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DON PEDRO YETI - DOMADOR Y RESERO
                          

(Por Leonardo Castagnino / Relatos verídicos recopilados por el autor)

Don Pedro Gette ("Yeti")    

Pedro Yeti

Cuando yo lo conocí a "Yeti"

Fue un verano cualquiera, cuando yo tenia apenas cinco o seis años. Estaba en la estancia, como siempre, rondando por “las casas de los piones” o por “la pieza de los recados”, de bombachas y alpargatas, y soñando con historias de gauchos y paisanos, cuando vi llegar por la calle de tropas un arreo como de doscientos animales, con tres reseros a la saga; una lástima que yo no había ensillado como para darles una mano y que supieran que yo también era un “hombre de a caballo”, así que me quedé esperando, abajo del tamarisco, ansioso por ver a esos paisanos y con la inquietud de saber como recibirlos. Uno de esos paisanos era el mismísimo Don Pedro Gette, o simplemente “Yeti.”

De estatura mediana, delgado, vestido a lo gaucho, de bombachas y alpargatas, sombrero y pañuelo al cuello, rastra y facón cruzado a la espalda, era el típico representante de nuestros hombres de campo de esa época. De cara delgada y nariz fina, con unos ojitos claros, de mirada penetrante y pícara que eran el fiel reflejo de su personalidad.

Encerraron la hacienda, y vinieron para desensillar en el tamarisco. Yeti se apeó y con el caballo de la rienda se acercó hasta donde yo estaba y estirándome una mano fina y descarnada me dio el saludo de costumbre:

- como anda amigo.

Alcancé a devolverle el saludo mientras mis ojos recorrían esa figura criolla y pintoresca, mi sangre tomaba mayor impulso y mi imaginación volaba: era la encarnación de los paisanos de mis fantasías.

Cruzamos algunas frases y datos personales, mientras preparábamos el fuego para comer un churrasco; demás está decir que mi madre no pudo más que aceptar que todo mi almuerzo sería carne y galleta, agachado al costado de la parrilla, junto a esos paisanos que tanto quería y admiraba.

A poco de charlar, empecé a escuchar por primera vez una de sus historias increíbles; como alguien hiciera la observación de una rotura en las bombachas de Yeti , él aclaró en el acto:

- no son rotas, son quemadas…….estaba en las casas, mateando, y la ceniza del cigarrillo me prendió la silla e´paja……menos mal que me avisaron ….si nó……se me quema hasta el piano...
- Usted toca el piano ?
- Así es. Ahora le hago menos porque estoy muy gordo y me agito: es un piano de seiscientas veintiocho teclas...

...y se quedó serio, haciendo una pausa, y con una pícara mirada.

Hombre de a caballo, curtido, inquieto y predispuesto para el chiste y el humor sano, era un empedernido mentiroso, ocurrente, impredecible, inventor de historias cortas y cuentos que eran la delicia de muchos en el pago. Narraba los cuentos y situaciones más inverosímiles, serio, inmutable, como si fueran ciertos, para asombro de extraños y complicidad de conocidos. Gustaba hacerse el bruto o el zonzo, para reírse interiormente, mientras quedaba serio y con esa mirada picara y cómplice que muchos le conocimos y disfrutamos.

Nació allá por 1910, y antiguo conocido de mi abuelo y de edades parecidas a mi padre, él me refirió muchas historias y anécdotas de “Yeti”, y en aquella época en que toda la hacienda se movía “en pie”, don Pedro fue como una especie de resero habitual de la estancia, y yo mismo, de chico, formé parte de esos reseros que llevaban la haciendo “de a caballo” de un campo a otro, o hasta “la feria” o el ferrocarril, para “cargar a Liniers”, y esas jornadas resultaban verdaderas aventuras, donde recogí muchas anécdotas y cuentos de “Don Pedro Yeti”.

El domador

De joven supo ser muy jinete, y se le animaba a cualquiera.

