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EJECUCION DEL COMPLOT UNITARIO DE 1833
                          

(01) El prisionero
(02) La paciencia de Rosas
(03) Asesinato de Facundo Quiroga
(04) Asesinato de Aljandro Heredia
(05) Fuentes
(06) Artículos relacionados


El prisionero

Gral.J.M.Paz

Los generales Paz y Lamadrid habían “sosegado” el interior.

Lamadrid es derrotado por Quiroga en La Ciudadela, y Paz, con Quiroga a sus espaldas, pone rumbo a Santa Fe. Pero no lo acompaña la suerte esta vez, y por un error táctico personal en una circunstancia fortuita, cae con su caballo boleado por un paisano de Estanislao López.

Como prisionero de López, Paz tuvo mejor suerte que los propios prisioneros fusilados o lanceados por ambos.

Saturnino Gallegos, que se encontraba en la tienda de López cuando llega el flamante prisionero, deja testimonio del trato que recibió el General Paz de parte del los”barbaros” que acompañaban a López, y del propio Estanislao:

"En la madrugada del 11 de mayo de 1831 –dice Saturnino Gallegos- nos encontrábamos en Calchines acompañados, esperando las fuerzas de Buenos Aires que mandaba el general Juan Ramón Balcarce, para emprender la campaña contra el general Paz. El general López, su secretario coronel Pascual Echagüe y otro jefe lo acompañaban alrededor del fogón tomando mate, cuando se presentó un joven cordobés que dijo llamarse Serrano, anunciando que dejaba a corta distancia la partida que conducía prisionero al General Paz, cuyo caballo había boleado él mismo.

Si grande fue la sorpresa que produjo esta noticia, no lo fue menos la duda acerca de la veracidad del informante: aunque entre las señas quedaba, la de “manco” era incontestable. El general ordenó al señor Echagüe que sin demora montase una mitad de lanceros de 25 hombres con un oficial a la cabeza y acompañado del chasque Serrano fuese a encontrar la partida que se decía conducía al prisionero. Verificado esto, y antes de mucho rato, regresó toda la gente y a la inmediación del general López desmontaba el señor Paz, en mangas de camisa, y quitándose un gorrete de tropa, que se le había dado en vez de la gorra que le quitó uno de los soldados. Don Estanislao López y demás de su círculo se pusieron de pie, y el prisionero, ofreciéndole con grandes instancias aceptase la única silla, que era una pequeña con asiento de paja, para sentarse, la que aquél rehusó con toda cortesía, sentándose en una cabeza de vaca de las que rodeaban el fogón. El señor López le ofreció entonces mate, café o té (el informante no recuerda qué aceptó); y al mismo tiempo ordenó a un asistente que subiese a su carretón y trajese un poncho de abrigo y una chaqueta para que el huésped se cubriese, pues el frío era fuerte, diciendo al mismo tiempo:

- General, las únicas “capas” que podemos ofrecerle son las de “cuatro puntas” y de ponerse por la boca. -A lo que el general Paz contesto eran las mejores, y cuando vino se cubrió arrebozándose.

A poco se llamó al sargento que mandaba la partida apresadora, quien explicó la boleadura del caballo, que presentó (era un malacara choquezuela blanca), animal de buena apariencia y manos; y cumpliendo la orden que se le dio, se hizo entrega al general Paz de la casaca de que se le había despojado, gorra buena, etcétera.

Como ni el general López ni otro alguno abría conversación, el general Paz, rompiendo el silencio dijo; “Señor López, los soldados de usted son unos valientes y los míos unos cobardes, que me han abandonado a doce cuadras de mi ejército”.

El general López asintió con un movimiento de cabeza y el general Paz, continuó: “Dejo un ejército, que en moral, disciplina, armamento, etcétera, es completo y capaz de batirse con el que usted presentase, fuese el que fuese; pero falto yo, todo es perdido; pues Lamadrid, que es quien queda a la cabeza, es incapaz de sacar ventaja alguna de su posición, careciendo de aptitudes para llevar a cabo mis planes”

Tampoco consiguió que el señor López dijese más que palabras sueltas, ni cosa que pudiera dar ofensa ni halago al prisionero, y así continuó hasta que las tareas del día, entre las que tuvo lugar la de encontrarse con el ejército que llevaba el general Balcarce y otras, dejaron al general Paz encargado de los que le custodiaban.

