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A OCHENTA...Y CAPOTA BAJA
                          

(Por LC / Relatos verídicos recopilados por el autor)


¿Quien inventó del dulce de leche?

El ventarrón de la calle honda

En esa aquella época en el campo, un Ford 40 ya era un a”autazo”, y ponerlo a ochenta ya era un “peligro”. Se veían algunos descapotables y cuando caminaban fuerte los paisanos sabían decir: “veía a ochenta... y la capota baja”. Ya cuando levantaban más de cien, aumentaba la expresión: “pasó a mil”.

En general la peonada andaba a caballo o en sulky, pero alguno que otro se hacía de alguna “chatita” o un Ford “A”, el cuadrado, pero el encargado de la estancia, Teodoro Fernández, se había agenciado un Henry J, con “motor preparado”. Lo había comprado “al fiao”, de palabra y con la garantía del patrón. En cinco cuotas.

Lo hacía roncar al Henry J, para asombro de toda la peonada, y el día que pagó la última cuota le comentó al cobrador, en el pueblo:

-Ahora si que es mío, y puedo hacer lo que quiera – y salió por la ruta cinco levantando polvadera.

Tomó la “calle honda”, rumbo a la estancia. Le decían la calle honda, porque siendo arenosa y orientada de norte a sur, en dirección de los vientos principales, estaba muy “volada”. Entre la calle y el alambrado había unos bordos como de metro o metro y medio, y en algunos partes unos arenales de la gran siete. Y si en época de sequía la municipalidad la movía con “la champion”, ni te cuento.

Tomó la calle honda Teodoro, como gato quemado, y venía como semblanteándolo al Henry J, escuchándole el motor. Lo traía fuerte y donde agarró un arenal medio pesado le coleó, primero para un lado, después se le cruzó para el otro, y se le clavó de costado en el arenal. El coche debe haber saltado en le aire porque el gaucho cayó al piso y el auto lo pasó por arriba sin tocarlo, y pegó en el bordo de la calle. Se encontraron vidrios del parabrisas como cincuenta metros adentro del potrero.

Después el hombre nos comentaba:

-Se me abrió la puerta y me arrastró por el suelo...escuché el ventarrón del auto, que me pasaba por encima.


El paraíso.

En la estancia había un Ford 39, de cuatro puertas, volante a la derecha y con faro busca huella. Un cochazo el ford ocho, pero tenía algunas mañas: las puertas de atrás eran “sin seguro”, y en más de una oportunidad, habían perdido un chico un un viraje, por suerte en calle de tierra, y "no tan fuerte”.

Veníamos una mañana del pueblo con la patrona, que iba al volante. Un primo mío de unos cinco años, venía acostado en el asiento de adelante porque venía medio “mareado”, y yo, un año mayor, venía “atrás”, solo.

Veníamos por al calle honda sin problemas, y la patrona me campaneaba de vez en cuando de reojo porque tenía desconfianza que me “apoye en las puertas”, y “me perdiera”.

Pasó al guardaganado de entrada y tomó por la huella, por entre el monte, campaneándome de vez en cuando. No muy fuerte pero “firme”, porque eran más de las doce y pensaba que ya habrían tocado “la campana” par ir a comer.

Antes del segundo guardaganado había una curva suave, con unos arboleda de paraísos a los costados. Cuando íbamos entrado a la curva, la patrona me mira medio de costado y me dice:

-No te apoyes en las puer........- y le pegó a un paraíso al medio.

El paraíso tenía un tronco como de treinta centímetros de diámetro y le pegó con la punta del chasis. Lo cortó al ras.

Se paró en seco el ford ocho, y yo, que venía arrodillado en el asiento de atrás y apoyado en el respaldo de asiento delantero, pasé para delante como chiquetazo. Con el golpe se abrió la gaveta, y con una de las puntas, me hizo un agujero en el mate que me dejó un sobrehueso de por vida.

Cerca del hecho debe haber estado un caballo que del susto salió disparando, porque mi padre, que no estaba muy lejos, pero tapado por el monte no vio el accidente, pero escuchó el ruido, después nos comentaba:

-Yo estaba conversando con Oscar. Escuchamos el ruido...y al ratito nomás, pasó un mancarrón por al lado nuestro que nos echó viento a la pasada.

Leonardo Castagnino

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Fuente: www.lagazeta.com.ar

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