En una estancia del pago, lo habían tomado de domador. Llegó como siempre, sin alarde, respetuoso y haciéndose el chiquito.

El primer día, el patrón le mostró la tropilla, los potros y redomones, encargándole los caballos para amansar o para terminar de darles rienda. Entre toda la caballada, le señaló un zaino oscuro, muy lindo, pero le advirtió “que lo deje” porque era demasiado bellaco y rebelde, y que varios domadores lo habían desechado después de “comprar terreno” con ese “zaino malo”.

Don Pedro Gette - Domador y resero
Al día siguiente, don Pedro Yeti, “un pibe” en aquel entonces, encerró la tropilla en el corral y con el bozal en la mano le pego una revisada a toda la tropílla, como eligiendo alguno. El resto de la peonada, desde “las casas”, miraban disimuladamente la “elección” del domador.

Don Pedro, que se había dado cuenta de la expectativa creada, caminó un poco entre los caballos adentro del corral, como eligiendo alguno, y haciéndose el sonso, “como que se confundía”, fue a elegir “justo el zaino”. Mezquinó un poco el animal y no se dejaba arrimar, hasta que después de unos “shiiiiito”…”quieeeeeto”…logró arrimarse de a poco hasta que lo embozaló. Ya después fue como pan comido, porque el zaino, a pesar de lo bellaco, era manso de abajo, de manera que tranquilamente lo llevó hasta el palenque de los tamariscos, ante los comentarios y las sonrisas disimuladas del resto de la peonada.

Como distraído, lo manoseó un poco y le tiró el recado encima; le ajustó bien la cincha, le acomodó los estribos y le puso el bocado ante la creciente expectativas del resto del personal. Tranquilamente se fue hasta la pieza de los recados y se vino con el rebenque en la mano. Se ajustó la faja y se preparó para lo mejor: “ahora vamos a ver quien es el malo” se dijo para sus adentros, y le boleó la pata: “No te has de morir de antojo”.

“Larguenmelón”, se dijo, mientras recogía el cabestro, y ni bien le dio un poco rienda, allá salió el zaino oscuro envuelto en polvadera, corcoveando como el mejor ante las risas de toda la peonada. Pero Yeti, ni se despegaba del cojinillo, y lo jineteó como cien metros ante la mirada incrédula del patrón y de todo el personal, hasta que por fin, como para terminar la disputa, le puso un rebencazo entre las orejas, que al zaino le aflojaron las patas para siempre.

Le sacó el bozal, le aflojó la cincha, y se vino con el recado al hombro hasta donde estaba la peonada: “ahí tienen uno pa´el asao, mientras voy ensillando otro”.


Historias de La Pampa - Leonardo Castagnino La hija del patrón.

También de joven trabajó de mensual en la “estancia de los Arangoa”, y allí conoció a “la hija del patrón”, y Pedro, que era bien parecido, al tiempo comenzó a arrastrarle el ala, y se vio correspondido, pero el patrón, como no podía ser menos, lo llamó al escritorio y “le arreglo las cuentas”.

Pedro, callado, alzó las pilchas, ensilló y se fue “pal pueblo” silbando bajito, como si nada, pero esa misma noche volvió a la estancia, de a caballo, y se llevó la china “en ancao”, y como para que todos lo supieran, al retirarse les dejó la firma: el sombrero en el poste de la tranquera.

Al cabo de unos días la policía lo ubicó por los pagos de General Acha, pero don Pedro, con su prenda, ya se habían “legalizao” en el registro civil.

Fue mujer propia toda la vida.

La manea del radiador.
(según me lo que me relató su sobrina Alicia)

Don Abelardo Cañada no andaba bien de salud, y quería hacerle una llegada a un curandero muy conocido por entonces, de la zona de Maza, como a veinte leguas de distancia, así que hizo preparar el Ford 37, le infló las gomas, le echó nafta y le pido a la hija que lo llevara.