Se ha querido decir que el general Paz fue insultado y amenazado a su llegada, lo que no es cierto; si bien causó un tumulto natural conocer su arribo, entre lo más se mostraba la algazara y retozo de los indios guaycurúes de la división que llevaba el general López, compuesta por mil hombre más o menos. Tampoco se puede negar que entre las consideraciones tenidas con el general Paz, no fue la menor su envío a santa Fe a cargo del capitán don Pedro Rodríguez, mozo altamente educado y elegido por el general López como la persona más propia para el desempeño de la comisión que se le confió”.

"Hacienda de Fiqueroa"    
Cuarto que fuera cárcel del "manco Paz"    

El mismo General Paz reconoce haber sido bien tratado como prisionero tanto por López como por Rosas, según lo hace en carta a Rosas publicada en "El Lucero" el 3 de junio de 1831, en la que le declaraba que había sido generosamente tratado por López y que esperaba serlo del mismo modo en lo sucesivo (Memorias de Paz, t.II, p.335)

Paz fue luego trasladado a Buenos Aires y se le guardó toda consideración. Llegado a la posta de Hacienda de Figueroa estuvo dos días detenido en una habitación improvisada como calabozo, y luego trasladado al cabildo de Luján con libertad de movimientos y la sola obligación de hacer noche en el lugar. Luego Rosas le dio por cárcel la ciudad de Buenos Aires bajo palabra de no ausentarse, palabra que no cumplió “el manco”, escapando más tarde para formar un ejército para luchar contra Rosas.

Por lo visto, el trato dispensado a los prisioneros por los federales, era mucho mejor que el de los unitarios, cuyos prisioneros desperaban en tra vidas bien pronto y sin mucho trámite.


La paciencia de Rosas.

Con la
boleadura del caballo de Paz en El Tío y la derrota de Lamadrid en la Ciudadela, el 4 de noviembre de 1831, concluye el dominio unitario en el interior y se abre un paréntesis en el terror celeste.

El Restaurador de las Leyes Rosas sigue gobernando en Buenos Aires. ¿Cómo ha reaccionado frente a la ola de sangre con que los unitarios acaban de barrer el interior? Por lo que vemos, con bastante paciencia. Con los famosos 10 fusilamientos -y no 16 que le atribuye Rivera Indarte- en San Nicolás de los Arroyos, de presos por delitos de Estado, seis de los cuales fueron actores en la campaña de la Sierra. Los demás fusilamientos ordenados por Rosas en los tres años de su primer gobierno no alcanzan a los que ordenó Lamadrid en un solo día en La Rioja. Mucha sangre argentina deberá aún ser derramada por los unitarios antes de que Rosas pierda la paciencia.

No tarda en volver a derramarse sangre. Los unitarios, desalojados del gobierno, traman un complot, en el cual participan también riveristas y españoles. Descubierto en parte por la diplomacia inglesa, es comunicado a don José de Ugarteche por Manuel Moreno, ministro argentino en Londres, y la Legislatura de Buenos Aires lo estudia en sesión secreta el 4 de enero de 1834.

El plan consiste "en declarar la guerra con cualquier pretexto a Buenos Aires, suscitando querella por Martín García, o por la conducta del general Lavalleja, etc., o con cualquier motivo frívolo, lo que lleva la mira por parte del gobierno de Montevideo de apoderarse del Entre Ríos y de la navegación del Uruguay; y por parte de los unitarios el que, armándose un ejército por Buenos Aires para resistir esta hostilidad, se le dé el mando de él a ... don Estanislao López, quien se levantará con él y se declarará por la revolución. Es parte principal y preparatoria de este plan que el señor López, de Santa Fe, rompa con los señores Rosas y Quiroga, halagándolos con pérfidas sugestiones, pero con la mira de sacrificarlos luego a su vez; y se jactan de que tienen ya mucho adelantado. Este plan todo de sangre y escándalo lo ha ejecutado y convenido don Julián Agüero en Montevideo, con Rivera, Obes y los españoles y unitarios de uno y otro lado.” (Adolfo Saldias, Historia de la Confederación argentina, t.II.p.397)

El complot se extendía a las provincias interiores, y veremos como se cumplirían las recomendaciones del complot.

En Tucumán gobernaba el General Alejandro Heredia, federal. Doctor en Derecho de la Universidad de Córdoba, Alejandro Heredia fue uno de los gobernadores federales más cultos. Conocía literatura clásica y hablaba el latín, y fue quien le enseñó los primeros conocimientos del latín a su protegido Juan Bautista Alberdi.

