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LA CONSPIRACIÓN DE MAZA

Manuel Vicente Maza     

Manuel Vicente Maza

(01) Antecedentes
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A partir del año 1838 se suceden una serie de hechos relevantes que conspiraban contra el gobierno de Rosas. Los franceses bloquean el Río de la Palta en combinación con la comisión de emigrados unitarios en Montevideo.
Fructuoso Rivera desplaza a Manuel Oribe del gobierno oriental y le declara la guerra a Rosas. El general Paz, faltando a su palabra de permanecer en Buenos Aires en calidad de detenido, se evade para reiniciar su lucha contra Rosas. Lamadrid, comisionado por Rosas ante Tucumán, se pasa de bando y levanta las provincias del norte. Cullen conspiraba desde Santa Fe, y Ferre y Berón de Astrada desde Corrientes. Lavalle, después de algunas dudas y declaraciones privadas de exaltado patriotismo ante el bloqueo francés, inicia su cruzada libertadora al frente de un “Ejercito libertador” apoyado por unitarios y franceses, para invadir el territorio nacional y derrocar a Rosas. Esta conjunción de hechos desatan la violencia que culminaría en 1840.

A esta serie de hechos, se agregaba una conspiración urdida por los unitarios y miembros de la Joven Generación, se desarrollaba en forma soterrada desde principios de 1839 y no faltaron en ella encumbrados federales, funcionarios de gobierno y amigos personales de Rosas.

Algunos de los complotados eran hombres como Valentín Gómez, Zavaleta, Valentín San Martín, Peña, Lozano, etc. que ya habían participado en un frustrado complot el año 1838.

La conjura era conducida por las Jóvenes de la Asociación de Mayo, fundada por Esteban Echeverria en 1837, que en su discurso del banquete inaugural expresó la necesidad de luchar contra Rosas. Algunos de estos jóvenes eran partidarios de la lucha intelectual y política, y otros partidarios de acciones materiales. De estos últimos formaban parte Carlos Tejedor, Jacinto Rodríguez Peña, José Barros Pazos, Carlos Eguía, Benito Carrasco, Carlos Lamarca, Santiago Albarracín, Pedro Castellote, Diego Arana, José María Lozano y Jorge Corvalán entre otros, los que formaron un comité para buscar adhesiones. “El desaliento cundía ya en esta asociación secreta –le dice el doctor Tejedor en carta a Adolfo Saldías en carta llena de preciosos detalles en los cuales él fue testigo ocular- cuando don José Lavalle, hermano del general, avisó al comité central que el teniente coronel Ramón Maza pensaba lo mismo que los demás conjurados y tenía elementos propios para una revolución contra Rosas; y ofreció ponerlo en contacto con nosotros”

Los complotados se ponen en contacto con la Comisión Argentina de Montevideo, y con el propio general Lavalle, que para entonces decido desprenderse de sus escrúpulos patriotas, y se pone al frente del “Ejercito Libertador”. No faltaron encumbrados unitarios y federales de nota, entre los que se encontraba el coronel Ramón Maza y su padre Vicente Maza, Presidente de la Legislatura y amigo personal de Rosas desde vieja data. Luego se enteraría Rosas que participaba también Enrique Lafuente, empleado de la secretaria privada, y hasta su propio hermano Gervasio Rosas.

Rosas tenia conocimiento de la conspiración: “Lo peor es que hay federales en el complot –le dice Rosa a su amigo Juan Nepomuceno Terrero- pero quiero saber quien son estos. No temo por mi vida, si no por los horrores que va a presenciar Buenos Aires, si no me matan”. Estos detalles son descriptos por Adolfo Saldias, fundándoes en declaracines de Máximo Terrero y Manuelita Rosas (Historia de la Confederación, tomo III)

Pese a todos los peligros que le acechan para esos años, incluido el complot, Rosas no se amedrenta. Mantiene la cabeza fría y pensante. Esta a la expectativa estudiando los movimientos y descubriendo los nombres. Inclusive infiltra entre los complotados, algunos hombres de confianza como Nicolás Martinez Fuentes, que le dan valiosos datos. El propio general Paz, a quien Rosas había puesto en libertad tratándolo con las consideraciones de su grado y de su clase, dice en sus memorias: “Yo sabía positivamente de lo que se trataba, pues se obraba con tan poca reserva que he oído en un estrado hacer mención delante de dos señoras de los puntos más reservados”.