Para no ir solos, “por cualquier cosa”, le pidieron a Pedro, cuñado de don Abelardo, que los acompañara, de manera que al otro día de madrugada salieron “pa´l lao de Maza, por camino e´ tierra”.

Habrían recorrido unas tres leguas cuando ven que viene un coche de frente, y Pedro, que no confiaba mucho en las habilidades de conductora de su sobrina, que hacía poco que manejaba, le pidió que pare el auto hasta “dejarlo pasar”.

Detuvieron el auto junto al alambrado, esperando que el otro los cruzara, y Yeti, para disimular la situación, cuando el otro estuvo cerca se bajó, e inclinado delante del auto lo miraba de abajo como revisando algo. Cuando estuvo enfrente, detuvo la marcha y les preguntó:

- Necesitan algo ?
- No...gracias...
- le contestó Yeti-...se aflojó la manea del radiador.

Buen día...!

Hombre ´de a caballo´ - Catriló
Don Pedro y yo volvíamos de entregar una tropa en un campo vecino, y se nos habían hecho como las tres de la tarde sin almorzar, faltando como dos leguas para llegar a la estancia. Teníamos hambre y como dos horas más de viaje, cuando al costado del camino, bajo la sombra de un árbol, encontramos unos troperos que estaban comiendo un churrasco a la parrilla.

Don Pedro, sin mediar palabra se apeó, ató el caballo y arrimándose al grupo saludó:

- Buen día...
- Buenas...- contestaron –
- Buen día ...- repitió don Pedro, como anunciando que no habíamos comido.
- Buen día…buen día... - repitieron todos -
- Buen día...- insistió Yeti, mirando el asado.
- Buen día amigo...- le contestaron, mientras seguían comiendo, como si nada –
- Buen día... - insistió nuevamente Yeti, mientras me cruzaba una miradas pícaras, haciéndome cómplice de la situación.

Comimos, bolaceamos un rato, don Pedro les echó algunas mentiras y nos fuimos, bien comidos, dejando a aquellos desconocidos contentos y comentando el hecho de haber conocido a un personaje tan singular.

Pasa raspando…

Don Atilio González, encargado de Hacendados de la Pampa en Lonquimay, se había comprado un Rambler 0 km. Celestito … ¡un lujo!. Por entonces no había muchos en el pueblo, y Don Atlio salió por la tardecita con su señora y las hijas a “dar una vueltita” con el recién llegado. Pegaron una vueltas por el pueblo, para admiración de amigos y conocidos. Antes de volver a su casa, ya casi de noche, pasaron por lo de Don Pedro Yeti, por entonces capataz de la feria:

- Pedro … -le dijo a Yeti que salió hasta la vereda- mañana tenemos que ir hasta Victorica para revisar una hacienda … ¿Podes acompañarme?
- Como no, Don Alitlio … de paso probamos lo que ha comprado.
- Bueno, te espero mañana tempranito en casa … quiero salir a la madrigada para estar temprano en Victorica.


Al otro día a eso de la cinco de la mañana, Pedro ya estaba golpeándole la ventana de la cocina a Don Atilio, que estaba mateando.

- Pasá Pedro… tomamos uno mates más y arrancamos.

Todavía era de noche oscura cuando Don Atlilio sube al auto y lo pone en marcha, mientras Pedro lo esperaba en la vereda, parado frente al portón de la cochera. Recién comenzaba a clarear y mientras calentaba un poco el motor, le dice a Pedro desde arriba del auto.

- Indicame, Pedro, … que el portón es medio angosto, y no se ve nada.

Metió marcha atrás, y comenzó a moverse despacito:

Don Pedro Yety
- ¿Pasa bien ahí, Pedro?
- Pasa raspando … -contestó seco, Pedro.