Con su sagacidad para conocer las actitudes de las personas y su habitual capacidad deductiva para anticipar los hechos, Rosas en cierta forma intuyó el fin de Heredia. Comentando la situación de las provincias del interior, en carta a Estanislao López el 1° de octubre de 1835 le decía:

“…deduzco de toda esta cadena de sucesos que el señor Heredia ha estado y está rodeado de Unitarios que no cesan en asecharlo, que al fin le han de dar el pago con la perfidia y ferocidad que acostumbran , entre tanto que él creía haber hecho, como me dijo en una carta, una fusión de partidos, para darme a entender que lejos de tener que temer, debía esperar mucho de ellos porque no hay quien les quite de la cabeza a algunos de nuestros federales el sistema de cortesías y miramientos indebidos y perjudiciales con que esa clase de hombres hipócritas en sus palabras y modales, mientras no pueden obrar a cara descubierta, y sin ninguna decencia, porque en su corazón son la quintaesencia de la inmoralidad”.(Irazusta, Julio, Vida política de Juan Manuel de Rosas.t.II.p351 - Archivo Gral de la Nación. Sección Farini. Leg 18)

Con cierto idealismo, Heredia pretendió pacificar las provincias del norte fusionando los partidos unitario y federal. Rosas, más intuitivo y conocedor del proceder de los unitarios, le advierte de su error, y el 16 de julio de 1837 le escribe: “...en fuerza de su índole y de los sentimientos suaves y generosos que le imprimieron en su educación (…) no llega a penetrar ni persuadirse bien a fondo de toda la perversidad y acedía de los unitarios”, y le advertía que podría sucederle lo mismo que a Dorrego y Quiroga; los hechos le darían la razón a Rosas.

Aprovechando la personalidad generosa y de cierta ingenuidad de Heredia, los unitarios lo rodearan "halagándolo", según la táctica denunciada por Moreno. Ejemplo de ello es la “Corona Lírica” que le entregaron, recopilación de composiciones poéticas que le fue dedicada, y que lleva, entre otras firmas, la de Juan Bautista Alberdi.

La acción de sus falsos amigos no tarda en hacerse sentir. Heredia favorece un movimiento revolucionario contra el coronel Pablo Latorre, gobernador federal de Salta, encabezado por Gorriti y Puch, ambos de tendencia antirosista. Favorece también, la segregación de Jujuy, promovida por el español Fascio y no reconocida por Rosas. A su vez, Latorre, también "halagado" por unitarios, apoya las invasiones de los López a Tucumán, destinadas a llevar al gobierno de esta provincia al general unitario Javier López.

El 19 de noviembre de 1834, Heredia declara la guerra a Latorre e invade su provincia. Lo mismo hace Fascio desde Jujuy. Este último triunfa sobre los salteños el 13 de diciembre y toma prisionero a Latorre, que es encerrado en la cárcel de Salta.

El 29 se simula una revolución que intentaba liberarle, y con ese pretexto es muerto a lanzazos en su propio lecho, junto con el coronel Aguilar, por Mariano Santibáñez. No cabe duda de la inspiración unitaria de este doble asesinato.

Rosas, a quien era difícil engañar, no reconoció al nuevo gobierno de Salta, resultante del complot, y lo calificó de intruso. Poco tiempo después fue derrocado por el mismo Heredia.

Barranca Yaco     


Asesinato de Quiroga

Con el asesinato de Latorre ha terminado el primer acto del drama. Va a comenzar el segundo.

Quiroga había sido enviado por Rosas para lograr un entendimiento entre los dos gobernadores del Norte.(Ver
"Carta de hacienda de Figueroa")

Al llegar a Pitambalá, Facundo se entera de la muerte de Latorre. Sigue hasta Santiago del Estero, a donde llega el 3 de enero de 1835, y allí celebra varias conferencias tendientes a apaciguar los ánimos después de los recientes sucesos.

El 6 de febrero emprende el regreso, y el 16, en Barranca Yaco, es asesinado, junto con el coronel Santos Ortiz y 16 hombres de su comitiva, incluso un chico de 12 años. El ejecutor material fué Santos Pérez al frente de una partida. Los inspiradores fueron los hermanos Reinafé, Cullen y los unitarios de Montevideo.

La citada carta de Manuel Moreno no deja lugar a dudas de la participación unitaria, que desde un principio intentó involucrar a López en el complot. Algunos historiadores mantienen la duda y talvez sea difícil llegar a una conclusión definitiva.

