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LA PROPUESTA DEL PARDEJÓN RIVERA (*)
                          

Juan Manuel de Rosas.     Restaurador de las Leyes


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01 Situación de la Confederación Argentina
02 El "Pardejon" nos declara la guerra
03 La propuesta del "pardejon" y la respuesta de Rosas
04 Lo cortés no quita lo valiente
05 El cazador trampeado
06 Referencias
07 Fuentes
08 Artículos relacionados

La situación de la Confederación Argentina

Hacia 1838 la Confederación Argentina atravesaba una situación delicada; la guerra con la Confederación Peruano-Boliviana era complicada, y el tirano “cholo” (1) Santa Cruz intrigaba con los unitarios de chile, los de Montevideo y franceses para realizar una acción conjunta, y le ofrecían a Santa Cruz como pago, la segregación de las provincias del norte, para incorporarlas a la confederación Peruano-Boliviana. Estanislao López estaba muy enfermo, y retirado le cedió el manejo de la acción política a su ministro Domingo Cullen, un español que se mantuvo siempre al lado del caudillo santafesino pero, intrigando disimuladamente en su contra. Al frente del gobierno, Cullen intrigaba con Santa Cruz, con Berón de Astrada de Corrientes y con los "Auxiliares" unitarios emigrados de Montevideo, que a cambio de ayuda económica y de guerra le ofrecían a los franceses la segregación de la Mesopotamia como "república independiente". Lavalle, convencido finalmente por los unitarios, se pone al frente de los invasores, con el apoyo de la flota francesa que bloquea el Río de la Plata, toma la isla Martín García, defendida heroicamente por Jerónimo Costa y Juan Bautista Thorne.

Además de los trabajos que el partido unitario hacía en Corrientes y en el norte, algunos hombres bien colocados venían preparando en Buenos Aires una conspiración en la cual entraron a principios de 1839 ciertos federales de nota, varios jefes y muchos hombres de la nueva generación. Rosas sabía que se conspiraba contra él y la desbarata, fusilando al cabecilla coronel Ramón Maza

Lavalle, en combinación con los conjurados, pasa a Entre Ríos, luego cruza el Paraná y llega a las puertas de Buenos Aires hasta retroceder, desilusionado por la falta de apoyo de la campaña bonaerense.

Fructuoso Rivera había destituido al presidente Oribe, y como siempre, intrigaba obteniendo ayuda económica de todos, y dilapidaba los fondos sin actuar, estafando alternativamente sin escrúpulos a todos por igual. Este caudillo anarquista vivia de los subsidios franceses, que le daban con generosidad o le negaban con tacañería según los sirviera o traicionara. Una frase de Lavalle sintetiza la personalidad de esta gaucho taimado: “Ofrece 1.500 hombres que no puede dar, por 200 mil patacones que desea recibir”.

Por su parte, el general Paz referirá lo dicho por el científico Aimé Bombland, allegado de Rivera, quien le decía; “El general Rivera me ha referido hechos de su mocedad que no le hacen honor, como si no se apercibiera que , tan lleno de sur una virtud, debieran causarle vergüenza. Me refería un día que, de acuerdo con otro pillo, hicieron una expedición a un pueblo de su país levando secretamente una partida de barajas o naipes compuestos, con los que desplumaron inhumanamente a todos los aficionados. Otra vez hizo otra excursión a correr carreras donde, corrompiendo a los corredores de profesión, hizo que sus caballos, que no eran mejores, llevasen el vencimiento de tosas las carreras. Lo más singular es - continuaba – que lo decía con un aire de satisfacción que probaba estar lleno de de ella dentro de si mismo”.

El “pardejón” Rivera, como lo bautizara Rosas, no logra sacarle a Francia una formal declaración de guerra, pero obtiene de este una fuerte suma de dinero, que malgasta sin tomar acciones serias. Enemigo de Rosas, don “frutos” estaba exultante, porque Rosas, con tantos problemas, sería destituido en cualquier momento. En el tratado correntino-uruguayo de 1838 decía que la alianza se haría pública al producirse la declaración de guerra de de Rivera a Rosas.