Y mientras seguía retrocediendo despacito, Don Atilio vuelve a preguntar:

- ¿Voy bien, Pedro?
- Pasa raspando, le he dicho …

Cuando terminó de sacar el auto, subió Pedro de acompañante, y arrancaron. Ni el portón cerraron, y para eso de la nueve de la mañana estaban llegando al campo donde estaba la hacienda encerrada para revisar. Pararon junto al corral y se bajaron los dos. Varios peones se arrimaron para ver el coche nuevo, que en esa época no eran muchos:

- ¿Vino de a pie, Don Atilio? –preguntó uno.
- ¡Que autazo! … -dijo otro.
- ¡Lastima el raspón! -comentó un tercero.
- ¿Qué raspón? –preguntó Don Atilio mientras daba vuelta al auto para ver si era cierto.

Y era cierto nomás. Del lado contrario al volante tenía un rayón desde al cola hasta la puerta. Don Atilio, que no lo podía creer, le echó una mirada a Pedro Yeti como para comérselo:

- ¿Y no le dije que pasaba raspando?

En el pueblo quedó el dicho: “Pasa raspando, dijo Yeti…”

Contando hacienda.

En aquella época los potreros eran de gran extensión y los rodeos eran cientos de vacunos en cada potrero.

Para contar la hacienda se juntaba el rodeo en un esquinero del potrero, en una especie de corral improvisado por peones de a caballo, que atajaban la hacienda y la iban dejando salir en hilera de a dos o tres animales, para que alguien vaya contando los animales.

Una mañana estábamos en ese trabajo de recuento. Cuatro peones hacían de “corral” y Don Pedro Yeti, el patrón y yo contábamos la hacienda a medida que salían orillando el alambrado.

Don Pedro andaba acompañado de un cuzco lanudo bastante desorejado y atrevido, que de vez en cuando atropellaba la haciendo y cortaba la hilera. Pedro no lo reprendía, hasta que fastidiado, el patrón le pegó el grito:

- !Juera perro¡

Y Don Pedro, inmutable, le hizo la observación:

- “Déjelo que está contando”

El arroz con leche.

La vitamina esta en la cáscara, dijo don Pedro, y se comió una banana con cáscara, ante la risa y el asombro de la concurrencia.

En una oportunidad llegó a una estancia, y luego del asado la cocinera le ofreció un arroz con leche, pero don Pedro agarró la fuente por su cuenta y se la mandó entera.

- Estaba rico el arroz don Pedro ? – preguntó la cocinera.
- Estaba rico…no tenía gusto a nada.- y la cocinera, mirando la fuente, notó que no habían quedado ni las cáscaras de naranja que le había puesto para aromatizar:

- Y las cáscaras de naranja, don Pedro?
- ...ni me di cuenta...

El cusco ladrador

En aquella época, que no había camiones de hacienda, se cargaba en ferrocarril para el mercado de Liniers, y los vagones, a veces difíciles de conseguir, no siempre estaban a tiempo.

Llegamos con una tropa cerca del mediodía, pero se había hecho la noche, cuando recién entonces arrimaron los vagones. Delante nuestro había otra tropa, de manera que nos ofrecimos a ayudarlos a cargar. Como era de noche, cuesta subir la hacienda, que desconoce y se vuelve para atrás. Para colmo, el dueño de la tropa tenía un cusco bochinchero que, ubicado entre el embarcadero y la puerta del vagón, hacía volver la hacienda para atrás.

Todos renegábamos contra ese cusco metido, lo gritaban y hasta le amagaban con el rebenque o el poncho, pero nadie se animaba a algo más, por respeto, hasta que el propio dueño, fuera de sí le gritó:

- Matá a ese perro carajo...!

Y Yeti, que lo tenía al lado, lo manoteó del lomo, lo pinchó con el cuchillo y le tiró a un costado.

- Desgraciado…me ha matado el perro...!- protestó el dueño – - ...y no me dijo que lo matara ?


