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LA REVOLUCION DEL SUD
(Por Revisionistas)
                          

Prudencio Ortiz de Rozas.     
Óleo de José Roldán, pintado en Sevilla     
por el pintor sevillano José Roldán.1855     

Prudencio Rosas


01 Introduccion
02 Concesión y posesión de las tierras bonaerenses
03 Se inicia el movimiento revolucionario
04 Batalla de Chascomus
05 Referencias
06 La mulita por el rabo
07 Referencias
08 Fuentes
09 Artículos relacionados

Todo problema histórico, aunque surja de un episodio, adquiere consistencia y su aclaración atrae al espíritu, siempre que se lo vincule a las líneas generales del proceso de una época en su parte medular y en su trascendencia. El hecho del alzamiento de los hacendados del Sud, del 29 de octubre de 1839, a pesar de la brevedad de su duración -poco más de una semana-, implica un complejo de cuestiones importantes para la historia de la época de la Confederación. Sin duda alguna, el período de 1838 a 1841 fue el más difícil para el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, Encargado de las Relaciones Exteriores y negocios generales del país, denominado entonces Confederación, e investido con la Suma del Poder Público. Será en este período que pondrá a prueba la eficacia del poderoso instrumento de gobierno votado por la Junta de Representantes y el plebiscito popular, y con un vigor personalísimo, ejercerá la autoridad, quedando a cargo de sus decisiones el destino de la Patria.

Tanta autoridad consiguió adquirirla por sus condiciones de carácter y la tenacidad con que se había impuesto sobre las masas de la campaña, y en especial, la de la zona sud y oeste de Buenos Aires.

No está de más explicar, en forma breve y comprensiva, las transformaciones operadas en la campaña, que adquieren relieve, a partir de 1822, debido a las cuestiones interiores e internacionales. En el momento de estallar la revolución de 1810, las guardias defensoras de las estancias bonaerenses consistían, únicamente, en las que se habían avanzado en la segunda mitad del siglo XVIII: Chascomús, Ranchos, Lobos, Navarro, Luján, etc., eran baluartes permanentes contra el indio. La acción del blanco no pasaba del sud del Salado; los establecimientos ganaderos más adelantados llegaban a su orilla norte. No obstante las defensas fijas y los blandengues, los indios se infiltraban constantemente y causaban serios perjuicios con sus depredaciones.

La revolución emancipadora trajo la crisis de la pérdida de la Banda Oriental. Buenos Aires extraía buena parte de sus productos ganaderos de aquellos campos. La guerra civil empezó a dificultar la industria en esa región y fue necesario buscar compensaciones en nuestro desierto, ensanchando las fronteras interiores. Era necesario traspasar la línea de la época colonial. La invasión portuguesa a la Provincia Oriental, concluyó con nuestra soberanía en esta región, lo que motivó que se acentuara aún más el avance hacia el desierto en busca de ganados, propiciándose el establecimiento de las estancias, en forma permanente, vale decir, afincando a los industriales. A esto, agréguese el factor comercio de exportación, que significó un fuerte drenaje de ganado, especialmente vacuno. Los saladeros, con su faena intensiva, agudizaron la crisis.

Juan Manuel de Rosas Muchos estancieros con sus propios medios corrieron la aventura heroica de penetrar en el desierto; entre ellos Rosas, se estableció sólidamente en el Salado y se convirtió en jefe de milicias. Mas pronto se advirtió que esto era un problema de Estado. Durante la administración de Martín Rodríguez se hizo una gran entrada, mediante una poderosa expedición en la que participó el propio Gobernador y que, saliendo de la Guardia del Monte, llegó hasta las serranías de Tandíl y El Volcán. Este episodio de la conquista del desierto para la civilización merece un ensayo especial, que espero algún día poder llevar a término. Baste decir por el momento, que realizó la fundación del fuerte Independencia, “situado en un seno al pie de la serranía (El Tandil) circundándolo”, como asentó Reyes en 1823. (1)

Cabe agregar que la acción gubernativa fue precedida de una Memoria presentada por la “Comisión de hacendados” a fin de proyectar nuevas fronteras de la campaña, integrada por Antonio Dorna, Joaquín Suárez, Mauricio Pizarro, Lorenzo López, Juan Manuel de Rosas, Pedro Capdevila, José María Rojas y J. Pacheco. Rosas asentó una disidencia en mérito a sus conceptos muy personales sobre el asunto. El avance de 1823, de gran importancia, tuvo un renovado impulso en 1828; pero en esta oportunidad, Rosas investía la función de comandante general de campaña, en virtud del nombramiento hecho por el presidente Vicente López y Planes. El esfuerzo de 1828 fue un gran salto, con la colaboración de Estomba, Rauch y otros jefes. La pasión política ha torcido la verdad de lo que se practicó en ese año, y que consistió en una realización de doble carácter: avanzar la línea de fortines defensivos y atraerse al indio mediante el trato pacífico. La nueva línea proyectada constaba de cuatro fuertes, siendo el más avanzado, Protectora Argentina, que al mando inmediato de Estomba, fue la base de la población de Bahía Blanca.

