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SERMONES Y CONSEJOS

Gral.Juan Lavalle.    

Gral.Juan Lavalle


01 Unitarios y franceses
02 Desde afuera
03 Fuentes
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Unitarios y franceses.

Unitarios y franceses se habian coaligado contra Rosas. Incentivado por la Comisión Argentina y financiado por Francia, Lavalle había comenzado su “cruzada libertadora” con demasiado optimismo; pensaba ser recibido como un “libertador”, pero recibió en cambio de la población no solo la indiferencia, sino la hostilidad. Reñía con Ferré, Agüero y Varela culpándolos de ser causantes de sus reveces. Los franceses ya no lo apoyaban con el mismo entusiasmo, porque ya estaban negociando la paz con Rosas.

La deserción se multiplica y la desmoralización general se profundiza. “¡Yo no me he engañado desde seis meses atrás pero se engañaron otros y aquí estoy parado” , exclama impotente Lavalle, mientras los unitarios desde Montevideo lo llenan de consejos, de halagos y de reproches por su inacción. “Confío, pues, mi general querido, -le escribía Agüero- en que no olvidará esos sermones del viejo amigo; sermones que le hace por el interés de Ud., de su gloria, de esta causa en que no es posible retroceder ya un paso, una pulgada”. Agüero era muy bueno para dar sermones y consejos de no retroceder, pero desde lejos.

Llega la noticia de una nueva expedición francesa al mando del almirante Baudin, que había actuado en la campaña de Méjico. Los unitarios de Montevideo presumieron que Francia daría impulso a la campaña, y hasta le avisaron a Lavalle que le enviarían una división de tres mil infantes franceses. Pero esa esperanza se disipó rapidamente, porque en vez de Baudin, el que llegó fue el vicealmirante Mackau para reemplazar a Dupotet. Francia estaba buscando como terminar el conflicto, de la manera más elegante.

Lavalle por fin decide marchar con el ejército desde Entre Ríos a Buenos Aires, pero a la excitación y optimismo le suceden la amargura y la impotencia. “El resultado de los groseros y multiplicados errores de los hombres de Montevideo –escribe- es que en Entre Ríos se han dado dos batallas inútiles, y que probablemente no podré desembarcar en Buenos Aires por falta de veinte día de víveres. ¡Aquí esta Agüero viendo por sus ojos los resultados de su previsión y del furor de mezclarse en lo que no entienden. Estos hombres, más que don Frutos y los traidores, han acabado con mi paciencia!"

A principios de agosto, Lavalle desembarca en Baradero con mil cien soldados y marcha en dirección a Buenos Aires. La población le hace el vacío y el general pasaba del la indignación al optimismo fantástico, pensando ingenuamente en los tres mil infantes franceses prometidos, con los que soñaba tomar Buenos Aires con facilidad. No se convencía aún que los franceses lo habían abandonado a su suerte.

“¡Que daño inmenso nos ha hecho la ligereza con que me comunicaron de Montevideo la noticia de la próxima llegada de dos o tres mil infantes¡ ¡Ahora supongo que todo es era falsedad! -decía ya desengañado en carta a su esposa- Esta carta te va a hacer derramar lágrimas; no he encontrado sino hordas de esclavos, tan envilecidos como cobardes, y muy contentos con sus cadenas. De esas hordas –continúa- he destruido dos antes de llegar delante del gran ejército de Rosas, fortificado en la chacra de Caseros con dos mil soldados de caballería. He estado cuarenta y ocho horas a tres leguas de él y ni aún se ha atrevido a escaramucear”

Juan Manuel de Rosas.    

Juan Manuel de Rosas

Se equivocaba Lavalle en su apreciación de que Rosas no se atrevía, porque lo que buscaba éste con picardía era desgastarlo totalmente. Rosas en vez de enfrentarlo, le hacia conocer su propio poderío, lo desgastaba, lo desmoralizaba. “Encontrará su tumba en Navarro –pregonaba Rosas- donde él mismo la ha cavado a Dorrego” y propalaba su plan para que llegue a oídos de Lavalle. Despachaba chasquis bien aleccionados para que fueran capturados por gente de Lavalle y aquel se enterara del poderío con que contaba Rosas en su campamento.

Para confirmar las noticias que recibía, Lavalle envía a un vecino, que haciéndose pasar por federal, donara al ejército de Rosas una tropa de novillos. “Rosas –recuerda Antonino Reyes en sus apuntes- sospechó el objeto de la misión de tal vecino, lo recibió, le expuso su plan, simulando que hablaba con un devoto federal, le pagó los novillos y le mostró sus tropas para que se lo refiriera a Lavalle”

Lavalle estaba también amenazado a su espalda por Juan Pablo López y Manuel Oribe, y enterado del poder de Rosas, llega hasta Merlo sin la más mínima refriega, y se retira con sus tropas precipitadamente hacia el norte, rumbo a Santa Fe.

