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¡VIVA ROSAS!
                          

Cinta Punzó.    
Banderas de Rosas

Rosas y el unitarismo cipayo

(01)
El gran calumniado
(02) Ni cuzcos ni doctores
(03) El primer gobierno
(04) El Restaurador del Orden y las Leyes
(05) La “gente ilustrada” y “la clase baja”
(06) Negros, pardos y mulatos
(07) El reconcocimiento
(08) La cultura rosista
(09) Los honores
(10) El segundo gobierno de Rosas
(11) "Cajetillas de bota fuerte"
(12) Las facultades extraordinarias
(13) Revolución de “Los libres del sur”
(14) El magnánimo
(15) La firme política nacional
(16) El Gran Americano
(17) El aliado de Rosas
(18) Las páginas brillantes
(19) Los emigrados unitarios
(20) Política económica federal
(21) Politica económica unitaria
(22) La invasión extranjera
(23) El exilio
(24) ¡Viva Rosas!
(25) Fuentes
(26) Artículos Relacionados



El gran calumniado

Juan Manuel de Rosas.    

El Restaurador J.M.de Rosas

Frente a la mentalidad de los ideólogos, el general don Juan Manuel de Rosas aparece como su oponente más destacado.

Nada en él se asemeja o confunde con los liberales; es, indiscutiblemente, el reverso de la medalla. Su raíz es terrígena, su sensibilidad se forjó en el cuenco de los grandes valores tradicionales y su idiosincrasia es la propia del pueblo. Rosas es un elemento de la tierra, una fuerza desprendida del alma de las multitudes bravías: la encarnación de todas las pasiones Nacionales. Suprimir a Rosas es tanto como suprimir a la Argentina; que es ni más ni menos lo que se proponen los liberales.

El más grande elogio de Rosas lo hicieron sus adversarios; porque para combatirle se vieron forzados a combatir todo lo nuestro: el pueblo y la Nación, la verdad de la patria y la independencia de sus instituciones. Por eso tuvieron que adulterar la historia; pues, apenas conocida en su realidad, Rosas emerge con grandeza y ellos se hunden en el ludibrio. La mentira es el único elemento de que disponen los liberales para perdurar en un plano que no es el que realmente les corresponde. Los monumentos erigidos a los próceres del liberalismo están fundidos en el crisol de las más burdas adulteraciones. La calumnia es el arma terrible en las manos de estos falsificadores; Rosas es el ",gran calumniado" de nuestra historia.

Pero el pueblo no se engaña porque sus mecanismos intelectuales son harto simples; no influyen sobre el las propagandas urdidas en la trastienda de los despachos oficiales. Su instinto es certero y su intuición es el canal que lo guía en medio de las sombras del rencor inmoderado. Por lo demás, los calumniados son siempre sus iguales; volverse contra la calumnia es defenderse a sí mismo. De Rosas dijo uno de sus mayores adversarios: "Rosas y la República Argentina, son dos entidades que se suponen mutuamente: él es lo que es, por ser argentino; su elevación supone la de su país; el temple de su voluntad, la firmeza de su genio, la energía de su inteligencia” (Juan Bautista Alberdi: La República Argentina treinta y siete años después de la Revolución de Mayo. Valparaíso, 1847).(Ver Rosas y Alberdi

Estas palabras de Alberdi, ¿no son definitivas para comprender que el hundimiento de Rosas supone el hundimiento del país y del pueblo? ¿Es posible admitirlo, nada más que por hacerle el Juego a los liberales?


Ni cuzcos ni doctores

Juan Manuel de Rosas.    
Obra de Teodoro Bourse.    

Juan Manuel de Rosas

No es nuestro propósito trazar la historia del largo período que el general Rosas engrandeció con su voluntad, su inteligencia y su genio. Lo que nos interesa es puntualizar algunos aspectos de su obra para confundir a los calumniadores y poner al descubierto la burda trama sobre la que reposan sus criminales acusaciones. En primer término, recordemos que Rosas, antes de aparecer en el plano de las representaciones oficiales, ya había dado pruebas de su indomable capacidad para afrontar las magnas empresas de la tierra. Su voluntad enérgica, su espíritu de iniciativa, su respeto por la autoridad, su probidad intachable, su comprensión humana v su amor por el pueblo habían quedado marcadas como hitos imborrables. Durante las invasiones inglesas fue oficial de Migueletes ¡un niño apenas! - y participó en la Defensa, mereciendo de Liniers este juicio laudatorio: "El joven Rosas se ha conducido con una bravura digna de la causa que defendía (Adolfo Saldías: Historia de la Confederación Argentina). Fue una definición de su lealtad a la línea de la tradición católica e hispánica.(Ver Rosas y las invasiones inlgesas )

Estanciero más allá del Salado, creó un establecimiento modelo e impuso un orden y una disciplina ejemplares. Con sentido de comunidad, proyectó una sociedad para unificar y defender los intereses rurales de la campaña bonaerense y trazó un plan de fomento de la pampa. Redactó unas “Instrucciones para la administración de estancias”, por las que no se admitían en el trabajo rural "ni cuzcos ladradores ni doctores". Era la expresión de la línea popular, auténtica y rendidora.

Su abuelo materno, sargento mayor Clemente López Osorno, había sido inmolado por los indios, en sus tierras enclavadas entre las tribus de los ranqueles, a orillas del Salado. No obstante esto, don Juan Manuel buscó la amistad de las "naciones bárbaras", convivió con los indígenas, trató de reducirlos por el amor y hasta confeccionó un diccionario de la lengua de los aborígenes de la pampa. Era la prueba de su capacidad de convivencia, dentro del orden y sin que los resquemores personales torcieran su sentido de la solidaridad social.

Durante el gobierno de don Martín Rodríguez se produjo la sublevación de Pagola. Se le nombró Comandante General de Campaña teniendo en cuenta su inmensa autoridad entre los gauchos, que se prolongaba hasta las regiones de los indios indómitos. Rosas se presentó con sus Colorados del Monte, cuerpo de unos mil hombres "perfectamente montados, equipados y sostenidos a su costa" (General La Madrid) y restableció el gobierno legítimo. No lo movió una finalidad política, pues Rosas no era hombre de partido ni de banderías. Fue el suyo un gesto de acatamiento del poder legal y de afirmación del principio de autoridad.

Por sus servicios en la campaña de Buenos Aires se le fijó la cantidad de seis mil pesos anuales. Rosas los rechazó. Sus tropas, según acabamos de señalarlo con palabras del general La Madrid, eran equipadas y sostenidas de su peculio; no se conocía el saqueo ni las contribuciones forzosas entre las poblaciones que ocupaban. También cuando subió al gobierno donó sus sueldos "para objetos públicos y de beneficencia". Era la seña de su probidad y del espíritu de sacrificio que lo animaba en el desempeño de comisiones oficiales.

Estos antecedentes, que perfilaban su patriotismo, su carácter y su reciedumbre moral, habían revestido de inmenso prestigio a su figura. Su advenimiento al poder, en una hora triste para el país, fue una imposición ajena totalmente a sus cálculos y aspiraciones. El pueblo lo empujó; el pueblo subió con él.


El primer gobierno de Rosas

Juan Manuel de Rosas.    

En efecto; el poder del general Rosas no dimanó de un acto de fuerza ni respondió a sus particulares inclinaciones. Los acontecimientos lo forzaron a representar un papel que no ambicionaba ni quería; fue dictador a despecho de su amor por la libertad. Tuvo que cambiar la pampa sin límites, que era su escenario natural, por el ambiente ceñido y austero de las representaciones públicas. Al asumir por primera vez el gobierno de la provincia de Buenos Aires, expreso: "Ya estoy, en el asiento que siempre he mirado con distancia. He tenido que vencerme a, mí mismo, que imponer silencio a sentimientos que me son muy caros y a motivos cuyo poder me parecía irresistible. Las circunstancias son las que han podido someterme a hacer un sacrificio que consagro a la Provincia ...” (Mensaje del general Rosas al pueblo de la provincia al iniciar su prinier gobierno. 8 de diciembre de 1829)

La acción a desarrollar era ciclópea; había que reconstruirlo todo: restablecer la tradición, restaurar las leves, moralizar la administración, desbaratar el sistema de las instituciones rivadavianas, nacionalizar la economía, desterrar el crimen. El cadáver todavía caliente de Dorrego indicaba qué clase de enemigos tenían la República y el pueblo. Frente a los restos del jefe del partido federal, en la iglesia metropolitana, el presbítero Figueredo señaló en Rosas a "un jefe virtuoso y valiente, que el cielo conserva como la columna más fuerte de nuestro político edificio; un jefe que en el año 20 contuvo los excesos de la anarquía, restableciendo la autoridad que ilegalmente había sido depuesta, y que indudablemente volvería a descolgar su espada para romper las cadenas que un tirano imponía a nuestra libertad, y restablecer las instituciones que un atrevido había atropellado..." (Presbítero Figueredo: Oración fúnebre) . El tirano era Lavalle y el reparador de las instituciones, Rosas; al cabo de los años los liberales dieron vuelta la chaqueta y resulta que la verdad es justamente la contraria. ¿No se ve claro que estos caballeros nos creen idiotas a los argentinos?


JUAN MANUEL DE ROSAS. La ley y el orden El Restaurador del Orden y de las Leyes

Cuando Rosas restableció el poder legal, en 1820, la legislatura le otorgó el título de Restaurador del orden. Después de los graves acontecimientos que dieron por tierra con el gobierno de Dorrego y reparación consiguiente lograda por Rosas, se le acordó el de Restaurador de las leyes.(Ver La anarquia de 1820 )

La justicia de esta designación resulta innegable. La ley del país la de la tradición y la del pueblo había sido bastardeada por las oligarquías unitarias, que se empeñaron en dictar, códigos para reprimir los impulsos naturales de los pueblos. La ley es la canalización de la libertad; el código suele volverse contra ella. Rosas asumió la empresa de restablecer las leyes primordiales que hacen a la esencia de la nacionalidad. Ni ideologías foráneas ni principios abstractos; la verdad simple, natural de lo que somos. Es decir, desarrollar una política de rectificación del edificio ideológico que el liberalismo quiso fundar sobre la arena.

Dijo Sarmiento: "A Rosas le bastó agitar la pampa para echar por tierra el edificio hecho en la arena" (D. F. Sarmiento: Civilización ¡Barbarie). Pero es que la pampa de Rosas era la pampa argentina, el subsuelo de las tradiciones y el suelo en que asentaba sus pies el auténtico poblador de nuestra tierra. Todo eso tenía sus leves que habían abrogado los ideólogos liberales; el papel de Rosas consistió en restaurar la efectividad de esas leyes. Aquello era la civilización Y ésto la barbarie, decían los representantes de las "luces europeas". ¡Bárbaros habían de ser ellos que creían que se puede hacer un pueblo por medio de este sistema de mistificaciones!





Los agiotistas, la “gente ilustrada” y la “gente de acción”.

Bernardino Rivadavia.     Rivadavia

El mismo día en que asumió el cargo, el gobernador recibió en las dependencias del Fuerte al agente de la Banda Oriental, don Santiago Vázquez. Le dijo palabras serias y sensatas que constituían todo un programa de futuro: " ... los señores que han gobernado el país ... cometían un grande error. . . se conducían muy bien para la gente ilustrada. . . pero despreciaban a los hombres de las clases bajas, los de la campaña, que son la gente de acción" (Informe del Agente Oriental, don Santiago Vázquez, a su gobierno. 9 de diciembre de 1829. - Cfr. Revista del Río de la Plata, V, bajo el título: Confidencias de don Juan Manuel de Rosas). Es decir, había que rectificar el rumbo, volver al pueblo como fuente originaria de toda la acción que el país esperaba de sus conductores. Para ello, Rosas debía necesariamente reencarnar la revolución fundadora de la nacionalidad, aplastando a los sublevados, de acuerdo al esquema simple que un año antes le había trazado al caudillo santafesino López: "Todas las clases pobres de la ciudad y campaña están contra de los sublevados ... Solo creo que están con ellos los quebrados y agiotistas que forman esta aristocracia, mercantil"( Carta de Rosas a Estanislao López, gobernador de Santa Fe. 12 de diciembre de 1828. (Cfr. Manuel Bilbao: Historia de Rosas. Ed. Vaccaro. Buenos Aires, 1919)

De entrada no más, con la llaneza del gaucho que sabe escuchar el rumor de los pastos del terruño, Rosas puso el acento sobre el problema candente que perturba la realización de nuestro destino: la presencia de una aristocracia mercantil que estaba con la subversión, a título de que le diera orden, y con el liberalismo, a condición de que negara la libertad. Rosas, hombre de orden y representante el más destacado de los estancieros bonaerenses, comprendió que el orden y la disciplina carecían de sentido si no provenían de un estado social justo y libre. Y volvió sus ojos hacia el pueblo: cimiento imprescindible en que debe asentarse un orden de justicia y un régimen de libertad. “Fomentó las clases populares dice Quesada : su base eran los gauchos y los orilleros, a lo que unió los negros, fomentando sus tambores y candombes, asistiendo a sus bailes africanos en plena plaza Victoria. Demócrata por temperamento, las masas populares fueron su baluarte" (Ernesto Quesada: La época de Rosas. Su verdadero carácter histórico (ed. inicial, 1898). J. Lajouane, editor. Buenos Aires, 1907).

La oligarquía terrateniente, a la que Rosas no secundó en sus planes entreguistas pero a la que tampoco molestó en el desenvolvimiento de sus tareas habituales, no podía tolerar este cambio del eje social y esta política redentora de los menos favorecidos. Por eso se volvió contra Rosas y combatió su tiranía desde el momento mismo en que prestó el juramento de su cargo. Aquellos oligarcas fueron tan cínicos que después de Caseros, pretendieron haber acertado en sus vaticinios, sosteniendo que habían hecho por amor a la libertad lo que en realidad hicieron por odio a la justicia social y a sus legítimas reivindicaciones.


Negros, pardos y mulatos

La redención de negros, pardos y mulatos (de los que en la ciudad había unos 14.000) es uno de los títulos de Rosas ante la conciencia auténticamente democrática. Fue tal su preocupación en este sentido que impuso una cláusula alusiva en el tratado de 1839 con Inglaterra. Aun enconados enemigos como Pelliza, se ven obligados a reconocer que "los desheredados esclavos tuvieron en Rosas un protector que consagró de hecho su emancipación definitiva". Pero la conjura, que se inicia con Apuntes sobre las agresiones de Rosas, de don Andrés Lamas (1845) y llega hasta nuestros días, ha atribuido a tan elevadas medidas una finalidad mezquina y de espionaje. La mentira se une al pintoresquismo literario y así tenemos cuadros como este que nos sirve Ramos Mejía: "Constituían un verdadero receptor de todas las grandes y pequeñas emociones del vecindario: por el Órgano del pastelero, que espiaba las puertas sentado distraídamente en el cordón de la acera; por el vendedor de escobas que entraba hasta las cocinas de las casas; por el tío hormiguero, por el aceitunero, el blanqueador, el changador, y sobre todo por el ama de leche, que podía hasta sorprender, durante el reposo de la noche, el pensamiento más secreto, traicionado por la emoción que se traduce en la palabra accionada y febril de la pesadilla" (José María Ramos Mejía: Rosas y su tiempo, 2 vols. J. Lijouane, editor. Buenos Aires, 1907).