El plan de 1828 se informó en un nuevo criterio de gobierno, cuya finalidad fue civilizar a los indios en tolderías que se instalaron próximas a las poblaciones y en donde se comenzó a inculcarles el hábito del trabajo. Un periódico de 1828 asentaba que la “dirección que el comisionado de Rosas ha dado a nuestras relaciones con los salvajes, acabarán indudablemente de convertirlos en una población útil”. Pero lo más importante fue el fomento y planificación de las estancias en el lejano Sud, dentro de la línea de 1828.

Túvose conciencia de lo que se hacía; tan es así que, cuando ya estaba en plena ejecución la obra, se consideró que los nuevos avances podían contener 18 millones de cabezas de ganado. Además, en la costa, desde Buenos Aires a Bahía Blanca, se pensaba utilizar para la salida de los productos, puertos naturales como ser: Atalaya, Bocas del Salado, Tuyú, etc., hoy anulados por el ferrocarril. Y en el terreno de las previsiones, se creyó llegar más lejos: a la Patagonia. En ese mismo año 1828, con una visión de grandeza futura se asentó esta profecía sintomática: “prescindiendo de las diferentes Bahías, que están contiguas a la Bahía Blanca, siguen luego la Bahía de la Unión, la de Todos-Santos, la de San Blas, el Río de Patagones, el Puerto de San Antonio, las dos Bahías que forman la Península de San José, el Puerto Deseado…. ¿Quién no juzgará, al oír esta nomenclatura de puertos que esta provincia es llamada por la naturaleza a extenderse hacia el Sud, ser marítima y su marina hacer un rol importante entre las Naciones?”.

Estos fueron los ideales inspirados en una precisa orientación económica. En la consecución, se afianzaría Rosas, teniendo la primera prueba de su ascendiente cuando en 1829 pudo levantar la campaña, después de muerto Dorrego. Vencida a raíz del pacto de Barracas del 24 de agosto de 1829, la revolución unitaria de Lavalle y de la Logia, Rosas siguió como comandante de campaña.


Concesión y posesión de las tierras bonaerenses

Según la Ley de Enfiteusis de Bernardino Rivadavia, las tierras públicas se entregan en enfiteusis por el término de 20 años, y el enfiteuta debe pagar un canon anual del 8% en las tierras de pastoreo y del 4% tratándose de tierras de agricultura. No se limita la extensión de la tierra que puede entregarse, ni se impone la obligación de mejorarla. Además el monto del canon no lo establece el gobierno sino un jury de vecinos del enfiteuta, los que a su vez también son enfiteutas, por lo que la tasación resulta muy baja. También el enfiteuta puede transferir libremente el dominio útil sin necesidad de una autorización del Estado y sin que éste tenga derecho a cobrar un tanto por ciento por esa transferencia (laudemio), como es común en los contratos privados de enfiteusis.

El 19 de setiembre de 1829 el gobernador Juan José Viamonte expidió un decreto para la colonización de las tierras, garantizando vidas y propiedades mediante el establecimiento de una fortaleza militar. El artículo 2° del decreto establecido por el general Viamonte sugería el cumplimiento de las siguientes condiciones para hacerse acreedor a las donaciones de tierras de la campaña: “Primera, a transportarse con su familia o gente de faena, al lugar que se le señale. Segunda, a poblarlo en el término de un año con un capital que no baje de cien cabezas de ganado vacuno, y en proporción caballar, o a emprender siembra, cuyo producto equivalga a aquel capital. Tercera, a levantar un rancho de paja y abrir un pozo de balde”. Sin embargo, el artículo 3° señalaba que “estas condiciones no serán obligatorias para los compradores mientras la fuerza pública no proteja las nuevas poblaciones”, es decir, que podía adquirirse cualquier derecho, sin poblar, a pretexto de falta de protección, lo que suponía, además, que podían acapararse esos derechos sobre baldíos sin ningún límite.

