PERSONALIDAD DE JOSE ARTIGAS                           


Jose Artigas    
José Artigas

Criado en Montevideo, Artigas había recibido en su infancia una buena educación básica para la época, de parte de los curas franciscanos. Allí nacía su afección por la lectura que lo acompañaría siempre, y el trato cotidiano con los hijos de la gente acomodada de Montevideo lo integraba a esa clase en la que se movía con soltura.

Su adolescencia en el campo le había dado el conocimiento más profundo de la tierra y su gente, los gauchos, sus hábitos y costumbres y con quienes podía nivelar y hasta competir en habilidades y trabajo. Los recorridos con su padre, miliciano que hacía las veces de policía de campaña, le fue forjando su personalidad decidida y firme. “Es artigas de regular estatura –dice su contemporáneo Nicolás de Vedia - algo recio y de pecho ancho. Su rostro es agradable; su conversación afable y siempre decente; come parcamente, bebe a sorbos, jamás empina los vasos. No tiene modos agauchados, sin embargo de haber vivido en el campo”. Artigas era hombre de la ciudad y del campo.

En su “Diario de Viaje”, Larrañaga lo describe cuando lo visitó en su campamento de Paysandú a mediados de 1815, cuando ejercía como Protector de las Pueblos Libres. Larrañaga parte de Montevideo el 31 de mayo de 1815 en un coche tirado por mulas, y llega a Paysandú un mes mas tarde, el 13 de junio. En su diario de viaje anota:

“Nuestro alojamiento fue en la habitación del General. Esta se componía de dos piezas de azotea, una de cuatro varas y la otra de seis, con otro rancho contiguo que servía de cocina. Sus muebles se reducían a una petaca de cuero y unos catres sin colchón, que servían de cama y sofá al mismo tiempo. En cada una de las piezas había una mesa ordinaria como las que se estilan en el campo, una para escribir y otra para comer; me parece que había también un banco y unas tres sillas muy pobres. El General estaba ausente, y se había ido a comer a bordo de un falucho en que se hallaban los diputados de Buenos Aires (la otra delegación llegada a Paysandú); este buque con una goleta eran los que habían saludado el día anterior al General con el mismo motivo, y cuyos cañonazos oímos por el camino.

Fuimos recibidos por D. Miguel Manuel Francisco Barreiro, joven de unos 25 años, pariente y Secretario del General, y que ha participado en todos sus trabajos y privaciones; es menudo y débil de complexión, tiene un talento extraordinario, es afluente en su conversación y su semblante cogitabundo, carácter que no desmienten sus escritos en las oargas contestaciones, principalmente con el Gobierno de Buenos Aires como es buen notorio.

A las cuatro de la tarde llegó el General, el Sr. D. José Artigas, acompañado de un ayudante y una pequeña escolta. Nos recibió sin la menor etiqueta. En nada parecía un general; su traje era de paisano, y muy sencillo: pantalón y chaqueta azul sin vivos ni vueltas, zapatos y medias blancas de algodón; sombrero redondo con forro blanco, y un capote de bayetón, eran todas sus galas, y aun todo eso era pobre y viejo. El hombre, de una estatura regular y robusta, de color bastante blanco, de muy buenas facciones, con la nariz algo aguileña, pelo negro y con pocas canas: aparenta tener unos 48 años. Su conservación tiene atractivo, habla quedo y pausado; no es fácil sorprenderlo con largos razonamientos, pues reduce la dificultad a pocas palabras, y lleno de mucha experiencia tiene una previsión y un tino extraordinario. Conoce mucho el corazón humano, principalmente el de nuestros paisanos, y asi no hay quien le iguale en el arte de manejarlos. Todos le rodean y siguen con amor, no obstante que viven desnudos y llenos de miserias a su lado, no por falta de recursos sino por no oprimir a los pueblos con sus contribuciones.

Nuestras sesiones duraron hasta la hora de la cena. Esta fue correspondiente al tren y boato de nuestro General; un poco de asado de vaca, caldo, un guiso de carne, pan ordinario y vino, servido en una taza por falta de vasos de vidrio; cuatro cucharas de hierro de estaño, sin tenedores ni cuchillo, sino los que cada uno traía, dos o tres platos de loza, una fuente de peltre cuyos bordes estaban despegados. Por asiento tres sillas y la petaca, quedando los demás de pié. Véase aquí en los que consistió el servicio de nuestra mesa, cubierta de unos manteles de algodón de Misiones pero sin servilletas, y aún según supe, mucho de esto era prestado.

Acabada la cena nos fuimos a dormir, y me cede el General no solo su catre de cuero sino también su cuarto y se retiró a un rancho. No oyó mis excusas, desatendió mi resistencia, y no hubo forma de hacerlo ceder en ese punto.