El más bruto del colegio

En esos tiempos se hacían muchos remates feria, y Hacendados de La Pampa, los quince de cada mes lo hacia en Lonquimay: era la “feria e´l quince”. El remate era por la tarde, y a medio día, se hacia una comida o un asado para toda la concurrencia, que venia a ser como una fiesta para todos, con representantes de la zona y de otros pagos. Por supuesto que era infaltable la presencia de Don Pedro Yeti, que era el capataz de la feria.

Tampoco faltaba la presencia de “salmuera”, que estaba en todos los asados, Felipe Romay, encargado de la estancia San Joaquín, por supuesto mi padre y yo, y otros, y entre ellos Don José Casarrota, dueño de varias leguas de campo de monte por la zona de General Acha.

Don José Casarrota era un hombre muy conocido en la zona. Medio petiso, relleno, de cara sanguínea, nariz afilada y ojos picarones, andaba siempre de bombachas anchas tableadas, botas “acordeonas”, rastra, pañuelo al cuello, sombrero negro de ala ancha y revolver en la cintura. Viejos conocidos con don Pedro Yeti, de edades parecidas, habían hecho la escuela primaria juntos en Anguil, y dotados ambos de un humor espontáneo, se cruzaban entre ambos chistes y anécdotas de todo calibre.

Contaba don Pedro que en una oportunidad llegó al colegio un inspector, y en clase, comenzó a hacer algunas preguntas a los alumnos, como para ver el nivel de la enseñanza. De apronto, mirándolo a Casarrota le dijo:

- ...a ver, ...ese panzoncito...cuando murió San Martín ?

...y Casarrota, que según Yeti era el más burro de clase, se paró, quedó mirándose las espuelas y las botas e´potro, como pensando, y le contestó: - ...no sabía ni que estaba enfermo...

Madre de Pedro Gette     
Fue hija de una cautiva de los indios, que la raptaron en Luan Toro, y     
llevada a Tres Arroyos, de donde los salecianos rescataron a ambas mujeres     
A la madre, los indios le habian descarnado los pies, pera evitar la evasión.    

Madre de Yeti

Lo largó en patas

En aquella época en que no había caminos pavimentados ni micros de larga distancia, para viajar a Buenos Aires se lo hacía “en Tren”, y de lujo “en camarote”. Para muchos fue un placer y un acontecimiento, viajar a la capital, en “el puelche”, parando en todas las estaciones con gente del pueblo que iba a esperar “el paso del tren”.

Siempre a horario, tenían muy buen servicio, con vagón comedor y camarote con dos camas simples por camarote, superpuestas, que a veces, si uno viajaba solo, debía compartir con algún desconocido de ocasión.

Don José Casarrota, que viajaba solo, había tomado el tren en Santa Rosa, como a las ocho de la noche. Cenó en el coche comedor, intercambió algunas palabras y bolazos con los guardas, y se fue para el camarote.

Cuando entró al camarote, ya había un desconocido durmiendo en la cama superior, y para colmo, “con un olor a patas que volteaba”. Don José tranquilamente colgó el sombrero en el perchero, se desvistió, colgó su ropa, guardo sus zapatos en la valija, y ...agarró los zapatos del otro, levantó la ventanilla y los tiró con medias y todo.

Al otro día de madrugada, ya llegando a Luján, se despertaron ambos, y se empezaron a vestir, cuando Don José hizo la observación:

- Pero la gran siete...¡nos han robao los zapatos!...menos mal que yo traigo otro par en la valija.

...y lo largó al otro en patas nomás, ...en Plaza Once.

El cortito

En ese tiempo el ferrocarril tenía un servicio local, locomotora a leña con dos vagones, que diariamente hacia el recorrido Santa Rosa – Catriló – General Pico, ida y vuelta. Popularmente se lo conocía como “el cortito”, y habitualmente era usado por trabajo, de un pueblo a otro, o para hacer algún tramite “en la ciudá”.