“Es preciso que sepas –le escribía a su esposa desde Cañada de Giles- que la situación de este ejército es muy crítica. En medio de territorios sublevados e indiferentes, sin base, sin punto de apoyo, la moral empieza a resentirse, y ese es el enemigo que más tengo que combatir” -y como queriendo adquirir una esperanza, agregaba- “Es preciso tengan un gran disimulo, principalmente con los franceses: pues tengo todavía una esperanza en el interior, el que se debilitaría si los franceses nos niegan recursos y hacen la paz”

En su desordenada retirada hacia Santa Fe, en medio de la amargura y el abatimiento, todavía tiene ráfagas de optimismo y esperanzas. “Si yo consigo estacionarme en Santa Fe -escribe- es decir, si encuentro allí un poco de cooperación, tengo esperanzas de lanzar contra el tirano todo el poder de las provincias en este verano”. Pero la hostilidad que lo rodeaba y el panorama general, dieron pronto por el suelo con esas fugaces esperanzas, y le escribe a su esposa, que desde Montevideo seguía la compaña con angustia.

“Tu no concibes esperanzas, porque el hecho es que los triunfos de este ejército no hacen conquistas sino entre la gente que habla: la que no habla y pelea nos es contraria y nos hostiliza como puede. Este es el secreto, origen de tantas y tan engañosas ilusiones sobre el poder de Rosas, que nadie conoce como yo. Mi situación no es pues halagüeña en medio de estos países contrarios, con un ejército muy debilitado que carece de todo, abandonado por los franceses y hostilizado o traicionado por el odio ciego y por la insensatez de los otros aliados, te figurás que hago un prodigio con sólo mantenerme, prodigio que no podrá durar muchos días…”

Dr. Florencio Varela.    

Florencio Varela

Desde afuera

Mientras escribía con amargura estas palabras a su desdichada esposa, recibe desde Montevideo una insolente carta de Florencio Varela:

“Engañarán a Ud. los que no le digan abiertamente que su retirada de Buenos Aires a Santa Fe ha sido un golpe de muerte para la revolución; no hay una persona, una sola, general, incluyendo sus hermanos de Ud. y aún su santísima señora, que no haya condenado abiertamente ese funestísimo movimiento; y sus cartas de Ud., lejos de satisfacer a nadie, la han perjudicado más…” y continuando con los agravios, agrega. “”Veo que Ud, se irritará por esta reconvenciones, pues tal vez se burlara de ellas, porque no soy militar sino doctor, palabra de escarnio en los campamentos" (con doctores como ese no era para menos); "pero es no hará que yo deje de cumplir con mi deber de hablar a Ud. la verdad, ni variará la realidad de las cosas. Ese ha sido, general, el defecto capital de Ud. no pedir consejos, ni oírlos de nadie, decidir por sí solo; y por desgracia no siempre decide Ud. lo mejor…”

Precisamente el error de Lavalle es haber escuchado consejos de doctores como Varela, y haberlos seguido.

“Cuando haya Ud. adoptado una idea, un plan, ejecútelo y no lo deje al día siguiente por otro. –continúa Varela- Todos, pero principalmente los marinos franceses que han tratado a Ud. de cerca, le acusan de no tener la menor consistencia en sus ideas, de adoptar hoy un plan y abandonarlo mañana”.

Y continuando la insolente carta, más adelante se atreve a darle órdenes, pero desde lejos. Le indica que como único remedio para reparar los errores cometidos, marche sobre Buenos Aires rápidamente, pues no hará nada en otra parte ni menos en Santa Fe y Córdoba, “sepulcros de nuestros ejércitos y en donde el nombre porteño es detestado” En eso tenía razón.

Y termina Varela su insolente misiva: “He concluido, general, sé que antes de llegar aquí, habráse arrebatado diez veces contra mi –se quedaba corto- y maltratado mi nombre con insultos; lo mismo es, no por eso dejaré de querer su gloria –le daba del dulce- ni de hablarle en nombre de la Patria. Sé que no me contestará Ud, nada; no importa, eso no lo ha de librar a Ud. de mis cartas; yo cumplo con mi deber hablándole a Ud. así. Ud. faltará a uno de los suyos irritándose o burlándose de mí”.

No se entiende como no volvió Lavalle inmediatamente a Montevideo, a partirle la cabeza de un sablazo. Varela, como muchos, era muy valiente desde la platea; el asunto es subirse al ring, donde suena la campana y te sacan hasta el banquito.


Fuentes:

- Ibarguren Carlos. Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo.p.267.
- La Gazeta Federal
www.lagazeta.com.ar


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Fuente: www.lagazeta.com.ar



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