Como se ve, la facundia para inventar leyendas truculentas, del antirosismo, no tiene desperdicio; la infamia más atroz es considerada legítima cuando sirve a los perversos intereses de una minoría odiosa y repudiada, a la que el pueblo se negó a secundar en sus planes de traición a la patria. Este mismo pueblo apoyó y adoró al "tirano" y esto la mentalidad unitaria no puede admitirlo como expresión limpia de una adhesión que no buscaba otro premio que la satisfacción de respaldar a un hombre bienintencionado. De aquí esas fabulosas denuncias de espionaje, delación y venalidad que, intentando lanzarse contra Rosas, se vuelven contra el pueblo, cuya lealtad se discute y cuya virtud se niega.

Pero esto de los orilleros, los compadritos y los negros, que según la leyenda era la Única base de sustentación del poder de Rosas, es una de las tantas mentiras de la historia oficial. Es cierto que las clases menos favorecidas profesaban al Restaurador una adhesión fanática; pero también apoyaban su política los elementos más destacados de la burguesía porteña, el clero, los profesionales y los hacendados. Era notable y de muy destacadas luces el elenco de sus colaboradores. Figuraban entre ellos los que luego constituyeron, a pedido del Comandante General de Armas de la Capital, general Lucio Mansilla, la comisión que en la madrugada del 4 de febrero de 1852 se trasladó a Palermo de San Benito a solicitar del general Urquiza protección para la ciudad; a saber: el obispo de Aulon, monseñor Mariano José de Escalada; el presidente de la Cámara de justicia, doctor Vicente López y Planes; el presidente del Banco de la Provincia, don Bernabé de Escalada, y el prestigioso ciudadano doctor José María Roxas y Patrón, que presidió el Congreso de 1826 y fue ministro de Hacienda de Dorrego y representante de la provincia en oportunidad de elaborarse el Tratado del Litoral. También se contaban el sabio paleontólogo don Francisco Javier Muñiz; abogados de tan alto prestigio como Baldomero García, Roque Sáenz Peña, Miguel Navarro Viola, Eduardo Lahitte, Emilio Agrelo, Lorenzo Torres, Manuel Insiarte, jacinto Cárdenas, Tiburcio de la Cárcova, Miguel Riglos y muchos otros; el antiguo ayudante de Lavalle, don Pedro Lacasa, el antiguo unitario doctor Miguel Cané, el diplomático doctor Bernardo de Irigoyen, el hacendado don Nicolás Anchorena, el escritor don Felipe de la Barra y el poeta don Manuel Hidalgo. El general Carlos de Alvear se desempeñaba como ministro de Rosas en los Estados Unidos, don Manuel de Sarratea ante la corte del Brasil y el general Tomás Guido ante los gobiernos de Chile y Ecuador y posteriormente del Brasil. El doctor Guillermo Rawson, en el Senado de la Nación, en 1875, reconoció que "había una legislatura formada por muchos ciudadanos respetables. Yo he conocido algunos agregó , y por cierto que eran hombres eminentes por su talento, por su ciencia y patriotismo, como lo han demostrado" (Discurso del doctor Guillermo Rawson. Senado de la Nación, sesión del 8 de julio de 1875).


El reconocimiento del Libertador

El Libertador general San Martín mantuvo inalterable solidaridad con la política de defensa de nuestra soberanía practicada por Rosas y le donó su sable el sable de la independencia de tres naciones “como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarnos" (Testamento del general San Martín. París, 23 de enero de 1844) . El glorioso autor del Himno Nacional don Vicente López y Planes, le dedicó una "Oda patriótica federal" (El Diario de la Tarde, N° 4.244. Buenos Aires, 6 de noviembre de 1845. Repr. en J. de la C. Puig: Antología de poetas argentinos, 11, pág. 136. Buenos Aires, 1912). Hizo lo propio el autor del Himno Nacional Uruguayo, don Francisco Acuña de Figuero, autor de unas preciosas décimas Rosas ángel federal, 1835 , una de cuyas esrtrofas dice:

General San Martín.     El Libertador

La ilustración extraviada
atacando el fanatismo
cayó en el opuesto abismo
de una impiedad declarada;
de creer todo o izo creer nada:
tal fue su salto mortal.
Mas cuando el monstruo infernal
hasta el dogma se atrevió
la máscara le arrancó
Rosas, ángel federal.



Ya se sabe que cuando los enemigos del Restaurador triunfaron en Caseros, la ciudad de Buenos Aires les recibió entre recelosa y entristecida. En provincias se dieron casos corno el del acaudalado y honorable don Gregorio Araujo, de Corrientes, que afrontó con entereza el fusilamiento antes de sumarse a las fuerzas que iban contra Rosas. Es que el caudillo de Buenos Aires representaba una cosa auténtica, una fuerza de la tierra, un elemento desencadenado de la entraña más bravía y arrolladora del alma nacional. Rosas era nuestro de verdad.


La cultura Rosista

Juan Manuel de Rosas Otra falsedad tremenda es la de que el período de Rosas fue de atraso o, como mínimo, de detención cultural. El doctor Amadeo, en sus cuidadosas Vidas argentinas, dice: "Los valores tradicionales tuvieron en él un celoso, a veces implacable defensor. Bajo su gobierno, la sociedad mantuvo su estructura antigua, y esto hizo posible la formación de tipos de alto refinamiento, cuya expansión cultural, contenida por un régimen de fuerza, produciría después varones de estirpe superior" (R. Amadeo: Vidas Argentinas). ¡Estupendo hallazgo, magnífica combinación que nos permite abominar de la época de Rosas, que asfixió a los "tipos refinados", y glorificar a la que le sucede, regida por "varones de estirpe superior" que surgieron por generación espontánea de la historia!

Los tiempos de Rosas fueron de graves dificultades, guerras intestinas y ataques extranjeros promovidos por los representantes de "la ilustración". No obstante ello, Rosas difundió la enseñanza, creó casas de estudios superiores y estimuló muy valiosas actividades intelectuales. Durante su gobierno se publicó, por don Pedro de Angelis, la famosa Colección, de obras y documentos relativos a las historias antigua y moderna de las Provincias del Río de la, Plata. en seis volúmenes, impresa en la Litografía del Estado en 1836/37, el Cancionero argentino, en 1837, La lira española, en 1844 y El mosaico literario, en 1848, así como La galería de ilustres contemporáneos, publicada por Arzac, en la Litografía de las Artes, en 1844. Recuérdese, asimismo, que La Gaceta Mercantil se publicó con desusada regularidad durante su gobierno, así como El Archivo Americano, redactado en idioma español, inglés y francés, y el British Packet, diario escrito en inglés.

A pesar de las intrigas y la guerra civil, durante la época de Rosas se dio un fuerte impulso a la instrucción primaria y superior. Una comisión nombrada para estudiar al reforma terminó sus trabajos con un proyecto “en el cual puede verse una anticipación de algunos aspectos de la reforma universitaria argentina, y que guarda tantos puntos de coincidencia con el sistema administrativo y docente que rige actualmente” (A. Salvador. La Universidad de Buenos Aires. La Plata 1937.p.70 – Julio Irazusta Vida política de Juan Manuel de Rosas.t.II.70)

“A pesar de las difíciles circunstancias en que el país se hallaba envuelto, parecía que nada influyera en la educación de la juventud que cada día se mostraba más afanosa por corresponder a los cuidados que se le prodigaban.” (Sarmiento) (El presupuesto para educación, que en 1829 era de 37.141 pesos fue elevado en 1830 a 49.980.)

El propio Rosas era un hombre muy culto y no tenía el menor parecido con la estampa de caudillo ignorante y brutal que nos sirven los difamadores liberales. Por ser de quien es, mucho vale la opinión del célebre poeta español (aunque nacido en Buenos Aires), don Ventura de la Vega. Visitó a Rosas en Southampton, en julio de 1853; en carta a su mujer, que se hallaba en Madrid, le expresaba: “Decían que sólo tenía talento natural y que era poco culto; no es cierto. Es un hombre instruidísimo y me lo probó con las citas que hacía en su conversación; conoce muy bien nuestra literatura y sabe de memoria muchos versos de los poetas clásicos españoles" (Carta de Ventura de la Vega a su mujer. Londres, 21 de julio de 1853. - Cfr. Ventura de la Vega: Cartas íntimas, pág. 103. Madrid, 1874). Sus escritos, discursos v correspondencia revelan la originalidad de su cultura; la oración pronunciada en las exequias de Dorrego es una pieza de antología. La Protesta contra el despotismo del gobierno de Buenos Aires, publicada en 1857, tiene pensamientos hondos y frases elocuentes. "El juicio del General Rosas -decía- compete solamente a Dios y a la Historia, porque solamente Dios y la Historia pueden juzgar a los pueblos. Porque no pueden constituirse en jueces los enemigos ni los amigos de Rosas, las mismas víctimas que se dicen, ni las que pueden ser tachadas de complicidad en los delitos... No hay que esperar moderación cuando el furor ocupa el alma..." (General Rosas: Protesta).


Los honores

Viñeta de Juan Manuel de Rosas", publicada en la 4ta.    
página de "La Gaceta Mercantil" correspondiente    
al nº 3939 del miércoles 27 de julio de 1836.    

Retratos de Rosas (Ver)

También es falso que Rosas promoviera la obsecuencia y que aceptara dádivas y honores. Por el contrario, mantuvo en esta materia una línea de gran discreción y rechazó cuantas distinciones oficiales se le prodigaron. La Sala de Representantes le ascendió al rango de Gran Mariscal y resolvió regalarle una espada de oro y una medalla, también de oro y orlada de brillantes (Ley del 12 de noviembre de 1840.) Llevaba la medalla una imagen de Cincínato y esta austera leyenda: Cultivó su campo y defendió la patria. Nada más justo que este homenaje que la legislatura rendía al jefe ilustre que acababa de triunfar del inicuo bloqueo francés, sostenido en alianza con los descastados "argentinos" de Montevideo. El general Rosas rechazó el título v las ofrendas, estampando estos conceptos magistrales: "La liberalidad de los representantes es un paso peligroso para la libertad de los pueblos, y un motivo quizá, de justa zozobra para los que no descienden hasta la conciencia, porque no es la primera vez en la historia que la prodigalidad de los honores ha empujado a los hombres públicos hasta el asiento de los tiranos" (Oficio del general Rosas, gobernador de Buenos Aires, a la Sala de Representantes. 2 de diciembre de 1840).

La Sala de Representantes insistió en los honores acordados, declarándole asimismo "Héroe del Desierto" y "Defensor Heroico de la Independencia Americana" (Ley del 18 de diciembre de 1840). El general Rosas repitió su renuncia a la aceptación de dichos honores (27 de febrero de 1841), actitud que reiteró posteriormente en dos ocasiones (21 de marzo v 16 de mayo de 1841), encareciendo fueran admitidas sus excusas por no acceder a tan elevadas consagraciones.

En 1843 mandó retirar de la circulación un folleto que en loor de su cumpleaños compuso el coronel Victoriano Aguilar, bajo el título de "La rosa de marzo". Lo hizo así por considerarlo ditirámbico y sin la más mínima mesura. El coronel Aguilar, comandante del batallón tercero de Patricios hasta el día de Caseros, se incorporó después al bando de los vencedores y sobresalió por sus diatribas contra el dictador expatriado.

En ese mismo año de 1843 prohibió se llamara mes de Rosas al de octubre, así como que se le designara Ilustre Restaurador, Héroe del Desierto o con cualquiera de los otros títulos que había rechazado en las notas y solicitudes que se presentaban a su consideración (decreto del 9 de marzo de 1843); también prohibió la expresión usual de "la importante vida de S. E." (Decreto del 23 de junio de 1843.)

Todavía en 1848 ha de insistir ante la Legislatura en la recusación de honores familiares, como fue la ley que cambió el nombre del Paseo de la Alameda por el de Paseo de la Encarnación, en homenaje a su difunta esposa. (Decreto del 21 de agosto de 1848.) La Sala de Representantes, accediendo al ruego del gobernador, derogó su acuerdo anterior e impuso a dicha arteria el nombre de "Paseo de Julio", en homenaje a la fecha de la Independencia.

Todos estos antecedentes son ocultados por los difamadores profesionales que manipulean nuestra historia, en tanto sirven los platos fuertes de un Rosas expuesto al incensario de las turbas v adorado en los propios altares de la Santa Religión.


El segundo gobierno de Rosas

Palermo de San Benito.     Ver Palermo de San Benito

Lo que se quiere es ocultar el hecho de que el pueblo se sintió hondamente tocado por la nueva política inaugurada por el general Rosas y que le cobró una adhesión que no fue traicionada ni siquiera después de la macumba brasileña de Caseros. Lo cierto es que, contra su voluntad reiteradamente expresada, debió volver a la gobernación de la provincia, a partir del 13 de abril de 1835. En el discurso ante la Sala de Representantes con que inició su nuevo período gubernativo, dijo estas palabras:

"Conozco la terrible lucha que debo necesariamente sostener contra mis más caras afecciones, para subordinarlas al bien general de nuestra infortunada Patria; pero confío en un Dios infinitamente misericordioso y justo, a cuya protección he librado siempre mis esperanzas; Él dirigirá mis pasos; Él me proveerá de fieles y celosos cooperadores de entre mis buenos compatriotas; y bendiciendo los esfuerzos de la más sana intención, de que es un testigo infalible. El hará que no sea inútil este gran sacrificio que con la más sumisa resignación ofrezco a toda la República, y con especialidad a esta Provincia en que tengo la gloriosa satisfacción de haber nacido" (Gaceta Mercantil. Buenos Aires, 74 de abril de 1835)

Reiteración de una fe en que se había formado y a cuyo Dios misericordioso invocaba. Es que Rosas fue a la inversa de lo que dicen sus adversarios, un hombre de religiosidad auténtica y un gobernante que sirvió con lealtad a los sagrados intereses de la Iglesia. Durante su mandato hizo erigir templos, combatió al protestantismo (sin violar la libertad de cultos que había proclamado), impuso pena de muerte a los delitos de sacrilegio y de blasfemia, ordenó el rezo del rosario en todas las unidades del ejército y conservó incólumes los derechos de Dios y de la Iglesia. Es famoso su decreto disponiendo: "Será considerado y castigado como criminal, según la gravedad y circunstancias del delito, el que venda o haga circular libros que ataquen la sana moral, la religión del Estado y la Divinidad de Jesucristo". Bajo su gobierno se impartía enseñanza del catecismo, los días sábado, en todas las escuelas.

¿Qué prueba más hermosa de sus sentimientos religiosos que la proclama con que se despidió de las tropas, luego de la campaña contra los indios, en 1834 ? Allí dice: "¡Compañeros! jurad aquí, delante del Eterno, que grabaréis siempre en vuestros pechos la lección, que se ha dignado darnos tantas veces, de que sólo la sumisión perfecta de las Leyes y la subordinación respetuosa a las autoridades que por Él nos gobiernan, pueden asegurarnos la paz, libertad y justicia para nuestra tierra" (General Rosas: Proclama del arroyo Napostá. 25 de niarzo de 1834. (Cfr. Julio Irazusta: Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, I, 2° p.: 1830 1835. Edit. Albatros. Buenos Aires, 1953). Doctrina netamente cristiana: todo poder viene de Dios, como de Él vienen las potestades y las bendiciones.