El "Pardejon" nos declara la guerra

El 7 de marzo de 1839, una comisión formada por el cónsul francés Roger y uruguayo Andrés Lamas, se corre precipitadamente hasta el Durazno encargada de hacerle firmar a Rivera el decreto de declaración de guerra, antes de se enterara de la derrota boliviana en Yungay, conocida el día anterior en Montevideo. La comisión, llegada al Durazno ubica al “pradejón” (2) en un baile de máscaras, disfrazado de moro, en casa de Martín García, vecino de la ciudad.(Irazusta Julio. Vida politca de J.M. de Rosas.t.III.p.213)

Rivera recibió a al comisión con la máscara puesta, y sin sacarse lo guantes firma la declaración de guerra sin leerla, para volver al baile ni bien se marchó la comisión. Así, entre dos compases de danza, el imperialismo francés y sus agentes del Plata jugaban la suerte de nuestros pueblos, en un momento decisivo se su historia. El pronunciamiento de Berón de Astrada dejaba de ser una rebelión interna para convertirse en una conjura con el enemigo exterior.

Pero a Rivera no le soplarían los vientos a favor por mucho tiempo: La Confederación Peruano-Boliviana es derrotada en Yungay (20 de enero de 1839) y luego derrocado Santa Cruz. Domingo Cullen, derrocado por Juan Pablo López, hermano de Estanislao, se evade a Córdoba y luego se refugia en Santiago del Estero bajo el ala de Ibarra, pero por pedido de Rosas para que se lo remita engrillado, Ibarra le aconseja a Cullen que “se ponga dos buenos pares de medias de lana, porque le va a remachar unos grilletes en los tobillos, para ser remitido a Buenos Aires”, y al cruzar el arroyo del medio, es fusilado de inmediato. Berón de Astrada es derrotado y fusilado por Echagüe en Pago Largo. Conocida de ante mano por Rosas la conspiracion de Maza, es desbaratada y fusilados o llevados prisioneros los principales cabecillas. Por su parte Lavalle, desilusionado por la falta de apoyo en la campaña bonaerense, retrocede hasta ser definitivamente por Oribe en la batalla de Quebracho Herrado. Por su parte los franceses, entran en tratativas con Rosas hasta su capitulación y levantamiento del bloqueo.

Como vemos, la suerte de Rivera ya no era tal, y acostumbrado a pasarse de bando en toda oportunidad, traicionando a todos, le ofrece la Paz a Rosas, ofreciéndole todo.

Lavalle acababa de hacerse trasladar por la escuadra bloquedora hasta Martín García el dos de julio de 1839, y al atardecer de ese día le traen a un hombre disfrazado de mujer, tomado en un lanchón que había pretendido salir de para Buenos Aires. Era un emisario de Rivera, son Antonio Suso, que llevaba a Rosas las bases de un tratado de paz, y “un rico bolsillo de terciopelo de oro de realce que mandaba doña Bernardina para Manuel Rosas. El general Lavalle reconvino agriamente al Suso, que estaba muy asustado, pero lo dejó seguir su viaje, devolviéndole los papeles” (A.J.Carranza.”La Revolución del 39 en el Sur de Buenos Aires. p.39 – J.Irazusta,t.III.p.231)

A mal puerto iba por leña el emisario, porque el Restaurador conocía perfectamente toda la historia de traiciones del Pardejón, y no caería en sus enredos y trampas.


La propuesta del "pardejon" y la respuesta de Rosas

La propuesta de Rivera, y la respuesta de Rosas, quedan en evidenia en la carta que éste último le remite a Pascual Echagüe, gobernador de Entre Ríos:

Buenos Aires, agosto 16 de 1839

Señor don Pascual Echagüe.

Mi querido amigo:

Tengo el gusto de avisarle el recibo de su apreciable, de 19 de julio y 3 del corriente.

El pardejón salvaje unitario Rivera, en su desesperada situación me mandó proponer la paz, ofreciendo entregar al salvaje Lavalle, y a los demás salvajes unitarios emigrados, al gobierno argentino: publicar una amnistía reconociendo en sus empleos al señor Presidente Oribe, y a los demás orientales de su partido legal, declarándose en contra de las pretensiones francesas, haciendo causa común con esta República, en defensa de su libertad, y por último, todo lo que yo considerase necesario, con tal de darnos las manos, quedando él de Presidente en el Estado Oriental, reconocido por el gobierno argentino.