Más importante aún parece ser el artículo 11° del decreto de 1829, según el cual cada poblador contaba, a partir de la fecha de emisión del decreto, con diez años para disponer libremente de su propiedad, derecho que caducaba en 1839. Que, a su vez, si dentro de este período el poblador cumplía con unas pocas condiciones del renombrado decreto, la concesión de las tierras pasaba a tener carácter de posesión, así los pobladores no tuvieran consigo los títulos correspondientes. Estas facilidades, no obstante, pudieron ser cumplidas a medias en los tiempos de Juan Manuel de Rosas, porque hacia 1839 todavía se llevaban a cabo malones que arrasaban todo tipo de propiedades, y, además, porque varios de los propietarios de las tierras de la campaña, al integrar el bando unitario, sufrieron las expropiaciones del gobierno federal.

La confusión parecería agravarse si tenemos en cuenta que Rosas, por decreto del 28 de mayo de 1838, transformó a los primitivos enfiteutas en propietarios territoriales. Claro que, un año más tarde, estallaría la unitaria y subversiva “Revolución de los Libres del Sur” y que había sido financiada y auspiciada por Francia. Ante un hecho semejante, y para restablecer el orden nacional, se hizo imperioso expropiar a los hacendados que participaron en aquél estallido.


JUAN MANUEL DE ROSAS. La ley y el orden Se inicia el movimiento revolucionario

Mientras Lavalle organizaba su ejército en Corrientes, se producía en la campaña del sur de Buenos Aires el movimiento revolucionario. Los directores de este movimiento, pretendieron asociar a él a los coroneles, del Valle y Granada que mandaban regimientos en Dolores y en Tapalqué; pero cuando hubo adherido a la revolución el coronel Ramón Rico, que era el segundo jefe de del Valle, se prescindió de este, y en cuanto a Granada no hubo quien se atreviera a abordarlo francamente de temor de comprometer el éxito de la empresa, pues el comandante Lacasa que fue enviado cerca de él con este objeto sólo se atrevió a iniciar en el secreto a varios de los oficiales subalternos de la división acampada en Tapalqué. (2) A mediados de octubre Pedro Castelli, el agitador principal del movimiento, celebró una conferencia en la estancia de Juan Ramón Ezeiza con los coroneles Rico, Crámer y con Francisco Ramos Mexía. Allí se contaron los recursos militares de que podían disponer y que los constituían unos dos mil hombres bien montados, inclusive un escuadrón veterano a las órdenes de Rico y que éste reuniría oportunamente. Se acordó, además, que el día 6 de noviembre efectuaría el movimiento en Dolores y Crámer en Chascomús; y que Castelli, con las fuerzas que tuviera reunidas, se situaría en este último punto para apoyar a sus compañeros e incorporarlos a sus filas cuando se presentasen las fuerzas de Rosas.

Una circunstancia imprevista por ellos los obligó a anticipar el movimiento que esperaban hacer en combinación con el general Lavalle, cuando éste se dirigiera a Buenos Aires, como se lo había manifestado desde Entre Ríos. Rosas sabía que se conspiraba en la campaña del sur de acuerdo con Lavalle; y calculaba fundamentalmente que este general desembarcaría por la costa sur o norte, disponiendo como disponía de los buques de la escuadra francesa, pudiendo ser apoyado por las fuerzas de éstos como ya lo había sido, y guarecerse en aquéllos con su fuerza en el caso de un contraste. Los emigrados argentinos en Montevideo no ignoraban tampoco estas circunstancias. El doctor Alberdi, entre otros, le escribía a este respecto al jefe del estado mayor del ejército de Lavalle: “Tenga presente que para caer en la campaña de Buenos Aires no necesitan de inmensos recursos, si han de evitar, como deben hacerlo, encuentros por ahora. Le repetiré una frase que Rosas ha dicho hace un mes, y está de acuerdo con todo lo que nosotros hemos pensado desde el principio. Rosas ha dicho: “los unitarios son muy rudos: ellos no ven que a la mulita se la debe agarrar por la cabeza y no por el rabo”. Es pues preciso que en el instante en que ustedes puedan hacer una travesía del rabo a la cabeza, la hagan volando, porque de lo contrario la cosa ha de ser eterna”. (3)

Fuera o no cierta la frase gauchesca y exacta que le atribuían a Rosas, el hecho es que éste calculaba que Lavalle vendría sobre Buenos Aires porque, u obtendría ventajas en Entre Ríos, y entonces esta provincia reunida a la de Corrientes podían contrabalancear el poder de la de Santa Fe y permitirle acometer con mayores fuerzas el centro de los recursos que se le oponían; o era derrotado, y entonces las mayores probabilidades en su favor estaban también en Buenos Aires donde se le incorporarían todos los elementos de resistencia que había en la campaña, con más los que pudiera proporcionarle en todo caso la escuadra francesa.