Habíamos ido con mi padre a una de las habituales ferias “de los quince”, en Lonquimay, y como no podía ser de otra manera, me fui a juntar con Yeti. Lo encontré malhumorado, y rengueando de una pata:

- Que le pasa don Don Pedro, lo apretó algún animal? – pregunté como para darle punta a la conversación.
- No, que animal...el domingo… jugando un partido de fobal...patié un penal de noventa metros… metí un golazo,...pero casi me quiebro la pata…… Algún desgraciao me enllenó la pelota e´tierra...

- Con razón lo veo renegar tanto...!
- Callate... que un día de estos me suicido. Me voy a atar la presilla del lazo al cogote, y cuando pase el cortito le enlazo la chimenea...- hizo una pausa, como reflexionando, y luego agregó:
-...ni trotón que me iba a pegar hasta Catriló!!!

Pedro Gette con gente de Lonquimay
Ojo seco

Había en el pueblo un hombre muy conocido y respetado en el pueblo, “y de plata”, don José Soto, que a raíz de ser tuerto le decían “ojo seco”. Todos conocían el apodo, pero nunca nadie se animó a decírselo de frente, porque no le gustaba...y no era hombre de arriar con el poncho.

Estábamos en una de las habituales comidas de “la feria de los quince”, cuando varios vimos que don José Soto estaba estacionando el Ford 40 a cierta distancia, y se dirigía a pié, hacia el salón comedor, donde estábamos nosotros. Don Pedro Yeti , hizo el comentario:

- Ahí viene “ojo seco”.
- Si…! … porque no se lo decís a él, ... cuando entre...
- Y porque no se lo voy a decir...
-le dijo Pedro.
- Porque no te animás...si te va a peliar...
- A que se lo digo nomás...
- A que no te animás...
- Como que no me animo ! ...
- e hicieron una apuesta, nomás
.
Don José entró desprevenido al salón, y Pedro Yeti, ante toda la concurrencia se le adelantó, y sacándose respetuosamente el sombrero le dijo:

- oh...josé...co...mo le vá ?

...y se ganó la apuesta.

El octavo par

En una oportunidad fuimos con mi padre a la feria de Ataliva Roca, como a treinta leguas de nuestros pagos. Cuando llegamos, recorrimos los corrales, mirando la hacienda, y lo encontramos a Yeti, de espaldas al alambrado y con un pié en el segundo hilo, como haciendo pasar el tiempo hasta que comience la feria.

- Que tal don Pedro – arranqué yo – como anda ?
- ...de a pié nomás...- me dijo.
- Pero desde Lonquimay con quien vino ?
- ...caminando nomás...

y yo, como para agarrarlo en una falta, señalándole unas alpargatas nuevas que tenía puestas, le dije:

-...y que raro, porque ni ha gastado las alpargatas.
-...¡ Es el octavo par que me gasto, compañero...!


..zafó muy bien.

Enseguidita le van a cortar

Había en Lonquimay un peluquero de toda la vida, que atendía la única peluquería del pueblo. Era un salón sencillo, armado en la pieza de adelante de su propia casa, de manera que la entrada a la casa de familia era por el mismo salón de peluquería.

Como en Lonquimay no había sala velatoria, cuando murió el peluquero, como a todo el mundo, lo velaron en su propia casa, en una de las piezas de atrás, de manera que para ir al velorio necesariamente había que pasar por el salón de peluquería, que para la ocasión se había llenado de gente que ocupaba las sillas y hasta el mismo sillón de peluquero.

Un pariente del peluquero que vivía en buenos aires, entró al pueblo y preguntó por el velatorio, y le indicaron la casa del finao, la propia peluquería. Como no conocía, entró, de traje y corbata, y al ver la gente sentada dudó un instante...y se quedó como preguntando. Don Pedro Yeti, que ocupaba el sillón del peluquero, se puso de pié y cediéndole el asiento le dijo:

- ...sientesé...qu´enseguidita le van a cortar...