Mi contestación ya debe Vd. hacerse cargo de cuál sería. Fue reducida a hacerle decir, que no podía yo, ni debía hacer la paz ni tratado alguno con un traidor a la santa causa de la libertad, honor y dignidad del continente americano, porque no sólo tenía que sostener y consultar los derechos de esta República, sino también consultar en ella los de la América por ser la causa común; que en tal virtud, las únicas bases que podía darle eran las siguientes:

1° Será repuesta en la República Oriental del Uruguay, la .autoridad legal de ella, violentamente expulsada por Rivera.

2° Este se ausentará inmediatamente del Estado Oriental para Europa, y no podrá regresar a él, sin previo especial permiso del .gobierno legal de dicho Estado.

3° Saldrán del territorio Oriental, los emigrados y proscriptos argentinos, que a juicio del gobierno de la Confederación, pudieran comprometer por su miras anárquicas, la seguridad, paz y tranquilidad de ésta, y la armonía y sosiego de ambas naciones.

4° El gobierno argentino, con la administración legal del Estado Oriental, arreglará amigablemente el monto de la suma y modo de su abono, que a desembolsado aquél en su auxilio, y las incidencias, que por los resultados de los sucesos de las administraciones de Rivera, han perjudicado y perjudiquen los intereses y derechos de los argentinos.

Nada más...

Juan Manuel de Rosas


Lo cortés no quita lo valiente

Las tortuosas intrigas de Rivera que pretendía incorporar a Corrientes, terminó cuando vio caer a sus aliados y cómplices. Rápidamente ofreció la paz a Rosas, que la rechazó en los términos que vimos; entonces el Pradejón, para torcer la firmeza de Rosas, recurre a la ayuda inglesa, pidiendo la “mediación”.

El 28 de julio de 1841 Mandeville presenta una nota de mediación redactada en un tono pacifista y de supuesta imparcialidad y amistad. Pero las argucias de Rivera y los ingleses no engañaba a Rosas, que contesta a través de su canciller, por documento con la firma del canciller Felipe Arana:

¡Viva la Federación!

Septiembre 3 de 1841. Año 32 de la Libertad, 26 de la Independencia y 12 de la Confederación Argentina.

El Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de Buenos Aires, Encargado de las que corresponden a la Confederación Argentina. Buenos Aires.

Al Excmo. Señor Ministro Plenipotenciario de S. M. Británica.

El infrascripto ha tenido el honor de elevar al Excmo. Señor Gobernador y Capitán General de esta provincia, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, la nota de V. E. su fecha 28 de Julio último, relativa a las instrucciones que ha recibido de su Gobierno para ofrecer su mediación amistosa en las diferencias que desgraciadamente hoy existen entre este Gobierno y el de Montevideo, y la que, desde luego, propone V. E. como un medio de restablecer, si fuese posible, entre esta República y Montevideo las amigables relaciones que deben subsistir entre Estados, que se hallan situados a tan cercana vecindad el uno del otro, y cuyos ciudadanos están tan íntimamente ligados entre sí por linaje y origen.

Al paso que reconoce el Gobierno Argentino en este acto del ilustrado Gabinete Británico una prueba conspicua de los filantrópicos principios de la Augusta Soberana de la Gran Bretaña de sus benévolos sentimientos hacia esta República, y del interés amistoso que ha acreditado por su prosperidad, no puede excusarse de manifestar a V. E., por conducto del infrascripto que, en medio de la injusta contienda a que ha sido provocada por Rivera, permanecen incólumes en la Confederación Argentina los lazos de amistad y unión con que los Argentinos y Orientales recogieron juntos los laureles gloriosos de su independencia; y que, considerando a aquella República sometida al humillante yugo de un impávido usurpador, deplora verla envuelta en las calamidades de una guerra desoladora, y bajo el peso de una administración antiamericana y venal.

V. E. por la distinguida posición que ha ocupado cerca de S.E. el Señor Gobernador, y por su larga residencia en este país, ha podido bien comprender el origen y objeto de la injusta contienda a que Rivera ha provocado a la Confederación, y consiguientemente los motivos sobradamente justos que inducen a este gobierno a la inevitable necesidad de no retroceder en ella hasta hacerla desaparecer. El se ha situado, por sí, fuera del alcance de toda combinación conciliadora. Su permanencia en el puesto que ha usurpado no puede ofrecer a esta república prendas seguras de una paz permanente; ni los medios alevosos y reprobados a que debe su atentatoria elevación, le permiten a un gobierno americano asociarse a un rebelde, sin incurrir en nota criminal de fomentar la ambición, el arrojo y funestas consecuencias de la rebelión.