Firme en esta idea, Rosas quiso destruir esta base de resistencia armada en la campaña de Buenos Aires, y como ya hubiere tenido avisos de frecuentes reuniones que se hacían con diversos objetos, y no se le ocultaba que los hacendados que las fomentaban tenían afinidades serias con los que habían preparado la conjuración Maza, les hizo pasar una nota a los jueces de paz de algunos partidos del sur, en la que les comunicaba que el gobierno sabía que allí se conspiraba, y les ordenaba en consecuencia que remitieran a la ciudad en calidad de presos a cuatro de los más acérrimos unitarios, a los cuales el gobierno no designaba por sus nombres, porque tenía la conciencia de que los jueces de paz los conocían perfectamente. En esto último no se engañaba tampoco Rosas, porque el juez de paz de Dolores, Manuel Sánchez, como el de la Lobería, José Otamendi, estaban al habla con los revolucionarios, a quienes dieron cuenta inmediatamente de lo que ocurría, para que resolvieran lo que debía hacerse.

Los momentos no permitían ya vacilar: o los jueces de paz cumplían las órdenes recibidas, o los revolucionarios lo impedían haciendo estallar el movimiento. Castelli, Rico y Crámer se decidieron por esto último. Al efecto, Rico llegó al pueblo de Dolores en la madrugada del 29 de octubre, y reuniéndose a los principales amigos mandó batir generala. Acudieron a la plaza como unos doscientos ciudadanos armados de lanza, a los cuales les manifestó que el objeto de la reunión era elegir autoridades que responderían al levantamiento de la campaña del sur contra el gobernador Juan Manuel de Rosas, y que no debían dejar las armas hasta no dar en tierra con el “tirano”. Cuatro vecinos condujeron de la sala del juzgado de paz a la plaza el retrato de Rosas. Rico lo acribilló a puñaladas, y arrancándose la divisa y el cintillo federal que había llevado hasta entonces, los hizo pedazos invitando a sus amigos a que hicieran otro tanto. Después de nombrar juez de paz a Tiburcio Lenz y de asumir él el mando de todas las fuerzas del departamento, se dirigió a las afueras del pueblo donde se le incorporaron los contingentes enviados por los promotores del movimiento.

Mientras Crámer procedía por su parte en Chascomús, Rico aprovechaba los momentos lanzando sus partidas hasta el Tandil y por todas las estancias desde Dolores hasta esta banda del Quequén Grande por la costa, con orden de traerse los hombres, armas y caballos que encontrasen. A las estancias de Rosas mandó Rico comisiones especiales que trajeron cuanto pudieron conducir. Don Gervasio Rosas –le escribía Rico al capitán Zacarías Márquez el 3 de noviembre- fue prendido por López y éste sorprendió El Tala tomando toda la gente de esos establecimientos, lo mismo que el armamento y municiones. A Camarones he mandado a Pedro Nanzo con una partida para que me traiga la gente de esas estancias, municiones, armas, etcétera, etcétera, y como medida de precaución he arrestado a Almada, yerno de Morillo….”. (4) Por su parte Castelli se situó con sus fuerzas en las inmediaciones de Chascomús después de haber tentado un golpe sobre la división al mando del coronel Granada que permanecía fiel al gobierno. (5) El total de las fuerzas revolucionarias allí reunidas se elevaba a unos dos mil hombres cuando el coronel Prudencio Rosas recibió las primeras noticias de la revolución por los partes del coronel Vicente González, jefe del Regimiento Nº 3.

El coronel Rosas hizo volar un chasque a la ciudad para darle cuenta de estas novedades al gobernador, su hermano; y en la madrugada del 3 se puso en marcha sobre Chascomús, al frente del escuadrón de línea del número 6 de su mando, anticipándole al coronel Granada que se le incorporara con la división del sur (6). Juan Manuel de Rosas dormía tranquilamente en su casa cuando llegaron a la ciudad las primeras noticias de la revolución. Los oficiales de su secretaría Reyes, Rodríguez y Torcida, se hallaban a esa hora en el teatro Argentino. Un empleado les impuso de lo que pasaba y entonces acudieron a su oficina. A medida que llegaban los partes, Reyes se los llevaba a Rosas y éste le decía desde su cama que lo dejase, que estaba bien, y seguía como durmiendo. Esta escena se repitió aún tratándose de pliegos urgentes, Rosas ni dejaba la cama, ni tomaba disposición alguna. (7) ¿Cómo explicarse esta inacción cuando le noticiaban que sus enemigos proclamaban su derrocamiento y su muerte en esa campaña del sur, cuna de su poder y de su influencia?.