El caso de la Compañía de Jesús no compromete la lealtad y fidelidad con que sirvió a la Iglesia Católica y sostuvo los principios de la fe. Fue su gobierno el que ordenó, por decreto del 26 de agosto de 1836, la restitución del Colegio de Religiosos Jesuitas a los PP. de la Compañía llegados de Europa, para que en él vivieran según sus propias reglas. Por nuevos decretos del 7 de diciembre les concedió una contribución pecuniaria y les facultó para abrir escuelas.

Por oficio de esa misma fecha (7 de diciembre de 1836) dirigido al Obispo Diocesano, le incitaba a que después de los oficios religiosos los sacerdotes exhortaran al pueblo a mantenerse firme en la defensa del sistema federal. El Padre Superior de la Compañía contestó: "Hemos entendido bien que los paternales deseos de V. E. se dirigen a formar una juventud sumisa a sus mayores, decidida por la sagrada causa Nacional de la Federación, enemiga de la impiedad y de sus viles secuaces, los salvajes unitarios..."

Por nuevo decreto del 29 de enero de 1838, el general Rosas ordenó la entrega de la iglesia de San Ignacio a los PP. de la Compañía de Jesús. En los años posteriores, las dificultades provocadas por el bloqueo extranjero v las constantes rebeliones de los unitarios obligaron al gobierno a extremar sus medidas para evitar que tales hechos tuvieran la menor cooperación en la ciudad. Algunas dudas y las infaltables versiones insidiosas, crearon sospechas alrededor de la Compañía. El pueblo federal empezó a agitarse poseído de amargas inquietudes. Intercedió entonces en favor de los PP. Jesuitas el comandante Vicente González, a cuya demanda respondió así el general Rosas: "Me habla Vd. de los jesuitas. Estos ya no han de ser buenos basta que sean reformados por su General; sólo hay tres que están en oposición a la marcha salvaje unitaria de los demás. Estos tres son buenos amigos de Dios y de esta tierra, porque son federales virtuosos. Temen los tales jesuitas a los salvajes unitarios, y de puro miedo obran así. ¿Esto es virtud? ¿Es esto lo que mandan los Evangelios de Jesucristo? Pero ellos se engañan porque en las gentes federales se va formando una terrible indignación..."

Las amenazas de conmoción del orden social, en un momento sumamente delicado, y la acumulación penosa de incomprensiones recíprocas, llevaron a la grave medida de gobierno que ordenó la expulsión de los PP. de la Compañía de Jesús, otorgándoles ocho días de plazo para salir del país (Decreto del 22 de marzo de 1843). Aquellos jesuitas cuya conducta no había sido puesta en duda, permanecieron en Buenos Aires, continuando en el cumplimiento de sus deberes religiosos y de enseñanza. Entre ellos se contaba el P. Magesté, notable por su talento teológico, brillante oratoria y acrisoladas virtudes.

Los que critican esta conducta de Rosas atribuyéndole ingerencia en los asuntos de la Iglesia y achacándole haber impuesto a los sacerdotes tina cierta línea política, son los mismos que reverencian en bloque la obra de Rivadavia, autor de la llamada "reforma eclesiástica" y de las más agraviantes intervenciones en la acción del clero. Cuando Rivadavia ejecutaba su impío plan de "reformas", se adelantó a las críticas que tal reformismo levantaría entre los miembros del sacerdocio prohibiendo que "en los púlpitos se predicase contra las medidas del Ejecutivo” (Américo A. Tonda: Rivadavía y Medrano. Sus actuaciones en la reforma eclesiástica. Libr. v Edit. Castellvi, S. A. Santa Fe, 1952). Asimismo hizo suprimir algunas palabras en las oraciones de la Misa y añadir otras (Informe a la Curía Romana del presbítero don Mariano Medrano. 8 de junio de 1824).

Rivadavia hizo deponer del cargo de Provisor al doctor Mariano Medrano, imponiéndole al Cabildo Eclesiástico una actitud en la que, según descontaba, "no perderá instantes en hacer uso de la facultad que en el reside para destituir al Provisor mencionado y hacer recaer la substitución en persona que haga no solo la felicidad de la Iglesia, sino que contribuya también a establecer la del Estado" (Nota de Rivadavia al V. Dean y Cabdo. Eclesiástico de esta Sta. Iglesia Cathedral. 13 de octubre de 1822).

El general Rosas concurrió con su actividad e influencia a que se repararan los agravios inferidos a la alta personalidad del doctor Medrano, quien quedó al frente de la Diócesis por letra del Papa del 10 de marzo de 1830, y fue instituido Obispo en propiedad por bula pontificia del 2 de julio de 1832.


"Cajetillas de bota fuerte"

Bartolomé Mitre
.     Reseña de Mitre

En las duras circunstancias que Rosas debió soportar durante su largo exilio, su fe se acrecentó y su conducta tuvo siempre la transparencia de un verdadero cristiano. El testimonio proviene del Sacerdote de Southampton, Mr. Munt, que lo trató permanentemente y le prestó sus auxilios espirituales. Lo recogió el general argentino Fotheringham, durante su visita a aquella ciudad (de la que era nativo) en 1885. Refiriéndose a Rosas dijo el general: "Un tirano sanguinario y criminal y..." "Cállese, cállese -le replicó el sacerdote-…No hable usted así del mejor hombre que haya yo conocido: caritativo, bondadoso, lleno de todas las virtudes cristíanas” (General Ignacio H. Fotheringhamn: La vida de un soldado. Reminiscencias de la frontera, I. Kraft editor. Buenos Aires, 1908)

Con la pulcritud que le era propia, Rosas agregó, el 22 de julio de 1873, un codícilo a su testamento, extendido tres años atrás, para ordenar: "Mi cadáver será sepultado en el cementerio católico de Southampton..." ¿Qué valor pueden tener, en presencia de estos hechos, las figuras retóricas de un Capdevila que hace pie en los versos del señor Mármol, recoge anécdotas grotescas del "Carancho del Monte" y del "loco Eugenio de la Federación", y atestigua que hubo tormento y muerte de "cuatro venerables curas, ancianos ya, en Santos Lugares", para terminar abominando de "ese monstruo sacrílego"? (Arturo Capdevila: ¿Quien vive? ¡La libertad! Edit. Losada, S. A.; Colec. Cristal del Tiempo. Buenos Aires, 1940). ¿Quién es aquí el mentiroso: el padre Munt o don Arturo Capdevila?

Ese señor Mármol, de que habla el antes nombrado, era autor de una diatriba en metro poético, en la que decía:

Por tí esa Buenos Aires más crímenes ha visto
que hay vientos en la pampa y arenas en el mar.
Pues, de los hombres harto, para ofender a Cristo,
tu imagen colocaste sobre el sagrado altar.

(José Mármol: A Rosas, el 25 de Mayo de 1843. En Poesías Escogidas. Colec. Grandes Escritores Argentinos, 61; W. M. Jackcson, Inc. Buenos Aires, s/f.).

Claro, este Mármol no era tan duro como sugería su apellido; pues si eran tantos los crímenes de Rosas, es evidente que ofendía a Cristo, y era un monstruo sacrílego" y todo lo que se quiera, sin necesidad de que colocara su retrato en el altar.

Rivera Indarte.     Reseña R.Indarte

Lo cierto es que ninguna mentira ha prosperado tanto en nuestra historia como ésta de los crímenes de Rosas. La reiteración machacona de la leyenda roja terminó por apropiarse todas las mentes y es inmenso el número de los que repiten de buena fe las infamias que fueron lanzadas por sus odiosos enemigos. Las "Tablas de sangre" de Rivera Indarte, libelo calumnioso y absurdo, sigue teniendo más influencia que la sentencia del juez posterior a Caseros, doctor Sixto Villegas, que condenó a Rosas como "criminal famoso" achacándole 285 asesinatos durante todo el tiempo de su tiranía. Una tal cifra, según podemos verificarlo, se la mandaba de una sola sentada, en un único escarmiento, cualquiera de los capitanejos unitarios que trabajaban al servicio del "orden" la "civilización".

Dijimos que Rosas gobernó la provincia de Buenos Aires durante un período completo (1829 1832); ni un sólo crimen empañó la pureza de su ejecutoria. Era va muy larga, por esos días, la lista de asesinatos y violencias consumadas por los adversarios de la causa federal. El 2 de marzo de 1835 llegó a conocimiento de don Juan Manuel la terrible noticia del crimen de Barranca Yaco, en el que cayeron el general Juan Facundo Quiroga y casi todos los miembros de su comitiva. El estado de ánimo de Rosas, en presencia de tan tremenda desgracia, alcanzó los furores de la desesperación. Es en ese momento cuando escribe a su capataz, don Juan José Díaz, a la estancia "San Martín", la carta del 3 de marzo, que sus enemigos utilizaron con malicia, ocultando que la misma era la reacción natural de un hombre leal frente al terror y la muerte desatados por los opositores: "El señor Dorrego fue fusilado en Navarro por los unitarios decía . El general Villafañe, compañero del general Quiroga, lo fue en su tránsito de Chile para Mendoza por los mismos. El general Latorre lo ha sido a lanza después de tendido y preso en la cárcel de Salta, sin darle un minuto de término para que se dispusiera, lo mismo que al coronel Aguilera que corrió igual suerte. El general Quiroga fue degollado en su tránsito de regreso para ésta, el 16 del pasado último febrero, 18 leguas antes de llegar a Córdoba. Esta misma suerte corrió el coronel José Santos Ortiz, y toda la comitiva en número de 16, escapando sólo el correo que venía, y un ordenanza que fugaron entre la espesura del monte. ¡Qué tal! ¿He conocido o no el verdadero estado de la tierra' , Pero ni esto ha de ser bastante para los hombres de las luces y de los principios. ¡Miserables! ¡Y yo, insensato, que me metí con semejantes botarates! Ya lo verán ahora. El sacudimiento será espantoso, y la sangre argentina correrá en porciones" (Cfr. Adolfo Saldías: Papeles de Rosas, publicados con una introducción y notas por... 2 vols. Talls. Grafs. Sesé, Larrafiaga y Cía. La Plata, 1904 1907).

Juan Facundo Quiroga
.     Reseña de Quiroga

Éste es el documento inicial en el acta de acusación contra el general Rosas, apoyándose en sus términos para atribuirle la responsabilidad de que "la sangre argentina corriera en porciones". ¡Vergüenza debían tener en invocar una pieza que es la condenación ilevantable de los asesinos que, desde el bando adversario de Rosas, desataban un mar de sangre que hasta entonces no había salpicado al Restaurador!

Durante la primera gobernación de Rosas se había creado una Comisión de Justicia (Ley del 24 de diciembre de 1829: Creación de la Comisión de Justicia) integrada por los generales Miguel de Azcuénaga y Manuel G. Pinto, y el doctor José Ugarteche, para estudiar los papeles públicos difamatorios y condenar a sus autores. Se trataba de una ley de defensa del régimen frente a la perversidad incorregible de los facciosos unitarios. Esta Comisión actuó en forma moderada y benigna. Sus decisiones eran de este tipo: a los señores Vieytes, Monteagudo y Posadas, pena de destierro por hallarse comprometidos con principalidad en la facción de Alvear, según voz pública y voto general de las Provincias"; igual pena a adversarios notorios y' contumaces, como a don Nicolás Rodríguez Peña por "el crimen" de su influjo en la opinión", al doctor Pedro J. Agrelo "por la exaltación de ideas con que ha expresado sus sentimientos patrióticos" y a don Antonio Álvarez Fontes "para que no pueda entrar en el futuro en alguna revolución". Pena simple de prisión se aplicó a un tal don José María Caballero por "ser cajetilla de bota fuerte y haber pisoteado el retrato del ilustre Restaurador de las Leyes". ¿Se pueden calificar de tiránicos estos suaves castigos?


Las facultades extraordinarias

¡Ah! pero Rosas había cometido el delito de gobernar, durante dicho período, con las "facultades extraordinarias" que le acordó la Sala de Representantes el 10 de diciembre de 1829. Esto se hizo en vista de las graves convulsiones que habían sacudido al país; lo resolvió una Legislatura anterior al mandato de Rosas, en cuya elección no había intervenido y que estaba formada por las personas más rectas y honorables de la burguesía porteña de aquel entonces. Las dificultades de los tiempos, de que se hizo mérito, provenían de los atentados y crímenes que ya habían cometido los unitarios, y de sus tentativas de nuevos alzamientos contra la voluntad federal de los pueblos y la autonomía de las provincias. Esta "primera tiranía de Rosas" no abrogó la Constitución provincial, no discutió los títulos de las otras provincias y mantuvo en el pleno ejercicio de sus derechos soberanos a los poderes legislativo y judicial, de conformidad con las leves que regulaban sus atribuciones. Fue tan prudente el uso que Rosas hizo de las "facultades extraordinarias" que, inclusive, se le reprochó que no le habían sido acordadas "para conservarlas en el bolsillo". Por Último, hizo devolución de las mismas, a la Sala de Representantes, afirmando en su mensaje que "tiene la conciencia de no haber hecho de ellas sino un uso muy moderado, atendidas las críticas circunstancias del país, y siempre con miras de interés público" (Mensaje del gobernador, general Rosas, a la Sala de Representantes. de niarzo de 1832).

¿Se puede calificar de "tiranía" a un régimen por el solo hecho de que se le concedan “facultades extraordinarias"? Pues bien, es éste un invento que le pertenece por entero al señor Rivadavia, en cuyo Estatuto provisional de 1811 introdujo facultades omnímodas para "adoptar cuantas medidas crea necesarias para la defensa y salvación de la patria" (Registro Oficial de la República Argentina, 1, pag. 127). Fue Rivadavia, más tarde, ministro influyente en el régimen de Martín Rodríguez, quien gobernó "con la suma del poder y facultades extraordinarias", inclusive la de "relevar al gobierno de los trámites que prescriben las leves para la formación de causas". ¿Qué mucho que se hiciera lo propio con el general Rosas, a quien se le impuso el cargo contra su propio deseo y como necesidad imperiosa para el restablecimiento del orden subvertido por los unitarios?

La nueva elección del general Rosas hecha por la Sala de Representantes, el 7 de marzo de 1835, lo fue con "toda la suma del poder público de la provincia, por todo el tiempo que a su juicio fuere necesario". Rosas exigió que una decisión tan grave se sometiera a plebiscito público, dando así prueba de su respeto por la opinión general. El plebiscito duró tres días y sufragaron en él 9.330 vecinos, con solamente cuatro votos adversos al Restaurador. Esta ratificación de autoridad fue realizada únicamente en la ciudad, para evitar la sospecha de que Rosas apelaba al voto de una campaña que le era unánimemente adicta, con lo que hubiera podido inclinar la balanza a su favor. Tenía entonces la campaña 107.772 habitantes contra 62.228 de la ciudad. ¿Puede llamarse "tiranía" a un poder basado en esta categórica decisión popular?

