilidad histórica de este movimiento se limita, pues, a los países del Occidente europeo” (I.M.p.40)

El Manifiesto comunista de 1848, de Marx y Engels, decía que “A Alemania sobre todo es hacia donde se concentra la atención de los comunistas”. La razón es que Alemania estaba fuertemente industrializada y el capitalismo había crecido allí considerablemente. Apoderarse de Alemania le daría al marxismo una gran influencia internacional, en armonía con el dogma marxista de que el capitalismo, al crecer, empobrece a las masas y determina que éstas reaccionen e impongan el comunismo. Así se presenta el comunismo como un movimiento reivindicatorio espontáneo de las masas, sin diferenciar el capitalismo del super-capitalismo de los grandes financistas y especuladores.

En junio de 1849 los comunistas intentaron la toma del poder en Alemania mediante la provocación de agitaciones y motines, pero fracasaron. Alemania tenía una distinta opinión pública y un ejército tradicional que derrotó a los subversivos.

Marx y Engels continuaron conspirando, y en 1864 se fundó la Internacional Comunista, que tenía por objeto inmediato, entre otros, la comunización de Alemania. Todas las conferencias, juntas, etc. usaban el idioma alemán.

Todavía a principios del siglo XX Ilich Ulianov Blank, conocido como Lenin, decía que prefería triunfar en Alemania que en Rusia, y soñaba con formar en una segunda etapa, un bloque de Alemania y Rusia que dominara desde el Rhin a Vladivostok, y luego extender el comunismo al resto de Europa y el mundo.(Ver Desde el Rhin a Vladivostok )

Como en Rusia había menos defensas sociales, Lenin vio la oportunidad de montar ahí su primera base de operaciones, y lo logró en 1917. Al año siguiente, ya los jefes rojos intentaban comunizar Alemania, aprovechando el fin desastroso de la guerra y la consiguiente desmoralización y desorientación del pueblo alemán.

Kurt Eisner agitaba el sur de Alemania para que la provincia de Baviera se separara del resto. En 1919 se proclamó en Baviera un régimen marxista de “consejo de obreros y soldados”. La bandera roja ondeaba en los arsenales. La guerrilla urbana prácticamente se había apoderado de Munich en un golpe de mano sorpresa.

En Berlín y Kile se movían otros grupos comunistas. La guerrilla urbana en Berlín era encabezada por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Entre otras cosas pedían la abolición del ejército y del Estado Mayor General, y la formación de una milicia comandada por oficiales elegidos por los milicianos. Los revolucionarios se lanzaron en un intento de tomar la Cancillería pero fueron rechazados y dispersados a tiros. Los oficiales de una división de caballería capturaron y ejecutaron a Karl Liebknecht y a Rosa Luxemburgo. En los motines hubo aproximadamente mil muertos, y los rojos quedaron derrotados.

En Munich reaccionó el ejército y barrió con el gobierno de Eisner. Lo mismo ocurrió en Kiel.

La predica de los Eisner, los Luxemburgo, les Liebknecht, etc. no fue suficiente para seducir a la opinión pública, pese a contar con numerosos cómplices infiltrados en las dependencias oficiales, en la prensa y en la finanzas. El intento revolucionario en Alemania de 1919 fracasó.

Pero la revolución violenta no es el único utilizado por el marxismo. Hay otro que, aunque de proceso más lento, se dirige al mismo objetivo: la toma del poder y la imposición del marxismo.

Cuando una fortaleza no puede ser tomada en un ataque frontal y abierto, se la flanquea, se la engaña, se la cerca, se la debilita, con el fin de conquistarla más tarde. El principal ideólogo o partidario de ese método revolucionario fue Eduard Bernstein.

Vladímir Ilich Uliánov, "Lenin"    
Vladímir Ilich Uliánov,


El Tratado de Rapallo

Fracasado el intento revolucionario en Alemania de 1919, la Internacional Comunista adoptó la táctica de una revolución pacífica, de infiltración ideológica. Surgió entonces del gobierno de Weimar, que era una coalición con infiltrados procomunistas, al amparo de una Constitución engañosa redactada por el comunista Hugo Preuss.

La propaganda comunista se volvió más sutil, más cauta, penetrando en la prensa, en el teatro, en las universidades y en las fábricas.

Los rojos no olvidaban que habían fracasado en su intento revolucionario violento frente al ejército en Berlín, Kiel y Munich, y dedicaron especial atención en infiltrar sutilmente a las fuerzas armadas alemanas, comenzando cuanto antes si querían cosechar los frutos veinte o treinta años más tarde. Mientras tanto, la URSS entraba en su cuarto año en situación caótica. El régimen marxista, basado en la represión, no podía mejorar la productividad. El comunismo se sostenía en el Kremlim, pero la producción se había desplomado en todo el país, y una terrible crisis económica asfixiaba al pueblo. El número de muertos por el hambre y la desnutrición se calculaba para 1921 en cinco millones, sin contar los cientos de miles de rusos opositores aniquilados en las purgas masivas para reprimir a la oposición.