La crónica cuenta que el general San Martín, después de la terrible noche de Cancha Rayada, se acostó a dormir al pie de un árbol, o a aparentar que dormía, para contemplar los destinos de América más que nunca comprometidos y que dependían de la fortaleza de su espíritu; y que cuando supo que su ejército se reunía bajo las órdenes de Las Heras, sintió que podía ser todavía obra suya la independencia. En medio de su aparente indiferencia, Rosas contemplaba también perdidas las posiciones del partido que lo había levantado, si por sobre las resistencias armadas de sus enemigos interiores y exteriores, esa revolución del sur tenía realmente las proporciones que le asignaban. Porque si bien es cierto que en robusta opinión debía de apoyarse para vencer todas esas resistencias, como las venció, no lo es menos que ninguna sacudió tanto su espíritu como la de la campaña del sur en 1839. Eran los nobles gauchos del sur, con quienes él había compartido las privaciones, las penas y las rudas fatigas de sus mejores años; de quienes él había sido amigo, protector, todo, durante el largo interregno de las primeras luchas pos la patria, cuando la campaña yacía en completo desamparo, y antes que él hubiese ocupado los diferentes cargos públicos a los cuales ellos mismos lo exaltaron, porque en él cifraban su cariño y su esperanza; eran esos nobles gauchos los que proclamaban su derrocamiento y su muerte!…

Esta idea atormentaba a Rosas. En el fondo de su alma debía de sentir algo como el eco de mil truenos que chocaban con estrépito. Porque él no podía colocarse en actitud de medir la justicia con que sus enemigos lo combatían. El era parte de la contienda, y les imputaba a éstos últimos otro tanto de lo que a él le imputaban. El consideraba el hecho en sí, aislado, desnudo, de la revolución del sur, y lo encontraba monstruoso. El esperó la revolución de parte de los unitarios, que eran sus enemigos irreconciliables desde que ocupó el gobierno, después que aquéllos fusilaron al gobernador Coronel Manuel Dorrego. Pero de aquéllos entre quienes él había pasado toda su juventud, consagrado al rudo batallar por la existencia, hasta que le fue dado proporcionarse grandes satisfacciones con su propio esfuerzo, y repartirlas entre cuantos lo rodeaban, y dignificarlos por el trabajo, y hacerse merecedor del agradecimiento, -de los gauchos del sur- ¡jamás! Algo como esa esperanza a que suelen aferrarse ciertos hombres que motivos tienen para contar con el sufragio de los demás; -de que las cosas que les tocan de cerca aparecen peores de lo que son-, brilló en el alma de Rosas en esos momentos de prueba para él. El hecho no era tan monstruoso como a primera vista se le había presentado. No eran los gauchos del sur los que levantaban banderas de muerte contra él. Eran sus enemigos los que arrastraban a los gauchos que de ellos dependían. Y la borrasca que rugía en su pecho se aplacaba entre el dulce vaivén de esta esperanza que acariciaba cuando se resistía a leer los partes que de la revolución le transmitían.

Porque no eran los partes de tal o cual movimiento de fuerzas, lo que Rosas ansiaba leer. El tenía los hilos de la revolución; y por que los tenía había prevenido lo conveniente a los jefes de campaña, distribuyendo armas y buenas caballadas al general Pacheco en el norte; al coronel Rosas en el Azul; al coronel del Valle en el Tandil; al coronel Granada en Tapalqué; al coronel González en el Monte; al coronel Quesada en Mulitas; al coronel Ramírez en Morón; al coronel Aguilera en San Vicente. Todos estos jefes debían estar listos a la primera señal, y lo estuvieron cuando estalló el movimiento en Dolores, como se ve por las notas de todos ellos fechadas a 1, 2 y 3 de noviembre. (8) Lo que Rosas esperaba con ansiedad era una carta de su hermano el coronel Prudencio, en la cual éste debía hacerle saber, tan aproximadamente como lo consiguieran sus partidas destacadas en las principales estancias del sur y el conocimiento que él y sus subalternos tenían de quien las poblaban, el número de gauchos que había engrosado las filas revolucionarias y el modo cómo lo habían verificado.