Llevaba Rosas tres años de este su segundo gobierno y la furia opositora seguía echando mano de todos los recursos. Los liberales hablan de los veinte años de "abominable tiranía" en que los pueblos gimieron bajo el régimen del terror; no debió ser tan estricto semejante régimen cuando los unitarios aprovechaban hasta los festejos patrios para dar salida a sus odios y diatribas. Así sucedió en 1838, el diputado Argerich manifestó en la Sala de Representantes: "Conozcamos, señores, la calidad de las personas que hoy acechan la conducta del gobierno y que quieren minar la administración ... Ellos han llenado las paredes de las calles del pueblo con letreros facciosos: ¡Viva el 25 de Mayo! ¡Muera el tirano Rosas!. (Diario de Sesiones de la 1 1. Sala de Representantes de la Provincia de Buenos Aires. Sesión del 29 de mayo de 1838. T. XXIV. Impr. de la Independencia. Buenos Aires). ¿Era ésta la terrible "tiranía", con espionaje y mazhorca, de que nos hablan los libelistas profesionales?

La revolución de los "Libres del Sur"

Entre los crímenes más resonantes que se le atribuyen a Rosas figura el del coronel don Ramón Maza, jefe de un regimiento de caballería, que ocho días antes había contraído enlace con la señorita Rosa Fuentes de Arguibel, sobrina del Restaurador. El coronel Maza era hijo de uno de los más leales colaboradores de Rosas, el doctor Manue Vicente Alaza, presidente de la Sala de Representantes. Se lo acusó de participar en una conspiración unitaria, tramada en connivencia con el bloqueador francés y que tenía conexiones en otros puntos de la República. La historia liberal pretende que todo esto fue una invención atroz y un acto cruel de terrorismo, pues la víctima era un militar leal al "rosismo" y no estaba comprometido en plan alguno de subversión. Su fusilamiento habría sido, en consecuencia, un medio estúpido de eliminar a un partidario cuya espada hubiera servido para oponerla a los enemigos de la cansa federal. Pero los farsantes que alimentan tales leyendas olvidan el testimonio de uno de los jefes de las conspiraciones antirosistas: el general Paz; éste dice en sus Memorias que los agentes de este plan lo creían tanto más realizable cuanto entraban ya en él algunos militares, "y muy principalmente el coronel don Ramón Maza, joven de valor, de crédito y que ofrecía las más bellas esperanzas. Yo sabía positivamente de lo que se trataba. .." (General Paz: Memorias) Todo consistió, por lo tanto, en la aplicación lisa y llana de las disposiciones del código penal, en cuyo proceso el Restaurador no tuvo otro papel que el de ordenar el cumplimiento de la pena. El fusilamiento se efectuó el 28 de junio de 1839.

El "manco" Gral. Paz.    

reseña

También se trata de cargar sobre Rosas el asesinato del ilustre padre del coronel, el ya citado doctor Maza, que cayó víctima de un atentado en su propio despacho de la Legislatura, el día anterior al del fusilamiento de su hijo. No hay prueba y ni siquiera indicio que permita identificar a los autores de este bárbaro crimen; pero no debe olvidarse que el doctor Maza era un ardiente partidario del Restaurador, que le venía secundando desde el primer día en las más altas posiciones. A él le había correspondido, como miembro de la Cámara de Justicia, tramitar la causa contra los asesinos del general Quiroga, cerrada con la aplicación de la pena de muerte a sus autores materiales, cómplices e inspiradores...

En cuanto a que el movimiento atribuido al coronel Maza tenía ramificaciones en el país y en el extranjero, los hechos se encargaron muy pronto de confirmarlo. En efecto; tres días más tarde salían del Uruguay para atacar la isla de Martín García llevados por barcos de guerra franceses, los integrantes de la "Expedición Libertadora" del general Lavalle. Estos tocaron tierra en Entre Ríos, en el mes de setiembre y vencieron a la vanguardia de Echagüe, en el combate de Yeruá, el 22 de dicho mes. A su vez, el 29 de octubre se produjo el levantamiento de los llamados "Libres del Sur", a cuyos principales autores una vez vencida la rebelión se les aplicaron penas de muerte que también se cargan en el capítulo de acusaciones contra el “sanguinario tirano" Rosas. Veamos cuál es la verdad de este desgraciado episodio.

La "Revolución de los Libres del Sur" tuvo por jefe a un modesto estanciero de la Sierra del Volcán (cerro Paulino), don Pedro Castelli, junto con el comandante Manuel Rico, capitán Zacarías Márquez, comandante José Mendiola, coronel Valle, don Martín Alzaga, coronel Ambrosio Crámer, los hermanos Ramos Mejía, don Francisco Madero, cte., cte. Los revolucionarios que se dice habían reunido tres mil hombres, fueron derrotados junto a la laguna de Chascomús, el 7 de noviembre, quedando liquidado un levantamiento que había sido movido por la traición unitaria de Montevideo y que estaba ligado con el enemigo extranjero que bloqueaba nuestro territorio. De la justicia del levantamiento y de sus "patrióticas miras", da cabal idea la proclama del comandante Rico, que propugnaba el derrocamiento del "gobernador don Juan Manuel de Rosas, mandón inicuo que nos afrenta con sus caprichos ante el extranjero..." ¡Y Rosas ,estaba defendiendo el país contra el cobarde ataque de esos extranjeros!

La dura represión ejecutada contra los sublevados ha sido largamente explotada por los historiadores unitarios. ¿Qué otra cosa hacen las naciones más civilizadas de la tierra para castigar el delito de traición a la patria? Es necesario terminar con esta literatura cursi y mentirosa; la revolución de los "libres del sur" fue un acto tramado con el enemigo extranjero, al que ofrecían sus,"buenos sentimientos" y a cuyo concurso con fuerzas navales apelaban. Esto está testimoniado por el propio comandante de la flota bloqueadora francesa, almirante Le Blanc, que refiere la llegada a su buque de dos emisarios de la conspiración, agregando: "Esos agentes eran portadores de dos cartas para mí; una, de los jefes de la insurrección, expresándome sus buenos sentimientos para la Francia, su odio a Rosas y su proyecto de derribarlo; terminaban pidiéndome la apertura del puerto del Salado y del Tuyú...La otra carta, de Villarino, me pedía ayudar a esa obra patriótica con el concurso de algunas fuerzas navales..." La contestación al comandante Villarino, dada por el almirante extranjero en guerra con nuestro país, fue la siguiente: "Doy órdenes al capitán del buque Le Cerf para que concierte con usted todas las medidas por las que pueda concurrir a vuestros éxitos. Él quedará en el Salado para ayudarlo por todos los medios y seguir, con el mismo fin, los movimientos del ejército, así que avance sobre Buenos Aires, siempre concertando su marcha con usted. . . " (Journal Particulier et Historique tenu par le Ctre Amiral L. Le Blanc, Commandant en Chef des forces navales en Station au Brésil et dans les mers du Sud. Année 1838 et 1840. Manuscrito que se hallaba en la biblioteca del Jockey Club de Buenos Aires.)

¡Qué distinta, como se ve, la realidad de como nos la contaron! ¿De qué “1ibres" nos habla la historia oficial cuando se refiere a estos complotados con la potencia europea que quería esclavizar a nuestra tierra? La Sala de Representantes de la provincia de Buenos Aires, por ley, declaró que "el motín realizado en Dolores y ¡Monsalvo, el 29 de octubre próximo pasado, por los salvajes unitarios, unidos a los asquerosos franceses, es un crimen de alta traición contra el Estado, y de infidelidad a la sagrada causa de la Libertad y de la Independencia americana". (Ley del 9 de noviembre de 1839.)

¿Puede acusarse de exageración a estas palabras? La ley, dura para con los que habían promovido y encabezado el motín, se mostró benévola para con sus colaboradores. A éstos se los mantenía "en pleno goce de todos sus derechos" en tanto hubieran actuado "inducidos por la violencia, error o engaño", sin otro requisito que presentarse a las autoridades. Como en todos los casos, el régimen hacía caer su mano dura sobre los criminales a conciencia, pero tendía un velo de perdón sobre las víctimas modestas del error o del engaño.

A los responsables directos de estas conspiraciones y asonadas, les cabe el juicio que emitió el ilustre patricio, licenciado don Francisco Narciso de Laprida, en ocasión del movimiento popular del 30 de setiembre de 1813, en San Juan: "Nadie creo que podrá negar - decía - , que cuando se sabe de cierto que un jefe se halla de acuerdo con los enemigos para vender la patria no hay quien no esté autorizado para ser impunemente su juez y su verdugo" (Expediente de la conmoción popular sucedida en 30 de septiembre y deposesión del teniente gobernador y alcalde de primer voto. Arch. Gral. de 1a Nación. Ciudad de San Juan, año 1813).

(Ver La conspiracion de Maza)

Obras de Leonardo Castagnino Pero el tema más llevado y traído por la literatura antirosista es el de los fusilamientos de Camila O'Gorman, joven de buena familia, y del cura del Socorro, don Uladislao Gutiérrez, ejecutados en Santos Lugares, el 18 de agosto de 1848. La gente supone que se trata de dos personajes románticos, al servicio de un generoso ideal de libertad, condenados por el delito político de soñar con un mundo mejor. No hay tal, sin embargo; según las constancias del sumario incoado al general Rosas, después de Caseros, resulta que "habiendo fugado de esta ciudad el Sacerdote Gutiérrez con la joven Canilla O'Gorman, a quien había seducido, fueron aprehendidos en la provincia de Corrientes" (Proceso criminal contra Rosas. Vista del fiscal del Supremo Tribunal de Justicia, Sala de lo Criminal). Llevados a Santos Lugares, ambos fueron condenados a la pena de fusilamiento, de acuerdo a la opinión previamente requerida de teólogos y doctores.

No hay duda que la sensibilidad de nuestros días se siente impresionada por la dureza del castigo pero no debe magnificarse el hecho, teniendo en cuenta el espíritu de los tiempos y la condición de crimen de sacrilegio de que eran imputados. La historia de aquel período de pasiones incontroladas está llena de crímenes alevosos, cometidos inclusive sobre mujeres y niños, por los enemigos de Rosas, representantes según decían de los principios liberales y de la civilización unitaria. Por otra parte, repárese en que estos caballeros de "la ilustración" promueven todos los escándalos alrededor de las muertes de los estancieros del sur, de una niña de la sociedad porteña o de los ricos hombres de la oligarquía mercantil, en tanto pasan con la mayor indiferencia junto a la pila de cadáveres de los militares leales al país, de los caudillos defensores de los pueblos y de las gentes humildes que fueron masacradas por el delito de querer una patria libre, justa y soberana. ¿Es que una vida no vale tanto corno otra vida, y más necesitada de ella están los pobres que los que dejan abundancia de bienes cuando se van?


El magnánimo

Nada dicen estos desvergonzados historiadores de los muchos actos generosos, debidamente documentados, que tuvo el "gaucho malvado de los Cerrillos".

La actuación del general Rosas está llena de gestos de magnanimidad, de los cuales, muy frecuentemente, no se mostraron dignos los beneficiarios. Los tres jefes militares de la oposición, que una y otra vez levantaron ejércitos para derrocar a Rosas, recibieron de él muestras las más exquisitas de la bondad de su temperamento. ¿Qué autoridad pueden tener las acusaciones de los generales Lavalle, Paz y La Madrid, que sobrevivieron merced a la benevolencia que les brindó el "tirano", a quien pagaron con la moneda de la ingratitud, la deslealtad y la traición? En esto de invertir la verdad del juicio histórico, los liberales han llegado a las mayores extralimitaciones, pero todo su despliegue retórico se desmorona apenas se confrontan las palabras con los hechos así en este caso.

El general Juan Lavalle fue el responsable de uno de los crímenes más alevosos de nuestra historia: el fusilamiento del coronel Dorrego. Nada lo justificaba; tampoco nada atenuaba la magnitud de la pena que correspondía a tan horrendo delito. La preeminencia de Lavalle en el escenario de la traición, fue brevísima; el general Rosas le derrotó en las Vizcacheras y en Puente de Márquez, destrozando su ilusorio poder. Lavalle se sintió perdido; en un gesto de audacia o de confianza, abandonó su campamento de los Tapiales de Altolaguirre y se trasladó, en compañía de únicamente dos ordenanzas, al campamento de Rosas, en Cañuelas. El Comandante de las Milicias de Campaña se encontraba ausente y Lavalle resolvió esperarlo. Se le señaló la propia tienda de campaña de don Juan Manuel y allí se instaló; cuando lo venció el cansancio se acostó en el lecho de su adversario y se quedó dormido hasta las primeras horas del día siguiente. Al despertar, el general Rosas estaba a su lado, con un mate en la mano, que se lo brindó. Lavalle solicitó un "arreglo de paz"; Rosas se manifestó favorable a una leal inteligencia. Luego de las conferencias que mantuvieron, el general Rosas le ofreció escolta para que regresase a su campamento, adonde llegó sin haber sufrido daño ni agravio. Esto sucedió en junio de 1829; el unitario Lavalle, que había asesinado al jefe del partido federal, apenas seis meses atrás, se benefició del espíritu amplio y tolerante de un hombre al que no cesaría de agredir por todos los medios hasta el último aliento de su vida.

El general José María Paz, que había realizado una enérgica política unitaria en Córdoba y demás provincias caídas bajo su influencia, caracterizándose por la crueldad de sus procedimientos, cayó prisionero de los federales, en las cercanías de Santa Rosa del Tío (provincia de Córdoba) el 10 de mayo de 1831. Se le mantuvo recluido en la aduana de Santa Fe, en una casa amueblada con confort, hasta 1835; pasó luego al Cabildo de Luján, donde se le instaló con bastantes comodidades en compañía de su mujer, que tuvo allí varios hijos.

El general Rosas le hacía abonar su sueldo de general y que se le conservaran los honores de su grado; en carta a su madre, decía Paz: "No tenga Vd. cuidado porque he merecido del señor general y de los otros jefes, consideraciones muy satisfactorias". Se le permitió, por último, radicarse en Buenos Aires bajo palabra de honor, sin calabozo ni custodia, lo que aprovechó para evadirse a la otra Banda, de donde habría de regresar muy pronto al frente de las tropas que intentaban el derrocamiento y muerte del "tirano". Cuando Rosas lleyó, en su destierro, las Memorias atribuidas al general Paz, acotó: ¿"Por qué después de tantos asesinatos sin cuento de la lista civil y de la militar no se reconoce el mérito del general Rosas, al conservar la vida del general Paz, decirle pidiera todo cuanto necesitara, y esto por carta de su letra, ponerlo luego en libertad con el goce de su sueldo y honores”? (Carta del general Rosas al doctor José María Roxas y Patrón. 17 de febrero de 1869. Arch. Gral. de la Nación, sec. Fariní, leg. 24)

El general Gregorio Aráoz de La Madrid, tan hostil a Rosas a la causa federal, a la que había traicionado en ocasiones anteriores, se ofreció al gobierno de Buenos Aires a raíz del bloqueo francés. El impulso que lo movió, según la carta a Brizuela, fue verdaderamente patriótico: "...así que ví a mi patria insultada del modo más bárbaro por el poder arbitrario de Francia, no trepidé un momento en presentarme al ilustre magistrado que atiende con tanta valentía y denuedo nuestra independencia y la de todo el continente...". No se trató de un in promptu sino de una actitud pacientemente elaborada; dice en sus Memorias: "Corrió así el tiempo y fue declarado el bloqueo por los franceses. Desde entonces concebí como verdadero patriotismo el proyecto de ir a ofrecer mis servicios al señor Rosas para defender la libertad e independencia de mi patria; y al efecto le dirigí una carta..." (General La Madrid: Memnorias ) Esto ocurría en un momento en que La Madrid se encontraba pobre y desamparado en Montevideo, en medio de la indiferencia de sus correligionarios. Siempre a tenor de sus relatos, sin esperar respuesta a dicha carta, se trasladó a Buenos Aires y se consagró a congraciarse con "el tirano", dedicándole brindis y vidalitas federales. Rosas, compadecido, le hizo donaciones en metálico, puso a su hijo a estudiar en el Colegio de los Jesuítas, y hasta le proporcionó una comisión militar, encargándole recoger el parque nacional existente en Tucumán desde la guerra con el mariscal Santa Cruz. Por el camino, La Madrid iba cantando su famosa Vidalita, cuyo estribillo se había hecho muy popular:

Perros unitarios,
Vidalitá,
Nada han respetado.
A inmundos franceses
Vidalitá,
Ellos se han aliado.