Junio 13 de 1815. Muy temprano, así que vino el día, tuvimos en casa al General que nos pillo en cama; nos levantamos inmediatamente, dije misa y se trató el desayuno, pero este no fue ni de té ni de café, ni leche ni huevos porque ni lo había ni menos el servicio correspondiente; tampoco se sirvió mate, sino un gloriado que es una especie de ponche muy caliente con dos huevos batidos que con mucho trabajo encontraron. Se hizo un jarro, y por medio de una bombilla iba pasando de mano en mano.”


Después del almuerzo bajaron todos a la costa del río Uruguay, y Larrañaga anota en su diario:

“En el puerto había unos ranchos que servían de cuerpo de guardia, y en uno de ellos estaban los jefes de los cuerpos de Buenos Aires, que sostenían a Alvear, y después de su caída fueron remitidos con una barra de grillos a la disposición de nuestro General, quien los tenía en custodia con ánimo de devolverlos como después se ha verificado, conducta que ha sido justicia sumamente aplaudida por los buenos americanos, y que ha acabado de desengañarlos que nuestro Héroe no es una fiera ni un facineroso como lo habían pintado con negros colores sus émulos o envidiosos de su gloria.”

Efectivamente, la personalidad de Artigas ejercía sobre los gauchos el atractivo de una figura mística, y le seguían con fidelidad inquebrantable. Su prestigio se había derramado por toda la campaña, inclusive en los terratenientes, ganaderos y comerciantes que habían visto resguardados sus intereses de las depredaciones lusitanas durante su actuación como Blandengue. Una masa compacta de fieles seguidores que provocaba los celos y desconfianzas de los centralistas porteños. Sarmiento, entre otras lindezas lo trató de "… bandido, un tártaro terrorista. Jefe de bandoleros, salteador, contrabandista, endurecido en la rapiña,… famoso vándalo, ignorante, rudo, monstruo, sediento de pillaje, sucio y sangriento ídolo con chiripá…”

Bartolomé Mitre, uno de sus principales detractores y artífice de la “leyenda negra” sobre Artigas”, no tuvo sin embargo más remedio que reconocer al menos algunas virtudes en la personalidad del caudillo: “Artigas es verdaderamente un hombre de hierro – dice en un manuscrito redactado en 1841-. Cuando concebía un proyecto no había nada que lo detuviera en su ejecución, su voluntad poderosa era el temple de su alma y el que posee esta palanca puede reposar tranquilo sobre el logro de sus empresas. Original, en su pensamiento como en sus maneras, su individualidad marcada hería de un modo profundo la mente del pueblo…Activo pero silencioso, hablaba muy poco y sus órdenes mas terminantes se expresaban por el lenguaje mudo que pedía la vida o la muerte de los gladiadores. Sereno y fecundo en arbitrios, siempre se mostró superior al peligro.”

Tal vez reconociera Mitre en Artigas sus propias falencias. Carlos Maria de Alvear en cambio, más “señorito”, no podría disimular su desprecio: “Artigas fue el primero que entre nosotros conoció que se podía sacar de la imbecibilidad de las clases bajas –dice Alvear-, haciéndolas servir en apoyo de su poder, para esclavizar las clases superiores y ejercer su poder sin más ley que su brutal voluntad”.

La acusación es totalmente falsa, ya que Artigas nunca pretendió esclavizar a las clases superiores, a la que perteneció, ni sintió rencor hacia ellas. Pero Alvear no podía perdonar que Artigas tuviera lo que a él siempre le faltó: el apoyo de las clases bajas. Es el mismo apoyo que tuvo Rosas y que sus detractores no podrían perdonarle. El mismo rencor de los “señorítos de cogote duro” a que se referiría Rosas.

DVD de musica de La Gazeta Federal Ver artículos relacionados:

- Purificación.Meseta de Artigas
- Protectorado de los Pueblos Libres
- Liga Artiguista
- Asamblea Constituyente del año XIII
- Asamblea Constituyente del año XIII
- Brasil y la Banda Oriental
- Invasion portuguesa
- Invasion porteña
- El agente en Río
- Se nos vienen...
- El doble juego
- Toma y daca
- Nueva Metrópoli
- Artigas
- Artigas y el librecomercio
- Asamblea del año XIII
- Andresito Guacurarí
- Artigas y el revisonismo histórico" (conferencia de José Maria Rosa )
- Bandeirantes y otras yerbas
- Cepeda (1820)
- Tratado de Pilar

Ver otros Pactos y tratados de la Confederacion Argentina

Fuentes:

- Castagnino Leonardo: Artigas, Protector de los Pueblos Libres
- Alfredo Castellanos. Vida de Artigas. p.133
- www.lagazeta.com.ar

Copyright © La Gazeta Federal

Compartir en:



La Gazeta FederalLa Gazeta
Federal


HomeLa Gazeta Federal
en facebook



Inicio