Rosas recibió esta carta al amanecer del día 2 de noviembre, y entonces pudo darse cuenta cabal de la situación. En ella se le decía que en la misma forma conminatoria como se había sacado los peones de sus estancias y de las de los Anchorena, se había procedido en las demás estancias, para reunir poco más de mil gauchos a los planteles que tenían los promotores del movimiento. Rosas vio que su prestigio no estaba quebrado todavía en la campaña, y que plantándose allí podía levantarla en su favor, aún en el caso improbable de que los revolucionarios obtuvieran alguna ventaja sobre las fuerzas que inmediatamente lanzó sobre ellos. A esas mismas horas escribió a su hermano Prudencio diciéndole que una vez que se incorporase la división del sur marchase sobre los revolucionarios; que si los batía, desarmase inmediatamente a todos los paisanos revolucionarios y les ordenase que se dirigieran a sus respectivos domicilios, y en caso contrario que tomase posiciones y esperase las fuerzas que al mando de los coroneles Ramírez, Aguilera y Costa iban a incorporársele.

Entre tanto Castelli, Rico y Crámer, viendo frustradas las esperanzas que tenían en que se les plegarían las fuerzas del gobierno acantonadas en el Azul y en Tapalqué, se propusieron neutralizarlas, ya que no querían comprometer todavía un combate con ellas. Al efecto le hicieron saber por chasque al cacique Catriel, situado con su tribu en Tapalqué, que Rosas había muerto, que en la ciudad había estallado una revolución la cual apoyaban en la campaña las fuerzas de Granada y de del Valle, y que a él no le quedaba otro camino que incorporarse a los que habían tomado las armas para seguridad de todos en la campaña, y a fin de no ser sacrificado por las fuerzas más próximas a él.

Estas noticias produjeron un efecto estupendo en la tribu de Catriel. Los indios se prepararon a vengar la muerte de Rosas a quien amaban; y el cacique le declaró al comandante Echevarría que haría matar a cuantos se le presentasen en los toldos, y que se preparaba para dirigirse al Azul con todos sus indios de pelea porque allí se encontraban los que habían muerto a Rosas. La desesperación de los indios rayaba en locura y no hablaban sino de asesinar y de saquear. A duras penas el comandante Echevarría y el mayor Bustos pudieron aplacarlos diciéndoles que esas noticias eran falsas, y que en breve iban a convencerse de ello porque enviaba un chasque a la ciudad pidiéndole al gobernador que remitiese algunos indios de Tapalqué, que se hallaban en ella, y que hubiesen visto a Rosas. (9)




Batalla de Chascomús

Simultáneamente los principales jefes de la revolución, dirigieron una nota colectiva al contraalmirante francés en la que invocando “la afinidad que reinaba entre los principios que los animaban a ellos y a los súbditos de S. M. Luis Felipe”, le pedían libre tránsito y un salvoconducto para que el portador de tal comunicación llegase al campo del general Lavalle. “Nos es grato comunicar al señor contraalmirante, agregaban, que no reconociendo los ciudadanos que suscriben ninguna clase de enemigo en el extranjero, esperamos que los puertos del Salado y Tuyú, que están en nuestro poder, abriguen cualquier pabellón ultramarino, por más enemigo que sea del tirano que domina nuestra patria”. (10) Al día siguiente el comandante Villarino dirigía otra nota al mismo contraalmirante pidiéndole a nombre de los jefes revolucionarios que estacionara alguna fuerza naval en el Tuyú o en la boca del Salado, a lo que aquél accedió igualmente.

Por su parte el coronel Prudencio Rozas se movió del Azul en la tarde del 3, al frente de unos mil cuatrocientos soldados, veteranos en su mayor parte, y llevando de segundo jefe al coronel Nicolás Granada. Mientras el coronel del Valle esperaba sus órdenes al frente de las milicias reunidas del Tandil, él siguió su marcha llegando en la tarde del 5 a la estancia de Villanueva, cerca del Salado, y acampando en la noche siguiente en la costa de este río, cerca de Chascomús. En la madrugada del 7 atacó a las fuerzas de Castelli y de Rico. Estas lo recibieron valientemente, pero el combate quedó librado desde luego a la iniciativa de los jefes subalternos, dada la poca disposición de Castelli para dirigirlo. Las cargas de la caballería veterana deshicieron las filas revolucionarias. Muerto Crámer, distinguido oficial francés, y el único que hubiera podido siquiera efectuar una retirada hacia el Tuyú donde habría encontrado la protección de los buques franceses que bloqueaban ese puerto. Pedro Castelli fue envuelto en la dispersión de los suyos, dejando en el campo de batalla más de cien hombres fuera de combate y cerca de 400 prisioneros. El coronel Rosas dio inmediatamente libertad a estos últimos, haciéndoles saber que el gobernador de la Provincia prefería creer que habían sido engañados y obligados por la fuerza a tomar las armas, a castigarlos como rebeldes y traidores unidos a los franceses que hostilizaban la República. En la persecución subsiguiente a la batalla fue muerto el infortunado Castelli, y su cabeza puesta a la expectación en la plaza de Dolores; pagándose así tributo a esa bárbara ejemplarización que fue la regla en las guerras medievales, y que se ha aplicado hasta en estos últimos tiempos en los países de habla española. El coronel Rico, más feliz, se retiró al Tuyú embarcándose con 500 hombres en los buques franceses para incorporarse al general Lavalle, y llegando al campo de éste en los primeros días de enero de 1840.