Ya se sabe que llegado a Tucumán, donde se agitaba el ambiente para un levantamiento contra Rosas, se pasó con armas y bagajes al campo enemigo, olvidando la gratitud debida a su protector y compadre. ¿Es ésta la decencia de que alardean los próceres liberales?

En cuanto al general Tomás de Iriarte, éste se radicó en Buenos Aires en las postrimerías del régimen de Rosas, sin que jamás se le pidiera cuenta de sus pasadas actividades y aún recibiendo favores de ese odiado adversario al que había llamado "tirano malvado", "gaucho falaz y fementido", "un salvaje y un hombre sin dignidad ni corazón" y otras lindezas por el estilo.( General Iriarte: Memorias, IV: Rosas y la desorganización nacional).

También el doctor Miguel Cané se puso bajo el cobijo del Restaurador, a quien en un folleto publicado en Montevideo, en 1846, llamaba "tirano de la pampa" (Miguel Cane: Consideraciones sobre la situación actual de los negocios del Plata. Folleto de 27 págs. Montevideo, 1846).

Al descubrirse en 1839 la conspiración de Maza, se castigó con la dureza que marcaba la ley al jefe de la misma. Pero inmediatamente el general Rosas ordenó romper el sumario incoado, para no conocer los nombres de los otros comprometidos y no hallarse obligado a ordenar otras ejecuciones. Don Juan Manuel recordó esta circunstancia muchos años más tarde: "Así que se empezó el sumario escríbíó y me impuse de las muchas personas unitarias y federales notables que aparecieran figurando como autores y cómplices, lo mandé suspender. De otro modo habría sido preciso ordenar la ejecución de no pocos federales y unitarios de importancia". ¿Es esto crueldad o espíritu de perdón?

Lo acaecido con el doctor Dalmacío Vélez Sársfield es altamente revelador. El ilustre cordobés concurría al salón de Manuelita, desde 1846, fecha en que regresó de Montevideo. Al publicar su Tratado de Derecho Público Eclesiástico lo dedicó al Restaurador "como un tributo a la ilustre persona de V. E., por quien hago fervientes votos al Ser Supremo, así como por la conservación de su importante vida y de la señorita su hija, doña Manuelita Rosas y Ezcurra". Pero desde su banca de senador, en 1857, lanzó terribles acusaciones contra el gobernante que había caído en Caseros. "La conducta del Dr. Vélez - escribió Manuelita - que se llamó mi admirador y amigo tantas veces, es terrible y nada puede ser más negro e injusto” (Carta de doña Manuelita Rosas a doña Josefa Gómez. Hampstead, Londres, 4 de enero de 1858. Original en el Arch. Gral. de la Nación, sec. Urquiza, leg. 66).

El general Rosas prefirió callar; hasta que el propio Vélez Sársfield recurrió a su testimonio por intermedio de doña Pepita Gómez , en 1869, siendo ministro Sarmiento. La prensa opositora lo acusaba de haber aconsejado a Rosas los fusilamientos de Camila O'Gorman y del cura Gutiérrez; Rosas se apresuró a desbaratar la intriga. "No es cierto contestó a su amiga que el señor doctor don Dalmacio Vélez Sársfield, ni alguna otra persona, me aconsejara la ejecución de Camila O'Gorman y del cura Gutiérrez ... el señor doctor Vélez Sársfield fue siempre firme a toda prueba, en sus vistas y principios unitarios, según era bien sabido y conocido en los altos negocios del Estado. Y lo eran también en sus vistas y opiniones unitarias algunas otras personas respetables, honradas y de capacidad distinguidas. Pero personas, que no faltaron en sus respetos debidos al gobierno. Y como nunca miré las opiniones de ambos partidos precisamente como razones, respetaba y consideraba a esas personas ...” (Carta de don Juan Manuel de Rosas a doña Josefa Gómez, Southampton, 2 de setiembre de 1869. - Cfr. D. F. Sarmiento: Bosquejo de la biografía de don Dalmacio Vélez Sársfield. Buenos Aires, 1875). Doce años atrás el doctor Vélez Sársfield había votado la pena de muerte contra Rosas y la confiscación de todos sus bienes; la grandeza moral de don Juan Manuel le impidió cobrarse los agravios recibidos y aun le movió a extender un certificado mucho más amplio y conceptuoso que el que le fuera requerido. ¿Es esto prueba de la perversión moral que se le atribuye al Restaurador de las Leves?

Y qué mejor testimonio de la nobleza de su alma que el codicilo que agregó a su primitivo testamento, en 1873?

En uno de sus párrafos expresa: “Las cartas y oficios, sean dirigidos a mí, míos a personas amigas o contrarias, con calidad reservada, seguirán vigentes en sin reserva, hasta que los años y las circunstancias, la hagan inútil e innecesaria, sin perjuicio, en sentido alguno a parte o partes interesadas". ¡Ah! Rosas el malvado, el tirano que guardaba en cartas y oficios la historia viva y muchas veces dolorosa de sus más pérfidos detractores, se preocupaba, ya al borde de la tumba, de que ningún hombre ni honra fueran lesionados por los muy graves documentos que conservaba en su archivo!

Otro caso del respeto que Rosas guardaba por las opiniones ajenas, siempre que se mantuvieran dentro de la corrección legal, fue el del general Eustaquio Frías, que le solicitó su retiro del ejército, porque decía "pertenezco a un partido contrario a V.E., y mis sentimientos tal vez me obligaran a traicionarle, para no dar un paso que me degrade suplico a V. E. se digne concederme mi retiro..." Rosas, no sólo accedió a lo solicitado, sino que le donó 500 pesos y lo hizo comparecer a su presencia para felicitarlo por su altivez y franqueza, rogándole que para cualquier cosa que pudiera necesitar recurriera, no al gobernador de la provincia, sino a don Juan Manuel de Rosas como persona particular (Apuntes de don Benjamín Villafañe, tomados directamente del general Eustaquio Frías, sobre este episodio ocurrido en 1830. En Revista Nacional, Buenos Aires)

También demostró Rosas la grandeza de su alma frente al hombre que precipitó su caída; jamás tradujo el menor sentimiento de rencor o de odio hacia el general Urquiza. En una de sus cartas, habla de "las distinguidas virtudes de V.E.", de la "sabiduría especial con que Dios le ha dotado" y traduce la ternura con que ha recibido "ese abrazo dulce de V. E. que correspondo con lo más expresivo de la conciencia, de mi corazón y de mi alma” (Carta de Rosas a Urquiza. Southampton, 8 de abril de 1859. Original en el Arch. Gral. de la Nación, sec. Urquiza, leg. 66). Rosas medía y juzgaba el alto papel que los acontecimientos demarcaban a su adversario de 1852, y le expresaba este profético juicio: "SI V. E. falta, los errores han de ser tales, tan terribles y tan funestos, como los que hemos visto, y estamos viendo en los que mandan en Buenos Aires".

Su espíritu, de tan recio temple en las horas de la lucha, se inclinaba a la superación de las pasiones una vez que habían pasado las controversias propias de aquel estado. Por eso, podía escribirle a Urquiza: "Errores. ¿Quién no los ha cometido? El que no los ha padecido da pruebas de su imbecilidad. Los míos: los de V. E.; me los ha perdonado V. E., como yo he perdonado los de V. E. Si no nos perdonásemos los unos a los otros, estaríamos ya en el infierno” (Carta de Rosas a Urquiza. Burgess Strect farm, cerca de Southampton, 1° de mayo de 1864. Original en el Arch. Gral. de la Nación, sec. Urquiza, leg. 66)


La firme política nacional

J.M.de Rosas,El Restaurador Otra de las acusaciones que los peones de la historia liberal formulan contra Rosas, es la de haber practicado una política internacional fuerte y dominadora, con vistas a la reconstrucción del Virreinato del lío de la Plata. Este es un recursillo malévolo que los liberales sacan de la manga para enrostrárselo a cuantos sustentan una política nacionalista y previsora.

En el caso de Rosas se trata de una tramoya que no resiste el menor análisis; porque la política internacional de Rosas fue siempre rectilínea. Aunque consagrado, por la voluntad unánime de las provincias, como encargado de las Relaciones Exteriores, jamás actuó con discrecionalísmo o despreciando la opinión que, en casos de especial gravedad, se apresuró a recabar de los estados federales. Tuvo el máximo respeto por la integridad y soberanía de las demás naciones, inclusive cuando se trataba de territorios desprendidos del antiguo Virreinato.

En el caso de la Banda Oriental, los facciosos unitarios trataron en toda forma de provocar recelos, lanzando insidiosas especies. El doctor Andrés Lamas llevó la superchería al extremo de atribuir al gobernador de Buenos Aires la intención de apoderarse de aquel territorio. El plan que denunciaba consistiría en esperar que todos los sectores en pugna se debilitaran, a cuyo objeto Rosas "preparaba sus elementos...los robustecía y organizaba, y se guardaba mucho de no comprometerlos y de economizar la sangre de los suyos, mientras Oribe tuviera sangre oriental que derramar" (Andrés Lamas: Artículos en El Nacional de Montevideo, 1845. Repr. en Apuntes históricos sobre las agresiones del dictador argentino D. Juan Manuel de Rosas contra la independencia de la República Oriental del Uruguay. Impr. Hispano Arnericana. Montevideo, 1849). La verdad es muy otra, por cierto; el gobernante legal, general don Manuel Oribe, jaqueado por las rebeliones de Rivera y Lavalle, denunció a Rosas los peligros comunes que representaban tales agitadores, solicitándole, "si usted considera necesario, auxiliarme con alguna fuerza por Entre Ríos” (Carta de Oribe a Rosas. Montevideo, 25 de junio de 1836).

El general Rosas le contestó: "Debo decirle con franqueza que estoy dispuesto a prestar a Vd. toda clase de cooperación que sea compatible con la dignidad y posición que corresponde a esta república guardar en clase de amiga...” (Carta de Rosas a Oribe. Buenos Aires, 2 de agosto de 1836). Así procedió Rosas en la emergencia, manteniéndose cauto, medido y respetuoso de la soberanía del Estado Oriental, en cuyas cuestiones internas se negó sistemáticamente a intervenir.

Triunfante Rivera, no varió la política seguida por el gobierno de Buenos Aires. Cuando el ministro argentino en Río de Janeiro, general Tomás Guido, suscribió con el canciller brasileño Carneiro Leao, el 24 de marzo de 1843, un convenio por el cual ambos contratantes se comprometían a restablecer la paz en el Uruguay, liquidando la "política dolosa y sin fe" de Fructuoso Rivera, el gobierno de Rosas no aprobó la gestión que el ministro Guido había ejecutado sin autorización expresa para ello. La razón invocada era que, "sin la concurrencia del gobierno oriental aparecería humillada la suprema autoridad legal de aquella república y violada su soberanía e independencia" (Nota del ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, doctor Felipe Arana, al ministro argentino en Río, general Guido. Buenos Aires, 13 de abril de 1843).

La misma conducta se adoptó con Bolivia. Cuando el general Oribe llegó victorioso con los ejércitos federales a la frontera boliviana, se le informó que en el sur de dicho país había un movimiento que propiciaba la reincorporación de la zona a la jurisdicción territorial argentina. El propio Rosas le escribió a Oribe ordenándole no avanzar más allá de la frontera, pues "lo que nos corresponde es sentir las desgracias de una república hermana, vecina y amiga, y en sus dimensiones domésticas guardar toda la neutralidad del derecho internacional..." En cuanto a Tarija, agregaba, "no es digno de la República Argentina reincorporarla hoy por la fuerza, ni reclamar nuestros derechos en circunstancias que Bolivia se encuentra afligida y envuelta en la anarquía" (Nota de Rosas a Oribe. Buenos Aires, 12 de enero de 1842)

A la luz de estos hechos no puede desconocerse la razón que autorizaba a La Gaceta Mercantil a proclamar: "El general Rosas...lejos de querer reconstruir el antiguo virreynato de Buenos Aires, ni con la fusión de la nacionalidad de Bolivia, ni con la del Estado Oriental, únicas instituidas y formadas de aquel antiguo virreynato, desea y propende a que se conserven en su perfecta independencia" (Gaceta Mercantil. Buenos Aires, 3 de agosto de 1846).

Esta política de Rosas fue mantenida con invariable firmeza y en ella se nutre la mejor tradición diplomática argentina. Cuando en 1849, la situación de Río Grande do Sul, en Brasil, era de conmoción interna, el general Urquiza le hizo llegar a Rosas diversas informaciones; el general Rosas le respondió: "Estimando a V. mucho su celo honroso e interés patriótico, me complazco en decirle que la conducta que nos corresponde observar es una completa neutralidad, conforme al Derecho de las Naciones y a los principios fijos del Gobierno Argentino" (Carta de Rosas a Urquiza. Buenos Aires, 19 de agosto de 1849. Arch. Gral. de la Nación, sec. Urquiza, leg. 66).(Ver "La República Indpendiente de Río Grande" )

¿Qué mucho, entonces, que bastantes años más tarde, estando el general Urquiza al frente de la Confederación, se apresurara a comunicarle al proscripto "como buen argentino, como buen americano, como amigo mío", que ha conseguido restablecer la paz perturbada entre Paraguay y los Estados Unidos? Urquiza siente alborozo al informarle da buen éxito diplomático que ha logrado en nombre de la Confederación Argentina, "felícitando en V. al patriota y al amigo" (Carta de Urquiza a Rosas. 15 de febrero de 1859.- Fotolitografía de Papeles de Rosas…II, de A. Saldías). ¿A qué puede ser atribuida tanta efusión y la elección de tan preclaro destinatario? No es difícil deducir que el general Urquiza rendía justicia, por este medio, a la firme y clara política internacional conducida por el general Rosas, sin una desviación ni el menor menoscabo a los derechos propios o ajenos.