En sus conferencias con el comité central, el comandante Ramón Maza manifestó que contaba con el regimiento a las órdenes del coronel Granada, que él había mandado, con milicias y fuerzas populares de la campaña del sur, con el batallón de su pariente Mariano Maza y con el del general Rolón a quien se inutilizaría oportunamente visto que se había desentendido de las insinuaciones que él mismo le hizo. Entretanto Félix Frías, secretario del general Lavalle, instaba al comité central que adelantase los trabajos, prometiéndole que dicho general lo ayudaría y dirigiría oportunamente. El comité le encargó a Tejedor mantener la correspondencia con Frías, la cual versó sobre la concurrencia de Maza y sobre los recursos con que contaba y clasificación de éstos.

Pero pasaban los días y el general Lavalle no se resolvía a la acción. Maza le pedía por intermedio de Tejedor que desembarcase en cualquier punto de la costa y le aseguraba que él se encontraría con fuerzas en el punto designado; como condición, le pedía que no viniesen banderas francesas ni riveristas. “Este fue un escrúpulo constante de aquel joven, a que nunca quiso renunciar” -dice Tejedor en la carta a Saldias.

Era mediados de junio y Lavalle no se decidía todavía. Impaciente por esta demora, Maza quiso proceder por sí solo y de acuerdo con el comité central de Buenos Aires, de modo que el movimiento, cuya dirección asumiría él en la campaña, se produjese simultáneamente en la ciudad. Y mientras él hacía sus últimos preparativos en ese sentido, su padre el doctor Manuel V. Maza trabajaba una reacción análoga en la legislatura que presidía. Así se lo comunicó el mismo comandante Maza a Tejedor.

Los conjurados no contaban con que Rosas les seguía los pasos y estudiaba sus movimientos. Creían que Lavalle desembarcaría en cualquier momento en algún punto de la costa, y planearon que el movimiento estallara en la campaña, y una vez afianzado y desviada la atención de Rosas hacia la campaña, los elementos de la ciudad harían lo suyo, sin darle tiempo a la reacción del gobernador. Pero para entonces, Rosas ya sabia cuanto calzaba cada uno.

El coronel Ramón Maza, además de jefe militar y conjurado, era amigo personal de Manuelita y asiduo concurrente a reuniones de Palermo. En una de esas visitas, Rosas sorprende al coronel Maza conversando con Manuelita en una de las habitaciones de Palermo: “Yo te suponía el frente de tu regimiento, -le dice Rosas con ironía- pero veo que estas señoras te demoran en la ciudad más tiempo del necesario”.

Cuando Ramón Maza se retira, Manuelita le comenta a su padre que aquel pronto se casará con Rosita Fuentes, hermana de la nuera de Rosas: “¡Hum! –exclamó Rosas- es un matrimonio hecho a vapor; tanto peor para él”

Para el 3 de junio se casa Ramón Maza. Uno de esos días de junio, Rosas descansaba en la ribera recostado en una toscas, cuando aparece Manuelita con algunos acompañantes en algarabía. Desde ese grupo se desprende Ramón Maza y se dirige hacia donde estaba Rosas. Ramón permanece de pie a su lado, conversando. Estaban solos, y Rosas en aparente indiferencia, le habla de la frontera, del ejército, de los indios. Pero disimuladamente estudiaba a su interlocutor, quien a su vez hacia lo propio. Ramón Maza piensa que estando solos, como estaban, podría fácilmente asesinar a Rosas, pero vacila, duda, no se atreve, y finalmente se despide y se aleja montado de a caballo. En el río se veían algunos buques de la flota francesa que bloqueaba el Río de la Plata. ¿Que pasaría por la mente de Rosas ante esa escena de agresores y traidores?