Así concluyó la revolución del sur. La rapidez con que fue sofocada únicamente con las fuerzas que tenía reunidas el coronel Prudencio Rozas, mostró que ella no tenía la importancia que al principio se le atribuyó. Y el haber los que la llevaron a cabo declarado que su causa era común con la de los franceses que agredían al país, no sólo la privó de mayores adhesiones, sino que exacerbó a la opinión, y dio pábulo a que todas las clases de la sociedad reprodujeran a su vez declaraciones de adhesión al gobierno federal y a la persona de Rosas. El mismo día que tenía lugar la batalla de Chascomús, Rosas le dio a la legislatura cuenta de lo que hasta ese momento se sabía dejando “a su patriotismo, libertad y saber, el resolver lo que estime conveniente”.

La legislatura se declaró en sesión permanente para deliberar sobre este asunto. El diputado Torres resumió la cuestión así: “Si abominable es la rebelión contra la autoridad legal en circunstancias ordinarias, doblemente es en las extraordinarias en que nos hallamos, cuando la Confederación Argentina y el sabio magistrado que la dirige hacen los mayores esfuerzos para conservar nuestra libertad e independencia; cuando los que han cometido aquel crimen agregan el de traición a la patria. Sí, señores, en instantes en que nos vemos hostilizados por el enemigo más tiránico y odioso que ha tenido la América del Sur, unos cuantos hijos desnaturalizados se le han unido para entregar nuestra patria a esos incendiarios agentes franceses…. Exprésele la sala al poder ejecutivo que ponga en ejercicio todas sus facultades, que obre con la energía que reclaman las circunstancias, y que con la firmeza que lo caracteriza castigue y contenga los males”.

Todos los diputados se pronunciaron en este orden de ideas, y con fecha 9 de noviembre la legislatura declaró que el motín realizado en Dolores y Monsalvo por los unitarios unidos a los franceses, era un crimen de alta traición a la causa de la libertad e independencia americana, que los promotores de ese motín quedaban fuera de la ley, y que los que se habían resistido a incorporarse a las filas de los sublevados eran beneméritos de la patria.

Los diputados Lahitte, García, Mansilla, Argerich y Villegas presentaron en seguida el célebre proyecto por el cual los representantes del pueblo ponían a disposición del gobernador Juan Manuel de Rosas, sus personas, sus bienes y su fama “para el sostén de las leyes, de la independencia nacional y de la santa causa de la libertad del continente americano”.

El diputado Pedro Medrano, que lo fue del congreso que declaró en Tucumán la independencia argentina, se puso de pie para aclamar ese proyecto en estos términos: “Un veterano como yo en la revolución, un diputado cuya voz han oído sus compatriotas desde que se dio el grito de libertad, el que en el año 16 gritó desde las faldas del Aconquija: “¡orden, argentinos, fin a la revolución, principio al orden!”, debe ser oído cuando se trata como ahora de un asunto vital para la patria... Reunámonos cuanto antes alrededor del gobierno y auxiliémoslo del modo que nos sea posible para conjurar la tormenta que amaga con tan funestos males a nuestra patria”.

El proyecto fue sancionado por aclamación, y al comunicárselo a Rosas este agradeció el ofrecimiento a cuyo favor los argentinos triunfarían “de los tiranos que intentaban insultar las leyes, y ofreciendo igualmente a los representantes del pueblo su persona, bienes y fama para el sostén de las leyes y de la independencia nacional”. (11)

A ejemplo de la legislatura, las parroquias, partidos de campaña, corporaciones, ciudadanos distinguidos, etc., reprodujeron sus votos de adhesión al
Restaurador de las Leyes y a la causa de la federación, ofreciendo ya sus personas para salir a campaña contra los unitarios, ya sus bienes para sufragar los gastos de la guerra que iba a recomenzar sin dar cuartel.