Obras de Leonardo Castagnino El Gran Americano

Pero la culminación de la política internacional de Rosas habría de constituirla la firmeza con que sostuvo los derechos argentinos en la contienda con las dos poderosas naciones europeas: Francia e Inglaterra. La dignidad y heroísmo con que se comportó la Confederación Argentina, bajo la poderosa dirección de su caudillo, dieron sentido americano a su resistencia, y el propio conductor fue orlado con el título de Gran Americano. El secretario particular del conde Walewski, que le acompañó en su misión al Río de la Plata, en 1847, comentó desde su atalaya de enemigo: "Se ha exhibido como campeón de la independencia americana, amenazada según él y sus parciales, por las costumbres e ideas europeas y por la ambición de los gobiernos del viejo mundo. Y este pensamiento, expresado con ardor, ha realzado singularmente su reputación, no solamente ante sus partidarios, sino ante los pueblos de más allá del Atlántico y de los Estados Unidos. Por eso sus admiradores lo saludan con el nombre de Gran Americano” (Alfred de Brossard: Considerations historiques et Politiques sur les repúbliques de la Plata et leur rapports avec la France et l´Angleterre. Ed. francesa. París, 1850)

Toda Hispano América se miraba en el espejo argentino y se fortificaba en sus ideales de independencia y soberanía. Solamente los emigrados argentinos y los unitarios uruguayos veían con repulsión este crecimiento de la conciencia emancipadora americana. Herrera y Obes, desde Montevideo, a Ellauri, en París, le avisaba con verdadera pesadumbre: “...el sistema americano ha hecho progresos sorprendentes...”( Carta de Herrera y Obes a Ellauri. Montevideo, 22 de agosto de 1848), y Lamas, desde Río de Janeiro, a Suárez, en Montevideo, le reclamaba medidas enérgicas "para que no cunda el americanismo que nos lleva a la bandera de Rosas...” (Carta de Lamas a Suárez. Río de Janeiro, 25 de noviembre de 1848).

La posición de estos hombres era verdaderamente penosa; cegados por la pasión política y la ambición de predominio, desafiaban el calificativo de "traidores" y hasta lo llevaban donosamente. El doctor don Félix Frías sostenía que las potencias imperialistas tenían derecho a proteger "sus intereses morales, políticos y materiales" en el Río de la Plata y aprobaba la conducta de los expatriados, aduciendo: "Si el que así piensa traiciona a la América, si es preciso vestir la librea de esclavo para serla fiel, confieso que preferiré figurar entre los traidores”( Félix Frías: La gloria del tirano Rosas y otros escritos políticos y polémicos. Prólogo de D. F. Sarmiento. Col. Grandes Escritores Argentinos, 39; W. M. Jackson, Inc. Buenos Aires, s/f.)

La posición de Rosas, serena y a la vez firme, partía de un inverso convencimiento moral: “El honor de los pueblos - escribía al ministro inglés Mandeville - consiste en saber salvar a toda costa independencia nacional y su libertad" (Carta de Rosas al ministro inglés Mandeville. Buenos Aires, 20 de enero de 1840) . Los enemigos exteriores no podían compartir esta tónica y encubrían sus malvadas intenciones con juicios destemplados e insidiosos, como éste del cónsul francés Montevideo, M.R.Baradére, en que hablaba de "la gloria de librar a la América del Sur de un monstruo que deshonra el poder y que es también vergüenza de la especie humana" (Nota del cónsul francés en Montevideo, M.R.Badére, al Quai d´Orsay. Montevideo, 15 de julio de 1839) ¡Pobre desventurada, Francia!, pensar que un monstruo tan horrendo le impidió la gloria de enseñar a estas bárbaras regiones sus métodos civilizadores provechosamente aplicados entre las salvajes tribus de Afríca!

Lo penoso es que compartieran las miras del agresor extranjero los emigrados de “la ilustración": los Varela, Alsina, del Carril, Agüero, Rivera Indarte, Alberdi, Portela, Cernadas, que llegaron a recibir su paga y a consumar invasiones de nuestro territorio bajo sus banderas corsarias. De todo esto ofrecemos amplia documentación en el capítulo sobre las traiciones del unitarismo. Digamos aquí, simplemente, que la fea conducta de estos hombres agrandó la figura histórica de Rosas, hasta el punto de merecer los juicios más encomiásticos de los grandes hombres de su tiempo, americanos y extranjeros. No puede olvidarse, en este sentido, el apoyo inconmovible que le brindó el Padre de la Patria, general San Martín.


El aliado de Rosas

Don José de San Martin.     Rosas y San Martín

El Libertador fue el más consecuente aliado moral que tuvo Rosas en su defensa de la soberanía nacional contra los agresores. Ya el 5 de agosto de 1838, le escribía: "He visto por los papeles públicos de ésta, el bloqueo que el gobierno francés ha establecido contra nuestro país; ignoro los resultados de esta medida; si son los de la Guerra yo sé lo que mi deber me impone como americano; pero en mis circunstancias y la de que no se fuese a creer que me supongo un hombre necesario, hacen, por un exceso de delicadeza que usted sabrá valorar, si usted me cree de alguna utilidad, que espere sus órdenes; tres días después de haberlas recibidas me pondré en marcha para servir a la patria honradamente en cualquier clase que se me destine" (Carta del San Martín a Rosas. Grand Bourg, cerca de Paris, a 5 de agosto de 1838). En nueva carta habla de "nuestra desavenencia con el gobierno francés" y sostiene "que es menester no tener el menor sentimiento de justicia para mirar con indiferencia un tal violento abuso del poder". Es en esta carta en la que declara solemnemente, con palabras de oro que resuenan eternas en nuestros oídos, que no puede concebir "que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su patria…una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer" (Carta de San Martín a Rosas. Grand Bourg, a 7 leguas de París, 10 de julio de 1839)

Cuando la aventura europea se reanudó, fortificada por la alianza agresiva de Francia e Inglaterra, San Martín escribió de nuevo al general Rosas, condenando la injustísima agresión y abuso de la fuerza de la Inglaterra y Francia contra nuestro país", reiterando el ofrecimiento de sus servicios y manifestando "mi confianza no dudosa del triunfo de la justicia que nos asiste" (Carta de San Martín a Rosas. Nápoles, 11 de enero de 1846). Al enterarse de la heroica lucha de la Vuelta de Obligado, decía que "los interventores habrán visto lo que son los argentinos no son empanadas que se comenconsolo abrir la boca", y agregaba que para él no sería dudoso el resultado "si todos los argentinos se persuadiesen del deshonor que recaerá sobre nuestra patria si las naciones europeas triunfan en esta contienda, que en mi opinión, es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España" (Carta de San Martín a Rosas. 10 de mayo de 1846).

Ya en su conocimiento la noticia del "levantamiento del injusto bloqueo con que nos hostilizaban las dos primeras naciones de Europa", decía al general Rosas que "sus triunfos son un gran consuelo a mi achacosa vejez", agregando: "Esta satisfacción es tanto más completa cuanto el honor del país no ha tenido nada que sufrir, y por el contrario, presenta a todos los nuevos Estados Americanos un modelo que seguir". "No vaya usted a creer por lo que dejo expuesto agregaba el que jamás he dudado que nuestra patria tuviese que avergonzarse de ninguna concesión humillante presidiendo usted a sus destinos” (Carta de San Martín a Rosas. Boulogne Sur Mer, 2 de noviembre de 1848).

No eran éstas vulgares complacencias de San Martín para con Rosas, en la correspondencia que le estaba destinada, pues existen otros testimonios de su pluma en que se expide con igual elocuencia; así, por ejemplo, en su carta al general Guido, del 20 de octubre de 1845.

En ese mismo año le escribía al cónsul general de la Confederación Argentina en Londres, señor Federico Dickson, a objeto de hacerle conocer su opinión "sobre la actual intervención de la Inglaterra y Francia en la República Argentina", en la que, luego de diversos comentarios sobre la guerra en sí, agregaba: "Bien sabida es la firmeza de carácter del jefe que preside la República Argentina: nadie ignora el ascendiente muy marcado que posee sobre todo en la vasta campaña de Buenos Aires y resto de las demás provincias…” (Carta de San Martín al cónsul general de la Confed. Arg. en Londres, don Federico Dickson. Nápoles, 28 de diciembre de 1845).

Esto también lo reconocía el general Urquiza, que precipitó la caída de Rosas en Caseros, en virtud de problemas localistas y de aspiraciones de predominio interno, pero sin ocultar su admiración por la recia defensa de la soberanía nacional que aquél sostuvo. Todavía muchos años después de Caseros, en carta a Rosas destacaba los "buenos sentimientos que le guardan los mismos que contribuyeron a su caída, pero que no olvidan la consideración que se debe al que ha hecho tan gran figura en el país, y a los servicios muy altos que le debe, y que soy el primero en reconocer, servicios cuya gloria nadie puede arrebatarle, y que son los que se refieren a la energía con que siempre sostuvo los derechos de la soberanía e independencia nacional" (Carta de Urquiza a Rosas. Paraná, 24 de agosto de 1858. Original en el Arch. Gral. de la Nación, sec. Fariní, leg. 23).


Las páginas más brillantes

Acabamos de ver que el general San Martín, al enterarse del combate de la Vuelta de Obligado, felicitó al general Rosas declarando que "los interventores habrán visto lo que son los argentinos...”, Pero, ¿saben los argentinos lo que realmente significa la Vuelta de Obligado? La gran mayoría de nuestros compatriotas han oído referencias favorables al agresor extranjero y despectivas para quienes realizaron la defensa heroica y estéril. La batalla se libró el 20 de noviembre de 1845. Dirigió las magras tropas argentinas el general don Lucio Mansilla, cuñado de Rosas. El propio agresor anglo francés hizo honor al defensor argentino en esa acción que calificó de "brillante hecho de armas".

La verdadera significación de este combate la tradujo el doctor Estanislao S. Zeballos, en la Cámara de Diputados de la Nación, cuando dijo: "El combate de Obligado, que no es un episodio insignificante de la historia, sino glorioso, porque en él se defendían principios se jugaba la suerte y el porvenir de nuestro país en estos términos: o el Río de la Plata es mar libre, o es un río exclusivamente argentino, o los ríos interiores pertenecen a la República Argentina o quedan abandonados al tratamiento del derecho internacional, como ríos libres, entregados a la influencia de todas las banderas, cosa muy distinta de la libre navegación reglamentada por las leyes y decretos argentinos" (Cámara de Diputados de la Nación. Diario de Sesiones, t. IV, año 1915, p. 55 y sigs. Sesión del 15 de diciembre de 1915)67.

Esta grande y solemne verdad es ocultada, adulterada o negada por la historia liberal, que movida por el deseo de pulverizar a Rosas, no se detiene ante la idea de que con ello se evaporan las más hermosas victorias de la Nación.

Con toda justicia dice Alfredo Tarruella: "La pasión sectaria ciega de tal manera a los falsificadores de la historia que una de las épocas más gloriosas de] siglo XIX queda obscurecida por la voluntad de un partido y de una ideología que no es la que corresponde a nuestra tradición" (Alfredo Tarruella: Las ideas políticas del general San Martín y su legado histórico. Edit. Martín Fierro. Buenos Aires, 1950).

Es inaudito que haya argentinos que silencien y aún condenen los episodios honrosos de la patria, sus glorias mayores. Las páginas más brillantes de nuestra historia las escribió la Confederación Argentina, durante el bloqueo de las dos poderosas naciones europeas, bajo el comando viril de don Juan Manuel. Todas las grandezas de este período se ocultan en nuestra enseñanza; la historia liberal pega un salto desde la época de Rivadavia hasta el, momento de la victoria extranjera de Caseros. El abismo de un cuarto de siglo se llena con ñoñerías inventadas por párvulos sietemesinos y con fantasmas contratados a tarifa en la sastrería teatral de la masonería.

¿Cómo es posible que no se enseñe en las escuelas ese documento de honor que es la convención de paz del 24 de noviembre de 1849, firmada por nuestro ministro Arana y el ministro de S. M. B., Enrique Southern? Por su artículo V se determinó que la poderosa Gran Bretaña desagraviaría al pabellón nacional con el acto de devolución de La corbeta de guerra "25 de Mayo". A ta1es efectos, se comisionó al contralmirante Barrington Revno1ds, C. B., para que al tope de la fragata "Southampton" enarbolara el pabellón argentino y lo saludara con una salva de 21 cañonazos. La tocante ceremonia se cumplió el 27 de febrero de 1850, a las 12 del día, en un acto que ratificó ante el mundo la dignidad la Nación americana que impuso el reconocimiento de su soberanía al orgulloso Imperio que intentó doblegarnos.


Los emigrados unitarios

Esto lo celebraba con júbilo indescriptible el pueblo federal: la chusma de que tanto abominan los historiadores liberales. Mientras tanto, al otro lado del charco, en la noble y humillada ciudad de Montevideo, los emigrados argentinos representantes de la ilustración y de las luces seguían aferrados a las "patrióticas" consignas que Sarmiento emitía desde Chile: "Nosotros creemos que ... la Europa comercial y política está necesariamente llamada, cuando una subversión como la de las orillas del Plata ocurra, a contener los estragos que causan poderes bárbaros y retrógrados" (D. F. Sarmiento: Art. en El Progreso de Sgo. de Chile. 18 de agosto de 1845)

¿Era exclusivamente política la finalidad que guiaba a los emigrados de Montevideo a reclamar la continuación del bloqueo a nuestros puertos? Diversos testimonios concurren a desechar la suposición de que idealismo político los moviera. En tanto se mantuvo el bloqueo, los comerciantes de la plaza y los unitarios argentinos desarrollaron sospechosas actividades. Lejos de favorecer los propósitos económicos que se perseguían, cual era arruinar el comercio de Buenos Aires, ellos se encargaron de alimentarlo y sostenerlo. Thiers había dicho. ante la Cámara francesa: "El bloqueo, rigurosamente ejecutado, reducirá a un estado enojoso, a un estado casi desesperado, a los habitantes de Buenos Aires, que sólo viven del comercio de cueros y sebo y que, constituyendo una gran parte de la población de Rosas, mucho contribuyen a consolidar su poder en ese país" (Discurso de Thiers en la Cámara de Francia. Sesión del 27 de abril de 1840). Es decir, se trataba de conseguir efectos políticos; pues el bloqueo, rigurosamente ejecutado, provocaría un malestar tan grande que haría peligrar la estabilidad del régimen de Rosas.

Pero los unitarios emigrados, que tanto deseaban esos resultados políticos, no hicieron otra cosa que malograrlos prestándose al comercio clandestino y de contrabando, con márgenes de beneficio elevados para los aprovechados intermediarios. En la Cámara francesa, Guizot reveló cifras harto sugestivas: "Antes del bloqueo dijo el valor de las importaciones a Montevideo. . . se elevaba a alrededor de quince a veinte millones por año. Durante el bloqueo de Buenos Aires, el importe, ya no anual, sino mensual... ha subido a quince o veinte millones ... Resulta para todo el mundo, claramente, que Montevideo encontró en el bloqueo de Buenos Aires una ventaja enorme" (Discurso de Guizot en la Cárnara de Francia. Sesión del 20 de febrero de 1841). La legación de Estados Unidos informó que, en 1847, no obstante el riguroso bloqueo implantado, habían entrado al puerto de Buenos Aires un total de 4.012 barcos (L. A. de Herrera: Orígenes de la guerra grande).