Lenin y unos miles de marxistas que constituían el régimen soviético, muchos de ellos extranjeros, mantenían el poder en sus manos, pero el pueblo ruso tenía una gran cantidad de analfabetos o de mínima instrucción, sin técnicos, con una industria débil y anticuada que no se bastaba a si misma, y estaba lejos de ser una potencia soñada al instalarse el comunismo.

Para salir de la postración la URSS necesitaba la ayuda extranjera, por ejemplo de Alemania, vecino cercano y fuerte, con industria y desarrollo tecnológico. La ayuda alemana al comunismo ruso era difícil de obtener en forma directa, pero estaba la posibilidad de infiltrarla física y mentalmente.

Karl Radek y Leonid B. Brassin, del grupo extranjero de la cúpula comunista del régimen soviético, se trasladaron a Berlín. Radek había sido del grupo cabecilla de la fallida revolución en Alemania de 1919.

Ambos agentes soviéticos hicieron contacto con los generales alemanes von Seeckt, jefe del ejército alemán, y el general Kurt von Scheicher, jefe del Departamento de Asuntos Políticos de las fuerzas armadas alemanas. Esto se realizó con la anuencia del gobierno alemán, infiltrado por los procomunistas.

Los agentes soviéticos llevaron una oferta tentadora. Como Alemania no podía construir aviones, ni tanques, ni desarrollar nuevas armas, porque se lo prohibía el Tratado de Versalles, los agentes soviéticos ofrecieron bases en la URSS para que el ejército alemán pudiera hacer en ellas lo que se le impedía en territorio alemán.

Para los políticos y los industriales también había una oferta tentadora. Como Alemania había perdido sus colonias y parte de su territorio durante la guerra, y le habían impuesto una indemnización de 269.000 millones de marcos oro y un recargo del 12 % sobre sus exportaciones, su situación económica era muy crítica. Había cesantía, y la URSS ofrecía concesiones para que los capitales alemanes montaran fábricas en territorio soviético, de tal manera que podrían dar trabajo a muchos de los cesantes y obtener dividendos.

Pasa encubrir esas maniobras, Lenin anunciaba la nueva política económica de “trato suave” para el capitalismo. La infiltración mental penetró en los cerebros alemanes con diversos slongans y argumentos: “la URSS está cambiando”, “Moscú se está democratizando”, “para salir de la crisis produzcamos y vendamos a la URSS”, “nuestra industria tiene la posibilidad de crecer”, “nuestro ejército tiene la posibilidad de desarrollar nuevas armas”, “el intercambio que se nos propone nos favorece”, etc.

Esos argumentos de la infiltración fueron la base para que el 6 de abril de 1922 se firmara el Tratado de Rapallo, que se llamó de “amistad y comercio”. Por Rusia lo firmó el ministro Chicherín y por Alemania el ministro Rathenau, procomunista infiltrado en el gobierno alemán. Después de la firma del tratado, hubo una violenta reacción contra Rathenau, y acusado de traidor, fue finalmente asesinado por Erwin Kern. Pero a pesar de eso, quedaba en pie un tratado que sería una trampa para Alemania en beneficio de la URSS.

A la fábrica alemana de aviones Junkers se le dio “la oportunidad” de instalar una sucursal en Fili, en los suburbios de Moscú. Hugo Junkers llevó ingenieros, técnicos, maquinas y planos, y montó la primera fábrica de aviones en la URSS. Rusia se había quedado sin industria aeronáutica en 1917 a consecuencia de la revolución que hizo emigrar al último ingeniero aeronáutico, Igor Ivanovich Sicorski.

Junkers comenzó a entrenar personal ruso para su fábrica y para fines de 1922 estableció la primera línea aérea de al URSS entre Moscú y Gorki, y luego entre Moscú y Kiev.

Cerca de Voronech, peritos alemanes organizaron la escuela Lipenke para pilotos y mecánicos, donde se entrenó una escuadrilla rusa bajo instructores alemanes.

Otros peritos alemanes organizaron una academia de tanques en Kazán, sobre el río Volga.

Mientras tanto, ingenieros y técnicos alemanes llegaban a Leningrado y Nikolaiev a montar astilleros para la construcción de barcos y submarinos.

Las fábricas de explosivos de Tula y Zlatoust fueron reorganizadas y modernizadas por expertos alemanes.

Parecía que el ejército alemán estaba burlando las asfixiantes limitaciones que le imponía el Tratado de Versalles y que se vigorizaban en con sus nuevas bases en suelo ruso.