Cullen actuaba muchas veces por su propia cuenta y a espaldas de López y no sería imposible que el Patriarca de la Federación hubiese ignorado lo que se tramaba, a pesar de la mención que se hace en la carta de Moreno. Ese mismo año, Lavalle habla de "haberse frustrado las esperanzas que López había hecho concebir", pero valdría preguntarse si las esperanzas las había hecho concebir López, o estaban en la imaginación Lavalle.

Rosas no creyó en la participación de López, y en la “reconstrucción del hecho” que hace con su habitual sagacidad, dejan a López fuera de sospecha. Tampoco se encontraría involucrado, según el posterior juicio a los involucrados en el asesinato de Facundo Quiroga.

Más allá de estas conjeturas, lo cierto es que Quiroga fue "halagado" por los unitarios durante su permanencia en Buenos Aires, y luego “sacrificado", tal cual estaba previsto.

Con el asesinato de Quiroga, y a partir de Dorrego, eran ya siete los gobernadores o ex-gobernadores federales asesinados o fusilados en los últimos años. Es de imaginarse el estado de ánimo de Rosas, tanto más cuanto que no ignoraba que su "sacrificio" también estaba incluido en el susodicho plan. En una carta a su capataz Juan José Díaz, fechada en la estancia "San Martín" el 3 de marzo de 1835, se expresa así:

“Política. El señor Dorrego fue fusilado en Navarro por los unitarios. El general Villafañe, compañero del general Quiroga, lo fue en su tránsito de Chile para Mendoza, por los mismos. El general Latorre lo ha sido a lanza, después de rendido y preso en la cárcel de Salta, sin darle un minuto de término para que se dispusiera. El general Quiroga fue degollado en su tránsito de regreso para ésta, el 16 del pasado último febrero, 18 leguas antes de llegar a Córdoba. Esta misma suerte corrió el coronel José Santos Ortiz y toda la comitiva, en número de 16, escapando sólo el correo que venía y un ordenanza, que fugaron entre la espesura del monte. ¡Qué tal! ¿He conocido o no el verdadero estado de la tierra? Pero ni esto ha de ser bastante para los hombres de las luces y de los principios, ¡Miserables! Y yo, insensato, que me metí con semejantes botarates. Ya lo verán ahora. El sacudimiento será espantoso, y la sangre argentina correrá en porciones."

Rosas ha comenzado a perder la paciencia, y con él la empieza a perder también el pueblo de Buenos Aires, que en esos días lo plebiscita para que gobierne con la suma del poder público.

Alejandro Heredia (Biografía)
El asesinato de Alejandro Heredia

Pero la racha de crímenes unitarios no termina. En el drama en que perecieron Latorre y Quiroga aun faltaba el tercer acto: el
asesinato del general Alejandro Heredia.

En 1838 Heredia continuaba gobernando en Tucumán, y pese a la advertencia de Rosas, siempre rodeado de una camarilla de unitarios. Presidía la Cámara de Representantes Salustiano Zavalía y era su secretario Marco Avellaneda.

Dos años antes habían respondido a un mensaje suyo en términos altamente laudatorios, calificándolo como “el intrépido guerrero y digno magistrado que con una mano protegía las instituciones y con la otra, terrible como el vencedor de Héctor, destruía a sus enemigos, paraba el torrente revolucionario, aplastaba la hidra con sus cien cabezas y aumentaba las glorias de los tucumanos". (Zinny. Historia de los gobernadores, t.II, p.288) En la prosa se advierte el típico lenguaje de los ilustrados unitarios, que además concuerda plenamente con la táctica denunciada por Moreno:
"...halagándolos con pérfidas sugestiones, pero con la mira de sacrificarlos luego a su vez..."

El 12 de noviembre de 1838, mientras Heredia se dirigía en coche a su casa de campo, fué asaltado en Los Lules por una partida al mando de Gabino Robles y compuesta por Juan de Dios Paliza, Vicente Neyrot, Gregorio Uriarte y José Casas.

Heredia, que en cierta ocasión había abofeteado a Robles, adivinó sus intenciones, y se dice que le ofreció cuanto pidiese. Robles le contestó que “que sólo quería su vida”, y le descerrajó tres tiros.

La vox populi sindicó como instigador del hecho a Marco Avellaneda. Juan Alfonso Carrizo ha podido recoger en su Cancionero de Tucumán algunos romances populares en que se expresa tal creencia.