V. E. también sabe, que se halla hospedado en este país el ilustre presidente legal de aquella misma república; que fue recibido con sus ministros y orientales fieles que lo acompañaban, con los honores y pompa debida al alto destino de que fue violentamente despojado; que en esta misma altura es considerado en la Confederación Argentina; que brilló con fama en el campo del honor combatiendo contra los enemigos de nuestra libertad, al frente de una división perteneciente al ejército argentino, vencedor en Don Critóbal y Sauce Grande; que ese mismo ilustre presidente, a la cabeza de otro ejército argentino, vencedor en las provincias del interior, participa de todos los peligros, recogiendo por todas partes los laureles de las victorias con que se han coronado argentinos y orientales; y, en fin, que dista mucho de complicar a estos últimos, en los avances hostiles de la autoridad intrusa que los humilla, burlando el sentimiento patriótico que denodadamente mostraron desde los primeros días de la emancipación americana.

Deseara, sin embargo, el Excmo. Señor Gobernador poder aceptar tan alta y poderosa mediación. Aunque no desconoce que Rivera, cuando ha visto su traición descubierta, firmada la paz con la Francia y puesta la fortuna del, lado de la justicia, haya impávidamente molestado los altos respetos de uno de los primeros gobiernos de1 mundo, ocurriendo a él para que medie y obtenga una reconciliación con el de esta república, quisiera S. E. sinceramente, encontrar medios para un avenimiento que concilien el honor, la justicia y la seguridad de la Confederación Argentina.

El gobierno está exento de que puedan imputársele con razón cualesquiera de esos motivos innobles, que frecuentemente se hacen servir de instrumentos para la ambición o la venganza. Afortunadamente V. E. está en posesión de sobrados títulos para estimar la constante solicitud de la confederación por la conservación de la paz exterior con todo el mundo. Si bien es cierto que no ha podido precaverse de los amaños y perfidias del jefe rebelde de la República Oriental, menos es de dudar que cualquier avenimiento con él, frustraría el objeto moral de justa guerra con que persigue a los salvajes unitarios, objeto de inmensa importancia para la consolidación de la paz interior de esta república y su futuro bienestar.

La tradición de sucesos recientes revela ampliamente su perseverante maquiavelismo contra la confederación, las gravísimas ofensas que le infirió cuando la consideraba en conflictos y la creía en peligro. No es la confederación la que ha empezado la guerra. Rivera es el primero que la ha atacado; la confederación se defiende, para combatir un poder fatal a su existencia. Sin concitar la animadversión y censura de las demás naciones, no puede cargar con la infamia ni pasar por la debilidad desdorosa de ser impasible a la existencia de un rebelde sin lealtad ni buena fe, sin honor ni dignidad.

La paz con Rivera no es conciliable con la seguridad de la república, ni la confederación puede terminar con él sus diferencias por las reglas ordinarias de la justicia, ni por los medios que autoriza el derecho de gentes; vecino y fronterizo, ha atacado injustamente la libertad, los bienes, la vida y el honor de los argentinos. El gobierno no puede salvar su responsabilidad, sino le reprime por las armas, y pone a cubierto a la república de la conflagración de que es y será constantemente amenazada, mientras permanezca Rivera en el poder que violentamente se ha usurpado.

Declarado caudillo de rebeldes por las cámaras del Estado Oriental del Uruguay, él es el jefe de aquellos mismos salvajes unitarios emigrados de este país, que bajo su protección, en medio de la más profunda paz invadieron por dos veces el territorio de la provincia de Entre Ríos. Estos son los mismos jefes con que cuenta, y con los que posteriormente ha hostilizado la república, hombres funestos y depravados que no son animados de otros designios que hacer derramar a torrentes la sangre argentina, comprometer la seguridad pública, violar las propiedades de todos y enlutar a la confederación. ¿Podrá el gobierno argentino entrar en acomodamiento alguno amistoso y honorable con un cabecilla que, después de haber acreditado un genio anárquico, turbulento y desorganizador, no solo protege sino que reúne cerca de sí a todos los individuos que por sus crímenes arrojó de su seno la confederación, para cimentar y conservar la paz interior?