Simultáneamente, Moscú había “otorgado” 68 concesiones a empresas alemanas para que montaran plantas en la URSS para producir una diversidad de artículos. En Alemania se decía que todo eso aliviaría el desempleo y fortalecería a la industria y economía alemanas.

Las fabricas Krupp enviaron gran cantidad de máquinas agrícolas para explotar los campos rusos al norte del Cáucaso.

La construcción de máquinas y vagones Linke-Hofmann llevó capital y técnicos para aprovechar el campo de expansión que se le abría. Las fundiciones Wilff hicieron otro tanto.

Pero el espejismo duró poco tiempo. En 1925 la URSS comenzó a anular concesiones, al tiempo que las nuevas plantas comenzaban a funcionar con personal soviético que había aprendido lo suficiente.

A Junkers se le había “garantizado” treinta años para la fabricación de aviones, pero a los tres años perdió todo lo que había invertido. Algo parecido le sucedió a los demás industriales e inversionistas.

En cuanto al ejército alemán, instruyó técnicos de tanques en Kazán, pilotos en Voronesch, armadores navieros en Leningrado y Nikolaiev, como así también formado oficiales de Estado Mayor. Pero a cambio de todo eso no recibió nada.

La URSS no cumplía los convenios y promesas, y el débil gobierno Alemán, infiltrado por procomunistas, no podía o no quería hacer nada para que los rusos cumplieran.

Dr. Carl Friedrich Goerdeler    
Coordinador de los infiltrados    

Dr. Goerdeler


La red en Alemania

Buena parte de la trampa había cumplido su misión y se desactivaba, pero otra parte del Tratado de Rapallo seguía funcionando en Berlín, bajo la sociedad Germanorusa para al Cultura y la Técnica, patrocinada entre otros por el físico Albert Einstein.

También funcionaba una representación comercial soviética, que negociaba con diversas casas alemanas la compra de mercaderías o servicios. Parecía que en eso no podía haber nada reprochable o sospechoso, y que solo un fanático ideológico sin razón podía oponerse a un trato exclusivamente comercial, que beneficiaba a ambos contratantes.

La representación soviética ocupaba un edificio en la calle Lindenstrasse de Berlín, que podía ser fácilmente observable por la policía. Pero a ese edificio se la abrió un acceso secreto hacia una joyería ubicada en otra calle, por donde entraban y salían agentes de una red de espionaje industrial y técnico que estaba saqueando secretos a muchas fábricas alemanas.

Alemanes o extranjeros, habían sido captados por el comunismo y militaban en dicha red de espionaje: Wilhem Zeisser, Pieck, Ernst F. Wollweber, Erwin Kramer, Erich Mielke, Artur Ilmera y muchos más, iniciaron ahí su carrera de infiltrados y traidores, que tiempo más tarde actuarían durante la segunda guerra a favor de la URSS, y después de la guerra como funcionarios en la Alemania del Este, bajo el régimen comunista.

Walter Tygor, Richard Ouast y Herman Dünaw, entre otros, manejaban al emisión de pasaportes y sellos para los agentes soviéticos que necesitaban entrar o salir de Alemania.

El químico Mayor obtuvo para le representación soviética secretos de las plantas alemanas Solvey, de productos químicos.

Kallembach extraía de la Krupp diseños secretos de máquinas, y los entregaba al agente Ruski, que los entregaba a Moscú.

Fiodor Volodichev robaba piezas de micrófonos y teletipos perfeccionados por Siemens.

El ingeniero Wilhelm Richter se llevaba a Moscú documentos secretos de la fábrica de cemento Polysins.

Sieffert robaba tipos de modernos teléfonos militares de campaña.

Eduard Ludwing espiaba en las fábricas alemanas de aviones Junkers y Dornier. Therodor Pech obtenia secretos sobre la producción de vidrios a prueba de balas en Aquisgrán, etc.

Una de las primeras fábricas que descubrió el saqueo fue la IG-Farben, y organizó un cuerpo de detectives privados en Leverkusen, pero poco después llegó a descubrir que los soviéticos habían infiltrado a una secretaria en esos servicios de protección, con el objeto de averiguar quienes les seguían los pasos.

El Tratado de Rapallo fue un magnífico negocio para la URSS. Gracias a él logró rehacer sus cuadros de instructores militares, crear nuevas fábricas y recuperar muchos años de atraso que llevaba en el campo tecnológico. Y todo ello a cambio de nada.

Para Alemania en cambio, fue una trampa, una pérdida de capital, de transferencia tecnológica y de tiempo. Pero tuvo una consecuencia más grave: al amparo del Tratado de Rapallo, se introdujo en las cúpulas políticas y del ejército alemán, una red secreta de infiltrados que tendrían durante la segunda guerra un papel de extraordinaria importancia, entregando planes militares alemanes a la URSS. Era un grupo numéricamente pequeño, pero su ubicación les confería una virulencia letal.