La moral unitaria permitía separar lo político de lo económico; y lo que era bueno en aquel sentido, podía desvirtuarse sin reproche, cuando perjudicaba a este otro. "A Dios rogando v con el mazo dando" era la divisa de los unitarios. Por eso, Paz podía escribir: "Mucho se ha dicho de los provechos y sórdidas especulaciones que hicieron algunos exaltados patriotas en Montevideo, tanto con los caudales que suministraron los franceses, como con el producto de las cuantiosas erogaciones y empréstitos que se contrajeron..." (General Paz: Memorias, II, pág. 411). Era la danza de los millones y del fácil enriquecimiento; pero Inglaterra no veía con buenos ojos estas maniobras; lord Howden le escribía al comodoro Herbert, en 1847: "El bloqueo ha concluido por ser un medio de darle dinero, en parte al gobierno de Montevideo y en darle a ciertos individuos extranjeros..."(Carta de Lord Howden al comodoro Herbert. 15 de julio de 1847). Sabemos quiénes eran estos "individuos extranjeros" y con qué pasión impugnaban la moral del régimen de Rosas.

Pero de la propia moral y del clima que reinaba en Montevideo nada decían los bravos combatientes de la retaguardia; salvo alguno no complicado, como el general Paz, que se refería al régimen de Rivera, del que participaban los unitarios argentinos, diciendo: "Bajo su administración llegó la inmoralidad al más alto punto que pueda imaginarse; dudo que en pueblo alguno se haya visto tan entronizado el peculado y, en cierto modo, la rapiña” (General Paz: Memoria). Esa Montevideo, que traicionaba el destino nacional al constituirse en base de operaciones de la potencia europea que bloqueaba los puertos del Río de la Plata, tenía una población de 31.067 habitantes; de ellos 2.553 eran emigrados argentinos ... Habían también 6.324 marinos o comerciantes franceses (Setembrino Pereda: Garibaldi en el Uruguay, III. Montevideo, 1914). El cónsul francés, Baradére, transmitía a su gobierno estas duras impresiones: "¡Montevideo es una nueva Sodoma, donde no se encontraría, no digo un justo, un hombre de verdad y de buena fe" (Nota del cónsul francés en Montevideo, M. R. Baradére, al Quai d'Orsay. Montevideo, 15 de julio de 1839). Fueron los merodeadores de esa nueva Sodoma, llamada pomposamente Nueva Trova, los que vinieron a Buenos Aires, después de Caseros, a aplicar entre nosotros aquellos hábitos de peculado y de rapiña.


La política económica de Rosas

La política económica de Rosas fue la que realmente provocó el encono de los liberales de la proscripción y de las potencias imperialistas europeas. Al iniciar su segundo período gubernativo el general Rosas se dispuso a concretar en hechos las fórmulas positivas del federalismo. El primer impulso lo dio con la ley de Aduana del 18 de diciembre de 1835. En el mensaje a la Legislatura de dicho año, habló de la falta de protección de que se resentían las actividades nativas, agregando: "El gobierno ha tomado este asunto en consideración, y notando que la agricultura e industria extranjera impiden esas útiles esperanzas, sin que por ello reporten ventajas en la forma y calidad...", había venido a la conclusión de que la ley debía salir al paso de tales anormalidades (Mensaje del gobernador, general Rosas, a, la 13° Legislatura. 31 de diciembre de 1835).

La inspiración de Rosas prescindió de todo cálculo personal o local, poniendo su pensamiento en los artesanos y los agricultores, y en el estímulo de la industria, sectores estos que eran extraños a su actividad de hacendado y a sus negocios saladeriles. Tenía Rosas la visión de la unidad argentina y del progreso de la República, para cuyo objeto no dudó en romper con los intereses extranjeros y en extender una apropiada protección a las iniciativas de la economía nacional.

Con toda razón su sobrino, el general Mansilla, pudo decue "Rosas gobernaba por su Conciencia” (V. Mansilla: Rozas. Ensayo histórico psicológico. Casa Edit. Garnier Hnos. París, 1898) . Conciencia de argentino, conciencia de hombre honrado que advertía la necesidad de proceder, con energía y sagacidad, a destruir los factores que impedían la formulación de un auténtico programa de vida nacional. Rosas no dejó de descubrir la mano de Inglaterra detrás de todas nuestras crisis y convulsiones; y fue paulatinamente desmontando el aparato de coerción y absorción que había montado la tenacidad británica. Todo ello con suavidad y sin apresuramiento, simulando ignorar los verdaderos alcances de sus resoluciones. La Gran Bretaña se revolvió frenética contra el incorruptible gobernante y alentó todos los movimientos destinados a derrocarle. El general Rosas no pudo ser doblegado, pero la escuela liberal se cobró venganza a posteriori, sirviéndonos el plato fuerte de una historia de horrores e improperios que hace reír por lo desorbitada. "Este hombre que reunió lo que había disgregado la diplomacia británica -escribe Scalabrini Ortiz- que procuró reaglutinar los fragmentos dispersos del viejo virreinato, que desunidos eran presa fácil para la diplomacia británica; este hombre, a quien jamás la diplomacia británica pudo vencer ni doblegar, en la historia oficial, que enaltece solamente a los agentes británicos disfrazados de gobernadores y presidentes argentinos, pasa como un tirano sanguinario y egoísta". (Raúl Scalabrini Ortiz: Política británica en el Río de la Plata. 2° Ed. Reconquista. Buenos Aires) ¡Parece mentira que haya argentinos que le hacen el juego a esta historia sucia, trazada al servicio de planes extranjeros de colonización y esclavitud!

Durante el período de su predominio no se contrató ningún empréstito exterior. Desde el malhadado primer empréstito de 1824, (Empréstito Baring ) concertado por el señor Rivadavia y sus secuaces con la casa Baring de Londres, el país no reincidió en la mala práctica hasta 1856, después de Caseros. Claro que, a partir de este momento, se inició la carrera desenfrenada de los empréstitos y la República se postró ante sus acreedores internacionales; que era, precisamente, lo que el nacionalismo de Rosas había querido impedir.

El general Rosas inició su segundo gobierno el 13 de abril de 1835. El 18 de diciembre quedó implantada la nueva ley de aduana, que representó una reforma trascendental para la defensa de los más altos intereses nacionales. Por la misma se impusieron derechos aduaneros, que variaban entre el 24 y el 50 por ciento, a toda producción que pudiera entrar en competencia con la nativa. Así, por ejemplo, en materia agrícola, en que prohijaba la industria de granja y los cultivos de yerba, tabaco, azúcar v alcoholes.

Con respecto a la artesanía, gravaba las importaciones competitivas, como las manufacturas de hierro, cuero, plata, cobre y estaño, los artículos de carey, hueso, los calzados y sillas de montar, mantas y frazadas de lana, ruedas de carruaje y toda la vasta gama de la industria de la tejeduría. Muchos de estos y otros renglones quedaban excluidos de su importación al país y se prohibió la exportación de determinados productos, como el oro y la plata en cualquier estado de elaboración. En el caso de los artículos sobre los que pesaban derechos de importación, el mismo no regía para los destinados a las otras provincias.

Daba así Rosas un alto ejemplo de federalismo práctico, cuyos resultados se pudieron palpar rápidamente. Con verdadera satisfacción pudo decir a la Legislatura de 1837: "...como la ley de Aduana no fue un acto de egoísmo, sino un cálculo generoso que se extiende a las demás provincias de la Confederación, también en ellas ha comenzado a reportar sus ventajas" (Mensaje del gobernador, general Rosas, a la 15° Legislatura, 27 de diciembre de 1837)

Buenos Aires se benefició en gran medida con las normas implantadas por Rosas y comenzó a desprenderse de la modorra colonial para iniciar su marcha segura hacia las formas técnicas de la civilización. Durante el período de Rosas se incrementaron las actividades industriales y comerciales, hasta alcanzar el número de 106 fábricas, 743 talleres de artesanía y 2.008 casas de comercio, según el censo hecho posteriormente a su caída, en 1853. La industria del azúcar de Tucumán, que languidecía en 1835, contaba con 13 importantes ingenios en 1850. La industria textil del algodón tenía fuerte arraigo en Catamarca, La Rioja, Salta y Jujuy, y la de géneros de lana en Córdoba. En las provincias de Cuyo se afianzó la industria vitivinícola y en las litorales la de embarcaciones. Todo el país, pese a la inexistencia de una Constitución y un Congreso nacionales, recibió el estímulo y los bienes que derramaba la sabia política económica de Rosas. Pero los ideólogos liberales, que desprecian las experiencias de la vida práctica y se extasían en la boba adoración de "los principios", siguen abominando de Rosas y condenan su política aduanera y fiscal que puso a la República en el camino de la unidad, la solidaridad y el progreso.


El política económica unitaria

La oligarquía liberal que se adueñó del poder después de Caseros, modificó por ley del 10 de noviembre de 1853 la ley de Aduana de 1835, llegando a su total derogación por ley del 31 de octubre de 1855. Es entonces cuando el paisano inicia la etapa de su empobrecimiento y sobrelleva una vida de persecución y amarguras, según relata el inmortal poema "Martín Fierro".

Los tiempos de Rosas fueron distintos, sin duda; aunque Hernández no determina fechas, es evidente que se refiere a aquella época de estabilidad cuando dice:

Retrato del Martin Fierro
,    Ilustración de (Juan Carlos Castagnino )
.    

Yo he conocido esta tierra
en que el paisano vivía
y su ranchito tenía y
sus hijos y mujer...
Era una delicia el ver
cómo pasaba sus días.

Ricuerdo ¡qué maravilla!
cómo andaba la gauchada
siempre alegre y bien montada
y dispuesta pa el trabajo;
pero hoy en día... ¡barajo!
no se le ve de aporriada.

(Del poema Martin Fierro, de José Hernandez )

Con la burguesía terrateniente llegó el alambrado, las leyes de conchabo y de vagancia, el delito de deserción, la veda del pastaje en las tierras públicas, y el "Código rural de la provincia de Buenos Aires" que dejó a la paisanada a merced de la clase de los "propietarios". Entre sus extensas disposiciones, figuraba la siguiente: "El avestruz, la perdiz, la paloma, y en general toda ave, grande o chica, como asimismo el gamo, la nutria, la mulita, y en general todo cuadrúpedo menor y salvaje... hacen parte accesoria del terreno, y pertenecen al dueño, arrendatario o poseedor de él" (Art. 259). El hombre de la tierra y el ave del cielo quedaron prisioneros entre las cercas de la propiedad privada e inviolable, que era lo que verdaderamente quería implantar el liberalismo; para lo cual el derrocamiento y condenación de Rosas constituía una exigencia primordial.


La invasión extranjera

Llegamos así a los días del pronunciamiento de Urquiza. La Sala de Representantes, advertida de todo lo que se traía detrás ese movimiento de fuerzas internacionales concertadas, dictó la ley del 20 de setiembre de 1851; por ella puso en manos del gobernante "todos los fondos de la Provincia, las fortunas, vidas, fama y porvenir de los Representantes de ella y de sus comitentes".

Se ha hecho toda una literatura de escándalo alrededor de esta ley; pero es error funesto juzgar a las disposiciones legales con prescindencia del clima imperante en el momento de su promulgación. Entonces se había generalizado la conciencia de las graves responsabilidades argentinas que debía afrontar el Restaurador de las Leyes, ante la infame coalición de algunos elementos nativos con abultadas fuerzas extranjeras, que de tal manera interferían en la vida de la Nación. En “El Diario de la Tarde” se reiteraba la necesidad “de cortar de un solo pero terrible golpe, todos los males que trae aparejada la invasión combinada de los esclavos del pérfido gobierno brasileño y del traidor Urquiza de fulminar contra esa legión alevosa el empuje concentrado de nuestros poderosos medios y anonadar, de una vez para siempre, esa intentona audaz de nuestros enemigos"
No debe desdeñarse, asimismo, la importancia que le confería a esta ley, y a la posterior del 9 de diciembre, el voto favorable que le prestaron las altas y representativas figuras que integraban la Sala; entre ellas los canónigos Martín Boneo, Esteban José Moreno, Felipe Elortondo y Palacios, Miguel García y Andrés Leonardo de los Ríos. Es interesante consignar que fue activo portavoz de los respectivos proyectos de ley, el doctor Lorenzo Torres, prestigioso jurisconsulto, a quien hubo de corresponderle presidir el Senado porteño que en 1856 realizó el proceso contra Rosas, durante cuyo debate el rencoroso unitario don Alejo Villegas sostuvo que "todos los hombres que firmaron un documento tan degradante, quedaron degradados para toda su vida".

También la Excma. Cámara de Justicia emitió una acordada condenando el pronunciamiento de Urquiza y ofreciendo su más amplío apoyo al general Rosas, declarando que "se hacen un sagrado deber en cooperar a los altos esfuerzos del gobierno, reiterando el voto que tienen hecho de no omitir sacrificio alguno, sea de las personas o del honor y fama" (Gaceta Mercantil. Buenos Aires, 20 de setiembre de 1851)14. Suscribían esta acordada el presidente, doctor Vicente López y Planes, y los vocales del tribunal doctores Roque Sáenz Peña, Eduardo Lahitte, Bernardo Pereda, Baldomero García y Cayetano Campana.

El pueblo y todas las corporaciones oficiales y privadas, al igual que las provincias (con excepción de Entre Ríos y Corrientes) hicieron pronunciamientos semejantes. "Desde el día que Rosas declaró a Urquiza traidor…las manifestaciones se sucedieron unas a otras", certifica el testigo presencial, don Benito Hortelano (Benito Hortelano: Memorias). "El día de San Martín - agrega -
, el pueblo en masa acudió a Palermo a felicitar a Rosas. Este se paseaba por los jardines cuando la multitud invadió aquella posesión, rodeándole, abrazándole y desgañitándose en aclamaciones y locuras ... de corazón, pues son bien distintas las demostraciones oficiales de las que el pueblo hace de entusiasmo por el objeto que aprecia"(Ibidem).

Llegó así el momento del choque entre las fuerzas invasoras y las que respondían a la Confederación Argentina. La traición interna entre algunas de las cabezas milítares había dislocado la defensa y planteado las condiciones de la lucha en términos harto desfavorables. El general Rosas no dejó de advertirlo, pero cumplió con su deber hasta el fin permaneciendo en el campo de la batalla. La calumnia liberal trató de hacerle aparecer cobarde, a sabiendas de que no lo fue nunca y de que tenía dadas muchas pruebas de coraje en sus estancias del sur, en su foja de servicios como Comandante de Campaña y en sus guerras contra el indio. El testimonio del general Urquiza destruye la burda patraña. A la comisión que lo visitó en Palermo, el 4 de febrero, le dijo: "Rosas fue valiente; durante la batalla ayer le he estado viendo al frente mandar su ejército" (Carta autógrafa al general Rosas de uno de los miembros de la comisión, doctor J. M. Roxas y Patrón. Buenos Aires, 25 de enero de 1869. Original en el Arch. Gral, de la Nación. sec. Fariní, leg. 24).