Lo cierto es que después de encontrado Robles y eliminado Heredia, fue nombrado gobernador Bernabé Piedrabuena, que luego se pronunció contra Rosas, y de quien fué ministro general en 1840 el propio Avellaneda, para sucederle luego en 1841. El 3 de mayo de 1840, la Legislatura de Tucumán, presidida por Avellaneda, dictó un decreto sobreseyendo a los autores materiales "y cómplices" del asesinato del gobernador Heredia.

Cuando Avellaneda cayó prisionero de Oribe tras la derrota de Lavalle de Famaillá en 1841, se le formó un consejo de guerra. Los dos incisos del acta de ese consejo referentes al crimen de Los Lules dicen así:

"Preguntado: Con qué objeto le prestó su ,caballo rosillo al teniente Casas, asesino del finado general Heredia, el día que se perpetró el hecho, dijo: que el día antes del asesinato le pidió el referido asesino Casas el mencionado caballo al que declara para ir a dar un paseo al punto de Los Lules y que en éste cometió el hecho.

JUAN MANUEL DE ROSAS. La ley y el orden "Preguntado: Con qué objeto salió el mismo día que se asesinó al general Heredia y se vio con uno de los asesinos llamado Robles en circunstancias que éstos entraban al pueblo, dijo: que su hermano político don Lucas Zabaleta lo había invitado para que lo acompañase a pasar el día en su chacra del Manantial: que en su camino a esta chacra y a muy poca distancia de la Capital se encontró con los asesinos, que traían una partida de quince a veinte hombres: que al verlo desde alguna distancia le mandaron hacer alto: que el declarante obedeció y que al instante se adelantaron tres o cuatro de los asesinos, entre ellos el mencionado Robles: que este último, completamente ebrio, le alargó la mano gritando "ya sucumbió el tirano", cuyo grito fue repetido por los otros dos o tres que lo acompañaban: que el declarante, atemorizado por esta escena, no atinaba con lo que significaba ella hasta que el mismo Robles le dijo que él con sus propias manos había asesinado al gobernador Heredia: que el declarante, más atemorizado entonces, procuró balbucir algunas palabras aplaudiendo su conducta y concluyó pidiéndole permiso para continuar su camino. Que Robles preguntó entonces al declarante si él no era Presidente de la Honorable Sala de Representantes: que a la contestación afirmativa del declarante replicó Robles: "hoy no es día de pasear, sino de trabajar por la patria: vuelva usted a la ciudad y reúna la Sala de Representantes para hacer una nueva elección de gobernante, que nosotros por nuestra parte no queremos nada": que el declarante no creyó prudente replicarle nada ni insistir en su anterior súplica, y se apresuró a despedirse de ellos repitiéndoles la aprobación de su crimen y prometiéndoles reunir inmediatamente la Sala: que el declarante se separó entonces a galope largo y que, sin embargo de haber andado a éste a la ciudad, no consiguió llegar sino tres o cuatro minutos antes que ellos."

De esta declaración se deducen varios hechos: que Avellaneda prestó su caballo a uno de los asesinos, que se encontró con ellos después del crimen y que les aprobó su conducta. Las coincidencias y el temor con que pretende explicar esos hechos, a nuestro juicio, no resultan creíbles. Pero hay más: el 5 de febrero de 1839, en una carta dirigida a Pío Tedín, Avellaneda expresa lo siguiente:

"Si nos engañamos en la elección de los que han de suceder a los que hoy mandan, volveremos a sufrir tiranos, y no se encuentran siempre hombres como robles."

Aunque Avellaneda escribió la palabra “robles” con minúscula, no es necesario ser muy lince para adivinar el doble sentido de la frase y todo lo que ella deja traslucir.

Tras la derrota de Lavalle en Famaillá, Marco Avellaneda es declarado “instigador y principal culpable de la muerte de Heredia”, y ejecutado en octubre de 1841.


Fuentes:

- Ezcurra Medrano Alberto. Las otras tablas de sangre.
- Paz, José María. Memorias póstumas.
- Castagnino Leonardo.
Juan Manuel de Rosas, Sombras y Verdades.
- Obras citadas.
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar
                          


Ver notas relacionadas:

-
Complot unitario (Informe de Manuel Moreno)
- Dictadura unitaria
- ¿Civilización o barbarie?
- Manuel Moreno
- Barranca Yaco
- Juicio por Barranca Yaco
- La sagacidad de Rosas (Investigacion del crimen)
- El Capitán Santos Perez
- Los hermanos Reinafé
- Gral.Alejandro Heredia
- Asesinato de Alejandro Heredia
- La conspiración de Maza

Fuente: www.lagazeta.com.ar




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