¿Qué garantías ni seguridades para cualquier estipulación pacífica puede ofrecer un sublevado que enarbola la bandera de la rebelión contra la autoridad instituida por el voto libre de los orientales, para derribarla y allanar el único obstáculo a sus planes sanguinarios contra la confederación? ¿Qué obligaciones y deberes podría imponer en la ulterioridad a la República Oriental cualquier pacto que llegase a hacerse con un amotinado denominándolo jefe de bandidos, genio maléfico, y contra quien la autoridad legal puso en movimiento todos los medios para destruirlo? ¿Puede desconocerse que su permanencia sobre la escena pública, y conservación en el poder que ha usurpado, apoyado y sostenido por esos mismos salvajes unitarios, es inconsistente con la seguridad, reposo y bienestar de los pueblos confederados?

Si los sucesos de la República Oriental hubiesen sido menos claros y ruidosos, si una política misteriosa hubiese guiado los pasos del gobierno argentino, o si pudiesen atribuirse a la Confederación impertinentes pretensiones contra la inmunidad de aquel Estado podría en alguna manera considerarse sin apoyo la marcha circunspecta del excmo señor gobernador desde que apareció el genio de la discordia derrocando las leyes y la autoridad legal de aquel Estado, y humillando y vejando hasta lo sumo su Soberanía Nacional. Los esfuerzos de este gobierno en protección de aquella misma autoridad legal, para contener la rebelión, consultando la seguridad y quietud de, los pueblos confederados, fueron y serán siempre el resultado de la aquiescencia del único poder caracterizado para aceptarlos o rehusarlos. No podía tampoco, ni debía mirarse aquella lucha de la anarquía contra la legalidad, como una simple contienda doméstica, en que no es permitido a un gobierno extraño ingerirse sino por medios pacíficos y conciliatorios. El triunfo del rebelde Rivera era el principio de una guerra contra fa confederación; el tiempo y los sucesos lo han justificado, y se ha rasgado el velo con que pudo disfrazar sus malévolas intenciones.

La combinación de sucesos inesperados presentó oportunidad para que se desplegase la influencia maléfica de aquel usurpador. Abroquelado de las azarosas circunstancias en que se hallaba este gobierno, por el bloqueo en que tenían las fuerzas navales de S. M. el rey de los franceses los puertos de esta república, y desertando de la causa de la independencia americana, declaró la guerra contra ella, violó su territorio, introdujo y fomentó la guerra civil, armó unos pueblos contra otros, y celebró con los traidores salvajes unitarios alianzas y tratados, para ejecutar las hostilidades y ofensas con que ha sido y es amenazado el orden social de la confederación.

Ahora que la convención honrosa de paz con la Francia ha sido aprobada por el gobierno de S. M. el rey de los franceses; ahora que han fracasado todos los medios de conflagración con que intentó hundir a la república; ahora que no puede serle proficua para sus tenebrosas maniobras la infame cooperación e insano furor de los salvajes amotinados unitarios; ahora que a todo el mundo son notorias su doblez y perfidia; ahora que se ve resistido y repelido por la opinión pública de los mismos orientales, a quienes humilla y oprime; ahora, en fin, que ve la fugacidad de su rebelión, y próximo el triunfo de la causa de la justicia y la legalidad, es que se afana por la paz con este gobierno, y que ha pretendido captarse la voluntad del de S. M. bajo pomposas protestas de patrióticos y nobles sentimientos de que jamás ha estado animado. ¿Pero en qué circunstancias, Señor Ministro, es que ha tenido la audacia de querer alucinar al Gobierno Británico? Increíble es que a tanto haya llegado su impavidez e impudencia, cuando con alevosía inaudita disponía y preparaba una caja infernal contra la importante vida del Excmo. Señor Gobernador, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación. El infrascripto, al recordar al Excmo. Señor Ministro Plenipotenciario de S.M.B. esta escandalosa conducta del rebelde Rivera, apela a la notoriedad del hecho, y al testimonio de su propia conciencia, confiando dará a esta consideración el distinguido lugar que merece un arrojo tan descarado y descomedido por parte de Rivera contra los justos respetos debidos al poder e ilustración del Gobierno de S. M.

El Gobierno deplora no poder evitar las consecuencias que debe producir contra ambas Repúblicas la continuación de la presente contienda, y bien valora los perjuicios a que esta las expone; pero pesan sobradamente sobre él su honrosa responsabilidad ante el mundo civilizado, la elevación y dignidad de la Confederación y de la América, la justicia y su alto deber de consultar la consolidación del orden interior de los pueblos Confederados, su crédito exterior, y los inmensos resultados consiguientes.