Rosas era valiente pero también sensato; cuando tuvo la certeza de que los errores anteriormente cometidos, ya no permitían enderezar el curso de los hechos, abandonó el campo de la lucha y se dispuso a salir del país, dando un ejemplo de renunciamiento al que la historia no le ha tributado la debida justicia. Tenía el general Rosas muchas cartas que aún podía jugar; perder Buenos Aires ciudad no era perderlo todo. Pudo refugiarse en la campaña bonaerense o correrse al interior, para mantener una guerra de recursos y de guerrillas que no hubiera podido sostener el invasor extranjero. Pero prefirió ahorrarle al país nuevas efusiones de sangre y se resolvió a dejar en otras manos el ejercicio de una autoridad qué todavía no había caducado.

Mientras se alejaba del escenario de la lucha hizo un alto, en el Hueco de los Sauces, y escribió a lápiz (estaba herido en la mano derecha) su última nota a la Legislatura. Aunque improvisada en pleno campo, bajo un árbol y en circunstancias tan dramáticas, respira la alta dignidad de su invariable trayectoria:

"Señores Representantes dice : Es llegado el caso de devolveros la investidura de Gobernador de la Provincia y la suma del poder público con que os dígnasteis honrarme. Creo haber llenado mi deber como todos los señores Representantes, nuestros conciudadanos, los verdaderos federales Y mis compañeros de armas. Si más no hemos hecho en el sostén sagrado de nuestra independencia, de nuestra integridad y nuestro honor, es porque más no hemos podido. Permitidme, HH. RR., que al despedirme de vosotros os reitere el profundo agradecimiento con que os abrazo tiernamente; y ruego a Dios por la gloria de V. H., de todos y cada uno de vosotros".

Así, sin un solo reproche, con entereza y con amor; como un padre.

(Ver Rosas y la banca Rorhschild)


El exilio

Rosas se acogió de inmediato al amparo de la representación diplomática de Inglaterra, poniéndose bajo el derecho de asilo que le acordó el encargado de negocios, Mr. Gore. También solicitó y obtuvo la hospitalidad del almirante Henderson, jefe de la escuadra inglesa en el Río de la Plata. El 4 de febrero, a la una de la madrugada, se trasladó con Manuelita y otros acompañantes al vapor "Locust"; pasó luego a la fragata "Centaur", nave capitana del almirante inglés. Recién el día 8 se instaló en el "Conflict", buque de guerra inglés que habría de llevarle a Plymouth.

El barco nombrado abandonó nuestro estuario el 1° de febrero. Manuelita se despidió por carta de su amiga Pepita Gómez; refiriéndose a Rosas, le decía: "Él está con toda su grandeza de alma; no se ve en él un contraste sino la satisfacción de su conciencia" (Carta de Manuelita Rosas a doña Josefa Gómez. A bordo del "Conflict”, 10 de febrero de 1852. Original en el Museo de Luján).

El "Conflict" arribó a Plymouth el 23 de abril, las autoridades saludaron con una salva de cañón la presencia en tierra inglesa del recio gobernante del Río de la Plata.

Rosas en el exilio conservó ese sello de dignidad y de grandeza que rodeaba de especial respetabilidad a su persona. Condenado por su país, difamado por los corifeos del liberalismo y en medio de graves estrecheces, su personalidad se imponía y conquistaba a cuantos le rodeaban. Cuando lo conoció su enconado enemigo, don Juan Bautista Alberdi, no pudo menos de advertir el cálido ambiente que lo rodeaba. "En Inglaterra hay preocupaciones a su favor escribía al general Urquiza ; y las simpatías inglesas no son un elemento de desdeñar. Lord Palmerston, lord Aberdeen, el banquero Baring, y gentes así, le visitan y reciben con distinción" (Carta del doctor Alberdi al general Urquiza. París, 4 de noviembre de 1857. Original en el Arch. Gral. de la Nación, sec. Urquiza, legajo 3).

Posteriormente, luego de presentar Alberdi al emperador Napoleón sus cartas credenciales como ministro argentino, mencionaba al "príncipe Napoleón, que me parece un poco inclinado al General Rosas..." (Carta de Alberdi a Urquiza. Londres, 618 de noviembre de 1858. Original en el Arch. Gral. de la Nación, sec. Urquiza, leg. 3).

También le guardaba particular amistad el cardenal Wiseman, no obstante la sentencia judicial de Buenos Aires que mencionaba, entre otros graves delitos, "el atentado sacrílego de ofrecer sobre los altares a la adoración pública, la estampa del criminal, al lado mismo de la imagen de Dios".

Casa de Juan Manuel de Rosas    ,
en Swaythling    

Rosas se instaló en la campiña británica para cultivar su propia huerta y vivir de su producción. Hubo aquí un fino rasgo de su carácter, que ratifica la autenticidad de su nacionalismo. Es el nombrado ministro argentino Alberdi quien lo informa al presidente de la Confederación. Le dice que Rosas "acaba de arrendar por veintiún años una posesión de campo". "Sé que, para comprarla como él deseaba - añadía -, tropezó con el requisito de las leyes inglesas, que exigen naturalización en el propietario extranjero; y que renunció al deseo de ser propietario en Inglaterra por no abandonar su nacionalidad argentina. Esto no lo he sabido por él” (Carta de Alberdi a Urquiza. Londres, 618 de noviembre de 1858. Original en el Arch. Gral. de la Nación, sec. Urquiza, leg. 3).

Para comprender la grandeza de este gesto es preciso no olvidar que Rosas tenía la psicología del estanciero criollo, en la que sobresale la adhesión a la tierra y la voluptuosidad con que la mirada abarca las posesiones en que su voluntad es ley y su coraje el sello indiscutible de su primogenitura. Pero todo debía ceder a esa voluntad más honda y a esa decisión irrevocable de no renunciar a una nacionalidad por la que combatió sin descanso y cuya integridad preservó de todas las asechanzas y ataques de la codicia extranjera.

Sus enemigos dijeron que Rosas se había llevado al destierro poco menos que todo el oro y los brillantes de Buenos Aires. Con los años y los múltiples testimonios acumulados se fue viendo la magnitud de esta infamia; pero los calumniadores liberales no han cejado hasta hoy en su empeño de acusar a Rosas de las peores deshonestidades. Lo cierto es que ese hombre grande, que prestó tan altos servicios a la patria y cuya fortuna, provenía de herencia y de trabajos esforzados, vivió horas de gran estrechez en el exilio y murió prácticamente en la miseria. Pero su entereza y hombría de bien no se doblegaron jamás.

En agosto de 1852 lo visitó en Southampton don Carlos P. Lumb, comisionado por don Felipe Vera para entregarle diez mil onzas; Rosas las rechazó cortésmente, reiterando durante la entrevista la honradez con que había manejado los dineros públicos. El general Urquiza, en 1858, le ofreció ayuda pecuniaria; Rosas le contestó abundante en expresiones de gratitud, pero negándose a "ser gravoso a los intereses particulares de V. E. a quien tanto debo, ni tampoco a sus amigos". y agregaba "Así, perdone V. E. cuando no admito esa tan noble como generosa oferta" (Carta de Rosas a Urquiza, 30 de octubre de 1858. - Fotolitografía, en Papeles de Rosas..., II, de A.Saldías).

La persecución desatada desde Buenos Aires y la confiscación de todos sus bienes (inclusive los que pertenecían a Manuelita por herencia de su madre) obligaron al general Rosas a aceptar el repetido ofrecimiento del general Urquiza. En carta de 1863 le pintada su triste situación "obligádo a salir de ésta casa, a dejar todo, pagar algo de lo que debo, y reducirme a vivir en la miseria". Consciente de la respetabilidad de su persona, consideraba que no debía "perdonar medio alguno permitido a un hombre de mi clase, para no parecer ante el extranjero en estado de indigencia"; por cuyo motivo solicitaba de Urquiza la ofrecida ayuda económica, pero en calidad de préstamo, pues "lo que fuere le devolveré a V. E. con el correspondiente interés, luego que me fueran entregadas mis propiedades" (Carta de Rosas a Urquiza. Southampton, 7 de noviembre de 1863. Original en el Arch. Gral. de la Nación, sec. Urquiza).

El general Urquiza le respondió llamándole "grande y buen amigo" e informándole: "Dispongo que anualmente se le pasen a V. mil (1.000 Libras Esterlinas) mientras me halle en posición de hacerlo así..." (Carta de Urquiza a Rosas. 28 de febrero de 1864. Original en el Arch. Gral. de la Nación, sec. Fariní, leg. 23).

Esta ayuda pecuniaria, aunque acordada con premura, fue cumplida con morosidad; recién se hizo efectiva el 22 de abril de 1865. Contrariamente a lo que afirma la falsa historia, fue la única que recibió el general Rosas de manos del vencedor de Caseros (Mario César Gras: Rosas y Urquiza).

Muchas y muy grandes fueron las ingratitudes que debió sufrir el otrora poderoso señor durante los largos años del destierro. Una de las que más molestaron su ánimo, fue la de sus primos don Nicolás y don Juan José Anchorena, en cuyo obsequio había realizado "tan largos, tan riesgosos, y tan notorios servicios" (Carta de Rosas a don Juan Nepomuceno Terrero. 31 de mayo de 1864) en la fundación y administración de cinco de sus estancias en el sur de la provincia de Buenos Aires.

En carta a doña Josefa Gómez le dice que "el Sr. Dn. Nicolás Anchorena ni me escribió, ni pagó más de sesenta mil pesos fuertes metálicos, que me debía…que con sus réditos monta a más de ochenta mil pesos" (Carta de Rosas a doña Josefa Gómez. 22 de mayo de 1866. Borrador de puño y letra de Rosas, a lápiz, en el Arch. Gral. de la Nación, sec. Urquiza, leg. 66)

En vista de que la viuda de don Nicolás, doña Estanislada Arana de Anchorena, negaba el reconocimiento de la deuda por falta de documentos que probaran sus servicios, Rosas le escribió diciéndole: "¿Cómo podrán Vs. negar y sostener que no fuí el poblador, fomentador y administrador desde 1818 hasta 1830, de las muchas Estancias con numerosos ganados en el Sud de la Provincia de Bs. As. pertenecientes a mis primos los Sres. Dn. Juan José y Dn. Nicolás de Anchorena cuando es notorio en toda la Provincia?" (Carta de Rosas a doña Estanislada Arana de Anchorena. Burgess Street farm, Near of Southampton, 31 de mayo de 1864. Copia de don Máximo Terrero en el Arch. Gral. de la Nación, sec. Fariní, leg. 23).

Pese a la abundancia de razones no varió la actitud de aquellos prestigiosos integrantes de la oligarquía terrateniente argentina.

En 1873, don Juan Anchorena, hijo de don Nicolás, fue elegido miembro del directorio del Banco Nacional; el diario "Estándar” le dedicó una nota en la que recordaba los trabajos de Rosas en las estancias del presuntuoso Director, aunque asignándole el carácter de un simple capataz (Standard. Buenos Aires, 28 de diciembre de 1873).

El yerno de Rosas, don Máximo Terrero, le escribió solicitándole una rectificación, "pues de lo contrario le decía me veré obligado a preguntar a Vd. públicamente cuando ni como Rosas fue el capataz del Sr. Dní. Nicolás Anchorena, padre de Vd. ú otras personas de esa familia, y sobre todo, con que lo recompensaron ó que sueldos pagaron al capataz. Los servicios prestados a Vd. por ese Capatáz son notorios en ese país, así como a él deben la fortuna de que hoy disfrutan. Fortuna que aseguraron las inmensas propiedades rurales que les hizo adquirir y valer el Capataz Rosas, nunca remunerado" (Carta de don Máximo Terrero a don Juan Anchorena. Londres, 17 de febrero de 1874. Copia de Terrero en el Arch. Gral. de la Nación, sec. Fariní, leg. 22). El ilustre bancario Anchorena guardó un silencio muy liberal y muy acomodado a la auto respetabilidad de nuestros infatuados oligarcas.

Los últimos años del exilio obligaron al general Rosas a afrontar por sí mismo todas las tareas propias de la chacra criolla que había levantado en suelo extranjero. Fiel a las costumbres del campo argentino, elaboraba por su mano las primicias gastronómicas aquí habituales. Así se deduce de una carta que en 1871 envió a su protector don Carlos H. Losen: "Le mando le dice unos chorizos tipo criollo, un tarro de dulce de leche, un queso y un pan casero, como el que probó vez pasada en casa; puede comer todo con confianza, pues todo está preparado con mis manos" (Carta de Rosas a don Carlos H. Ohlsen. 3 de noviembre de 1871. Arch. Gral. de la Nación, sec. Fariní, leg. 23).

Ése hombre al que la canalla liberal ha enrostrado los peores delitos, entre ellos el de haberse llevado consigo una montaña de oro, tiene que vender en los últimos tiempos cuanto poseía para poder comer. A su hija Manuelita le escribe en el otoño de 1876: "Triste siento decirte que las vacas ya no están en este farm. Dios sabe lo que dispone; y el placer que sentía al verlas en el field, llamarme, ir a mi carruaje a recibir alguna ración cariñosa por mis manos, y el enviar a ustedes la manteca. Las he vendido por veintisiete libras...”( José Luis Busaniche: Rosas visto por sus contemporáneos. Edit. Guillermo Kraft Ltda.; Colec. Cúpula. Buenos Aires, 1955).

¡Dios sabe lo que dispone!...¿puede pedirse mayor grandeza de alma y más cristiana resignación?

El general Rosas falleció en su chacra de Swanthling, el miércoles 14 de marzo de 1877, a pocos días de la fecha en que iba a cumplir 84 años. "Su pasión por el campo ha abreviado sus días", escribió Manuelita (Carta de doña Manuelita Rosas a don Máximo Terrero. Burgess Strect farm. Southampton, 16 de marzo de 1877. (Repr. en Zinny: Hist. de los gobernadores...)

(Ver ¿Por que se exilio en Inglaterra?)


¡Viva Rosas!

Así cayó, con la entera dignidad de toda su vida, uno de los más grandes hombres que ha producido la tierra de los argentinos. Su estatua se levanta en el corazón de un pueblo agradecido, a pesar de la calumnia liberal que ha seguido mordiendo la roca viva sobre la que asentó su obra imperecedera. Su nombre fue una bandera de reparación social, de restauración de las leves argentinas y de defensa de los valores primordiales de la nacionalidad.

El pueblo no se engaña, y en medio de la orgía oligárquica y entregadora, enarbolaba su nombre como una lanza montonera para desafiar a los conculcadores de la libertad. "Por eso - dice Ibarguren -, veinte años después de la caída del tirano, Cunninghame Graham vió a los últimos gauchos en la frontera de Bahía Blanca, Tapalqué o en el Fortín Machado, clavar su facón en el mostrador, y, mirando al gringo de reojo vociferar con rabia: ¡Viva Rosas!" (Carlos Ibarguren: Juan Manuel de Rosas. Su vida, su tiempo, su drama. 4° edic. Lib. La Facultad. Buenos Aires, 1931). Esto lo vio un extranjero ilustre; ¿hasta cuándo seguirán sin verlo ciertos argentinos que hicieron de la historia el vaciadero de sus odios y el tablado en que se exhiben los polichinelas de la farsa liberal?


Leonardo Castagnino
Copyright © La Gazeta Federal / Leonardo Castagnino  El autor

Fuentes:

- Castagnino Leonardo. Juan Manuel de Rosas, Sombras y Verdades
- Garcia Mellid, Atilio. Proceso al liberalismo Argentino. Edit. Theoría.
- Obras citadas.
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar


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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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