Ramón Maza se dirige a la ciudad. Se encuentra con otro de los conjurados, Jacinto Rodríguez Peña. “Rosas está adormecido” –le dice. Sin embargo le refiere a su amigo que nota que en la calle lo sigue un hombre disfrazado de changador, por lo sospecha que algo se sabe. Finalmente le informa que se irá a Tapalqué a sublevar la división del Coronel Granada, y se unirá a la insurrección que deberá estallar en el Sur. Pero al llegar a su casa, se encuentra con un sobre lacrado dirigido por el coronel Manuel Corvalán, que le informa que “Su Excelencia” lo invita a pasar “ahora mismo” por la Contaduría General para que se le entreguen los sueldos del mes de junio que debe llevar a la división Tapalqué. Ramón Maza cae en la celada, y es tomado prisionero En nota a su reciente esposa le escribe: “Voy preso a la cárcel. Mi conciencia está tranquila, y debes tu estarlo, porque de émulos nada temo, ni tu debes temer. Mándame ropa y mi poncho, porque esto será muy frío”.

Al mismo tiempo son aprehendidos los jóvenes Carlos Tejedor, Avelino Balcarce, Jacinto Rodríguez Peña, Santiago Albarracín, José M.Ladines y su mujer.

La ciudad se estremece al enterarse de la conspiración, en la que estaba incluido el doctor Manuel Vicente Maza, amigo personal de Rosas, Presidente de la Junta de Representantes y del Superior Tribunal de Justicia, quien “se pondría a la cabeza de una evolución análoga en la legislatura, luego que el movimiento hubiera tomado forma”.

La Sociedad Popular Restauradora se reúne en sesión permanente para defender al Restaurador y pedir el castigo ejemplar de los culpables, “asesinos de lesa nación”. Un grupo de gente se reúne frente a la casa del doctor Maza mientras varias comisiones de “patriota federales” recogían firmas para pedir a la Sala de Representantes la expulsión del “perjuro, malvado, indigno de respirar en la tierra argentina”, don Manuel Vidente Maza. Inmediatamente se juntan millares de firmas entre la gente. Ya no le quedaban duda al doctor maza que la ciudad sabia de su conspiración, y la de su hijo. Ante la perspectiva de una investigación con tantos involucrados, y sus consecuencias, Rosas decide detener la investigación, e incluso por su indicación, el cónsul norteamericano Mr Slade le ofreció al Dr. Maza los medios para que se ausentara inmediatamente de Buenos Aires. Pero Maza se negó a huir por no comprometer más a su hijo.

Acongojado y sin saber que resolución tomar, el doctor Maza se dirigió a la casa de Manuel J. de Guerrico situada en la calle Tacuarí entre Moreno y Belgrano, en la madrugada del 27 de junio. Guerrico no quería avanzar por su parte una opinión definitiva, porque la situación no podía ser más difícil. Por momentos ambos creyeron que lo mejor era dirigirse a ver a Rosas. Pero dudan que hacer. ¿No tenía éste en sus manos las cartas del doctor Valentín Alsina y de otros miembros de la Comisión Argentina de Montevideo al doctor Maza, sobre la conjuración y sobre el modo de proceder en cuanto a la persona del gobernador? ¿No estaba Rosas condiciones de dar golpe por golpe? ¿Qué excusa podría darle cuando Rosas le enseñara las pruebas de esto? ¿Con que ánimo se presentaría ante su amigo traicionado? ¿Salvaría a su hijo con cualquier excusa?¿cómo encontrar una excusa o una disculpa? En estas especulaciones estaban cuando se oyeron voces en la calle. Era otra turba de gente que vivaba a Rosas y profería amenazas de muerte al doctor Maza.