El Tratado de Rapallo fue anulado por Hitler, pero la red secreta quedó infiltrada, y durante más de veinte años tuvo consecuencias gravísimas para Alemania.


La red en Estados Unidos.

Si bien EEUU no formaba parte del Tratado de Rapallo, el mismo sistema que en Alemania practicó el mando soviético en Norteamérica, donde ya había un grupo de magnates que habían subvencionado a la revolución soviética antes de que triunfara en Rusia.

La Standard Oil Cómpany, de John David Rockefeller envió técnicos y capital para modernizar las explotaciones petroleras de la URSS.

Averell Harrison, quien luego haría carrera política con Roosevelt y Truman, envió también capital y peritos a la URSS para impulsar la explotación minera. Americanos o extranjeros infiltrados en las altas finanzas o en la política americana, estaban en combinación con los que actuaban en la cúpula soviética. Y para los americanos celosos de su nacionalidad, entraba en juego una dialéctica de frases engañosas: “La URSS está cambiando”, “si se le ayuda con capital se le podrá influir”, “el comunismo se va diluyendo y desaparecerá si tendemos puentes hacia él”, •Dejar sólo a Lenin es arrojarlo en brazos de los más radicales”, “invirtiendo en Rusia se influirá sobre Rusia”, “invertir en Rusia es un buen negocio”, etc.

Hasta Ford cayó en esa telaraña de sofismas y envió a la URSS 74.000 juegos de repuestos de automóviles e ingenieros para montar una fábrica.

Moscú había frenado la colectivización agrícola, suavizado la persecución religiosa y aplazado otras medidas radicales. Lo hacia calculadamente para facilitar la ayuda que estaba pidiendo en Alemania y Estados Unidos.

La Arthur G. McLee Company de Cleveland, Ohaio, constructora de enormes plantas de acero en el Estado de Indiana, accedió a construir algo semejante en Magnitigorsk, en los Urales, y envió un ejército de ingenieros y técnicos que montaron el centro metalúrgico más importante de Rusia.

Los constructores americanos John K. Calder, de Detroit, Henry Hendrickson, de Cñeveland, MacElroy y Spenser planearon y dirigieron al construcción de una inmensa fábrica de tractores en Stalingrado. Más de quinientos expertos norteamericanos trabajaron en esa planta, a la que los soviéticos agregaron algunos cambios para que en vez de tractores, se pudieran fabricar tanques. También hicieron una copia de la fábrica y la instalaron en Rostov.

En la industria del autotransporte Rusia llevaba muchos años de atraso. En 1929 solo contaba con 30.000 vehículos, mientras que en Estados Unidos había 26 millones. Con técnicos americanos, la URSS montó una planta en Gorki, la “Detroit de Rusia”, para producir 140.000 vehículos anualmente.

El coronel Hugh Cooper, constructor de una gran presa hidroeléctrica en Estados Unidos, fue persuadido para que dirigiera la mayor presa soviética en el Dnieper, y técnicos e ingenieros americanos construyeron el sistema hidroeléctrico del Dnieper.


Otros países.

Además de la ayuda norteamericana, y la obtenida de Alemania a través del Tratado de Rapallo, los soviéticos consiguieron que Italia, Dinamarca, Suecia y otros países le vendieran aviones, barcos, vehículos y todo tipo de maquinarias y elementos tecnológicos, que luego copiaba y reproducía sin costos de investigación ni pago de patentes.

Durante la Segunda Guerra, y aún antes de ser parte beligerante, los Estados Unidos enviaron a la URSS 15.000 aviones, 7.200 tanques, 500.000 jeeps y tractores, un centenar de barcos de transporte y toda clase de mercadería, víveres y municiones.

La Gran Bretaña por su parte envió 6.500 aviones, 5.000 tanques, 4.000 cañones y materias primas por valor de 45 millones de libras esterlinas. A todo esto hay que añadir el envío de técnicos y científicos y al cesión de informaciones de carácter militar.

Si esta enorme ayuda, Stalin se hubiera desplomado en el verano de 1942. Y a pesar de esa ayuda, estuvo a un paso de la derrota total. Una derrota absoluta frente a escasamente los dos tercios del Ejército Alemán, que debía distraer más de dos millones y medio de hombres para combatir en los frentes occidentales que los Aliados abrían a pedido de Stalin, en una guerra contra Occidentes, que Alemania no quería.(J.B.p.234)

La URSS se fortalecía apoyada por el sistema que combatía.


Fuentes:

- Salvador Borrego. Infiltración Mundial.p.39
- Joaquín Bochaca. Historia de los vencidos.9.234
- Castagnino Leonardo. www.lagazeta.com.ar

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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