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EL GRITO DE ASENCIO (28 de febrero de 1811)
                          

Grito

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Desde la noche previa al 28 de febrero de 1811, en la Banda Oriental se comenzó a juntar gente en un punto situado a orillas del arroyo Asencio, afluente del Río Negro.

Acampaban entre el monte lindero y durante la noche se siguió agregando gente venida desde los cuatro vientos. No eran intelectuales ni señoritos de la ciudad. Tampoco eran ricos comerciantes ni abogadillos. Eran gauchos de toda laya y condición, blancos de piel curtida por el sol, negros motudos y mestizos, indios de piel cobriza. Capataces y peonadas, reseros y gauchos matreros, todos convocados para ese 28 de febrero. No había diligencias ni carruajes; era gente de a caballo, bien montados. A las primeras luces del amanecer se comenzó a distinguir en el paisaje esa gente convocada, enfrenando pingos y apretando cinchas. No había galeras ni paraguas, no había cuellos duros ni levitas; había chambergos y vinchas, chiripaces y ponchos raídos, botas de potro o pies descalzos, cuchillos y facones en la cintura, trabucos y sables, boleadoras de piedra retobadas en cuero y tijeras enastadas en cañas o varas flexibles de membrillo o guayabo.

Un revolear de ponchos y chambergos le da la bienvenida a un recién llegado, un paisano grandote llamado Pedro José Viera, oriundo de Porto Alegre, capataz de una estancia cercana a Capilla Nueva Mercedes y uno de los promotores de la convocatoria. Un hombre de trabajo rudo, capaz de cortar una discusión a lazazos o de animar un baile: lo apodaban “Perico el Bailarín”.

Para recibir al recién llegado se adelantó Venancio Benavidez, un cabo de milicias que había conocido hasta la prisión de Montevideo.

Apenas cruzaron unas palabras y sin apearse, se estrecharon las manos rusticas. Se hizo un gran silencio, y Viera arengó a los presentes con un leguaje sencillo y rústico, hablándole de libertad y de la tiranía de los “godos”. Los presentes conocían bien las injusticias y fatigas, y bastaron pocas palabras para levantar el clamor de voces de los presentes y un revuelo de ponchos y lanzas, al grito de “¡Compañeros paisanos, adelante!”. Era la campaña que se levantaba contra las injusticias de la oligarquía montevideana resguardada por el fuerte; era la Patria misma que espontáneamente se sublevaba con un grito de Libertad.

Lo que sucedió luego en toda la campaña fue como un acto reflejo. En forma casi unánime y espontánea toda la campaña se plegó a la rebelión: peonadas, curas de campaña, desertores, pulperos saqueados, el indio y los mestizos parias en su tierra, estancieros ricos rebelados contra las medidas monopolistas de godos y comerciantes de Montevideo. La gente de campaña se adhería a la voz de caudillos de distintos puntos y nacionalidades: el español Redruello con los hacendados brasileños Julián Laguna y Manuel Pintos Carneiro levantaban la lejana Belén; el santiagueño Blas Basualdo, conocido como “Blasito” lo hacía en el Lunarejo; los paraguayos Ojeda, Baltasar y Pancho, unos indios callados que conocían el campo por el olor del pasto, en Tacuarembó; los hermanos Vargas en Arroyo Grande; Félix Rivera (hermano de Fructuoso) en Durazno; Manuel Francisco Artigas (hermano de href="artigas_jose_gervasio.htm" target="_blank">José Artigas, el caudillo oriental) Casupá; el cura Valentín Gómez y los hacendados García Zúñiga y Márquez en Canelones; en el Este los distritos de Cerro Largo, Minas y Maldonado se plegaban a la insurrección general. A Francisco Delgado y sus peonadas de les unió el comandante español Joaquín de Paz y marcharon al encuentro del estanciero minuano Bustamante, y juntos marchaban a encontrarse con los Artigas de Sauce y Casupá. En el Sur, el cura Figueredo del Pintado, el teniente de húsares Andrés Latorre, los hermanos Jerónimo y Felipe Duarte, el industrial Joaquín Suárez, los hermanos Tejera, el valeroso mulato José Antonio Verdún. Más al Este, sobre Maldonado reúne gentes el joven hacendado href="lavalleja.htm" target="_blank">Juan Antonio Lavalleja.

Cercano a Montevideo los hermanos Bauzá equipan una columna de su propio peculio, con la colaboración del terrateniente Tomás García de Zúñiga, el hacendado ramón Márquez y los hermanos Vázquez. Y en las propias narices de virrey, Fernando Ortogués, capataz de las estancias del Rey a las puertas de Montevideo, azuza al paisanaje. Hombres de toda clase y condición se unían al movimiento artiguista y la mayoría de ellos serían luego oficiales de destacada actuación.

En apenas un mes se había levantado prácticamente toda la campaña. Las guarniciones españolas de los pueblos, diezmadas por las deserciones se entregaban sin resistencia; la guarnición de Capilla Nueva Mercedes fue ocupada el 28 de febrero, y el mismo día por la tarde Pedro viera toma Santo Domingo de Soriano.

Leonardo Castagnino
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Funtes:

- Obras citadas.
- Periódico El Restaurador N° 21. Dic. 2011
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

                          

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