Confía también que el Señor Ministro reconocerá la conveniencia y justicia de los principios de este Gobierno, y poder merecer el voto favorable del ilustrado Gabinete Británico, prometiéndose al mismo tiempo que, disipada la ilusión causada por la distancia del teatro de los acontecimientos, la Augusta Soberana de la Gran Bretaña, reconsiderando detenidamente esta cuestión y sus particulares circunstancias, se dignará hacerle la justicia de no haberse aconsejado de otros sentimientos que los de salvar su existencia y dignidad, y el de asegurar su reposo y su tranquilidad, la que, fuera, de toda duda, no puede ser permanente en la República Argentina, mientras Rivera, por su permanencia en el puesto que ha usurpado, pueda emplear contra el orden público de ella los obscuros y reprobados medios con que ha intentado perseverantemente conflagrarla, y trastornar su régimen interior.

Fundado en estás razones, Excmo. Señor Ministro, íntimamente reconocido este Gobierno al de S. M. B., por la fina benevolencia con que le ofrece su respetable mediación, el infrascripto, por disposición del Excmo. Señor Gobernador, tiene el honor de concluir asegurando a V. E., que la aceptaría si en su conciencia encontrase medios pacíficos para la restitución de la autoridad legal violentamente expulsada por un cabecilla sin pudor y sin fe, cuya ausencia lejana del territorio oriental es por otra parte absolutamente necesaria para terminar las calamidades de la guerra, así como la de los traidores salvajes unitarios, para que estas Repúblicas no se vean entregadas a nuevas convulsiones anárquicas de terribles consecuencias a todos los habitantes, a su prosperidad, honor y dignidad.

Dios guarde a V. E. muchos años.

Felipe Arana


El cazador trampeado

Lejos de caer Rosas en la trampa del Pardejón, este finalmente caería en engañado por la picardía de Rosas en Arroyo Grande, el 6 de diciembre de 1842:

"Todo se perdió", - relata Díaz -, "hasta el honor". Engañado y completamente vencido, perdió casi toda la caballada y el parque completo. Don Fructuoso escapó "arrojando su chaqueta bordada, su espada de honor y sus pistolas".

El 11 de diciembre, fecha en que se conoció la noticia en Buenos Aires, se festejó con baile y asado con cuero en la Alameda. Numerosa gente concurrió a Palermo a dar vivas al restaurador. Los marinos Brown y Seguy van a caballo hasta la quinta de Rosas para saludarlo, donde son agasajados por Manuelita. Otro de los visitantes refiere que Rosas le dijo:

“El ratón ha caído en la trampa; por más vueltas que había dado, al fin cayó, y cayó para siempre”


Referencias:

(1) "Cholo": Apodo dado por Rosas al tirano Santa Cruz. Llamase así a los naturales del Altiplano, al criollo, hijo de blanco y de india.

(2) "Pardejón": Apodo dado por Rosas a Fructuoso Rivera. En La Gaceta Mercantil del 22 de junio de 1843, se explicó el sentido del mote, tan conocido por entonces, que Rosas aplicó al caudillo uruguayo. “Pardejón – dice el redactor - , significa el macho toruno que llega a encontrarse en algunas crías tan malísimo y perverso que muerde el y corta el lazo, se viene sobre él y atropella a mordiscones y patadas, que jamás se domestica, y que si alguno de ellos llega a ser amansado, a lo mejor traiciona y pega una o dos patadas al jinete que lo carga, que lo ensilla o que lo monta. Así es que siendo tan de malas mañas, para designar un hombre perverso lo llaman los paisanos pardejón”. El 1° de noviembre de 1839, el comandante del Fuerte 25 de Mayo, José Maria Plaza, le expresaba al coronel Corvalán, edecán de Rosas, en una nota: “Muera el asesino agonizante parduzco pardejón Rivera, que se metió de puro bestia a declararnos la guerra”

Leonardo Castagnino

Copyright © La Gazeta Federal / Leonardo Castagnino  El autor

                          

Fuentes:

- Irazusta Julio. Vida política de Juan Manuel de Rosas.t.III.ps.232-375)
- Diario de sesiones de la H. Junta de B. R. de la prov. de Bs.As, t 28, N° 710
- Cutolo-Ibarguren (h): "Apodos y Denominativos en la historia Argentina". Edit.Elche. 1974
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar


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