La Gaceta Mercantil de noviembre y diciembre registra todas estas declaraciones particulares y colectivas; y por los términos en que éstas están concebidas se comprende que las pasiones habían llegado a un grado de ensañamiento político tal, que no podía menos de producirse en breve una crisis tremenda que envolvería todas las fuerzas comprometidas en la acción militante, a través de un campo de desolación y de sangre. Prueba de ello daba la Gaceta Mercantil que respondiendo a la prensa de Montevideo, decía en esos días: “Está anonadado de un solo golpe el más escandaloso motín contra la autoridad de la ley y contra la independencia nacional. Los crímenes de los salvajes unitarios salen de la órbita de lo común. Su alevosía infame acaricia las cadenas y besa la inmunda planta de los asquerosos franceses enemigos de la libertad americana. La opinión pública que ha vencido todas las resistencias se levanta más irritada y poderosa. La justicia, la libertad han fulminado su fallo soberano. Los salvajes unitarios serán exterminados. Los tiranos franceses verán consumirse sus planes feroces por el odio de los pueblos. Soberanía, dignidad, es el decidido voto de los pueblos. Será cumplido o denodadamente perecerán antes que abatirse al deshonor y a la asquerosa esclavitud”.

Y para que tales manifestaciones hicieran aparecer la opinión unánime a favor de la causa federal y de la persona del gobernador Rosas, los vecindarios de Dolores y Monsalvo, donde tuvo lugar el movimiento revolucionario, aclamaron nuevamente las autoridades locales que acababan de ser depuestas, y suscribieron un acta en la cual declaraban que habían cedido al imperio de la fuerza, y reproducían sus votos de adhesión al Ilustre Restaurador de las Leyes. El acta del vecindario de Dolores está suscrita por doscientos cuarenta y siete ciudadanos, entre los que figuran el mismo juez de paz Sánchez, destituido por los revolucionarios y los Ramírez, Almada, Vigorena, Peralta, Suárez, Serantes, Gauna, etc. La del partido de Monsalvo esta suscrita por setecientos ochenta y seis ciudadanos entre los que figuran José M. Otamendi, Roque Baudrix, los Funes, Lara, Albarellos, Gómez, Imbaldi, Leloir, Pinto, Gil y demás hacendados conocidos y pudientes.


Referencias:

(1) J. M. Reyes – “Memoria Geográfica de la Campaña hecha el año de 1823 al establecimiento de la nueva línea de defensa al Sud de la provincia de Buenos Aires, presentada por….. al Ministro Francisco de la Cruz”.

(2) Véase “Biografía del general Lavalle” por Lacasa, página 137.

(3) Carta de Alberdi a Chilavert del 29 de octubre de 1839. Archivo de Adolfo Saldías.

(4) Véanse estas cartas de Rico y la nota del comandante del Tandil, publicadas en la Gaceta Mercantil del 12 de noviembre de 1839.

(5) Véase las notas de Granada en la Gaceta Mercantil del 8 de noviembre de 1839.

(6) Comunicación del coronel Prudencio Rozas. (Véase Gaceta Mercantil del 8 de noviembre de 1839).

(7) Referencias de los señores Antonino Reyes y Pedro R. Rodríguez.

(8) Véase estas notas en La Gaceta Mercantil del 8 y 9 de noviembre de 1839.

(9) Véase la nota de Echevarría publicada en La Gaceta Mercantil de 9 de noviembre de 1839.

(10) Suscriben esta nota Castelli, Sáenz Valiente, Ezeiza, Rico, Lens, Ramos Mexía, Madero, etc. Véase la Gaceta del 12 de noviembre.

(11) Véase Diario de sesiones de la Junta, tomo XXV, sesión 655. Véase la Gaceta Mercantil del 16 de noviembre de 1839.


Fuentes:

- www.revisionistas.com.ar
- Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
- Publicación “Palabra Hernandista”, N°1, Enero-Marzo 1972.
- Ravignani, Emilio – Rosas, Interpretación real y moderna – Ed. Pleamar – Buenos Aires (1970).
- Revista “Todo es Historia”, N° 81, Febrero de 1974.
- Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina – Ed. El Ateneo – Buenos Aires (1951).
- Turone, Gabriel Oscar – Leyendas verdaderas del Martín Fierro – Buenos Aires (2008).
-
www.lagazeta.com.ar


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