En esas circunstancias apremiantes, y ante el dilema, Maza resolvió dimitir a los cargos que desempeñaba. Sin encontrar solución y como si una esperanza le quedara todavía, se dirigió a casa de su amigo Juan N. Terrero, íntimo amigo de Rosas, quien lo recibió con los brazos abiertos. Lo sabía todo; pero en su concepto la situación de Maza no era como para desesperar. Irían juntos a ver al gobernador, y después de una explicación franca, pesaría más que todo el sentimiento de una antigua amistad. Esto abrumaba a Maza. ¿Cómo explicarse sin comprometerse a sí mismo, a su hijo, a sus amigos? ¿Cómo se presentaría ante Rosas, su amigo traicionado?

Terrero pudo calmarlo argumentando que Rosas no tomaría medidas contra los comprometidos en la conspiración, y que la suerte de su hijo Ramón dependía quizá de la entrevista que a su juicio debían tener ambos con aquél. Maza convino al fin en esto, y al caer de la tarde se dirigió con Terrero a la casa de Rosas, pero al llegar a la esquina de las calles hoy Moreno y de Representantes (hoy Perú) Maza duda y desiste. Desprendiéndose del brazo de su amigo, le dijo: “No; no puedo ir: si me matan, me matarán en mi puesto”.

Terrero le insistió y le suplicó, pero todo fue inútil. Su resolución era irrevocable. Terrero volvió para su casa y Maza entró en las oficinas de la Sala de Representantes. Se sentó en la mesa de despacho que estaba colocada en el mismo local donde estuvo en los últimos años la del Secretario del Senado de la provincia, con ventanas a la calle Perú.

Asesinato del Dr. Manuel Vicente Maza    
(27 de junio de 1839)     Asesinato de Vicente Maza

A esa hora se encontraban allí dos ordenanzas de la legislatura. Maza se puso a redactar sus renuncias a la Presidencia de la Sala y al Tribunal de Justicia. No encontraba las palabras que lo conformaran, y redactó dos o tres borradores, que desechó. La luz se concentraba sobre su mesa, de manera que podían verse sus movimientos desde la calle Perú. Escribía otro borrador cuando dos hombres emponchados entraron cautelosamente en la habitación de la derecha, separada por un pasillo del despacho que ocupaba don Vicente. Los desconocidos llegaron hasta el despacho, y alli mismo apuñalaron a Maza, y salieron por la puerta de frente hacia la calle.

En la sala contigua se encontraba el ordenanza Anastasio Ramírez, quien al ver salir esos dos hombres, entró a su vez al despacho del presidente y se encontró el cadáver de éste tendido en el sillón en que trabajaba poco antes. Ramírez se dirigió entonces a la casa del general Pinedo, vicepresidente de la Sala, y le dio parte de lo que acababa de suceder. Dijo que ignoraba las circunstancias del hecho, pues en los momentos en que debió perpetrarse se encontraba en una de las piezas de la secretaría desde donde vio salir dos personas, a quienes no conocía ni vio entrar.

El general Pinedo convocó de inmediato a la comisión permanente de la legislatura, que la componían los señores Mansilla, Obispo de Aulón, Lahitte, y los diputados secretarios Irigoyen y González Peña. Reunida ésta en el local de sus sesiones, Pinedo les manifestó que el motivo de la convocatoria era el asesinato que acababa de tener lugar, “a cuya vista podía resolver lo que estimase más conveniente, teniendo en consideración la certidumbre del hecho en virtud del reconocimiento que había practicado el médico de policía” (Diario se sesiones de la Junta, Tomo XXV, número 646).

Los miembros de la comisión permanente opinaron sobre la de necesidad tomar medidas conducentes “a fijar de un modo auténtico las circunstancias del hecho, y las que convengan relativamente a la inhumación del cadáver”, y acordaron que el secretario González Peña procediese inmediatamente a levantar un sumario instruido y circunstanciado del hecho, para elevarlo oportunamente al conocimiento de la legislatura, y que se conservase el cadáver del doctor Maza en la sala de la presidencia y al cuidado de dos empleados de la casa hasta las 9 de la mañana siguiente, hora en que sería conducido al cementerio del norte si la familia del finado no lo había reclamado antes.