Atrás de la vía

En Lonquimay, como en muchos pueblos de campaña, la estación del tren había quedado al borde del pueblo, y la vía, dividía al pueblo en partes desiguales, siendo que la mayor parte del pueblo estaba ubicado al norte de las vías, mientras que solo unas diez casas formaban lo que llamaban “del otro lao de la vía”.

Un camionero del pueblo, lo invitó a Yeti para que lo acompañe hasta Buenos Aires, y don Pedro, ahí nomás, se fue a conocer "la capital".

Llegaron a Buenos Aires, y luego de descargar la hacienda se metieron a un boliche para comer algo. Entró don Pedro saludando a todos, de bombachas y sombrero de ala ancha, como siempre, para curiosidad de varios parroquianos, y se sentaron en una mesa. Cuando vino el mozo, don Pedro saludo y le preguntó.

- digame...lo conoce a don Carlos Albornoz ?
- no…la verdad que no lo conozco – dijo el mozo.
- Pero como no lo conoce amigo... si hace como diez años que se vino.
pa´Guenos Aires...vive frente a la plaza !- agregó, para asombro del mozo y los ocupantes de las mesas vecinas, que en voz baja se preguntaban ¡ de donde habrá caído este paisano ! , mientras don Pedro y el camionero gozaban la picardía.

Cuando llegaron de vuelta a Lonquimay, como no podía ser de otra manera, alguno le preguntó:

- Que tal Pedro…..te gustó Buenos Aires ?
- Laaa !!!….que había sido grande atrás e´la vía !!!
– para festejo de todos.

El ciclista

Cuando terminé la primaria, de premio, mi madre me regaló una bicicleta “de carrera”, de manubrio bajo y cambios, que en esa época eran casi una novedad.

Un domingo me fui en bicicleta hasta el pueblo, y al entrar, me lo cruzo a Yeti que venía muy bien montado, por el pueblo. Al vernos, nos detuvimos.

- Que bien montado anda compañero ! - me dijo don Pedro, haciendo referencia a mi bicicleta “de carrera”, - decí que ando medio corto de tiempo, que si nó, te la pedía para darle un galope.
- Y sabe andar en bicicleta ? – pregunté.
- Y como no !…si juí campión argentino de carrera de bicicleta. Gané la carrera Santiago de Chile – Buenos Aires.
- En serio ?
- Por supuesto. Lo único que la mía tenía las guampas para arriba. Le saqué el asiento y le puse uno de arado, y durante el cruce e´la cordillera, en las bajadas, largaba las manos y me venía tomando mate.
- Y abandonó el ciclismo ?
- Si, porque una güelta rodé y me clavé una guampa en la panza. Me aujereó todas las tripas.


La jineteada

En un asado, la paisanada hablaba de caballos, jinetes y domadores, y quien más quien menos, alguna mentirita se echaba, o al menos alguna exageración, pero don Pedro Yeti, que en esa oportunidad oficiaba de asador, estaba más ocupado de las brasas que de los distintos relatos y virtudes de los jinetes, hasta que alguien preguntó:

- Y usted don Pedro, fue muy jinete ?
- Si he sido jinete ? fui representante la La Pampa varias veces en el campeonato internacional. Una güelta me presenté en una domada por los pagos de Quemú-Quemú, y me trajeron un reservado de la provincia de Corrientes. Malísimo el moro. Una barbaridá. Lo subí a pelo limpio y lo jinetié como cuatro horas seguidas. Levantó tanta polvadera que la vieron hasta en Trenque Lauquen. Pensaron que era la tormenta de Santa Rosa. Hicimos un pozo como de dos metros de hondo... Para emparejarlo, trajeron la Champion de la Municipalidá.


El cinematógrafo

Como en casi todos esos pueblos de campaña, frente a la plaza, solía haber un cine, y los sábados y domingos la gente iba para ver alguna gastada película argentina, o “de coboy”: y entre los asistentes, de vez en cuando, solía estar don Pedro Yeti, más interesado en alguna situación del momento que por el propio argumento de la película.

De espíritu ocurrente, siempre inventaba alguna situación o salida graciosa, como en aquella oportunidad que, como el camarógrafo se demorara mucho en dar un intervalo, don Pedro, sentado en el medio del salón, con sombrero y todo, dijo en voz alta como para que todos lo escucharan:

- ¿ como ? … hoy no dan recreo ?

O como en aquella otra, en que en el argumento de la película, unos relámpagos y truenos anunciaban una lluvia inminente, don Pedro se levantó del asiento y mientras recorría el pasillo central hacia la puerta de salida, haciendo referencia al caballo que tenia ensillado en la calle, frente al cine, comentó a viva vos:

- ... viá dar güelta el cuero ...

Los jubilados

Cuando Yeti se jubiló como capataz de la feria de Lonquimay, sabía estar mucho en Santa Rosa, donde tenía sus hijas y algunos nietos. Se lo sabia ver por la rotonda de la terminal de ómnibus, como esperando a alguien, siempre vestido de gaucho, con rastra y sombrero de ala ancha, para curiosidad de muchos. Como de costumbre, sabía arrimarme para escuchar alguna de sus ocurrencias.

- que tal don Pedro, …que anda haciendo ?
- aquí estoy, vigilando a los albañiles que me están haciendo la casa.
- Y cual es la casa que se está haciendo ?
- Esa de allá enfrente
– me dijo, señalando un edificio de diez pisos que construían en la avenida San Martín.

Después hizo la siguiente referencia:

- Pero aquí no se puede estar... está lleno de jubilados. Se te sientan al lao,... meta resfregarse las rodillas...pa´que les preguntes que les pasa...

La cola del sapo

En una oportunidad me lo encuentro a don Pedro en un supermercado de Santa Rosa, y entre compra y charla llegamos hasta la cola de la caja. Se nos acerca una señora mayor, que comparando las cajas nos pregunta: - Cuál será la cola más corta?.
- Y...la del sapo ha de ser.


Don Verídico

Pasados los años, cuando vi el personaje de don Verídico interpretado por Landrisina, me pareció ver la reencarnación de don Pedro Yeti inventando sus propias historias, mezcla de Martín Fierro, viejo Vizcacha y Santos Vega, y pensé que el autor del personaje seguramente había conocido algunos paisanos como aquel criollo sencillo, ocurrente y pícaro que tanto quise y muchos recuerdan en el pago.



DOMADOR Y RESERO

De Lonquimay nativo
estirpe gaucha,
ande nacen los cardos
pago´e La Pampa.
Allá en sus años mozos
tropilla entabla:
lo son de overos negros
madrinas ruanas…

Es patrón de la huella
su altiva estampa,
arriando pa´los Soutos
tropa baguala.

¡Si habrán visto sus rondas
las madrugadas
en los campos abiertos
de “Las Dos Bayas”!

A la huella a la huella
de este jinete,
domador y resero:
Don Pedro Yette.

Pa´ un animal matrero
en disparada,
desprendía´ el de ocho tientos
y lo enlazaba.

¡Crudos inviernos lleva
sobre la espalda!
Lo ha curtido el pampero
en reseriadas…

Don Pedro Gety - Feria de Hacendados de La Pampa Por aquel año treinta
en las estancias,
de las “clinas”a un potro
se le sentaba.

En su fogón campero
el mate amansa,
de Don Tadeo Menéndez
ricuerdo abraza.

A la huella a la huella
de este jinete.
Domador y resero:
¡Don Pedro Yete!

. Carlos Rosendo
Este poema ha sido musicalizado por Rene García en tiempo de Huella

Copyright © La Gazeta Federal / Leonardo Castagnino                           

Ver más anécdotas en el : Indice

Fuente:

- Castagnino Leonardo Historias de La Pampa. Anecdotario
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