Cuando Rosas supo del asesinato del Dr. Maza, exclamó: “¡Mas vale así, porque si llega a hacerse proceso, cuantos hubieran caído!”

Rosas sentenció al comandante Ramón Maza, que fue fusilado al día siguiente, 28 de junio de 1839.

Los unitarios le atribuyeron el asesinato del doctor Maza a Rosas. Decían que éste, en ocasión de la declaración de Martínez Fontes y Medina Camargo había exclamado delante de varios, refiriéndose al doctor Maza: “¡Traidor! merecería que lo matasen!” y que esto fue el incentivo para que los federales más exaltados lo mataran. Estos dichos “supuestos” por los unitarios, fueron los únicos argumentos que tuvieron para inculpar a Rosas del asesinato.

Sin embargo Rosas no tuvo participación en ese asesinato, y hasta le proporcionó a su amigo la oportunidad de salir del país a través del representante norteamericano. La no participación de Rosas en ese asesinato, constaba entre todos sus allegados, y muchos lo han ratificado después de haber sido derrocado Rosas.

Dos o tres días después del asesinato, Juan N. Terrero le refería a Rosas los esfuerzos que hiciera para llevarlo a su presencia. “Es que el doctor Maza había perdido la cabeza –dijo Rosas- ya andan diciendo los unitarios que yo he mandado matarlo”.

El doctor Felipe Arana, ministro de Rosas en 1839, requerido mucho después del año 1852 por su pariente el historiador chileno Diego Barrios Arana sobre cuál había sido la participación de Rosas en el asesinato de Maza, le respondió en tono de la más profunda convicción: “Ninguna”. Esta declaración es tan autorizada como libre de sospechosa, porque el doctor Arana no era ajeno a ningún acto del gobierno de que formó parte, y porque al final se retiró del gobierno disgustado con Rosas.

No solo suspendió el sumario ni tomó venganza, sino que además liberó a muchos de los comprometidos en la conspiración. Manuelita intercedió a favor de Tejedor y Balcarce, y Rosas accedió refunfuñando: “Ahí tienes otros de tus empeños. A los legistas no les doy su merecido por consideración a sus padres”, y firmó la orden: “Póngase en libertad al joven Carlos Tejedor entregándolo a su padre, a quien se le prevendrá cuide a su hijo no se relacione con los salvajes unitarios” (Archivo de Policía)

Al dictar la libertad de Avelino Balcarce lo “apercibe respecto de su conducta anterior, privándole el uso de la divisa federal hasta nueva resolución”

Treinta años después, desde Southampton, Rosas se refería a los hechos de esta forma:

“Los autores del asesinato del doctor Manuel V. de Maza, fueron de los primeros hombres del partido unitario. Cuando supieron se preparaba a descubrirme con los documentos que tenía, todo el plan de la revolución, sus autores y cómplices se creyeron perdidos si no hacían desaparecer sin demora al doctor Maza. Fue entonces que lo descubrieron a los federales exaltados como el principal agente de la conspiración, ligada y pagada por las autoridades francesas. Así que se empezó el sumario y me impuse de las muchas personas unitarias y federales notables que aparecieron figurando como autores y cómplices, lo mandé suspender, y pasados algunos días ordené la ejecución del que, pagado, fue el ejecutor de ese espantoso asesinato. De otro modo habría sido preciso ordenar la ejecución de no pocos federales y unitarios de importancia. Tal era el estado de terrible agitación en que se encontraba la mayoría federal victoriosa, muy principalmente por la liga del partido unitario y de algunos federales traidores con los extranjeros que tan injustamente hostilizaban al país. No basta, pues, que mis contrarios políticos digan que fui yo quien ordenó el horrendo asesinato del doctor Maza. Para que fuera cierto deberían presentar las pruebas indudables. ¿Dónde están?”.


Fuentes:

- Saldías, Adolfo. Historia de la Confederación Argentina
- Ibarguren Carlos. Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo.
- La Gazeta Federal
www.lagazeta.com.ar


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Fuente: www.lagazeta.com.ar





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